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Gerardo Diego

Nombre completo Gerardo Diego
Descripción Poeta y escritor español
Fecha de nacimiento 03-10-1896
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 08-07-1987
Nacionalidad España
Ocupaciones poeta, escritor, pianista
Géneros poesía
Grupos Real Academia Española
Idiomas español
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Con el nombre en primer plano, Gerardo Diego Cendoya, la vida de un poeta español se despliega como un puente entre el cambio de siglo y la posguerra. Nacido en Santander el 3 de octubre de 1896 y fallecido en Madrid el 8 de julio de 1987, su trayectoria abarcó la docencia, la creación literaria y la crítica, y lo situó entre los exponentes más singulares de la Generación del 27. Su paso dejó una impronta que conectó las tradiciones clásicas con una sensibilidad vanguardista que seguiría influyendo a generaciones futuras.

Gerardo Diego — Imagen principal

Con el nombre en primer plano, Gerardo Diego Cendoya, la vida de un poeta español se despliega como un puente entre el cambio de siglo y la posguerra. Nacido en Santander el 3 de octubre de 1896 y fallecido en Madrid el 8 de julio de 1987, su trayectoria abarcó la docencia, la creación literaria y la crítica, y lo situó entre los exponentes más singulares de la Generación del 27. Su paso dejó una impronta que conectó las tradiciones clásicas con una sensibilidad vanguardista que seguiría influyendo a generaciones futuras.

Biografía

Su infancia transcurrió en un ambiente familiar ligado al comercio textil y a una educación marcada por la fe y la lectura. Fue el séptimo hijo de Manuel Diego Barquín, un comerciante que compartía casa con otros parientes y una madre, Ángela Cendoya Uría, que inculcó en sus hijos una devoción religiosa. Durante su niñez observó el fallecimiento de dos hermanos y fue testigo de los paseos de José María de Pereda por el muelle de la ciudad. En los círculos culturales cercanos a su padre, la casa de los Menéndez Pelayo dejó una impronta decisiva, especialmente a través del bibliotecario Enrique. Con temprana curiosidad artística, Diego exploró solfeo y piano, y más adelante incursionó en la pintura; algunos de sus mentores fueron figuras de vasta influencia en su formación literaria, como Narciso Alonso Cortés, quien le mostró el camino hacia una lectura crítica del libro de texto de Nicolás Latorre.

La trayectoria educativa lo llevó a la Universidad de Deusto, donde se forjaron sus primeras ideas sobre filosofía y letras y donde conoció a Juan Larrea, quien más tarde sería un aliado valioso en su red de amistades y colaboraciones. En 1916 emigró a Madrid para completar el último curso y aspirar al doctorado, y allí frecuentó el Ateneo, así como las tertulias de la nueva poesía de vanguardia. En los cafés de Pombo y en las reuniones ultralistas de Rafael Cansinos Assens, Diego respiró la atmósfera de renovación que bebía del futurismo y del ultraísmo, sin perder de vista la emoción de la tradición. También vivió la emoción de la primera representación de obras de Stravinski, que impactó su percepción del ritmo y la musicalidad de la palabra.

El reconocimiento inicial llegó pronto. En 1917 obtuvo un premio literario otorgado por la Editorial Calleja, lo que consolidó su presencia en el panorama de la cultura española. Su debut poético se materializó alrededor de 1918, año en que conoció a Vicente Huidobro en Madrid, un contacto que enriqueció su visión vanguardista. En 1919 publicó su primer poema y, el 15 de noviembre, pronunció una conferencia en el Ateneo de Santander titulada “La nueva poesía”, desatando debates sobre el ultraísmo en la prensa local; repitió la conferencia el 27 de diciembre en el Ateneo de Bilbao, donde fue presentado por su amigo Juan Larrea. Con la ayuda de León Felipe y Juan Ramón Jiménez, logró en 1920 la impresión de su primer libro de versos, El romancero de la novia, y obtuvo una cátedra de Lengua y Literatura en Soria el 9 de abril, una designación que reflejaba la continuidad de su vocación pedagógica y su conexión con la memoria de Antonio Machado. Posteriormente ejercería como catedrático en Gijón, Santander y Madrid, consolidando una trayectoria académica paralela a su producción poética.

