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Diego de Almagro

Nombre completo Diego de Almagro
Nombre nativo Diego de Almagro
Descripción Conquistador español
Fecha de nacimiento 01-01-1475
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 08-07-1538
Nacionalidad España
Ocupaciones explorador, conquistador
Idiomas español
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Biografía de un conquistador español cuyas hazañas cruzan del Istmo panameño a las cumbres andinas y las ciudades costeras del Pacífico. Este relato presenta la trayectoria de Diego de Almagro, nacido en una época de grandes exploraciones y tensiones entre gobernantes, que dejó su impronta en la conquista del territorio que hoy conocemos como Perú, Ecuador y Chile. Su vida alternó gestas audaces con conflictos políticos que desembocaron en una tumba de traiciones y pérdidas. A través de estas líneas, se reconstruye su ruta sin adornos, desde las calles de su infancia hasta las batallas que ledieron fin a su gesta.

Diego de Almagro — Imagen principal

Biografía de un conquistador español cuyas hazañas cruzan del Istmo panameño a las cumbres andinas y las ciudades costeras del Pacífico. Este relato presenta la trayectoria de Diego de Almagro, nacido en una época de grandes exploraciones y tensiones entre gobernantes, que dejó su impronta en la conquista del territorio que hoy conocemos como Perú, Ecuador y Chile. Su vida alternó gestas audaces con conflictos políticos que desembocaron en una tumba de traiciones y pérdidas. A través de estas líneas, se reconstruye su ruta sin adornos, desde las calles de su infancia hasta las batallas que ledieron fin a su gesta.

Biografía de Diego de Almagro

Orígenes y primeros años

Los comienzos de Almagro se han visto envueltos en incertidumbres.Nacido alrededor de 1475, su lugar de origen se disputa entre Almagro y Malagón, en la provincia de Ciudad Real, lo que alimenta las leyendas sobre su linaje. El apellido que llevaría más tarde lo identificó con la tierra de su supuesta niñez, puesto que fue hijo ilegítimo de Juan de Montenegro y Elvira Gutiérrez. Sus tutores buscaron mantener intacto el honor materno ante la ruptura de sus progenitores, y fue criado en ciudades cercanas a esos dominios, bajo la tutela de Sancha López del Peral en una primera etapa de su vida. La familia didáctica que lo crió lo trasladó luego a Bolaños de Calatrava y a Aldea del Rey, donde recibió educación y costumbres propias de la nobleza castellana, preparándolo para un mundo de empresas y peligros.

A los pocos años, logró regresar a Almagro con una complexión media y una apariencia que no destacaba en los circuitos de la época; sin embargo, su juventud estuvo marcada por la rebeldía. A los quince años abandonó el hogar debido a la rigidez de su tío, Hernán Gutiérrez, y emprendió una travesía que lo llevó a encontrarse con su madre, quien ya vivía con un nuevo esposo. Su despedida fue cargada de un episodio conmovedor: la madre le entregó un pan y unas monedas, deseándole suerte en una vida que prometía grandes riesgos y pocas certezas.

El primer paso hacia el mar lo dio viajando a Sevilla, donde, tras la supervivencia a tropiezos y posibles hurtos, encontró refugio como criado de Don Luis de Polanco, una figura de relevancia en la administración local y a la sazón uno de los alcaldes de los Reyes Católicos. En esa etapa, un conflicto violento con otro criado dejó al joven herido, lo que reveló la intensidad de su carácter y la dureza de su mundo. De la mano de don Polanco, logró un encauzado proximidad con la Casa de la Contratación y obtuvo la posibilidad de embarcar rumbo a las Indias como colono. En estas circunstancias, Almagro era ya un hombre de estatura mediana, marcado por la piel y las cicatrices de un acné persistente y cicatrices de viruela que afligían su aspecto en los años de madurez.

Llegada a la América española

El viaje al Nuevo Mundo se materializó el 30 de junio de 1514, cuando una expedición al mando de Pedro Arias de Ávila zarpa hacia las tierras interiores. El convoy desembarcó en Darién, en Santa María la Antigua, y allí surgieron las primeras redes de contactos con futuros conquistadores, entre ellos Francisco Pizarro, que más tarde compartiría destinos con Almagro. En los primeros años, el joven se mantuvo en Darién, donde ejerció la encomienda y levantó una casa, dedicándose además a tareas agrícolas, mientras evaluaba el complejo mosaico de asentamientos y tribus que habitaban la región.

