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Antonio Ruiz Soler

Nombre completo Antonio Ruiz Soler
Descripción Bailarín, bailaor de flamenco, coreógrafo y director artístico español (1921-1996)
Fecha de nacimiento 04-11-1921
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 06-02-1996
Nacionalidad España
Ocupaciones coreógrafo, actor, bailarín
Géneros danza española, variedades
Idiomas español
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Antonio Ruiz Soler nació en Sevilla el 4 de noviembre de 1921 y falleció en Madrid el 5 de febrero de 1996. Aclamado en los escenarios como Antonio el Bailarín, dejó una huella indeleble en el flamenco y en la danza española, destacándose como intérprete, creador coreográfico y responsable artístico de compañías de gran renombre. Su vida artística atravesó décadas de innovación, conquista internacional y una influencia decisiva en la evolución del baile flamenco contemporáneo.

Antonio Ruiz Soler — Imagen principal

Antonio Ruiz Soler nació en Sevilla el 4 de noviembre de 1921 y falleció en Madrid el 5 de febrero de 1996. Aclamado en los escenarios como Antonio el Bailarín, dejó una huella indeleble en el flamenco y en la danza española, destacándose como intérprete, creador coreográfico y responsable artístico de compañías de gran renombre. Su vida artística atravesó décadas de innovación, conquista internacional y una influencia decisiva en la evolución del baile flamenco contemporáneo.

Biografía

Desde muy joven, la danza forjó su destino como una vocación sostenida por el rigor y la curiosidad. A los seis años inició su formación en la academia dirigida por Realito, donde el baile de palillos recibió una atención especial que marcaría su andar posterior. Su talento brilló de forma temprana y, poco después, se organizó una dupla con una joven de perfil similar, con la que se consolidó como una pareja de proyección, bajo el nombre de Rosario (Florencia Pérez Padilla). Bajo la guía de maestros experimentados, el niño prodigio recibió oportunidades para presentarse en fiestas y teatros junto a profesionales del ramo. La primera aparición de esta dupla en un formato semejante a un espectáculo de escenario llegó en 1928, en el Teatro Duque de Sevilla, con apenas siete años. En ese mismo año participó en el Pasaje de Oriente, en una celebración dedicada al infante Don Carlos, y, de modo notable, viajó al extranjero por primera vez para bailar en la Feria Internacional de Lieja y en Bélgica, ampliando horizontes más allá de su ciudad natal.

La siguiente etapa de su aprendizaje y proyección coincidió con la década de los años treinta. En 1929 tuvo la oportunidad de presentarse ante la realeza española, Alfonso XIII y Victoria Eugenia, con motivo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla. Entre el repertorio de esa época, su actividad oscilaba entre escenarios de cafés concierto, fiestas privadas y celebraciones andaluzas de las Cruces de Mayo. Fue la fase inicial de una formación que, pese a su juventud, ya empezaba a afirmar una identidad propia en el mundo del baile. En este periodo, el dúo recibió la influencia de maestros como Otero y Pericet y se enriqueció con la técnica de Frasquillo, consolidando las bases de un flamenco que se fortalecería con el tiempo. Pronto comenzaron a actuar fuera de Sevilla, recorriendo distintas provincias y la capital de España, ganando el apodo de Los Chavalillos Sevillanos, que señalaba su origen y su juventud.

Trayectoria artística

La escena universal abrió sus puertas a Antonio y a Rosario cuando, en 1937, comenzaron a experimentar con nuevas oportunidades en Barcelona y en Francia. En ese momento surgiría un acuerdo con un empresario de variedades que les brindó la posibilidad de llevar su propuesta artístico–dramática a América, decisión que marcó un punto de inflexión en sus carreras: la pareja aceptó el reto y se embarcó en una etapa de numerosos compromisos que se extendería durante doce años. Su debut continental tuvo lugar en Buenos Aires, Argentina, en el Teatro Maravillas, con el espectáculo Las maravillas del Maravillas. A partir de ese momento, su itinerario se amplió a Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Cuba y México, con una secuencia de presentaciones que les permitió demostrar un flamenco de nuevo cuño, con influencias y una técnica que se volvía cada vez más cosmopolita. En un tramo intermedio regresaron a Argentina, para actuar en Espléndido y Ateneo de Buenos Aires, donde presentaron por primera vez un concierto de danza en solitario. La gira sudamericana se cerró en Brasil en 1939 y, de inmediato, recibió la invitación para presentarse en la Sala de Fiestas Waldorf Astoria de Nueva York. Esta década de vivir en el extranjero aportó a su repertorio una amplitud de recursos y un contacto directo con públicos muy diversos. Posteriormente, en 1943, regresando a Nueva York, ofrecieron un recital en Carnegie Hall con una composición de mayor repertorio y Antonio llevó a escena el Corpus Christi en Sevilla, obra de Albéniz.