Interacciones fundamentales para su itinerario intelectual se gestaron con José María de Cossío, a quien conoció y a quien seguiría consultando sobre la poesía del Siglo de Oro. Gracias a este vínculo, Diego inició estudios de guturalidad y ritmo que le permitieron descubrir el manuscrito de Fábula de Alfeo y Aretusa en la Biblioteca Menéndez Pelayo; con el tiempo, se convertiría en un gran conocedor de Lope de Vega y Antonio Machado, autores que citaba con frecuencia y a los que devolvía su influencia desde una óptica iconológica e iconográfica. Sus primeros textos vieron la luz en revistas como Grial, Revista Castellana, Grecia, Reflector, Cervantes y Ultra, confirmando su arraigo en la tradición de las revistas de vanguardia.

En su ciudad natal, Diego dirigió dos de las revistas más destacadas del movimiento del 27, Lola y Carmen, y ello le permitió tejer relaciones con las figuras centrales de la generación. Este activismo editorial le abrió las puertas para la famosa antología Poesía española: 1915-1931 (1932), que dio a conocer a los miembros de la generación del 27 y otras voces de la Edad de Plata. En 1922 fue invitado por Vicente Huidobro para viajar a Francia y Normandía, donde entró en contacto con las corrientes cubistas y con pintores como Juan Gris, Fernand Léger, Jacques Lipchitz y María Blanchard; esa experiencia internacional consolidó su visión de la poesía como un territorio de experimentación y diálogo entre artes. A su regreso, se mudó al instituto Jovellanos de Gijón, donde permanecería hasta 1931, y allí apareció su primer libro de vanguardia, Imagen: poemas (1918-1919), publicado en Madrid en 1922 con cubierta de Pancho Cossío; este conjunto evidencia su afinidad por el creacionismo, la idea de “crear aquello que nunca veremos”.

En 1923 apareció Soria, y Diego continuó ampliando su red de contactos y proyectos, visitando a Unamuno en Salamanca y más tarde su exilio en París. En 1924 descubrió en la biblioteca de Cossío una égloga barroca dedicada a Isabel de Urbina y la dio a conocer, texto atribuido al poeta Pedro Medina Medinilla; ese año también publicó Manual de Espumas, otra entrega vanguardista que sería premiada al año siguiente con el Premio Nacional de Literatura en la modalidad de poesía, ocurrido ex aequo con Rafael Alberti y su Marinero en tierra. El diario ABC explicó esta distinción en su edición de junio de 1925, subrayando el papel de Diego en la renovación de la lírica española. Con el premio, dio paso a un viaje por Andalucía en 1925; Manuel de Falla, con quien mantuvo correspondencia, le servía de guía por Granada, y así surgió Versos humanos, una colección de canciones, sonetos y odas en su estilo neoclásico. En 1926 participó en tertulias junto a Pedro Salinas, Melchor Fernández Almagro y Rafael Alberti para conmemorar el centenario de Luis de Góngora y trazar un plan de ediciones y conferencias orientado a la renovación de la poesía barroca en su segunda fase, que consideraban la más moderna y vanguardista. Alberti fue nombrado secretario de la comisión, y también formaron parte Dámaso Alonso, José Bergamín, Gustavo Durán, Federico García Lorca, José María Hinojosa, Antonio Marichalar y José Moreno Villa; en ese momento Diego era ya uno de los promotores más destacados de la vanguardia poética, junto a Guillermo de Torre y Juan Larrea. Participó en la revista parisina Favorables París Poema (1926), y ante un homenaje del Ateneo de Granada a Pedro Soto de Rojas, Diego envió un fragmento de su Fábula de Equis y Zeda, que fue leído por Federico García Lorca. Colaboró además en la Revista de Occidente y en Litoral, de Málaga. En 1927 se desarrollaron actos en apoyo a Góngora que generaron polémica y ofensa hacia críticos como Luis Astrana Marín. En ese mismo año apareció su revista Carmen y su suplemento Lola, y a partir de 1928 viajó por Argentina y Uruguay, ofreciendo recitales y conferencias; para 1931 ya había obtenido un traslado como profesor al Instituto de Santander.

