Vida Icónica VIDAICÓNICA

Bertha Von Glümer Leyva

Nombre completo Bertha Von Glümer Leyva
Descripción Educadora y maestra mexicana
Fecha de nacimiento 16-07-1877
Fecha de fallecimiento 15-12-1963
Ocupaciones guerrero
Sugerencias y correcciones ¿Hay algún error, actualización pendiente o falta alguna biografía?
Ayúdanos a mejorar VidaIcónica escribiéndonos desde la página de contacto.

Bertha Von Glümer Leyva nació en Acapulco, Guerrero, el 16 de julio de 1877, y vivió una niñez marcada por la fusión de culturas y una curiosidad insaciable. Su padre, Bodo von Glümer, ejercía como ingeniero y ocupó cargos militares, mientras que su madre, Petra Leyva, provenía de la región de Guerrero. Desde muy joven, las letras y la disciplina convivieron en su vida, sembrando una vocación educativa que, con el paso de los años, florecería como una influencia decisiva para la formación de docentes en México.

Bertha Von Glümer Leyva — Imagen principal

Bertha Von Glümer Leyva nació en Acapulco, Guerrero, el 16 de julio de 1877, y vivió una niñez marcada por la fusión de culturas y una curiosidad insaciable. Su padre, Bodo von Glümer, ejercía como ingeniero y ocupó cargos militares, mientras que su madre, Petra Leyva, provenía de la región de Guerrero. Desde muy joven, las letras y la disciplina convivieron en su vida, sembrando una vocación educativa que, con el paso de los años, florecería como una influencia decisiva para la formación de docentes en México.

Vida personal

Desde la infancia la casa fue un taller de aprendizaje. La figura paterna se hizo presente con dedicación, procurando una educación integral para sus dos hijas, Bertha y Aurora, incluso cuando la madre había fallecido en la niñez. El padre, que llegó a casarse de nuevo con una mujer de carácter firme, observó que la relación no marchaba bien para las niñas y tomó la decisión de apartarlas de aquella convivencia. Fue entonces su labor educativa la que sostuvo a las muchachas, enseñándoles a coser, bordar, tejer, pintar, tocar el piano y cocinar. En aquel hogar, la piedad y la disciplina convivían con la exploración de las artes, de modo que Bertha creció con un gusto por la lectura y la creación que marcaría cada etapa de su trayectoria.

La joven Bertha sobresalió por su amor a los libros y su afán de aprender. Su afabilidad contrastaba con la preferencia por la serenidad y la contemplación de la belleza en lugar del bullicio, y esa sensibilidad se reflejaría más adelante en su trabajo con niños pequeños. En su juventud, la pintora que llevó al lienzo los muros del edificio escolar dejó constancia de un detalle obsesivo por la limpieza y el orden: cada tarde, al concluir la jornada, dejaba preparado el entorno para el día siguiente, como si el colegio fuera una casa que no debe dejar de latir con vida y orden.

La vocación docente fue cultivada con el ejemplo de un padre que valoraba la educación como herramienta de superación y progreso. A su lado, Bertha aprendió que enseñar no es sólo transmitir saberes, sino formar hábitos, cultivar la imaginación y estructurar un ambiente favorable para el desarrollo de las capacidades más nobles de los niños. Con esa filosofía, la joven Bertha empezó a esbozar, poco a poco, el camino que la convertiría en una de las más destacadas educadoras de México.

Estudios

Con el apoyo de su padre, Bertha llevó adelante una educación primaria sólida y luego inició un deseo de dedicarse a la enseñanza. En 1903 comenzó a impartir clases a un grupo de cuarto grado en un colegio privado, y al año siguiente ingresó a una escuela oficial para enseñar labores manuales, especialidad que ya dominaba con destreza. El aprendizaje práctico se convirtió en un puente hacia una formación superior que consolidaría su labor educativa.

Apenas obtenida la titulación en 1904, le ofrecieron un cargo en una escuela primaria, lo que marcó el inicio de una carrera en la que la pedagogía se convertiría en su eje central. En ese periodo ya se vislumbraba la presencia de una nueva corriente educativa que se apoyaba en las ideas de Fröbel y en la idea de jardines de infancia como espacios formativos para las primeras edades.