Entre 1944 y 1946, actúan por todo el país, con paradas importantes en México, donde estrenaron en el Teatro Bellas Artes el célebre Zapateado de Sarasate, una coreografía de ejecución individual que se convertiría en una pieza emblemática de su repertorio. Este periodo de expansión los llevó a Cuba, Uruguay, Perú y Chile, y en 1948 regresaron a Argentina para presentarse de nuevo en el Teatro Municipal y el Teatro Colón de Buenos Aires. Con el paso de los años, la crítica en la capital argentina ya percibía la madurez de su baile y el desarrollo de su lenguaje coreográfico, diez años después de su primera visita a la ciudad.

Durante los doce años que transcurrieron en América, la labor creativa de la pareja fue altísima: además del Zapateado, integraron obras como la jota Viva Navarra, de Joaquín Larregla, y Zorongo gitano; por la parte de las músicas españolas recogieron piezas de Albéniz, Turina y Falla, entre otros. El repertorio incluía selección de obras de Granados (Goyescas y danzas de la colección IX y VII), de Turina (El Zapateado y otras danzas) y de Manuel de Falla (El amor brujo, El sombrero de tres picos), además de piezas que evocaban ritmos populares y danzas regionales. A ello se sumaron danzas de escuela como seguidillas manchegas, boleros o sevillanas, y un conjunto de piezas que iban desde fandangos hasta el mítico Café de Chinitas, con letras de Lorca. En esa época, su fascinación por la fusión de estilos les permitió explorar el tango, el taranto, las serranas y las seguiriyas, abriéndose a un espectro de influencias que enriquecieron su marca personal de baile.

En 1949, la trayectoria dio un giro que los acercó de nuevo a Europa. Tras un periodo de ajustes, el empresario Lasarreta les ofreció trabajar en Madrid. Su debut en el Teatro Fontalba, el 27 de enero de 1949, fue un triunfo rotundo que consolidó la recuperación de su carrera. El programa, presentado bajo los nombres de la dupla, llevó a la crítica y al público a reconocer un lenguaje que fusionaba el estilo sevillano con una mirada internacional. En seguida, visitaron Sevilla, donde durante la Semana Santa ejecutaron un programa destacado en el Teatro de San Fernando. Este nuevo impulso les permitió emprender una gira por Europa que llevó su danza a París y a escenarios de Italia, Suiza, Dinamarca, Suecia, Inglaterra y Bélgica, con paradas en Edimburgo y otros festivales internacionales. En esa ruta, su presencia dejó una marca en teatros de gran relevancia y abrió la puerta para futuras colaboraciones en Israel, así como nuevas recorridas por ciudades europeas. En París se presentó en el Teatro de los Campos Elíseos, y su protagonismo se extendió también a Karten y a salas de referencia en Londres, mientras que en América destacaba su influencia en Buenos Aires, la capital argentina, como centro de referencia para sus creaciones. En 1954, dieron a conocer una serie de danzas nuevas en aquellas ciudades, con piezas como Almería, Andaluza y Danzas fantásticas, además de una revisión de Viva Navarra.

El año 1955 marcó un hito al presentar en Londres, en el Teatro Palace, versiones contemporáneas de la Rondeña y el Albaicín, junto con la histórica Amor Brujo de Falla, que recibió elogios por su hondura expresiva y su sintonía con el espíritu de la partitura. Este ballet viajó después a París y a Milán, donde permaneció durante un tramo, con funciones en el Piccolo Scala que permitieron escuchar flamenco en un contexto de gran alcance simposium. El incremento de bailarines en la compañía fue una necesidad para sostener las producciones ambiciosas. En Granada, el Festival Internacional de Música y Danza fue el escenario para presentar nuevas obras; desde allí, la compañía viajó a Madrid y a otras capitales europeas, a Estados Unidos y a Sudamérica, continuando su ruta de forma activa. En 1956 volvieron a presentarse en Granada con una fantasía gallega basada en la Santa Compaña, y con un conjunto de coreografías que integraron elementos de música popular, con piezas como la muñeira y un conjunto de danzas antiguas reinterpretadas. Se mezclaron obras de Rubén Darío convertidas en bailar, así como piezas de Albéniz, Turina y Lorca, todo ello dentro de una visión que unía el virtuosismo flamenco con una estética teatral muy trabajada. El año siguiente, 1957, significó una temporada histórica en la Ópera de Viena, un hito que consolidó su reconocimiento en el circuito internacional de la danza. En 1958, su versión de El sombrero de tres picos para Falla fue destacada como la cúspide de su aportación coreográfica, con un reparto que incluyó a Rosita Segovia y un diseño escénico que evocaba los trazos de Picasso. También ese año participó en la película Luna de miel, dirigida por Michael Powell, donde su baile y su coreografía brillaron con especial intensidad.

