Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro
| Nombre completo | Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro |
|---|---|
| Nombre nativo | Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro |
| Descripción | Religioso, ensayista y polígrafo español (1676-1764) |
| Fecha de nacimiento | 08-10-1677 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 26-09-1764 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | ensayista, escritor, profesor universitario, médico, filósofo |
| Idiomas | español |
| Hermanos | Anselmo Feijoo Montenegro |
Ayúdanos a mejorar VidaIcónica escribiéndonos desde la página de contacto.
Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro nació en un entorno rural de Castilla y Galicia, en el caserío de Casdemiro, dentro de Pereiro de Aguiar, en la provincia de Orense, el 8 de octubre de 1676, y dejó este mundo en Oviedo el 27 de septiembre de 1764. Fue un monje benedictino, un aguerrido ensayista y un autor polígrafo que dejó una huella indeleble en los albores de la Ilustración española, formando junto a Gregorio Mayans una dupla decisiva para entender el tránsito entre el pensamiento tradicional y una cultura de la razón. Sus textos, especialmente la obra que dio inicio a una línea feminista en España y su exigente defensa de la experiencia, le otorgaron un protagonismo perdurable en la historia intelectual hispana.
Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro nació en un entorno rural de Castilla y Galicia, en el caserío de Casdemiro, dentro de Pereiro de Aguiar, en la provincia de Orense, el 8 de octubre de 1676, y dejó este mundo en Oviedo el 27 de septiembre de 1764. Fue un monje benedictino, un aguerrido ensayista y un autor polígrafo que dejó una huella indeleble en los albores de la Ilustración española, formando junto a Gregorio Mayans una dupla decisiva para entender el tránsito entre el pensamiento tradicional y una cultura de la razón. Sus textos, especialmente la obra que dio inicio a una línea feminista en España y su exigente defensa de la experiencia, le otorgaron un protagonismo perdurable en la historia intelectual hispana.
Crítico de costumbres y defensor de la razón, Feijoo convivió con la presión de una Inquisición que buscaba limitar la libertad de pensamiento, pero encontró refugio y respaldo en la familia borbónica y en figuras regias como Fernando VI. Su vida estuvo marcada por el esfuerzo de compaginar la vocación monástica con una curiosidad insaciable por la ciencia, la filosofía y las letras. A lo largo de sus años, cultivó la actividad doctrinal, educativa y epistolar, que convertiría sus ideas en un eje central de la Ilustración española.
Biografía
Infancia y orígenes. El joven Feijoo nació dentro de la nobleza hidalga que mantenía la tradición de estudiar y debatir en torno al saber. Su linaje, vinculado a la casa Codesal por su apellido, le legó una casa con biblioteca y un entorno de tertulias que despertaron desde temprano su afición por la lectura y la conversación culta. Sus padres, Antonio Feijoo Montenegro y Sanjurjo y María de Puga Sandoval Novoa y Feijoo, destacaron por su interés en las letras y su afición a la conversación erudita. De su padre se decía que era capaz de memorizar con suma facilidad, incluso versos completos de Virgilio, y que sabía componer en lengua castellana con una elegancia que combinaba lo serio y lo festivo. De su madre, poco se sabe, salvo que falleció poco después del último parto.
Contexto histórico. Fuera de la casa, España vivía una etapa de crisis y desgaste que afectaba a las estructuras políticas, económicas y sociales. La década en que nace Feijoo se inscribe en un periodo de transición entre el lastre de la dinastía de Habsburgo y la llegada de una nueva era borbónica. A nivel cultural, el país experimenta cambios que ponen en juego la autoridad de la Iglesia, la experiencia de la literatura y el despertar de una curiosidad científica que rompería con varias certezas heredadas. En este marco, las ideas que Feijoo abrazaría serían recibidas, discutidas o resistidas, pero ya apuntaban hacia un modo de pensar más independiente y menos dependiente de la autoridad ciega.
