Herman Melville
| Nombre completo | Herman Melville |
|---|---|
| Nombre nativo | Herman Melville |
| Descripción | Poeta, marino, novelista, maestro, agente aduanal, ensayista y crítico literario |
| Fecha de nacimiento | 01-08-1819 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 28-09-1891 |
| Nacionalidad | Estados Unidos |
| Ocupaciones | profesor, marino, profesor de educación superior, poeta, escritor, novelista, ensayista, crítico literario, coleccionista de arte |
| Géneros | literatura de viajes |
| Idiomas | inglés |
| Hermanos | Allan Melville, Augusta Melville |
| Esposas | Elizabeth Knapp Melville |
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Herman Melville nació en la gran ciudad de Nueva York el 1 de agosto de 1819 y murió en la misma urbe el 28 de septiembre de 1891. Su trayectoria lo encuadra en el Renacimiento estadounidense, y su labor abarcó la novela, la poesía y el ensayo, con una huella que marcó profundamente la literatura de su país. A lo largo de su vida tuvo altibajos que combinaron viajes, búsquedas de sentido y una mirada crítica sobre la sociedad de su tiempo; entre sus obras, Taipi y Moby Dick brillan como referencias que trascienden su época. Sus comienzos y su evolución literaria se cruzan con un siglo de transformaciones culturales y políticas que lo vieron crecer y transformar su propio oficio.
Herman Melville nació en la gran ciudad de Nueva York el 1 de agosto de 1819 y murió en la misma urbe el 28 de septiembre de 1891. Su trayectoria lo encuadra en el Renacimiento estadounidense, y su labor abarcó la novela, la poesía y el ensayo, con una huella que marcó profundamente la literatura de su país. A lo largo de su vida tuvo altibajos que combinaron viajes, búsquedas de sentido y una mirada crítica sobre la sociedad de su tiempo; entre sus obras, Taipi y Moby Dick brillan como referencias que trascienden su época. Sus comienzos y su evolución literaria se cruzan con un siglo de transformaciones culturales y políticas que lo vieron crecer y transformar su propio oficio.
Primeros años
En su acta de nacimiento figura Melville como apellido, con la tradicional e final; el origen de la familia se asienta en una estirpe que combinaría logros y tensiones. Allan Melvill, padre de ocho hijos, y Maria Gansevoort, madre de rigores religiosos y una formación bíblica estricta, criaron a Herman en un ambiente donde la disciplina y la educación eran valores centrales. El joven Melville sería, en palabras de su propia historia familiar, el tercero de sus ocho hermanos, y ese rasgo numérico terminaría marcando su memoria de infancia y juventud. La doble ascendencia revolucionaria que albergaba su linaje materno y paterno fue motivo de orgullo para él, pues veía en ello un legado de acción y defensa de ideas que lo acompañaría a lo largo de su vida.
Entre los abuelos de Melville se encuentran figuras que dejaron huella en la memoria nacional: Thomas Melvill, participante destacado en la protesta de Boston por el té, y Peter Gansevoort, un general que dirigió la defensa de Fort Stanwix en 1777. Ese linaje de lucha y defensa de la libertad fue, para el joven, un motivo de pertenencia y una fuente de explicaciones para el compromiso que más tarde buscaría en su obra y en su vida. La familia se nutría de una prudente mezcla de credos: el padre adoptó un marco unitarista, mientras la madre abrazó un calvinismo riguroso que marcó el tono espiritual del hogar.
Desde muy temprano, Melville fue enseñado a amar la Biblia: creció conversando en inglés y en neerlandés con sus progenitores, y esa doble genealogía religiosa, más la disciplina de su entorno, le otorgaron una familiaridad íntima con las Escrituras y con las historias que allí se cuentan. La infancia se dibujó bajo la sombra de un ideal de rectitud y de una educación que pretendía formar a hombres capaces de enfrentar un mundo complejo con un marco ético claro.
Durante la década de 1820 la casa familiar vivió una vida relativamente acomodada, con varios sirvientes y movimientos periódicos que los iban acercando a barrios más amplios y elegantes. En 1828 la familia se instaló en Broadway, un cambio que simbolizó una posición social estable y un acceso a oportunidades culturales y educativas que impulsarían más tarde la vocación literaria de Melville. La infancia privilegiada —con sus ventajas materiales— convivía con tensiones propias de una familia en la que, a menudo, la estabilidad económica no estaba asegurada de forma definitiva.