La vida de frontera llevó a Almagro a colaborar con capitanes que componían la primera oleada de aventureros en la zona. Sus caminos se cruzaron con figuras como Gaspar de Espinosa y Vasco Núñez de Balboa, mientras él mismo participaba de expediciones que buscaban extender la influencia castellana hacia el Pacífico. Aunque las noticias sobre la empresa eran fragmentarias, el joven se convirtió en testigo de los planes que se trazarían para la navegación entre Darién y el Golfo de San Miguel; la ambición de la época fue puliéndose con cada viaje y cada encuentro con comunidades indígenas.

Un primer movimiento conquistador se produjo el 30 de noviembre de 1515, cuando Almagro partió con 260 hombres con la intención de fundar la villa de Acla. La enfermedad interrumpió la empresa y, obligado a regresar a Darién, quedó la tarea en manos de Gaspar de Espinosa. En ese periodo, su asociación con Balboa fue más bien de apoyo logístico que de mando directo; la expedición que se gestaba en torno al Pacífico era todavía una promesa a la que le quedaban años de esfuerzo y de alianzas inestables.

La etapa de Balboa y Espinosa dejó un registro ambiguo respecto a su participación en la empresa de Balboa para remontar la costa hacia el Pacífico. Es posible que volviera a Darién; lo cierto es que, cuando Espinosa organizó una nueva campaña en diciembre con Francisco Pizarro entre los capitanes, Almagro ya estaba de regreso y, una vez recuperado, formó parte de la cadena de relaciones que sellarían más tarde su destino común con Pizarro. En ese periodo, permaneció en Santa María la Antigua y participó de las tareas de poblamiento que contribuían a sostener los asentamientos recién creados.

Conquista y consolidación junto a Pizarro y Luque

La cooperación entre grandes nombres se fue tejiendo a partir de la relación entre Almagro, Pizarro y Hernando de Luque. En 1524, recibieron de la Corona una autorización para explorar y conquistar zonas situadas al este de Panamá y a lo largo de la Nueva Castilla, una empresa que culminó con la gran conquista del Imperio incaico en manos de Pizarro. En ese marco, Almagro permaneció en Panamá para reclutar tropas y preparar el abastecimiento, mientras Pizarro continuaba la marcha hacia Cajamarca.

La Capitulación de Toledo de 1529 marcó un punto crucial: la Corona autorizó a Pizarro a dirigir la conquista y el gobierno de Perú, que pasaría a llamarse Nueva Castilla. En 1532, la alianza entre Almagro y Pizarro se acercó a la cúspide de su influencia cuando ambos quedaron reunidos en Cajamarca y consumaron la captura de Atahualpa. Era un momento de gran poder para los conquistadores, pero también de tensiones latentes por la manera de dividirse el botín y el control de las nuevas tierras.

El avance hacia el Cuzco y la toma de la capital incaica se convirtió en un hito de la empresa. Tras Atrapar a Atahualpa y negociar el rescate, las tropas marcharon hacia el Cuzco, y Almagro, con su contingente, recibió la misión de asegurar las costas del litoral peruano. En Trujillo y otras ciudades de la costa, se iban consolidando las fundaciones y los asentamientos que acompañaban la pulsión de crecimiento imperial. En esas campañas, Almagro mostró su temple de capitán, equilibrando la acción militar con la negociación para evitar conflictos innecesarios entre pares.

La presencia en Cajamarca y la experiencia de campo no solo le permitió participar en la toma de la ciudad sino que también le dio un papel relevante en la distribución territorial. Tras la caída de Atahualpa, la organización de las expediciones hacia el norte y el sur continuó, y su figura se hizo cada vez más central en las decisiones que definirían el dominio español sobre el territorio, incluso cuando Bizarro de Belalcázar o Pedro de Alvarado disputaban posiciones en las alianzas de la Corona. En este periodo, Almagro se convirtió en una pieza clave de la estrategia militar y administrativa que buscaba asegurar un territorio que, para entonces, ya se presentaba complejo y rico en recursos.