Formación y primeros pasos. Los primeros años escolares los realizó en Allariz; más tarde fortalecería su educación en el monastery de San Esteban, donde recibió formación de base en gramática y filosofía. Su educación religiosa continuó en el monasterio de Samos, un hito del Camino de Santiago que marcaría su trayectoria. Allí, en la ribera del Sil, inició un itinerario formativo que lo acercó a la vida monástica y a la disciplina de la Orden Benedictina. El joven Feijoo recibió una acogida de maestro que sabía combinar rigor y afán didáctico, y, a la par, la vida en Santa Olaja de Eslonza y otras comunidades propermentes vinculadas a la red de centros monásticos de la región.
Ingresó en la vida monástica. En 1690, con catorce años, dio un paso decisivo al ingresar en el monasterio de San Julián en Samos, siguió el itinerario de votos dentro de la orden y tomó la promesa de pobreza que le abriría una carrera centrada en el estudio y la enseñanza, desligada de los bienes personales. A partir de ese momento, Feijoo se enfocaría en una formación sostenida que combinaría artes, teología y docencia, con la idea de que el saber debía estar al servicio de la vida espiritual y del bien común. En esa etapa surgió una vocación que lo acompañaría toda la vida: la búsqueda de la verdad a través de la observación, la lectura y el razonamiento claro.
Progresión académica. Entre 1692 y 1701 acumuló una intensa formación: tres años de Artes en Lérez, tres de Teología en la casa de San Vicente de Salamanca y una pasantía de tres años en el cenobio de San Pedro de Eslonza. Más allá de las aulas, ejerció como pasante y profesor de Artes en Lérez entre 1702 y 1708, y se desempeñó como maestro de Teología en el monasterio de San Juan, ubicado en Poyo, entre 1708 y 1709. Estas etapas consolidaron su vocación de maestro y su vocación de compartir el conocimiento con otros.
La llegada a Oviedo. En 1709 fue destinado al colegio de San Vicente en Oviedo, donde ejerció como maestro y opositor a cátedras, una experiencia que, más allá de las tensiones, le permitió encontrar una libertad intelectual que no hallaba necesariamente en la corte. En la Universidad de Oviedo consiguió por oposición las cátedras de Santo Tomás (1710), Sagrada Escritura (1721) y Vísperas de Teología (1724). En el tramo final de su vida académica, con el permiso especial, ocupó la de Prima desde 1737 hasta 1739, una distinción que simbolizaba su autoridad y su prestigio dentro del claustro.
Abades y cargos dentro de la orden. Entre 1721 y 1741 Feijoo ejerció la dignidad de abad en tres ocasiones, sin atender en exceso a los honores, pues prefería la labor docente y el debate intelectual a la gestión de las casas monásticas. Rehusó nominalmente cargos como abad de San Julián de Samos o de San Martín de Madrid, y rechazó también un obispado en América y la designación de General de la Orden. Sin embargo, la comunidad le reconoció su valía y fue ungido Maestro General de la Orden por aclamación, un honor que expresó la estima de sus contemporáneos por su saber y su moderación. En todos estos años, Feijoo mantuvo una vida centrada en el estudio, la enseñanza y la defensa de sus ideas, aun cuando las críticas no cesaran.
Actividad intelectual y vínculos. La vida de Feijoo estuvo marcada por una actividad constante de producción y correspondencia. Su quizás más destacada contribución fue la creación de un conjunto de obras que se agruparon en el Teatro crítico universal y en las Cartas eruditas y curiosas. En estas piezas, Feijoo dio voz a un pensamiento que mezcla el rigor analítico con una curiosidad que no se conforma con lo evidente. Sus cartas viajan y dialogan con otros eruditos de su orden y con sabios de distintas latitudes, Europeos y americanos, lo que convirtió su labor en un puente entre tradiciones y nuevas perspectivas.
