Beverly Sills
| Nombre completo | Belle Silverman |
|---|---|
| Descripción | Soprano estadounidense de origen ucrano-rumano |
| Fecha de nacimiento | 25-05-1929 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 02-07-2007 |
| Nacionalidad | Estados Unidos |
| Ocupaciones | actor, cantante de ópera, autobiógrafo, músico, empresario |
| Géneros | ópera |
| Grupos | Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias |
| Idiomas | inglés |
| Esposas | Peter Greenough |
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Beverly Sills nació como Belle Miriam Silverman en Brooklyn, Nueva York, el 25 de mayo de 1929, en el seno de una familia de origen ucraniano–rumano y raíces judías. A lo largo de su vida artística se convirtió en una de las voces más brillantes y cercanas de la ópera estadounidense, conocida por su coloratura impecable y por su empeño en convertir la ópera en un fenómeno cultural accesible. Su trayectoria abarcó décadas de triunfos, desventuras personales y un compromiso profundo con las artes, la gestión operística y la filantropía.
Beverly Sills nació como Belle Miriam Silverman en Brooklyn, Nueva York, el 25 de mayo de 1929, en el seno de una familia de origen ucraniano–rumano y raíces judías. A lo largo de su vida artística se convirtió en una de las voces más brillantes y cercanas de la ópera estadounidense, conocida por su coloratura impecable y por su empeño en convertir la ópera en un fenómeno cultural accesible. Su trayectoria abarcó décadas de triunfos, desventuras personales y un compromiso profundo con las artes, la gestión operística y la filantropía.
Vida y primeros años
La biografía de Beverly Sills comienza en un entorno modesto de Brooklyn, donde creció entre vecinos trabajadores y un hogar que le transmitió el valor del esfuerzo. Sus progenitores eran Morris Silverman y Shirley Bahn, quienes le inculcaron el amor por la música y el canto desde la infancia. Desde muy temprana edad se dio a conocer por su talento natural: a los tres años ya había sido premiada en concursos infantiles y, con apenas cuatro años, participaba en programas de radio matutinos, lo que anticipaba su futura vocación escénica. En su juventud, el idioma fue una riqueza: convivía con el yiddish, el ruso, el rumano y el inglés, algo que más adelante le facilitó comunicarse con públicos diversos y entender distintos repertorios.
Sus primeros pasos en la escena musical incluyeron una formación seria con maestros que vieron en ella un potencial extraordinario. A los años de escuela, la niña empezó a explorar el canto con dedicación, y la vida artística empezó a dibujarse cuando recibió oportunidades en formatos breves que le permitieron hurgar en su técnica y presencia escénica. En una fase temprana, fue descubierta y promovida por audiciones de talentos que buscaban nuevas voces para programas de radio y para compañías de ópera emergentes. Este aprendizaje inicial fue clave para moldear una carrera que, lejos de ser lineal, combinó actuaciones de opereta, repertorios líricos y una curiosa inclinación por la interpretación teatral.
Durante la década de 1940, su desarrollo dio un giro significativo cuando participó como intérprete profesional en giras de compañías de opereta y, poco después, dio el salto a la ópera. En 1947 debutó como Frasquita, un personaje de Carmen, en una producción de la compañía de ópera cívica de Filadelfia, lo que marcó el inicio de una serie de apariciones que la llevaron a recorrer Norteamérica con compañías especializadas. En los años siguientes, amplió su repertorio con papeles ya clásicos, como Violetta, en La traviata, y Micaëla, en Carmen, afianzando su reputación como una joven soprano capaz de combinar técnica rigurosa con un gran dominio escénico. Su primera interacción con una casa de ópera importante llegó en la Ópera de San Francisco, donde encarnó a Elena de Troya en Mefistófeles y cantó Dona Elvira en Don Giovanni, entre otros papeles, abriendo puertas a escenarios de mayor envergadura.
Consagración
El momento decisivo llegó a mediados de la década de 1960, cuando la New York City Opera decidió rescatar obras y voces que habían quedado al margen de los grandes teatros. En una puesta de Giulio Cesare in Egitto, el papel de Cleopatra y la dirección de la ópera le ofrecieron a Beverly Sills una proyección internacional. Su interpretación convirtió a la cantante en una figura de alcance mundial, y a partir de entonces sus años de mayor éxito se desplegaron en una sucesión de papeles que desafiaban las etiquetas de la voz coloratura y demostraban una capacidad dramática de alto voltaje. Entre las obras que consolidaron su estatus estuvieron títulos de la riqueza vocal de la época, como Le Coq d’Or, Manon y Lucia di Lammermoor, así como las tres heroinas—Sor Angélica, Giorgetta y Lauretta—en la trilogía Puccini Il Trittico. En las temporadas futuras, su nombre acompasó con frecuencia a repertorios exigentes que combinaban virtuosismo y interpretación de alto impacto.