Los años sesenta lo vieron explorar nuevas direcciones creativas. En Barcelona, el Gran Teatro del Liceo fue escenario de estrenos que combinaban piezas de Albéniz con nuevas obras de Halffter, y donde su estilo buscaba simbolismo sin renunciar a la claridad del movimiento. En 1962, el reencuentro con Rosario se producía en calidad de artista invitada dentro de su ballet, cuando ella apareció en solitario bajo un foco central y mostró aquellas danzas sencillas y atemporales que el público recibía con entusiasmo. También formó parte de la escena de La Taberna del Toro, un número que había estrenado años antes en Londres, y que continuaron incluyendo en su repertorio. Dos años después, en 1964, se produjo la última reunión con Rosario para emprender una gira que abarcó España, Inglaterra y, por primera vez, Estados Unidos y la Unión Soviética. Sus actuaciones se desarrollaron en teatros de gran prestigio como Opera House y Royal Druy Lane, y su presencia en Leningrado, Kiev y Moscú demostró la aceptación internacional de su enfoque; la gira continuó por Sudamérica y África, con el cierre simbólico de la etapa en Chile, donde Rosario terminó sus compromisos.

A partir de 1965, Antonio adoptó la denominación de Antonio y sus Ballets de Madrid para su compañía, con la cual siguió estrenando obras que exploraban la fusión de danza clásica y baile flamenco, manteniendo una línea de creatividad que incorporaba simbolismos y estructuras modernas. En esa década y la siguiente, su obra se vinculó estrechamente con los Festivales de España organizados por el Ministerio de Información y Turism o, en su evolución, con el propio circuito de festivales internacionales. Entre las creaciones que abordó destaca Concierto Andaluz, una pieza de Joaquín Rodrigo para ballet en un acto y tres movimientos, donde el lenguaje coreográfico siguió una trayectoria marcada por la síntesis entre tradición y experimentación.

Años 1970 y 1980

En el entorno de la ópera de Madrid, durante el festival de 1970, se presentaron estrenos mundiales que apuntaban a un ámbito amplio de la cultura musical y escénica: Torre bermeja y Córdoba, dedicadas a Isaac Albéniz, junto con Danza de la gitana y Primera de La vida breve de Falla, y la estampa colonial del siglo XIX titulada Cubana. Estas piezas testimoniaron una madurez técnica y una visión que trascendía la danza para abrazar un lenguaje escenográfico total. En 1974, sufrió una condena de dos meses por blasfemia y escándalo público, causa de una controversia que generó una conversación sobre la legislación de la época; sin embargo, el indulto dio paso a la continuidad de su labor artística. En 1978, decidió iniciar un periodo de retirada de los escenarios con un plan de despedida: Antonio y su teatro flamenco, un formato íntimo que desplegó en Sevilla, en el Teatro Nacional de Lope de Vega, con una selección de piezas en dos versiones, una popular y otra teatral. La propuesta abrió con un preludio de guitarras y cantares, siguió con el mirabrás y los tarantos, y se fue desgranando hacia números como La sangre derramada, En el puerto y los tangos de Málaga, para cerrar con sevillanas y fandangos que dejaron una impronta de fin de ciclo. La gira continuó, y en 1978 dio un salto internacional, con una actuación destacada en Sapporo, signo de una retirada que coincidía con las bodas de oro de su dedicación a la danza.

En 1980 fue nombrado director artístico del Ballet Nacional Español, reconocimiento que le permitió ampliar el alcance de su trabajo y presentar un repertorio variado, alternando creaciones propias con piezas de otros maestros. Su gestión se extendió por dos años y dejó una huella que, en el año 1983, se cerró de manera abrupta por razones que generaron debates y que, en su momento, se interpretaron como un episodio de tensión institucional. A partir de entonces, Antonio se distanció de la actividad puramente coreográfica para dedicarse a proyectos puntuales, entre ellos un encargo para María Rosa, que consistió en una coreografía inspirada en la Romería del Rocío, presentada en 1987 en el Teatro Monumental de Madrid.

El propio devenir de su salud lo llevó a pesar de todo a mantenerse activo en el mundo de la danza durante años, pero una enfermedad grave lo dejó postrado en una silla de ruedas. Su fallecimiento en 1996 supuso una pérdida para la escena artística española. Fue enterrado en el Cementerio de San Fernando de Sevilla, y el legado que dejó se convirtió en un referente permanente para las nuevas generaciones. En la ciudad de Sevilla, el Conservatorio de Danza recibió el nombre de Antonio Ruiz Soler, un lugar que mira al Parque de María Luisa y que se halla frente a una estatua de Simón Bolívar, como testimonio de la importancia histórica de su figura en la cultura local.