De hecho, cuando el primer jardín de niños tipo froebeliano abrió sus puertas en el Distrito Federal en 1902, Bertha ya había iniciado una relación profesional con este movimiento; para 1906 trabajaba como ayudante en uno de estos centros. Su rendimiento y dedicación no pasaron inadvertidos para las autoridades educativas, que reconocieron su talento y la enviaron a ampliar su formación en el extranjero. Justo Sierra, al frente de la esfera educativa, facilitó su misión de ampliar horizontes y la envió a la «Escuela Normal Fröebel» de Nueva York para profundizar en la formación de educadoras.

En 1907 la administración mexicana dispuso que conociera de cerca el funcionamiento de las escuelas normales de docentes en los Estados Unidos. Parapetada en la tradición froebeliana, Bertha se inscribió en la citada escuela en Nueva York y, posteriormente, en el Teacher College de la Universidad de Chicago y en la Universidad de Columbia, donde amplió sus estudios hasta abarcar dibujo, educación física, música y metodología del jardín de infancia. A su regreso presentó constancias que acreditaban su solidez formativa y, el 11 de junio de 1909, la Escuela Normal Fröebel de Nueva York le otorgó el título de educadora. Este logro fue celebrado como una distinción de honor y la situó, de inmediato, como referente para la capacitación de nuevas docentes en México.

La distinción no fue sólo honoraria: a su regreso recibió la encomienda de formar al primer grupo de jóvenes que se dedicaría a la educación de los párvulos, un encargo que implicaba no solo asesoría, sino una orientación profunda para convertir a las educadoras en agentes capaces de transformar las prácticas pedagógicas. En ese periodo, la prepararon también figuras como Estefanía Castañedo y Rosaura Zapata, quienes acompañaron su labor de orientación y de transmisión de la filosofía froebeliana. Sin embargo, la década de 1910 trajo consigo interrupciones por la Revolución mexicana, y Bertha decidió regresar a Estados Unidos para completar su formación y actualizarse en las prácticas de educación temprana.

Entre 1913 y 1918, Bertha vivió al norte del río y estudió diversas facetas de la educación inicial, observando y comprendiendo los sistemas de enseñanza y la organización de las maestras en aquella década convulsa. A su regreso definitivo a México, aceptó una propuesta del gobierno veracruzano para enseñar en Jalapa y desarrollar un programa de formación de educadoras durante siete años consecutivos. Su labor en Jalapa consolidó una tradición froebeliana que ya existía desde 1888, cuando Laubscher y Rébsamen habían difundido ideas afines a través de publicaciones oficiales.

La tarea educativa en Veracruz fue intensa y productiva: Bertha no solo impartía cursos, sino que supervisaba jardines de niños y asumía la responsabilidad de la formación de docentes. Poco a poco se hizo cargo de la inspección de jardines del estado y, con el tiempo, se desempeñó como subdirectora de la Escuela Normal, desempeñando un papel decisivo en la estructuración de las políticas de educación temprana en la región. Jalapa se convirtió en un laboratorio de prácticas froebelianas, y su liderazgo dejó una huella que trascendió ese periodo.

La experiencia en Jalapa convivía con un marco teórico sólido: la tradición froebeliana ya estaba presente en la región por la labor de Enrique Laubscher y su difusión de las ideas de Fröebel, lo que facilitó la recepción de nuevas propuestas y su implementación en programas de formación de maestras. A partir de ese conocimiento, Bertha decidió asentarse en la capital, donde la educación infantil reclamaba una renovación más amplia y sostenida.

Vida en la capital

En la Ciudad de México, Bertha ejerció una labor amplia y variada. Se desempeñó como pianista acompañante en una casa de cuna y, por voluntad de la Primera Dama de la República, asumió la dirección del jardín de niños de aquella institución. Su experiencia profesional se amplió con colaboraciones en la Escuela Rafael Dondé y en otras instituciones destinadas a la formación de educadoras y hogares educativos.

