Antonio Espina
| Nombre completo | Antonio Espina García |
|---|---|
| Nombre nativo | Antonio Espina García |
| Descripción | Periodista español |
| Fecha de nacimiento | 01-01-1894 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 01-01-1972 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | periodista, escritor, poeta |
| Géneros | poesía |
| Idiomas | español |
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Antonio Espina García nació en Madrid el 29 de octubre de 1891 y falleció en la misma ciudad el 15 de febrero de 1972. Su trayectoria asomó desde la vanguardia y la crítica cultural, abrazando luego una postura política de izquierdas dentro de la Segunda República. A lo largo de su vida se movió con amplitud entre la literatura, el periodismo y el ensayo, manteniendo una voz personal que difícilmente se adscribía a una escuela única. Aunque se le suele asociar a la Generación del 27, él mismo rechazó esa etiqueta y su influencia se enmarca también en la corriente del novecentismo.
Antonio Espina García nació en Madrid el 29 de octubre de 1891 y falleció en la misma ciudad el 15 de febrero de 1972. Su trayectoria asomó desde la vanguardia y la crítica cultural, abrazando luego una postura política de izquierdas dentro de la Segunda República. A lo largo de su vida se movió con amplitud entre la literatura, el periodismo y el ensayo, manteniendo una voz personal que difícilmente se adscribía a una escuela única. Aunque se le suele asociar a la Generación del 27, él mismo rechazó esa etiqueta y su influencia se enmarca también en la corriente del novecentismo.
Biografía
Hijo del pintor y grabador Juan Espina y Capo, Espina recibió la educación secundaria en el Instituto de San Isidro de Madrid. Siguiendo la tradición familiar, inició estudios de medicina, pero abandonó la carrera en el cuarto año, para dedicar su vida a la literatura y al periodismo tras cumplir el servicio militar en África. Su vocación literaria se fue forjando en paralelo a su formación, y pronto irrumpió como redactor en publicaciones de marcado carácter cultural y social.
En el entramado periodístico trabajó como redactor de Vida Nueva y del Heraldo de Madrid, y colaboró para las cabeceras vinculadas a Nicolás María de Urgoiti, entre ellas El Sol, Crisol y Luz. Espina fue un autor polifacético que abrazó la novela, la poesía y la crítica de arte, sin dejar de lado la biografía y el ensayo. Su pertenencia a tertulias vinculadas a las vanguardias le permitió acercarse al Café Pombo y a figuras como Ramón Gómez de la Serna, con quienes compartió intereses estéticos.
La crítica recibió sus textos de forma desigual, pese a que destacadas firmas elogiarían su originalidad. Su deseo de no quedar encasillado ni adscribirse a una corriente concreta provocó, en ocasiones, desconfianza entre lectores y editores. Aun así, mantuvo continuas amistades con autores afines o cercanos a movimientos como el ultraísmo, el creacionismo o el surrealismo, sin abrazar sistemáticamente ninguna de esas corrientes.
Durante la década de 1920 ejerció una postura crítica frente a Miguel Primo de Rivera y respaldo a Miguel de Unamuno, lo que cristalizó en viajes y colaboraciones en distintas revistas. Sus desplazamientos lo llevaron por Francia, Portugal y Marruecos; participó en publicaciones como España y La Pluma, y se convirtió en uno de los ensayistas de la Revista de Occidente, además de nutrir la crítica de arte en La Gaceta Literaria desde su fundación en 1927. Sin embargo, las discrepancias ideológicas con Ernesto Giménez Caballero lo condujeron a una ruptura en 1929.
Tras la caída de Primo de Rivera, Espina co-dirigió con José Díaz Fernández y Adolfo Salazar la revista de izquierdas Nueva España, nacida el 30 de enero de 1930 y desaparecida en 1931. En 1934 publicó la colección de ensayos El nuevo diantre, y más adelante escribió biografías de figuras como el bandolero Luis Candelas y el actor decimonónico Julián Romea. Tras la Guerra Civil, su labor biográfica continuó con perfiles de Baldomero Espartero, Antonio Cánovas, Francisco de Quevedo y Ángel Ganivet, además de una antología de oradores decimonónicos y trabajos como Las tertulias de Madrid, editados póstumamente.
En lo político, su trayectoria quedó marcada por la acción y la controversia. En 1933 fue denunciado por el cónsul alemán tras publicar un artículo crítico sobre Hitler, lo que le llevó a cumplir un breve periodo de detención en la prisión de Larrinaga. Fue defendido por el jurista Felipe Sánchez-Román, y fue objeto de apoyo público por parte de Marañón, Baroja, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez y otros intelectuales que firmaron un manifiesto impulsado por Azorín. Con la proclamación de la Segunda República, Espina se adhirió a Izquierda Republicana y ocupó cargos como gobernador civil de la provincia de Ávila y, posteriormente, de Baleares, cargo que ejerció poco antes del estallido de la guerra civil. Su sustituto en Ávila fue Manuel Ciges Aparicio, y su detención durante la contienda desembocó en una serie de acontecimientos que inclinaron a su familia al exilio y a una internación forzosa.