La década siguiente consolidó su influencia editorial y su proyección crítica. Elaboró las dos versiones de la antología Poesía española (1932, 1934) que presentó los nombres de la generación del 27 y, en la segunda edición, excluyó a Juan Ramón Jiménez y amplió el corpus para incluir a Rubén Darío, Valle-Inclán, Francisco Villaespesa, Eduardo Marquina, Enrique de Mesa, Tomás Morales, José del Río Sainz, Alonso Quesada, Mauricio Bacarisse, Antonio Espina, Juan José Domenchina, León Felipe, Ramón de Basterra, Ernestina de Champourcín y Josefina de la Torre. A partir de esa labor, Diego se convirtió en un referente para comprender la evolución de la poesía española entre las dos guerras y las corrientes que confluyeron en la posguerra. En 1932 publicó en México dos libros: Fábula de Equis y Zeda, una parodia gongorina de mitos y fábulas, y Poemas adrede. Trabajó además como crítico musical para El Imparcial y, al año siguiente, para La Libertad; fue profesor itinerante, ofreciendo conferencias por el mundo y ejerciendo la crítica literaria, musical y taurina en diversas publicaciones. En 1934 contrajo matrimonio con la francesa Germaine Marin, con quien tendría seis hijos, y al año siguiente viajó a Filipinas junto al matemático Julio Palacios para impartir conferencias sobre literatura hispánica; en ese mismo periodo se incorporó como catedrático al Instituto de Santander. Su labor poética se nutría de un interés persistente por la historia literaria y la didáctica de la lectura, además de su labor en la radio y su crítica para distintos periódicos.

La Guerra Civil marcó un punto de inflexión en su vida y en su obra. Diego se encontraba de vacaciones en Sentaraille, Francia, cuando estalló el conflicto militar y regresó a España en 1937, tras la caída de Santander en poder de las fuerzas sublevadas. A diferencia de numerosos colegas, optó por apoyar a las fuerzas nacionalistas y permaneció en el país durante la contienda. Escribió para La Nueva España y participó en iniciativas vinculadas a la propaganda y la cultura oficial, además de integrarse a proyectos periodísticos afines al régimen. Sus posturas políticas y su participación en revistas afines le valieron críticas de figuras como Pablo Neruda, aunque su obra siguió formando parte de la conversación literaria de la época. En su autobiografía, Diego ofrece una visión sobria de aquellos años y de su compromiso con la literatura bajo un contexto político complejo.

Con el fin de la guerra, su vida profesional continuó bajo nuevas circunstancias. Se trasladó al Instituto Beatriz Galindo de Madrid, donde trabajó hasta su jubilación en 1966. En la posguerra, reiteró ideas y poemas de contenido político en apoyo de los sublevados y de la División Azul, y publicó textos para revistas y editoriales vinculadas al régimen, entre ellas Leonardo, Garcilaso y la Revista de Indias, así como Proel, Signo, La Estafeta Literaria y La Nación de Buenos Aires. Su postura dejó huellas en la recepcion de su obra y en las discusiones de la literatura española de la época, y su postura frente a Miguel Hernández fue objeto de análisis y cruce de opiniones en ese entonces.

Entre las décadas de 1940 y 1960 consolidó una figura dual: por un lado, el poeta de imágenes religiosas y de paisajes líricos; por otro, el periodista y crítico ligado a la cultura oficial. En 1940 dio a la imprenta Ángeles de Compostela, un libro ambicioso en el que las figuras del Pórtico de la Gloria simbolizan las postrimerías humanas de la existencia; en 1941 presentó Alondra de verdad, un ciclo de sonetos de elevada factura que se alinea con una poética de pureza formal. En 1947 ingresó como miembro de la Real Academia Española, y en 1951 regresó a la expresión poética de vanguardia con Limbo. A partir de entonces combinó la poesía con producción para la radio y la crítica para varios periódicos. En 1956 obtuvo el Premio Nacional José Antonio Primo de Rivera por Paisaje con Figuras, y en 1962 recibió el Calderón de la Barca por su obra teatral El cerezo y la palmera, señal inequívoca de su versatilidad entre poesía y escena. Se jubiló en 1966; tres años más tarde, una Cantata sobre los Derechos Humanos, con letra suya y música de Óscar Esplá, se estrenó en el Teatro Real de Madrid, mostrando su capacidad para dialogar con el mundo musical y teatral.

