Alonso II de la Cueva y Benavides
| Nombre completo | Alonso II de la Cueva y Benavides |
|---|---|
| Descripción | Catholic cardinal |
| Fecha de nacimiento | 01-01-1572 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 10-08-1655 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | diplomático, sacerdote católico |
| Idiomas | español, latín |
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Alonso II de la Cueva y Benavides, figura destacada de la España de los siglos XVII, reunió en su vida los roles de noble, clérigo y diplomático, tejido entre milicia, intrigas palaciegas y una singular dedicación religiosa. Nacido en el entorno del Palacio Real de la Alhambra en 1574, su trayectoria se extendió desde la gobernanza de territorios insulares hasta la cúspide de la jerarquía eclesiástica, dejando una huella notable en Bedmar, Málaga y Venecia. Su nombre quedó vinculado a los grandes episodios de su tiempo, como la conjura veneciana y la defensa de la Monarquía en el extranjero.
Alonso II de la Cueva y Benavides, figura destacada de la España de los siglos XVII, reunió en su vida los roles de noble, clérigo y diplomático, tejido entre milicia, intrigas palaciegas y una singular dedicación religiosa. Nacido en el entorno del Palacio Real de la Alhambra en 1574, su trayectoria se extendió desde la gobernanza de territorios insulares hasta la cúspide de la jerarquía eclesiástica, dejando una huella notable en Bedmar, Málaga y Venecia. Su nombre quedó vinculado a los grandes episodios de su tiempo, como la conjura veneciana y la defensa de la Monarquía en el extranjero.
Faceta militar
Hijo de la ilustre casa de Bedmar, Luis de la Cueva y Benavides ejercía la autoridad de segundo señor de Bedmar y desempeñaba cargos de alto mando en las Canarias y Galicia; su madre, Elvira Carrillo de Mendoza y Cárdenas, pertenecía a la Casa Condal de Tendilla. En ese marco familiar, su llegada al mundo se sitúa en julio de 1574 dentro del recinto del Palacio Real de la Alhambra, y su bautismo quedó registrado el 25 de ese mes en la iglesia de Santa María de la Alhambra. Desde muy joven quedó marcado por la doble vertiente de servicio a la Corona y de formación militar.
La trayectoria castrense inició cuando aún era un joven de la casa, acompañando a su padre en los asuntos de gobierno de las islas canarias. En 1590 recibió el nombramiento de gobernador de Gran Canaria, una responsabilidad que le permitió consolidar experiencia operativa y administrativa; al año siguiente ascendió a teniente y capitán de arcabuceros, con la recomendación de su progenitor de velar por el cumplimiento exacto de las obligaciones frente a Su Majestad. Estos encargos marcaban un esquema de continuidad: la autoridad familiar le permitía ausentarse para atender otros puntos del archipiélago sin perder la gestión de las islas.
La herencia y los cargos le fueron abriendo paso hacia mayores horizontes: tras la muerte de su padre, heredó Bedmar y la Casa y Torre del Villarejo, junto con los mayorazgos que aseguraban la continuidad de su linaje. En 1599 fue confirmado como capitán de la compañía de caballos jinetes del Reino de Granada, por una Real cédula que consolidó su presencia en los cuadros militares de la Corona. Así, la figura de Alonso II se fue forjando como un puente entre la autoridad local, la defensa de las fronteras y la lealtad dinástica que exigía la Monarquía de los Habsburgo.
Ascenso diplomático
El despliegue internacional comenzó a tomar forma en 1606, cuando Felipe III designó a Alonso como embajador ante la República de Venecia. Este destino le permitió desplegar una labor de vigencia y observación de los equilibrios europeos, manteniendo una vigilancia estrecha de los intereses del rey y del conjunto del Estado. Su actuación, acompañada de la labor de su pariente Pedro Téllez-Girón y de la Cueva y de Pedro Álvarez de Toledo y Colonna, lo situó en el centro de las maniobras diplomáticas de la época, especialmente en el marco de la conjura que se suele recordar como Conjuración de Venecia o Conjuración de Bedmar.