Con el inicio de la Guerra Civil fue apresado y encarcelado; hacia mediados de 1937 intentó quitarse la vida para escapar de una situación penosa, y el juez argumentó enajenación mental para su ingreso en un hospital psiquiátrico, donde permaneció hasta 1939, cuando la contienda terminó. Su condena a muerte fue conmutada, y esa experiencia dejó una marca indeleble en su vida.
En 1944, de regreso a Madrid, Espina frecuentó el Instituto Británico, donde entabló amistad con su director Walter Starkie y comenzó a ejercer como traductor de algunas obras. A partir de 1945 participó de la tertulia de la Revista de Occidente, reencontrando antiguos amigos como Fernando Ayala y Valentín Andrés Álvarez. En 1946 consiguió salir clandestinamente de España con ayuda de contrabandistas; en París retuvo contactos con la organización del exilio republicano y colaboró en La Nouvelle Espagne. Su labor periodística continuó en México, gracias al apoyo de Santos Martínez Saura, y allí escribió para la prensa mexicana en los años siguientes.
Desde México, Espina participó en revistas del exilio como Realidad/Revista de ideas, Las Españas, Los Sesenta, Cabalgata, Comunidad Ibérica y La novela Española, y fue nombrado secretario de literatura del Ateneo Español de México. Regresó a España en 1953, y en adelante trabajó para la Editorial Aguilar, orientando biografías para un público juvenil y componiendo la dieciochesca autobiografía Vida de Diego Torres y Villarroel. En esos años publicaría también El cuarto poder. Cien años de periodismo español (1960). Su amistad con Luis Calvo le permitió colaborar en ABC con el seudónimo “Simón de Atocha”—un recurso que luego fue abandonado— y participó de la segunda etapa de la Revista de Occidente. En el propio Madrid, se integra a la tertulia del Café Lion junto a exiliados como Francisco Ayala y José Bergamín.
En mayo de 1968, Espina debió comparecer ante el Tribunal de Orden Público por artículos publicados en prensa hispanoamericana, denunciado por el médico Gregorio Marañón Moya, dirigente cercano al franquismo; aunque las autoridades no optaron por un procesamiento, el episodio evidenció el alcance de su voz crítica durante la dictadura. Falleció en Madrid el 15 de febrero de 1972 y fue sepultado en el Cementerio Civil de la ciudad, dejando una herencia de obra heterogénea y polémica que siguió dialogando con la cultura española de su tiempo.
Obra y temas
Poesía
Entre sus volúmenes poéticos destacan Umbrales (1918) y Signario (1923), recogidos por su tono interior y de mirada íntima. Sus versos se mueven con ligereza y gracia, y han sido comparados con las estéticas de José Moreno Villa y Ramón Gómez de la Serna, con quienes compartió afinidades formales y un espíritu de exploración lingüística.
El pulso de su lírica se distingue por una economía de recursos que, pese a su aparente sencillez, revela una voluntad de estructurar la imagen y el ritmo como motor de significado. En su poesía late una conciencia de época y una sensibilidad que oscilaba entre lo confesional y lo ambiguo, buscando una voz que se sostuviera por sí misma frente a las modas del momento.
Más allá de la biografía y la crítica, Espina dejó constancias de una poesía que no buscaba la grandilocuencia, sino la insinuación y el juego con la palabra, en una línea que sus contemporáneos interpretaron como un eco de la modernidad que se gestaba en la década de 1910 y 1920.
Prosa
La lectura habitual de su narrativa suele haber recurrido a criterios que provenían de la tradición del siglo XIX, pero su obra demanda otra forma de aproximación: propone una lectura que exige una participación activa del lector para descifrar las unidades narrativas que componen sus libros. Su prosa ha sido descrita como violenta y temeraria, características que responden a un afán de desafiar convenciones y de mirar la realidad desde una perspectiva menos complaciente.
Para José Ortega y Gasset, al pensar en la poesía y la prosa de la época de los años veinte, habría aparecido un «álgebra superior de las metáforas»; Espina, por su parte, hace que las imágenes dominen la narración y que la intención del narrador se proyecte hacia la sociedad de su tiempo. Sus textos buscan contrarrestar la vulgaridad y la trivialidad, y muestran, aun en su estructura, una mezcla de racionalidad y experimentación propia de la vanguardia, con una preferencia por la intensidad de la idea y la imagen más que por la claridad didáctica.
Entre sus temas de interés popular figura la biografía de Luis Candelas, el bandolero madrileño considerado por algunos como un Robin Hood español, que, pese a su carácter desafiante, murió ejecutado. Espina le rindió homenaje literario, explorando la figura con un tono que oscilaba entre la admiración y la crítica, y su tratamiento de ese personaje respondió a su interés por personajes límite y por las formas en que la historia popular se convierte en mito.