En 1979 fue galardonado con el Premio Cervantes, compartiéndolo con Jorge Luis Borges, una circunstancia singular que reunió a dos maestros de la literatura en un mismo año. Falleció en Madrid a los noventa años, dejando atrás una trayectoria que combinó la docencia, la crítica y la creación de forma inseparable.

Poética

La obra de Diego encarna, desde sus inicios, un equilibrio entre la tradición y la innovación, un rasgo que lo convirtió en figura clave de la Generación del 27. Su experiencia de lectura y su sensibilidad musical le permitieron transitar con fluidez entre formas clásicas y experimentación verbal, desarrollando una poética que abraza tanto la precisión del verso como la audacia de la imagen.

Con el desarrollo de su verso, el autor defendió la idea de dos categorías de poesía: una que atiende a la ligereza y al juego formal de la tradición, y otra que se abre a la posibilidad de una experiencia poética más absoluta y arriesgada. En el prólogo de una de sus antologías de 1941, dejó claro que la belleza de la poesía podía coexistir con una exploración de los recursos de la vanguardia, sin por ello perder su dignidad narrativa y ética.

Su poética tradicional se apoya en formas clásicas como el romance, la décima y el soneto, aunque a veces funde estos moldes con elementos de la ornamentación gongorina. En obras como La Fábula de Equis y Zeda o Ángeles de Compostela se aprecia esa síntesis entre innovación formal y un gusto por la rica expresividad de la tradición. Sus temas abarcan la naturaleza, lo religioso, la música, el toreo y el amor, así como una perspectiva humorística y cerradamente humana en piezas como Carmen jubilar. En otras obras, la conciencia social y la memoria histórica quedan más discretamente presentes, salvo en poemas de circunstancias.

La construcción de su lenguaje se fortaleció mediante la exploración de la mitología, la iconografía clásica y una curiosidad casi arqueológica por las creaciones de la Edad de Oro y de la lírica popular. Su poesía se nutre de variaciones de tono, ritmo y combinación de imágenes, que permiten percibir un diálogo constante entre lo retórico y lo único, lo sutil y lo trascendente. Entre sus piezas más celebradas se destacan El ciprés de Silos, considerado por muchos críticos como una de sus cumbres, y una serie de poems como Nocturnos de Chopin, Las tres hermanas o La despedida, que muestran su capacidad para componer con belleza y precisión. Su obra lírica se ve enriquecida por una labor crítica y ensayística que recogía en volúmenes como Crítica y poesía o en sus Obra completas.

La influencia de su trayectoria no se mide solo por sus textos, sino también por su capacidad para orientar a otros creadores, entre ellos Matilde Camus, a quien enseñó en el Instituto de Santa Clara en Santander. En 1969 Diego envió a Camus un poema titulado Canción de corro para abrir el prólogo de su primer libro, Voces, y esa cercanía dio origen a una correspondencia que ha sido objeto de estudio. Su apoyo a nuevas voces y su gestión de proyectos editoriales ayudaron a consolidar una red de voces cantábricas y peninsulares en los años centrales del siglo XX.

En su legado, destacan también aportes a la crítica literaria y musical, que se recopiló en sus Obras completas y en ediciones aisladas como Crítica y poesía. Su mirada cruzaba la literatura con la música y la pintura, y a lo largo de su vida investigó y comentó con agudeza sobre otros autores, corrientes y tendencias, asegurando que la crítica ejerciera un papel activo en la comprensión de la poesía contemporánea.

Obras

  • Obras Completas, recopiladas por Francisco Javier Díez de Revenga y José Luis Bernal; Madrid: Alfaguara, 1997-2001, 9 volúmenes, 3 de lírica y 6 de prosa.