Premios y condecoraciones

La trayectoria de Antonio Ruiz Soler se vio reconocida a través de una extensa lista de distinciones que atestiguan su influencia y su aportación al baile, tanto en España como en el extranjero. Entre las distinciones que acumuló se destacan recompensas de alto rango y menciones honoríficas que avalan su estatus de figura paradigmática de la danza española.

  • Cruz de Isabel la Católica (1950).
  • Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes (1952).
  • Premio Internacional de Danza Vicente Escudero, otorgado en Valladolid, de diversas décadas (1957-1958-1960).
  • Medalla de Oro Extraordinaria del Círculo de Bellas Artes (1959-1960).
  • Medalla de Oro de la Real Academia Inglesa de la Danza (1962).
  • Medalla de Honor de las Naciones Unidas (1963).
  • Primer Premio de la Academia de la Danza de París (1963).
  • Medalla de Plata al Mérito Turístico (1964).
  • Comendador del Mérito Civil (1964).
  • Medalla de Oro de la Real Academia de la Danza de Suecia (1964).
  • Medalla de la Feria Mundial de Nueva York (1964).
  • Medalla de Oro de la Escuela de la Danza de Moscú (1966).
  • Premio Nacional de Flamenco de la Cátedra de Flamencología de Jerez (1966).
  • Medalla de Oro de la Scala de Milán (1967).
  • Placa Conmemorativa del Ministerio de Información y Turismo al Primer Bailarín Español (1967).
  • Llave de la ciudad de San Francisco (California) (año no especificado en la fuente original, pero figura como reconocimiento internacional).
  • Comendador de la Legión de Honor al Mérito Turístico (1972).
  • Premio Nacional al Mejor Ballet (1972).
  • Medalla de Oro del Spanish Institute de Nueva York (1979).

Fondo Antonio Ruiz Soler

En el año 2000, el Ministerio de Cultura decidió adquirir en subasta pública una serie de lotes que integraban el legado significativo del bailarín y coreógrafo, con el fin de custodiarlo en un centro de referencia para las artes escénicas y la música. Ese conjunto quedó bajo la gestión del Centro de Documentación de las Artes Escénicas y de la Música, donde se protege y difunde la memoria de su obra y de su influencia en la danza española.

Filmografía

A lo largo de su vida, Antonio Ruiz Soler participó en un buen número de producciones cinematográficas, a menudo compartiendo escenas con otros artistas o desempeñando labores de interpretación, coreografía y, en algunos casos, dirección. Su presencia en la gran pantalla permitió que su lenguaje coreográfico llegara a públicos que quizá no lo hubieran conocido únicamente a través del escenario. A continuación se detallan algunas de sus colaboraciones en el mundo del cine y del cortometraje:

  • 1941 - Singularizó su presencia en Sing Another Chorus.
  • 1941 - Participó en Ziegfeld Girl, bajo la dirección de Robert Z. Leonard y con la supervisión de Busby Berkeley.
  • 1944 - Protagonizó y fue parte de Hollywood Canteen, bajo la batuta de Delmer Daves.
  • 1945 - Pan-Americana, dirigido por John H. Auer.
  • 1945 - All Star Musical Revue, un cortometraje dirigido por Jack Scholl.
  • 1950 - El rey de Sierra Morena (también conocida como José María el Tempranillo), de Adolfo Aznar.
  • 1951 - Niebla y sol, de José María Forqué.
  • 1952 - Duende y misterio del flamenco, dirigido por Edgar Neville.
  • 1954 - Todo es posible en Granada, de José Luis Sáenz de Heredia.
  • 1954 - Carrusel napolitano (Carosello napoletano), de Ettore Giannini.
  • 1954 - Noches andaluzas (Nuits andalouses), de Maurice Cloche.
  • 1958 - Pan, amor y... Andalucía, de Javier Setó.
  • 1959 - Luna de miel (Honeymoon), dirigida por Michael Powell.
  • 1962 - Universo de noche (Universo di notte), de Alessandro Jacovoni.
  • 1962 - Málaga y la Costa del Sol, cortometraje de Matías Prats Cañete.
  • 1963 - Antonio en la cueva de Nerja, cortometraje de Manuel Gutiérrez Torrero y Fernando Pallarés.
  • 1964 - La nueva Cenicienta, dirigida por George Sherman.
  • 1965 - Sinfonía española, de Jaime Prades.
  • 1966 - El barco de los locos (Ship of Fools), de Stanley Kramer.
  • 1969 - La ley de una raza (Juan Pedro el Dallador), de José Luis Gonzalvo.
  • 1972 - 360 grados en torno a Marisol (TV), de Valerio Lazarov.
  • 1973 - El sombrero de tres picos (TV), de Valerio Lazarov.
  • 1973 - El amor brujo (TV), de Valerio Lazarov.
  • 1974 - La taberna del toro (TV), de José Antonio Páramo.