Jacqueline Kennedy Onassis
| Nombre completo | Jacqueline Lee Bouvier |
|---|---|
| Nombre nativo | Jacqueline Lee Bouvier Kennedy Onassis |
| Descripción | 37.ª primera dama de los Estados Unidos |
| Fecha de nacimiento | 28-07-1929 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 19-05-1994 |
| Nacionalidad | Estados Unidos |
| Ocupaciones | periodista, editor literario, socialité, escritor, modelo |
| Idiomas | inglés |
| Hermanos | Lee Radziwiłł, Janet Auchincloss Rutherfurd, James Lee Auchincloss |
| Parejas | Maurice Tempelsman |
| Esposas | John F. Kennedy, Aristóteles Onásis |
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Jacqueline Lee Kennedy Onassis emergió en la escena pública como una figura que combinaba elegancia, cultura y una atención mediática que pocas veces se había visto en la historia de Estados Unidos. Nacida en una familia de la alta sociedad neoyorquina, su vida adquiriría una proyección internacional al contraer matrimonio con un político joven y ambicioso, y luego al convertirse en la Primera Dama durante una era de gran expectativa. Su trayectoria posterior, marcada por su labor editorial, su afán por la preservación del patrimonio y su influencia en el ámbito cultural, dejó una huella imborrable que trasciende su tiempo en la Casa Blanca.
Jacqueline Lee Kennedy Onassis emergió en la escena pública como una figura que combinaba elegancia, cultura y una atención mediática que pocas veces se había visto en la historia de Estados Unidos. Nacida en una familia de la alta sociedad neoyorquina, su vida adquiriría una proyección internacional al contraer matrimonio con un político joven y ambicioso, y luego al convertirse en la Primera Dama durante una era de gran expectativa. Su trayectoria posterior, marcada por su labor editorial, su afán por la preservación del patrimonio y su influencia en el ámbito cultural, dejó una huella imborrable que trasciende su tiempo en la Casa Blanca.
Infancia
Jacqueline Lee Bouvier vio la luz en Southampton, en verano de 1929, como hija mayor de un corredor de bolsa de Wall Street y de una socialité dedicada a las artes y a la vida de la alta sociedad. Su familia vivía entre la ciudad de Nueva York y el área de la costa este, y desde sus primeros años mostró una fascinación marcada por los caballos, la equitación y un gusto por la belleza que más tarde sería una de sus señas de identidad. Su hermana menor, Lee Radziwill, llegó años después, y las dinámicas familiares estuvieron marcadas por un divorcio parental en la década de los cuarenta y por segundas alianzas que ampliaron el árbol genealógico de los Bouvier.
La ascendencia de Jackie combinaba raíces irlandesas por parte de su madre y una mezcla de orígenes franceses, escoceses e ingleses en su padre, lo que daba lugar a una herencia plural y compleja. A pesar de que la genealogía había sido objeto de mitos y relatos familiares, la realidad histórica ha mostrado que la casa Bouvier no carecía de historias de movilidad social y de migración que ilustraban la mezcla típica de los Estados Unidos de aquella época. Sus abuelos y otros parientes cercanos aportaron una mirada al pasado de la familia que, con el tiempo, ella emplearía como marco para entender su propio papel público.
Los primeros años transcurrieron entre la ciudad de Nueva York y los parajes de East Hampton, en una residencia denominada Lasata, donde pasaba buena parte del tiempo en contacto con animales y con un entorno que favorecía su educación intuitiva y su curiosidad por las artes. Tras el divorcio de sus padres, las jóvenes Bouvier pasaron temporadas entre McLean, Newport y las viviendas de Manhattan, lo que les dio una visión amplia de los círculos sociales y de las realidades diarias de distintas capas de la sociedad estadounidense. Su educación inicial incluyó la etapa de escolaridad en un entorno exigente que cultivó su disciplina y su interés por las letras y la historia.
La adolescencia de Jackie estuvo marcada por la vida entre distintas ciudades y por la experiencia de crescencia en un entorno que valoraba la cultura y la etiqueta social. Aun creyendo que la vida de la adolescencia podría ser rígida, ella la vivió con una mezcla de curiosidad intelectual y de deseo de aprendizaje práctico, lo que más adelante quedó patente en su afición por la literatura y por el estudio de lenguas extranjeras. En aquella etapa ya se apreciaba su talento natural para la expresión y su habilidad para estar a gusto en ambientes variados, desde los salones intelectuales hasta las celebraciones más modestas de la vida cotidiana.