Estilo y método. Sus biógrafos destacan la afabilidad de su trato y su elocuencia, cualidades que iban de la mano con un intelecto afilado y una vocación pedagógica. Feijoo no sólo escribía, también discutía, y su presencia era apreciada por su claridad expositiva y su capacidad para hacer comprensibles conceptos complejos. Su estatura, su compostura y su mirada transmitían la serenidad de quien domina su tema y sabe explicarlo con paciencia. Su personalidad, descrita por contemporáneos como agradable y conciliadora, facilitó el diálogo entre corrientes de pensamiento diversas.
Retiro, reconocimiento y últimos años. La enfermedad lo llevó a una jubilación definitiva en 1739, aunque siguió conservando un vínculo estrecho con la Universidad. En 1748 recibió el encargo de consejero real por parte de Fernando VI, un reconocimiento distintivo que marcó el reconocimiento oficial de su saber. Carlos III le obsequió un ejemplar de un libro de antiquísimas trayectorias como muestra de estima, y la Real Sociedad Económica Sevillana incluyó su figura entre sus socios de honor. El legado de Feijoo se consolidó, además, en la amplia recepción de su obra por parte de la Iglesia y de los literatos de la época. Su figura fue elogiada por el papado y por destacados cardenales, y su influencia quedó grabada en la memoria de quienes defendían la razón y la ciencia ante la superstición.
Últimos días y memoria. En las semanas finales de su vida, Feijoo fue aquejado por la sordera y una debilidad progresiva de las piernas que lo obligó a atenderse desde una butaca para participar de las ceremonias del claustro. El 26 de septiembre de 1764 se produjo la crisis definitiva y falleció poco después en el colegio de San Vicente. Sus restos descansan en la iglesia de Santa María la Real de la Corte, un lugar acorde con la notoriedad de su trayectoria intelectual y espiritual. Su muerte dejó un vacío entre los que miraban hacia la Ilustración como camino para la sociedad española, pero su obra continuó influyendo a generaciones de lectores, científicos y filósofos que buscaban una lectura razonada del mundo.
La obra de Feijoo. En una España aún marcada por supersticiones y prejuicios, Feijoo apostó por evaluar la realidad desde la experiencia y la observación, resistiéndose a aceptar cualquier afirmación únicamente por la autoridad. Su labor se enmarcó en un empeño persistente por eliminar errores y promover avances científicos y culturales que permitieran entender la realidad de modo crítico. Su proyecto intelectual se manifiesta en dos vertientes principales: las obras centrales en forma de ensayos y una extensa correspondencia que nutría a una red de colaboradores y lectores.
La colección de ensayos. La producción de Feijoo se organiza en volúmenes de discuros y cartas que, juntos, configuran un monumental corpus. Primero aparecen ocho volúmenes que reúnen ciento dieciocho discursos, seguidos de un suplemento del Teatro crítico universal, publicados entre 1726 y 1740. Poco después se integran cinco volúmenes de Cartas eruditas y curiosas, que suman ciento sesenta y seis ensayos breves. Más adelante apareció un tomo de Adiciones en 1783, y su correspondencia, inmensa y variada, ha permanecido en gran parte inédita hasta nuestros días. Este conjunto no solo propone criterios para juzgar la realidad, sino que también propone un estilo claro y directo, alejado de los ornamentos retóricos que solían acompañar a la erudición de la época.
Temas y propósito. Feijoo aborda una amplia gama de cuestiones, pero todas obedecen a una motivación común: erradicar supersticiones y difundir novedades científicas y pedagógicas que permitan corregir lo que él llamaba los “errores comunes”. Para ello, se apoyaba en un marco empírico y en una ética de la observación, que le distanciaba de las certezas que no podían ser verificadas. Su método, inspirado por el pragmatismo de Bacon y por un eclecticismo moderado, buscaba desenmascarar los engaños que podían nublar la experiencia o el experimento.