Su compromiso con la docencia la llevó a dirigir el jardín de niños Ramón Manterola, ubicado en un barrio en situación de pobreza. A pesar de las limitaciones materiales y el entorno difícil, Bertha logró convertir ese espacio en un lugar de aprendizaje, donde las educadoras veían en su labor un modelo de profesionalidad y dedicación. Su influencia dejó una impresión duradera entre quienes la acompañaron y estudiaron bajo su guía.

Paralelamente, Bertha fue consolidando su papel de pionera en la enseñanza de la niñez. En la década de 1930 su labor se volvió más extensa y estructurada: impartió cátedra de Literatura Infantil en la Escuela Nacional de Maestras y enseñó Meteorología General en la Escuela Normal Superior, dependiente de la Universidad Nacional Autónoma de México. Estas experiencias mostraron su versatilidad y su capacidad para enlazar teoría con práctica, además de su interés por la didáctica como disciplina en constante revisión.

En 1936 se adelantó a su tiempo y estableció una academia particular en la calle Roma, que se convirtió en un crisol de futuras docentes. Atraída por su reputación, una generación de educadoras acudió a sus clases para nutrirse de su enfoque metodológico y su compromiso con una educación centrada en el niño. Ese proyecto pedagógico funcionó durante varios años, hasta que, en 1952, la salud de Bertha empezó a menguar y la labor educativa se vio afectada por problemas de visión que la obligaron a replantear su actividad cotidiana.

Durante la Segunda Guerra Mundial y los años siguientes, su influencia continuó de modo indirecto en instituciones como el Anglo Español, donde colaboró entre 1943 y 1950 y, de manera especial, impartió cursos invernales para educadoras entre 1942 y 1952. En ese periodo, forjó vínculos de afecto y respeto con quienes la acompañaron, especialmente con Guadalupe Campos, a quien actuó como madrina y maestra. A pesar de vivir en la Ciudad de México desde 1925, Bertha mantuvo una actitud reservada y poca propensión a revelar sus ideas o proyectos; su manera de pensar y planificar quedaba para ella misma, lo que no impidió, sin embargo, que su obra fuera reconocida por quienes la rodearon.

La dedicación a la enseñanza fue una constante en su vida, incluso cuando los obstáculos personales aparecieron. En 1954 se inauguró una nueva institución educativa que buscaría continuar la vocación de sus proyectos precedentes, bajo el nombre de la Escuela Normal de Educadoras Bertha von Glümer, como una continuidad de la labor que ella había encabezado durante años. Esta iniciativa buscó preservar la identidad y la metodología que habían definido su labor, proporcionando a las nuevas generaciones un marco sólido para la formación de maestras.

Muerte

El 15 de diciembre de 1963 Bertha cerró su ciclo vital, pero dejó una impronta que perdura en el recuerdo de quienes la conocieron y de las alumnas que siguieron sus enseñanzas. Su legado, significante y vivo, se reflejó en el nombre de una institución que aspiraba a educar con su mismo espíritu y a cultivar en cada estudiante la curiosidad, la paciencia y la disciplina que ella promovía. Así, su memoria continúa presente en cada aula que recibe a las futuras educadoras.

Obras

  • Notas técnicas del jardín de infancia para la formación inicial
  • Reflexiones sobre la filosofía de Fröbel aplicadas a la enseñanza
  • Álbum de melodías encantadoras para la educación musical temprana
  • Cuentos de antaño destinados a estimular la memoria y la imaginación
  • Rimas y juegos didácticos para el aprendizaje activo
  • Narraciones navideñas para estimular la creatividad teatral
  • Dramatizaciones navideñas como recurso didáctico en el aula
  • Para ti, niño recopilación de textos pedagógicos
  • El niño ante la naturaleza enfoques para la educación ambiental temprana
  • Apuntes sobre literatura infantil para educadoras
  • Traducción y edición de la Pedagogía del jardín de infancia de Fröbel para el Boletín de Instrucción Pública
  • Biografía de Fröbel publicada por la UNAM en 1930
  • Un haz de espigas (antología de maestras mexicanas)