Lírica

  • Poesía completa, volúmenes I y II, obra del autor previa a su fallecimiento; reimpresa por Pre-textos, 2017.
  • El romancero de la novia, Santander, Imp. J. Pérez, 1920.
  • Imagen. Poemas (1918–1921), Madrid, Gráfica de Ambos Mundos, 1922.
  • Soria. Galería de estampas y efusiones, Valladolid, Libros para amigos, 1923.
  • Manual de espumas, Madrid: La Lectura, 1924.
  • Versos humanos, Madrid, Renacimiento, 1925 (Premio Nacional de Literatura 1924-1925).
  • Viacrucis, Santander, Talleres Aldus, 1931.
  • Fábula de Equis y Zeda, México, Alcancía, 1932.
  • Poemas adrede, México, Alcancía, 1932.
  • Ángeles de Compostela, Madrid, Patria, 1940 (nueva versión completa: Madrid, Giner, 1961).
  • Alondra de verdad, Madrid, Escorial, 1941.
  • Primera antología de sus versos, Madrid, Espasa-Calpe, 1941.
  • Romances (1918–1941), Madrid, Patria, 1941.
  • Poemas adrede, Madrid, Col. Adonais, 1943 (Edición completa).
  • La sorpresa, Madrid, CSIC, 1944.
  • Hasta siempre, Madrid, Mensajes, 1948.
  • La luna en el desierto, Santander, Vda Fons, 1949.
  • Limbo, Las Palmas de Gran Canaria, El Arca, 1951.
  • Visitación de Gabriel Miró, Alicante, 1951.
  • Dos poemas (Versos divinos), Melilla, 1952.
  • Biografía incompleta, Madrid, Cultura Hispánica, 1953 (ilustraciones de José Caballero; segunda edición con nuevos poemas: Madrid, Cultura Hispánica, 1967).
  • Segundo sueño (Homenaje a Sor Juana Inés de la Cruz), Santander, Col. Tito Hombre, 1953.
  • Variación, Madrid, Neblí, 1954.
  • Amazona, Madrid, Ágora, 1956.
  • Égloga a Antonio Bienvenida, Santander, Ateneo, 1956.
  • Paisaje con figuras, Palma de Mallorca, Papeles de Sons Armadans, 1956 (Premio Nacional de Literatura).
  • Amor solo, Madrid, Espasa-Calpe, 1958 (Premio Ciudad de Barcelona 1952).
  • Canciones a Violante, Madrid, Punta Europa, 1959.
  • Glosa a Villamediana, Madrid, Palabra y Tiempo, 1961.
  • La rama, Santander, La isla de los ratones, 1961.
  • Mi Santander, mi cuna, mi palabra, Santander, Diputación, 1961.
  • Sonetos a Violante, Sevilla, La Muestra, 1962.
  • La suerte o la muerte. Poema del toreo, Madrid, Taurus, 1963.
  • Nocturnos de Chopin, Madrid, Bullón, 1963.
  • El jándalo (Sevilla y Cádiz), Madrid, Taurus, 1964.
  • Poesía amorosa 1918–1961, Barcelona, Plaza y Janés, 1965.
  • El Cordobés dilucidado y vuelta del peregrino, Madrid, Revista de Occidente, 1966.
  • Odas morales, Málaga, Librería Anticuaria El Guadalhorce, 1966.
  • Variación 2, Santander, Clásicos de Todos los Años, 1966.
  • Segunda antología de sus versos (1941–1967), Madrid, Espasa-Calpe, 1967.
  • La fundación del querer, Santander, La isla de los ratones, 1970.
  • Versos divinos, Madrid, Alforjas para la poesía española (Fundación Conrado Blanco), 1971.
  • Cementerio civil, Barcelona, Plaza y Janés, 1972.
  • Carmen jubilar, Salamanca, Álamo, 1975.
  • Cometa errante, Barcelona, Plaza y Janés, 1985.
  • Decir de La Rioja, Biblioteca Gonzalo de Berceo.

Teatro

  • El cerezo y la palmera, Madrid: Alfil, 1964.

Traducciones

  • Tántalo. Versiones poéticas, Madrid: Ágora, 1959.

Ediciones

  • Antologías y colecciones: Poesía española: 1915-1931 (1932).
  • Obras de Lope de Vega, Rimas. Madrid: Taurus, 1963

La obra de Gerardo Diego no se agota en la lista de títulos. Su trayectoria compaginó la creación con la dirección editorial y la crítica cultural, dejando una huella que se extiende a través de la educación y la divulgación de la poesía española de su tiempo.