En sus primeros años, Herman recibió una educación formal en Manhattan, y luego, junto con su hermano mayor Gansevoort, fue enviado a la escuela secundaria masculina de Nueva York. En 1826, cuando aún era un niño, contrajo la escarlatina, y su desarrollo verbal y cognitivo fue objeto de observación: su hermano mayor lo describió como alguien a quien le costaba al principio hablar, pero que pronto demostró ser un orador capaz y el mejor de su clase introductoria. En 1829 ambos hermanos fueron trasladados a la Columbia Grammar & Preparatory School, donde la formación recibió un impulso más sólido. La educación se convirtió en una cuestión de consciencia para él, un elemento que luego se convertiría en un motor para su curiosidad intelectual y su habilidad para observar la realidad desde múltiples perspectivas.
En 1830, la familia dejó la ciudad de Nueva York y se trasladó a Albany, un cambio que supuso iniciar estudios que pronto tendrían que abandonarse. El padre, con una situación financiera cada vez más precaria, terminó declarando la quiebra. En 1832, Allan Melvill enfermó gravemente y falleció; algunas versiones sostienen que, ahogado por las deudas y las inseguridades, se habría quitado la vida, y la familia habría encubierto el hecho por motivos religiosos. La pérdida dejó a la casa en una situación de duelo y de replanteamiento de su destino, de modo que el joven Melville vivió un periodo marcado por la incertidumbre y la necesidad de hallar un nuevo rumbo.
Viajes y primeras publicaciones
Con dieciocho años, Melville subió a bordo del buque Saint Lawrence, destinado al tránsito entre Nueva York y Liverpool, una decisión motivada por la necesidad de sostener económicamente a la familia y por la curiosidad que le inspiraba la vida en el mar. Al volver, intentó retomar la labor de maestro rural; sin embargo, el vaivén de la vida le ofrecía nuevas posibilidades, y en 1841 embarcó de nuevo, ahora en el ballenero Acushnet, con la esperanza de hallar en el mar la libertad que le había faltado en tierra.
Tras dieciocho meses de travesía, un episodio violento lo llevó a las costas de Nuku Hiva, la mayor de las islas Marquesas, donde, junto a un compañero, desertó y cayó en manos de una de las tribus conocidas por su práctica del canibalismo: los taipi. El viaje dejó a Melville con una pierna herida y la experiencia de una vida que nadie en su entorno había imaginado. Eventualmente, fue vendido a otro ballenero, el Lucy Ann, y, luego de otro tramo, desembarcó en Tahití, acusado de amotinamiento y encarcelado durante un periodo en la prisión de la isla; más tarde recorrió las islas de la Sociedad durante varios meses, viviendo experiencias que convertirían su mirada en material para su escritura.
En Lahaina, en la isla de Maui, Melville trabajó un tiempo como marinero raso en el buque United States, y finalmente, en 1844, desembarcó en Boston tras casi cuatro años en ruta, con la certeza de que su vida en tierra podía convertirse en una nueva forma de narrar. Fue entonces cuando decidió convertir sus vivencias en un libro que relatara su fuga del Acushnet y su contacto con los caníbales del Pacífico. El texto resultante, Taipi, salió a la luz en 1846 y encontró un público que valoró su autenticidad y el tono de confesión que cargaba. Este éxito le dio confianza para emprender un nuevo proyecto que llevaría el nombre de Omoo, en el que continuó explorando la experiencia de las islas y su vida errante. Ambos volúmenes se presentaron como relatos verídicos, pero poseían un aire de ficción que desbordaba la frontera entre el testimonio periodístico y la novela de aventuras. La recepción favorable de aquellos textos convirtió a Melville en una figura reconocida dentro del círculo literario de Nueva York, y le permitió casar en 1847 con Elizabeth Knapp Shaw, hija de un prominente juez de Boston.
Con ese impulso, su siguiente título, Mardi, publicado en 1849, se inclinó cada vez más hacia la ficción estructurada que ya se adivinaba en su escritura, pero continuó tomando como escenario las regiones del Pacífico y el archipiélago de las islas de la Sociedad. Las opiniones de críticos y contemporáneos, entre ellos el célebre novelista Nathaniel Hawthorne, lo alentaron a explorar la densidad simbólica que empezaba a perfilarse en su obra; Hawthorne llegó a comentar que el libro ofrecía profundidades que obligaban al lector a replantear su modo de mirar las historias de marinería. El alejamiento de las fórmulas convencionales se hizo cada vez más evidente, y el propio Melville convirtió Mardi en una experiencia de transición entre dos lenguajes narrativos: una historia de navegantes y, a la vez, un viaje alegórico hacia un mundo interior.