Durante ese periodo, su reputación también se afianzó en escenarios extranjeros: Covent Garden, La Scala, Napoli, la Wiener Staatsoper, Lausana y series de conciertos en París, que confirmaron su estatus de estrella operística de alcance global. En Sudamérica, se presentó en el Teatro Colón de Buenos Aires como Cleopatra, y en otras ciudades de la región llevó a cabo interpretaciones destacadas de Manon y Lucia, con repartos ilustres como Nicolai Gedda y Peter Schreier, entre otros. En esas fechas, su figura dejó de ser la de una soprano de gran técnica para convertirse en un icono cultural cuya presencia se traducía en créditos de prensa, atención por parte de fans y una demanda de actuaciones que iban más allá de los teatros.
El 29 de octubre de 1955 inauguró su relación con la Metropolitan Opera de Nueva York, con una aparición que, pese a su posterior arraigo en NYCO, dejó entre la crítica un recuerdo de alta estima por la densidad de su interpretación. No obstante, su verdadero debut de tantísimo peso en el público llegó en la era dorada de la NYCO, cuando el papel de Rosalinda en Die Fledermaus le brindó un primer par de ovaciones que se convertirían en una constante de su carrera. A partir de entonces, sus apariciones, además de realzar la opereta, comenzaron a perfilar un repertorio que abarcaba desde el bel canto hasta las dramaturgias de Ítalo y de la ópera romántica italiana, marcando una tendencia de renovación en la vida de la ópera en Estados Unidos.
Con el paso de los años, la vida personal de Sills incidió de manera decisiva en su trayectoria: en 1956 contrajo matrimonio con el periodista Peter Greenough, con quien formó una unión que, al incorporar dos hijos, condicionó la agenda profesional de la soprano. Meredith y Peter Jr. llegaron al mundo entre los años 1959 y 1961. Al descubrir que su hija Muffy era sorda y que Peter tenía autismo y discapacidad motora, Sills reorganizó su horario y redujo sus actuaciones para cuidar de ellos, subrayando un compromiso familiar que dejó huella en su manera de entender la carrera artística. En 1960 la familia se trasladó a Milton, Massachusetts, y allí la voz comenzó a adquirir un tono aún más maduro, sin abandonar la rigurosidad de su técnica ni la búsqueda de nuevos retos interpretativos.
Consolidación y liderazgo artístico
En 1966, la NYCO rescató la obra de Handel, Giulio Cesare in Egitto, con Norman Treigle y Maureen Forrester, y la interpretación de Beverly Sills como Cleopatra la convirtió en una celebridad internacional: veía cómo su presencia en escena podía convertir un aficionado en un espectador asiduo y un crítico en un fan. En los años siguientes, su presencia en papeles como la Reina de Shemakha en Le Coq d’Or, la protagonista de Manon y la enamorada de Lucia di Lammermoor, entre otros, consolidó una reputación capaz de eclipsar a muchos de sus contemporáneos. Su versatilidad le permitió también afrontar papeles complejos de Puccini y Donizetti, en el marco de la trilogía Il Trittico y de otras grandes obras de la lírica europea.
La década de 1960 y principios de los 70 la vieron rozar cimas económicas incomparables para una cantante lírica: su salario superó por primera vez la barrera del millón de dólares en un año, reflejo de su demanda internacional y del estatus de superestrella que había alcanzado. En esa época, su proyecto artístico se enriqueció con la realización de un estreno histórico en el ámbito estadounidense: la versión de 1912 de Ariadne auf Naxos, de Strauss, con la tesitura de Zerbinetta llevada a un registro vocal más alto, lo que fue celebrado por la crítica. Paralelamente, su protagonismo en el Sitio de Corinto de Rossini, estrenado en La Scala, la llevó a la portada de revistas de gran circulación, subrayando su estatus como una figura capaz de atraer la atención de público y medios por igual.
Para 1971, la presencia de Sills ya había trascendido las fronteras de la ópera: fue portada de Time, en un galardón que parecía atestiguar que la soprano era la Reina de América de la Ópera. Su programa de actuación se extendió fuera de las grandes capitales para incluir presentaciones en Covent Garden, La Scala, Nápoles y otras ciudades europeas, además de grandes conciertos en Lausana y París. En Sudamérica continuó su labor: en el Colón de Buenos Aires, llevó a escena Cleopatra, Manon y Lucia, en producciones donde trabajó con directores de prestigio y con voces de renombre internacional. Su figura, en suma, constituía una pieza clave para entender la trascendencia de la ópera fuera de Europa y su proyección en América Latina.