Educación y juventud
La formación de Jackie se orientó hacia las humanidades y la lengua francesa, campos en los que demostraría una particular vocación. Inició su educación formal en institutos selectos y, al cumplir la adolescencia, ingresó en instituciones privadas de prestigio, donde consolidó una base sólida en literatura y artes. En el periodo de mediados de la década de 1940, sus estudios evolucionaron hacia una experiencia más internacional que influiría de forma decisiva en su mirada del mundo.
La vida académica de Bouvier se caracterizó por un itinerario mixto que combinó estudios en Estados Unidos con estancias en Europa. Comenzó estudiando en una institución de renombre en el noreste, y luego participó en un programa de intercambio que la llevó a Grenoble y a París, donde profundizó en literatura francesa y en la cultura europea. Este periodo en el extranjero, facilitado por un programa de intercambio gestionado con la colaboración de una institución académica femenina, amplió su horizonte cultural y fortaleció su dominio de idiomas y su comprensión histórica de distintas tradiciones.
Ya de regreso a Estados Unidos continuó su formación superior en la Universidad George Washington, donde obtuvo, en 1951, un título de Bachelor of Arts en literatura francesa. Este grado universitario coincidió con el cierre de una etapa de su vida marcada por la exploración académica y las primeras experiencias profesionales en el periodismo de investigación, que le permitieron convertir su curiosidad en una habilidad para entrevistar y observar con rigor. También participó en un periodo de educación continua, orientado a la historia de América, lo que reforzó su entendimiento de las dinámicas nacionales y su interés por la memoria histórica de su país.
Una herencia de viaje marcó el inicio de su vida adulta: después de graduarse, emprendió un viaje veraniego por Europa junto a su hermana, experiencia que fue relatada en su obra más personal y que, de alguna manera, anticipó su íntima relación con la cultura y la historia. Este viaje serviría de base para un libro autobiográfico, escrito conjuntamente con su hermana, que reflejaba la forma en que la experiencia de viajar puede convertirse en una biografía compartida y en un espejo de la identidad familiar.
Matrimonio con Kennedy y familia
El encuentro con John F. Kennedy ocurrió dentro de un círculo social común; ambos pertenecían a un entramado de amistades y encuentros que favorecían las uniones entre personas con intereses compartidos. Se presentaron formalmente en una reunión social, y lo que parecía un noviazgo discreto terminó por consolidarse en una relación seria tras la elección de Kennedy al Senado. El compromiso se anunció en 1953, y la pareja inició una vida que combinaba las responsabilidades públicas con una vida familiar marcada por la llegada de varios hijos.
La vida familiar del matrimonio estuvo compuesta por cuatro hijos, aunque dos de ellos fallecieron en la infancia. Los primeros años de la pareja estuvieron atravesados por la construcción de un hogar acorde con sus ambiciones y su visión de la vida pública. En el ámbito doméstico, además de la expansión de la familia, la pareja afrontó desafíos de salud que exigieron atención médica y cuidados constantes, especialmente por las condiciones de salud de Kennedy, que incluían un padecimiento grave y dolores crónicos heredados de experiencias anteriores en su vida de guerra. Aun con estas dificultades, la pareja mantuvo un núcleo familiar que se consolidó en un entorno que combinaba la vida social, el trabajo y la vida diaria de una familia de alto perfil.
El hogar y las decisiones de la pareja los llevó a escoger residencias que, más allá del glamour, representaban una forma de sustentar su vida familiar en un marco de privacidad y seguridad. Entre las inversiones en bienes raíces que realizaron se cuenta un cambio de domicilio hacia Georgetown, en Washington, D. C., tras la venta de una mansión anterior que simbolizaba su estatus y sus aspiraciones. En ese periodo nacieron sus hijos Caroline y John-John, ambos concebidos mediante cesárea, un hecho que atestigua la naturaleza de los tratamientos médicos disponibles para la época y las decisiones que el propio equipo médico y la familia tomaron para proteger la salud de la madre y de los recién nacidos. Un segundo hijo, Patrick, nació prematuramente y falleció poco después, tras un operativo de emergencia que reveló la fragilidad de los primeros meses de vida para un recién nacido en circunstancias complicadas.
Primera dama de los Estados Unidos
El papel de Jackie como Primera Dama se fue definiendo en un marco poco convencional para la época: juventud, estilo personal y una relación directa con los medios de comunicación que, a veces, parecía apalancarla como símbolo de modernidad. Su esposo había llegado a la presidencia tras una campaña intensa, y la imagen que proyectó como pareja presidencial fue percibida como una ruptura con la tradición anterior, marcada por un enfoque más sobrio y menos televisual. A la edad de 31 años, Jackie se convirtió en una de las primeras damas de menor edad de la historia de Estados Unidos, un hecho que cambió el modo en que el público percibía la figura de la esposa del presidente. Su influencia se extendió más allá de la moda, involucrando decisiones sobre la comunicación con los medios y sobre la manera de presentar a la residencia presidencial al mundo.