El éxito de Mardi empujó a Melville a escribir dos novelas que, en origen, buscaban mantener ese tono de aventura marítima, a la vez que exigían un nuevo horizonte narrativo: Redburn y White Jacket. La primera apareció en Londres en octubre de 1849 y, poco después, en Nueva York, consolidando la idea de que su obra podía sostenerse por la experiencia del hombre de mar. En estas páginas, el autor entrelazó la memoria de su propia juventud, las pérdidas familiares y la inquietud por forjar un camino distinto al de la narrativa tradicional. El resultado fue una obra que combinó elementos de novela de viaje, crónica de indias y novela de aventuras, y que marcó un antes y un después en su trayectoria. La crítica respondió con interés, pero también con preguntas sobre la autenticidad de sus relatos y la función literaria de la narración basada en experiencias personales.
Moby Dick
En 1850, Melville empezó a perfilar lo que se convertiría en su proyecto más ambicioso: Moby Dick. Aunque las primeras notas mencionaban un objetivo modesto, el propio autor terminó extendiendo el plan y, con el paso del tiempo, concibió una obra de alcance extraordinario para la literatura estadounidense. Aquel manuscrito recibió una nueva lectura tras su amistad con el novelista Nathaniel Hawthorne, a quien dedicó la obra y a quien le confió su empeño de crear una novela que trascendiera la mera narrativa de aventuras marineras. El libro se publicó en 1851 en tres volúmenes en Gran Bretaña y, poco después, en un único tomo en Estados Unidos. A pesar de su magnitud y de las intenciones innovadoras que lo animaban, la aceptación comercial fue modesta y la crítica general se mostró desfavorable. Con el tiempo, la obra fue ganando prestigio y, hacia el cambio de siglo, se alzó como una de las cumbres de la literatura universal, a partir de su capacidad para combinar la inmersión en el mundo del mar con preguntas filosóficas y existenciales.
El libro, concebido como un estudio sobre la obsesión, la naturaleza humana y el conflicto entre individuo y destino, se convirtió en un proyecto de larga gestación. En ese proceso, Melville invirtió más de un año y medio para darle forma a una visión que, en su época, desafió las convenciones narrativas y exigió al lector una participación activa para desentrañar sus capas de significados. Una faceta notable es la relación que entabló con Hawthorne, a quien dedicó la novela y a quien confiaba la posibilidad de entender la complejidad de su proyecto. Aun con esa alianza, Moby Dick no logró consolidarse como un éxito financiero inmediato, y recibió críticas que subrayaban su ambición excesiva y su complejidad formal.
Escritor fracasado
Tras la desilusión inicial con Moby Dick, Melville intentó recuperar su prestigio a través de una novela que siguiera la estela de la experiencia marítima, pero con un tono más experimental. En Pierre o las ambigüedades (1852) el resultado fue un fracaso total: la crítica lo desmenuzó y la aceptación del público fue prácticamente nula. El escrutinio negativo dejó al autor en una posición delicada desde el punto de vista profesional, y muchos señalaron que su nombre había dejado de figurar entre los autores más prestigiosos de su tiempo. Aun así, Melville continuó buscando vías para su creatividad y logró que Israel Potter fuera publicado años más tarde, tras la negativa de los editores para darle continuidad a esa novela. El periodo de este repliegue profesional coincidió con la aparición de textos breves que ya anticipaban el giro de su obra hacia la narración corta. Bartleby, el escribiente y Benito Cereno aparecieron en la publicación Putnam Magazine entre 1853 y 1855, y luego se reunieron en The Piazza Tales (1856). En 1855 nació Frances, conocida como Fanny, y ese año también emergió otra novela, Israel Potter, que reveló un Melville menos proclive a experimentar grandes estructuras y más inclinado a explorar la tonalidad y la voz de cada relato. La crítica de la época siguió siendo severa, pero el desarrollo de su oficio ya mostraba destellos de la modernidad que más tarde se valoraría con mayor claridad.
En 1857 llegó The Confidence Man, conocida en español como El estafador y sus disfraces, última novela de ficción prosa que publicó en su vida. Aun cuando recibió críticas poco elogiosas, la obra fue reconocida por su complejidad y por la audacia de su planteamiento. Con el paso del tiempo, la novela fue interpretada como una reflexión sobre la honestidad y el engaño, y hoy se la considera una pieza innovadora y, para muchos, adelantada a su época. El reconocimiento crítico tardó en llegar, pero su influencia se hizo evidente en la lectura de autores posteriores y en la constante revisión de su universo literario.