Ya en la década de 1970, su participación en el mundo de la dirección artística y la gestión fue intensificándose. A finales de la década, y con la mira puesta en la sostenibilidad de las instituciones, Sills limitó sus giras internacionales para centrarse en el desarrollo de la New York City Opera y en el fortalecimiento de un modelo de acceso y difusión de la ópera entre comunidades diversas. Su debut en la Metropolitan Opera, en el papel de una heroína de la escena operística, marcó un hito que cerró un círculo: el de una cantante que, a la par de su talento, llevaba una visión de institución que podía sostenerse a lo largo del tiempo. El papel de Zerbinetta, su interpretación de Pamira en El Sitio de Corinto y su presencia en otras obras dejó una huella indeleble que invitaba a un público amplio a acercarse a un repertorio que, hasta entonces, parecía reservado a una élite.
Años posteriores y legado institucional
En 1978, Sills anunció su retirada de los escenarios para culminar sus actuaciones en 1980, en una gala que quedó grabada en la memoria del público. Sin embargo, esa retirada fue más un punto de inflexión que un final definitivo: en 1979 asumió la codirección de la NYCO y, a partir de finales de ese mismo año, se convirtió en su directora general, cargo que ejerció con dedicación hasta 1989 y que continuó ejerciendo en el consejo directivo hasta 1991. Durante ese periodo, la soprano consolidó un compromiso con las artes y con proyectos benéficos que superó las fronteras de la propia ópera, integrando iniciativas culturales en el tejido social y dirigiendo esfuerzos para ampliar el acceso a la música entre comunidades con menos recursos.
En 1994 rindió homenaje a su larga relación con las artes al asumir la presidencia del Lincoln Center, una institución que simboliza la confluencia de las artes escénicas en Nueva York. Su paso, sin embargo, no culminó ahí: en 2002 aceptó la presidencia de la Metropolitan Opera, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar ese cargo. Su gestión estuvo marcada por la búsqueda de estabilidad institucional y por la promoción de un liderazgo que supiera conjugue lo artístico con lo económico. Su gestión también estuvo vinculada al nombramiento de Peter Gelb como gerente general, una decisión que marcó una nueva etapa para el MET. En 2005, Sills anunció su retirada de la dirección institucional para atender motivos familiares, reflejo de su constante prioridad por la familia y por el cuidado de su entorno cercano. En 2006, la vida llevó a su esposo a fallecer tras una larga lucha contra el Alzheimer, un golpe que la dejó en un estado de duelo y reflexión sobre la fragilidad humana y la fortaleza de las instituciones culturales ante la adversidad.
A lo largo de su trayectoria, Sills fue una figura charismática en medios de comunicación y foros culturales: participó en programas de entrevistas, llevó a la ópera a la televisión y se convirtió en una voz autorizada para la difusión y educación musical. En 2006 aceptó una invitación televisiva como amiga de Barbara Walters, un gesto que acercó a millones la figura de una artista que, más allá de su voz, era capaz de inspirar con su inteligencia, su humor y su compromiso social. Su fallecimiento tuvo lugar en Manhattan en 2007, a los 78 años, tras una recurrencia de una enfermedad oncológica que había vencido años atrás, pero que regresó para recordarle al mundo que la vida de un intérprete puede ser tan fructífera como compleja.
Repertorio operístico
La trayectoria de Beverly Sills estuvo marcada por una diversidad de papeles que mostraron tanto su virtuosismo vocal como su capacidad para la expresión dramática. Entre los roles más relevantes figuran personajes de la ópera italiana y del repertorio galante, que la convirtieron en una intérprete versátil y de gran presencia escénica. En escena, abordó papeles de la Reina de Shemakha, la heroína de Manon, la protagonista de Lucia, y también interpretó papeles de apoyo y de canto de ripieno que exigían un control fino del coloratura y una musicalidad precisa. Su habilidad para sostener líneas de canto complejas, y al mismo tiempo dotarlas de intensidad emocional, la convirtió en una referencia para las generaciones futuras de cantantes. A partir de su consolidación, su poder artístico se extendió a obras de Händel, Rossini y Bellini, integrando un repertorio que, para la época, desbordaba los límites de lo que se esperaba de una soprano de coloratura y demostraba que la lírica podría sostener un paisaje dramático más amplio.