Aleccionado por la Orden y el reconocimiento de la Corona, en 1610 recibió el hábito de la Orden de Alcántara durante una etapa de alta prominencia militar y diplomática; poco después, mediante un Real decreto de 15 de junio de 1614, la Corona elevó su casa al rango de Marquesado de Bedmar, un triunfo que reflejaba la consolidación de su estirpe en los títulos de Castilla. Su presencia en Venecia no solo respondió a fines estrictamente prácticos, sino que buscó proyectar la imagen de un reino unido y seguro ante las presiones de potencias rivales.
En 1619 la trayectoria lo condujo a un papel de alto voltaje como embajador extraordinario ante la Infanta-Archiduquesa Isabel Clara Eugenia y Alberto de Austria, soberanos y gobernadores de los Países Bajos. Allí intentó presentar una visión favorable de la España de los Habsburgo, actuando como figura de virrey más que de simple representante ante unas tierras que buscaban una postura más favorable hacia sus gobernantes. Su gestión, sin embargo, enfrentó la mala memoria de las actorias flamencas y el desgaste político tras la llegada de nuevas autoridades en la Monarquía. Fue en este periodo cuando la archiduquesa defendió su nombre, señalando que, por su mérito y cargo, no debía verse privado de las tareas del momento por la brevedad de su estancia.
Carrera religiosa
En la escena eclesiástica la trayectoria de Alonso II dio un giro decisivo en 1622, cuando Gregorio XV, a petición del rey, le otorgó la dignidad de cardenal. Era el único cardenal español nombrado por ese pontífice, y, en ese tránsito, decidió ceder a su hermano menor la sede de sus bienes y mayorazgos para dedicarse plenamente a la vida clerical. Este cambio de rumbo fortaleció su perfil, ya que combinó la autoridad espiritual con la experiencia administrativa heredada de su linaje.
La estancia en Roma y la elección papal marcó otra fase: en 1623 viajó para asistir a las exequias del Papa y participó en el cónclave que llevó a Urbano VIII al solio. Este pontífice lo reconoció con un título que reforzaba su estatus dentro del Colegio Cardenalicio. En 1633 recibió el título de San Martín en Monti, el cual fue sustituido por Santa Balbina en 1635, año en que también ejerció como camarlengo del Colegio Cardenalicio hasta 1636.
La cumbre de su carrera se consolidó tras el cónclave de 1644, cuando Inocencio X accedió al papado y, poco después, lo nombró cardenal-obispo de Palestrina. En 1648, el mismo monarca Felipe IV le concedió la silla episcopal de Málaga, lo que le obligó a desplazarse y establecerse en esa ciudad para ejercer como obispo desde 1651. Con ello, su influencia se orientó hacia la organización diocesana y la promoción de su legado en el sur peninsular.
Durante su mandato malagueño defendió con convicción la Inmaculada Concepción de la Virgen y logró que los cabildos eclesiástico y municipal juraran este dogma en la catedral, de cuyo templo fue uno de sus más generosos benefactores. costoó la fabricación de vidrieras y decoraciones que representaban el apostolado sobre las sacristías, incorporando en ellas sus propias armas como signo de patrocinio.
Testamentos y legado, su última voluntad dio cuenta de una voluntad claramente filantrópica y religiosa: redactó su primer testamento cerrado en Roma el 28 de abril de 1651, en el palacio de Santa María Inviolata, y posteriormente, ya en Málaga, dejó otro en el palacio episcopal el 9 de junio de 1655, dejando consignadas fundaciones en su sede catedralicia, en la iglesia de Palestrina y en la iglesia de Santa María de Bedmar, que funcionaban como panteón familiar y depósito de bienes para su linaje.
bajo el manto de su casa, organizó una serie de instituciones orientadas a sostener a comunidades vulnerables: una fundación para el casamiento de huérfanas, otra para el sostenimiento de estudiantes en la Universidad de Baeza y un pósito, todos ellos gestionados desde la villa de Bedmar y conectados a su patrimonio familiar, con la finalidad de mantener la memoria de su familia y su compromiso con la educación y la caridad.
Su fallecimiento ocurrió en el Palacio Episcopal de Málaga el 11 de julio de 1655, y fue sepultado el 14 del mismo mes en la capilla del Santísimo Cristo del Amparo, en la cripta de los prelados, sin escudo de armas ni epitafio. La noticia de su deceso llegó a Roma el 28 de ese mes, cerrando así un capítulo significativo de la historia hispana y de la Iglesia dedicada a la defensa de la unidad y la fe de su tiempo.