Poeta
Los años siguientes mostraron a Melville modulado por las tensiones personales, y el alcoholismo fue afectando su estabilidad emocional y su comportamiento familiar. A partir de ese momento, y con la ayuda de su suegro, emprendió viajes por Europa y Tierra Santa que dejaron huellas en su conciencia y en su producción poética. Fue durante este periodo que dejó germinar un ambicioso proyecto de extensión épica que desembocaría en Clarel: A Poem and Pilgrimage in the Holy Land, una obra monumental de 18 000 versos inspirada en su periplo a Tierra Santa. Este poema, uno de los más extensos de la literatura estadounidense, fue concebido como una exploración espiritual y filosófica de un joven estudiante que recorre Jerusalén para renovar su fe. La figura de Hawthorne reaparece como telón de fondo, pues algunos personajes de Clarel están inspirados en personas cercanas al escritor, incluido Hawthorne, quien había muerto una década antes.
La publicación de Clarel en 1876 fue posible gracias a una herencia de Peter Gansevoort, que facilitó la impresión de tan extensa obra. El resultado comercial quedó demasiado corto para cubrir las expectativas: apenas salieron 350 copias y las ventas se mantuvieron reducidas, una estocada más para un autor que ya caminaba entre los márgenes de la crítica y la fama. Aun así, Clarel se distingue por su audacia formal y por la exploración de temas de fe, duda y viaje interior que pocos de sus contemporáneos se atrevieron a abordar con esa magnitud.
Paralelamente, Melville no dejó de escribir poesía más corta y de hacer caballete de su oficio; Battle-Pieces and Aspects of the War (1866) recogió 72 poemas que registran la experiencia de la Guerra de Secesión desde una perspectiva plural y, en ocasiones, polifónica. Aunque la recepción crítica fue tibia y las ventas, modestísimas, el libro ofrecía un registro único de la sensibilidad de un autor que, a pesar de todo, mantenía la voz crítica y la voluntad de mirar de frente los dilemas del país en ese episodio decisivo. La respuesta del público quedó por debajo de sus aspiraciones, y la obra repartió entre algunos lectores atentos la idea de un Melville que buscaba nuevas formas para expresar la realidad histórica y humana de su tiempo.
Últimos años
La vida de Melville dio un giro práctico cuando, en 1866, su entorno familiar utilizó sus influencias para garantizarle un puesto como inspector de aduanas en Nueva York. A partir de entonces, su día a día tuvo un carácter más estable, y su trabajo le permitió mantenerse al margen de las tensiones de la casa, al tiempo que le daba una disciplina que su carácter, tan cambiante, necesitaba. Durante los años en la aduana, Chester A. Arthur —quien más tarde sería presidente de los Estados Unidos— habría mostrado una admiración inesperada por sus escritos; esa protección velada contribuyó a la paciencia que Melville necesitaba para continuar su labor creativa. La vida familiar se vio atravesada por una tragedia: en 1867 falleció Malcolm, su hijo mayor, a los dieciocho años, en un accidente o, según algunas lecturas, por un acto suicida. Este golpe consolidó el peso de una existencia marcada por la pérdida y la tensión emocional, que influyó en su percepción del mundo y en la forma en que enfrentó el resto de sus días.
La estabilidad emocional que ofrecía su insospechado cargo en la aduana fue una especie de refugio para su esposa y para la familia, que vio en ese empleo una salida eficaz para mantener a flote la seguridad económica durante un periodo en el que la vida de Melville oscilaba entre la creatividad y la inquietud. A medida que avanzaba la década de 1880, la salud de Melville se resintió, y su espíritu se enfrentó a los efectos de un desgaste que no tardó en hacerse evidente. En 1884, una herencia que recibió Elizabeth abrió una ventana de ingresos que permitió ampliar su libertad de compra de libros y material impreso, y en 1885, tras la muerte de varias personas de la familia de su esposa, decidió retirarse de su puesto en la aduana. Este abandono fue un hito, pues marcó el inicio de una retirada que muchos interpretaron como el cierre de una etapa de interacción con el mundo laboral formal y la consolidación de una fase de contemplación y escritura pasiva.
La última década de su vida transcurrió entre la solidificación de la memoria de sus obras y la soledad que acompaña al creador cuando su obra ya no está en el centro de la atención pública. En 1886, falleció Stanwix Melville, uno de sus hijos, a la edad de treinta y seis años, tras haber seguido algunos años la senda de la vida marina, continuidad de la vocación familiar. Su desaparición añadió otro capítulo doloroso a una biografía ya de por sí cargada de pérdidas y de búsquedas que no siempre hallaron su cauce en la época de su plenitud. Aún así, su nombre quedó fijado en la memoria de la literatura estadounidense y su obra continuó desafiando la mirada de las generaciones que lo seguirían, recordándoles que la literatura puede nacer de la experiencia más áspera y, a la vez, convertirse en una obra que alumbra desde la complejidad y la duda.