Influencias y marco epistemológico. Feijoo situó su pensamiento en la tradición del empirismo, tomando como faros a Francis Bacon y a una diversa constelación de pensadores modernos. Su lectura preferente se orientó hacia obras religiosas, teológicas, médicas y de ciencias naturales, escritas en latín, italiano, portugués y francés, y su interés por la explicación basada en la evidencia hizo que sus juicios se sometieran a una especie de ortodoxia crítica que, sin embargo, lo distinguía como ciudadano libre de la república de las letras. Su curiosidad no conocía fronteras: citaba a Newton, Gassendi, Maignan, Descartes, Malebranche, Boyle y Locke, entre otros, y recogía ideas de compilaciones y revistas europeas y americanas que iban formando un panorama de conocimiento en expansión.
Metodología y educación. Entre las ideas que Feijoo despliega en su obra, destacan sus criterios para el diseño y la ejecución de experimentos. Recurre a una serie de condiciones necesarias para la validez de los resultados: agudeza para decidir qué investigar y cómo plantearlo, atención a las circunstancias que pueden influir, constancia para repetir las pruebas, precaución para identificar variables casuales, razonamiento para comparar distintos experimentos y diligencia para evitar conclusiones apresuradas. Este marco metodológico anticipa, en varios aspectos, las prácticas que luego se consolidarían en la cultura científica moderna.
Un enfoque crítico de las publicaciones. Feijoo exigía que todo juicio pasara por la ortodoxia de la fe cristiana, pero al mismo tiempo se definía a sí mismo como un ciudadano de la república de las letras, libre para cuestionar y proponer. Su estilo, llano y directo, contrasta con otros enfoques más ornamentales; fue un innovador en el uso de la lengua vernácula para explicar ideas complejas y mostró una preferencia por evitar galicismos innecesarios. Su lectura no se limitaba a la teología; abrazaba la medicina, la física y la biología, siempre con una mirada crítica y una voluntad de enseñar mediante la claridad.
Recepción y diálogos with los sabios. La correspondencia de Feijoo abarcó a colegas de su propia orden y a sabios de España, Europa y América, lo que convirtió su voz en un puente entre distintas tradiciones intelectuales. Fue un interlocutor activo en el intercambio de ideas y su obra generó debates que trascendían fronteras. En la Academia de Oviedo y en otros foros, Feijoo se convirtió en un punto de referencia para quienes buscaban una lectura seria y serena de la realidad, capaz de combinar la erudición con la experiencia cotidiana.
Defensa de la mujer. Entre los temas que Feijoo trató con singular profundidad, destaca un discurso que emerge como un hito dentro de la historia del feminismo hispano: la defensa de las mujeres, presentado en el primer tomo del Teatro crítico. Este ensayo revolucionario se situó a la vanguardia de la discusión sobre la igualdad y la dignidad femenina, desafiando prejuicios y proponiendo un marco de razonamiento que situaba a las mujeres en el centro del debate intelectual y moral de su tiempo.
Extensión de su legado. Además de sus obras de mayor relieve, Feijoo publicó otros títulos menores que ampliaron su crítica y su defensa de la razón: Apología del escepticismo médico, Satisfacción al Escrupuloso, Respuesta al discurso fisiológico-médico, Ilustración apologética, Suplemento del Teatro Crítico y Justa repulsa de inicuas acusaciones. Estos textos, junto con sus cartas y ensayos, consolidaron una visión que mezclaba la prudencia religiosa con un impulso reformista que buscaba mejorar la vida de las personas mediante el conocimiento y la experiencia.
Defensa de las mujeres
Impacto y valor histórico. El discurso titulado Defensa de las mujeres, incluido en el Teatro crítico, se erige como una de las primeras formulaciones feministas en la tradición española. Feijoo defiende la dignidad y la capacidad intelectual de las mujeres, desafiando estereotipos y proponiendo argumentos basados en la observación de la experiencia y en la ética de la justicia. Este hito se sitúa en la etapa temprana de la Ilustración española, cuando el cuestionamiento de prejuicios culturales comienza a ocupar un lugar destacado en la literatura y la filosofía.