Conquista de Quito y la expansión hacia el sur

La campaña en Quito comenzó cuando Almagro, desde la perspectiva peruana, decidió acudir a las tierras que rodeaban Quito para enfrentar a las fuerzas de Pedro de Alvarado, que también aspiraban a conquistar por su cuenta las tierras del Pacífico. En esta coyuntura, la habilidad diplomática de Almagro resultó determinante para evitar confrontaciones fratricidas y facilitar un acuerdo entre las partes involucradas. Así, surgió una compleja red de negociaciones que pretendía equilibrar las aspiraciones de cada explorador.

La fundación de ciudades fue un componente central de la estrategia de Almagro en ese tramo. En Riobamba, luego conocida como Santiago, dejó constancia de una presencia española en la sierra ecuatoriana al fundar una urbe destinada a funcionar como nudo logístico para próximas empresas. Paralelamente, Belalcázar continuó sus campañas en la costa y en el interior, y Almagro se ocupó de organizar la administración local, entregando responsabilidades a capitanes como Francisco Pacheco para establecer las plazas de Portoviejo y otras en la región. En este entramado, surgieron acuerdos y cesiones que permitían la continuación de las gestas y, al mismo tiempo, la protección de intereses de la Corona.

El cruce de fondos y recursos fue otra de las piedras angulares de la empresa. En las etapas de Quito y de las campañas en la costa, Almagro administró la venta de derechos, barcos y provisiones como parte de una negociación con Alvarado y Belalcázar, que buscaba consensuar la propiedad de las fundaciones y de las fortunas que surgían de la riqueza recién descubierta. El acuerdo, a la postre, dejó a las autoridades en un delicado equilibrio entre conquista militar y organización civil, un modelo que mostraría la complejidad de las empresas españolas en la región andina.

La expedición hacia el sur fue anunciada como una continuación natural del plan de abastecerse y asegurar el control de las rutas hacia Chile. Sin embargo, la realidad de las tierras australes no respondió con las riquezas esperadas. Aun así, la marcha de Almagro hasta las puertas del desierto dejó un registro de la obstinación de un hombre que había aceptado el desafío de atravesar cordilleras y desiertos para sostener el juego imperial. En esas exploraciones, el Adelantado se encontró con comunidades indígenas, con adversarios y con la fatiga de un viaje que puso a prueba la resistencia de todos los que le rodeaban.

El cruce de los Andes y la marcha hacia el valle de Copiapó

El tramo más remoto de su empresa llevó a Almagro a ascender por el eje andino, siguiendo rutas que replicaban el antiguo Camino Inca y que, para entonces, quedaban marcadas por tambos y puentes de la tradición precolombina. En una marcha que combinó jinetes y porteadores, la columna atraviesa alturas que superan los 4.000 metros y enfrenta vientos, heladas y una falta marcada de recursos. La caminata forzó a tomar decisiones difíciles y a improvisar vivencias que hoy se recuerdan como pruebas de resistencia y liderazgo. En el valle de Copiapó, la expedición recibió apoyo de pobladores locales que proporcionaron comida y refugio, pero la cifra de personas que había marchado se redujo de forma drástica, dejando un rastro de pérdidas y sacrificios.

El encuentro con pueblos y conflictos siguió marcando la historia de la empresa. En el paso, las tensiones entre dominadores y comunidades locales generaron enfrentamientos y negociaciones que Pondrían a prueba la capacidad de Almagro para gestionar alianzas y conflictos. En medio de ese escenario, la expedición encontró a colaboradores y desafectos, y surgieron episodios en los que la astucia y la fuerza debían convivir para garantizar la supervivencia de la gente y de la misión.

La decisión de regresar dominó el ánimo del Adelantado cuando las noticias sobre la riqueza prometida no se materializaron. Entre desengaños y cálculos, decidió no continuar hacia el sur, y, ante la ausencia de oro, contempló la posibilidad de volver a atravesar la cordillera rumbo al Cuzco o buscar un camino alternativo por el desierto. Almagro optó por la ruta del desierto, una travesía que se sumó a las pruebas que había superado en la cordillera y que dejó una huella imborrable en la memoria de sus hombres.