Grabaciones y transmisiones
La discografía de Beverly Sills es extensa y abarca una buena cantidad de registros en formato de estudio y grabaciones para televisión. Su colección de grabaciones incluye dieciocho óperas completas, entre las que destacan títulos emblemáticos de Donizetti, Verdi y Massenet, así como obras de Wagner, Bellini y Strauss. Sus trabajos con EMI y otras casas discográficas consolidaron una imagen sonora que muchos críticos han descrito como de una claridad y una sutilidad expresiva sin igual, permitiendo que sus interpretaciones de Maria Stuarda, Anna Bolena y Elisabetta en la ópera Roberto Devereux, entre otras, se mantuvieran en el imaginario operístico. En el ámbito de la televisión y la transmisión en vivo, participó en numerosas puestas televisadas por la PBS y por la Metropolitan Opera, así como en programas especiales de entrevistas y de perfil artístico que acercaron la ópera a un público masivo. Sus apariciones en televisión no solo mostraron su talento vocal, sino también su capacidad para comunicarse con el público de forma directa y amena, lo que hizo de ella una embajadora de la ópera y un referente cultural en Estados Unidos.
Grabaciones destacadas
Entre las grabaciones más celebradas se cuentan obras de Verdi, Bellini, Donizetti y Strauss, a menudo registradas en colaboraciones con renombrados cantantes y directores de renombre internacional. Sus interpretaciones de las tres reinas en Roberto Devereux, y su presencia en I Puritani y Manon, son especialmente recordadas por la recepción crítica y por la coherencia artística con la voz que poseía. En las colaboraciones con Nicolai Gedda, su partenaire habitual en varias producciones de estudio, se logró un equilibrio vocal que quedó como referente de la época. Sus grabaciones de La traviata, Thaïs y Don Pasquale también forman parte del legado que permanece para las futuras generaciones que estudian la historia de la interpretación lírica en el siglo XX.
Filosofía de vida
- El arte representa la firma de nuestra civilización, una idea que Sills llevó a la práctica al convertir la ópera en un refugio cultural accesible para todo tipo de públicos.
- Antes que nada, el valor está en el presente; reconocía que su capacidad en el escenario nacía de un sentido de plenitud personal y de la seguridad de haber llegado a un punto de realización interior.
- La expresión de la ira sin control sólo genera arrepentimientos; su visión de la contención emocional formó parte de su ética profesional y humana.
- La autenticidad no siempre se materializa en lo que se solicita; creía que la trayectoria personal no debía obedecer solamente a expectativas externas, sino a un proceso de crecimiento propio.
- El intento vale más que la seguridad de evitar el riesgo; sostenerse ante la adversidad y atreverse a abordar proyectos desafiantes fue para ella una regla de vida.
Premios y reconocimientos
Nominaciones y premios Grammy
1969 — ganadora de un conjunto de escenas y arias de ópera francesa;
1970 — nominada por un conjunto de arias de Mozart y de Strauss;
1976 — ganadora de Music of Victor Herbert;
Nominaciones y premios Emmy
1975 — perfil musical festival 75: ganador;
1977 — Sills and Burnett at the Met;
1978 — Lifestyles with Beverly Sills: ganadora;
1980 — Beverly Sills in Concert;
1981 — Great Performances: Beverly! Her Farewell Performance;
Doctorados honoríficos en música
1972 — Temple University;
1973 — New York University y New England Conservatory of Music;
1974 — Harvard University;
Otros reconocimientos
1970 — Musical America, Música del Año;
1972 — Edison Award por la grabación de Manon;
1973 — Handel Medallion de la Ciudad de Nueva York por logros artísticos;
1979 — Premio Cultural de la Recording Industry Association;
1980 — Golden Baton de la American Symphony Orchestra League;
1985 — Kennedy Center Honors;
1990 — National Medal of Arts otorgada por el National Endowment for the Arts;
2005 — Beverly Sills Artist Award;
2007 — Salón de la Fama de la Música de Long Island;
Premios humanitarios
1979 — Pearl S. Buck Women’s Award;
1980 — Medalla Presidencial de la Libertad;
1981 — Barnard College Medal of Distinction;
1984 — Gold Medal Award del Charles S. Hughes por la National Conference of Christians and Jews;
1985 — Gold Medal de la National Institute of Social Sciences.
Legado y memoria
La figura de Beverly Sills trasciende la memoria de una intérprete para convertirse en un ejemplo de liderazgo cultural y responsabilidad social. Su labor en NyCO y en el MET dejó una huella de sostenibilidad institucional y de modernización en la difusión de la ópera, con un énfasis especial en hacerla accesible a nuevos públicos. Su compromiso con causas sociales, especialmente relacionadas con la prevención y tratamiento de defectos de nacimiento, mostró el alcance de su influencia más allá de los escenarios. Su vida demuestra que la grandeza artística se acompaña de una ética de servicio y de una voluntad de compartir el don con la comunidad.