La retirada y las heridas de la empresa no significaron solo derrotas, sino también un reconocimiento de las limitaciones de aquella empresa. El viaje por Atacama fue especialmente brutal: calor extremo de día, frío intenso de noche, escasez de agua y alimento, y la presión constante de los peligros. Aun así, la columna siguió adelante con groups de a veces diez hombres, avanzando en etapas cortas para conservar fuerzas. En la travesía, el apoyo de contingentes y armamentos fue esencial, pero la fatiga y el ambiente inhóspito se cobraron pronto su peaje.

Regreso a la esfera peruana y la desbandada de aliados

La retirada definitiva se consumó cuando el grupo, agotado y diezmado, regresó a Arequipa y, más tarde, a la zona del Cuzco. En ese periodo, la figura de Malgarida, una de las personas de mayor cercanía a Almagro, dejó constancia de la magnitud de la derrota y de las pérdidas humanas y materiales que afectaron a la expedición. La marcha, que en su inicio prometía una ruta de gloria, terminó convertida en un episodio de pruebas y desafíos que dominó la memoria de la campaña. En ese marco, el experimentado conquistador adquirió el apodo de los “rotos de Chile”, por la fatiga acumulada y por las circunstancias extremas que rodearon a sus hombres al regresar a la región andina.

El eco de Chile no tardó en convertirse en un tema de debate y de nuevas aspiraciones. Otros hombres, encabezados por Pedro de Valdivia años después, intentaron retomar la empresa en esa misma frontera austral, pero el intento de Almagro ya quedaba grabado en la historia como una empresa valiente que no logró cumplir las esperanzas de tesoros y oro que habían alentado su expedición.

Guerra civil y muerte

Regreso a Cuzco y la crisis de alianzas marcó el desenlace de la trayectoria de Almagro. En la capital imperial, la lucha por la posesión de la ciudad llevó a un conflicto con Hernando y Gonzalo Pizarro, quienes advirtieron que la autoridad de Cuzco pertenecía a su bando. En la batalla de Abancay, las tensiones entre antiguos asociados se convirtieron en una confrontación abierta, donde Francisco Pizarro negoció la expulsión de sus hermanos, un movimiento que, sin embargo, solo buscaba dilatar el poder frente al rey. La realidad fue distinta: la Corona sostuvo que Cuzco era dominio de Almagro, y esa resolución encendió aún más la batalla entre las partes.

La traición y la ejecución se apoderaron de la historia cuando, tras quedarse enfermo en un momento crucial, Almagro dejó el mando en manos de Rodrigo de Orgóñez. Las fuerzas almagristas fueron derrotadas en la Batalla de las Salinas, y Gonzalo Calvo de Barrientos cayó en combate. Prisionero, Almagro no obtuvo la clemencia que pedía; Hernando Pizarro y otros le impusieron un destino terrible, ejecutándolo el 8 de julio de 1538 por garrote vil y dejando su cuerpo decapitado en la Plaza de Armas del Cuzco. En la penumbra de la derrota, su servicial Malgarida llevó su cadáver a la Iglesia de la Merced, donde recibió una sepultura condicionada por su estatus y la orden mercedaria, como figura de un gran homenaje póstumo.

El legado de un hombre y su familia quedó insistente en la memoria de la época. Su hijo, Diego de Almagro el Mozo, intentó vengar a su padre, aunque el destino le fue esquivo cuando Francisco Pizarro murió en Lima en 1541 y las tensiones entre los pizarristas y sus rivales se agrandaron. Mientras tanto, las consecuencias de la guerra civil siguieron marcando a las familias involucradas y a los compañeros de armas, que pagaron un alto precio en la lucha por el poder y por las tierras recién descubiertas. Los destinos de los protagonistas quedaron entrelazados, pero la historia de Almagro se impuso como un testimonio de audacia, ambición y las complejas dinámicas del mundo imperial español en la época de los grandes descubrimientos.

Imágenes de Diego de Almagro