La moda y la imagen pública se convirtieron en un eje central de su liderazgo cultural: contrató a un diseñador estadounidense para desarrollar su vestuario, y su presencia en actos oficiales se convirtió en un elemento de referencia para la moda internacional. fue pionera al nombrar a una secretaria de prensa para la oficina de la Primera Dama y a cargo de gestionar las relaciones con la prensa, una innovación para la institución misma que mostró su interés en proteger la intimidad de sus hijos mientras mantenía una presencia pública activa. Su fascinación por la cultura y el arte la llevó a convertir la Casa Blanca en un escenario de exhibición de lo mejor de la creatividad estadounidense, con la clara intención de elevar la percepción internacional de la nación a través de la cultura compartida.
Restauración de la Casa Blanca
La Casa Blanca, un proyecto de interés cultural se convirtió en el primer gran objetivo de su gestión como Primera Dama, ya que descubrió que las estancias históricas estaban amuebladas con piezas que no reflejaban el pasado de la residencia. Junto a una decoradora destacada, dio inicio a un proceso de restauración que buscó devolverle su carácter histórico y convertirla en un verdadero palacio de la memoria nacional. Comenzó por adaptar espacios para la vida familiar, añadiendo una cocina funcional y cuartos para los hijos, una decisión que requirió recursos y una gestión cuidadosa de fondos, ya que el presupuesto inicial se agotó más rápido de lo esperado. Para sostener el proyecto, creó un comité de bellas artes y buscó la asesoría de un reconocido experto en mobiliario antiguo, al tiempo que impulsó la publicación de una guía para financiar la restauración mediante la venta de copias de la propia publicación. Su colaboración con una notable sociedad de diseño y la participación de importantes ciudadanos permitió revivir superficies, objetos y jardines que habían sido descuidados durante años.
La renovación de jardines y estructuras abarcó aspectos como la restauración del jardín de rosas y el East Garden, que pasó a llevar el nombre de Jacqueline Kennedy después de la pérdida de su esposo. Su empeño evitó la demolición de casas históricas en la zona cercana a Lafayette Square y consolidó un marco que resaltaba el valor histórico y arquitectónico de la capital. promovió una nueva institucionalidad para la Casa Blanca, creando asociaciones y cargos que garantizaban la custodia, la conservación y la adquisición de piezas para la residencia. En conjunto, estas acciones transformaron la imaginería de la Casa Blanca y consolidaron un modelo de gestión cultural para la sede presidencial que perduró más allá de su mandato.
La televisión como ventana de la historia en 1962 Jacqueline presentó en un recorrido televisado la Casa Blanca, acompañado por un periodista de una cadena importante. Expresó con vehemencia la idea de que la casa debía exhibir una colección de obras de arte estadounidense de la mayor calidad posible, ya que el entorno de la administración presidencial tenía un impacto directo en la percepción mundial de la nación y en el orgullo de sus habitantes. El programa fue visto por millones de personas y se convirtió en un hito de comunicación, terminando con un reconocimiento de la industria televisiva que convirtió a Kennedy en la primera dama en recibir un Emmy, un galardón que subrayó la singularidad de su relación entre la política y la cultura popular.
Viajes al extranjero
Los viajes oficiales y la diplomacia cultural se convirtieron en una de las herramientas de su labor internacional. Sus visitas, a veces en compañía de su esposo y otras veces por cuenta propia, se realizaron con una frecuencia que superó a la de anteriores primeras damas, y su presencia fue recibida con curiosidad y aprecio por parte de los dignatarios extranjeros. En una de las visitas más recordadas, su dominio del francés y su conocimiento de la historia francesa dejó impresionado al público y a la prensa de la época. Su participación en actividades y encuentros con líderes extranjeros fue percibida como una forma de suavizar las tensiones de la Guerra Fría y de proyectar una imagen de apertura y cultura compartida entre Estados Unidos y otras naciones.
El episodio europeo y sus símbolos incluyó encuentros en ciudades como París y Viena, donde se combinó la interacción social con gestos de cortesía diplomática. En una ocasión, un líder extranjero le envío un símbolo afectuoso, un pequeño gesto que subrayó la relación entre la diplomacia y la cultura en la época. También viajó a la India y a Pakistán, acompañada de su hermana, en un viaje que quedó registrado por el lente de fotógrafos y cronistas que destacaron su habilidad para comunicarse más allá de las palabras, así como su interés por la historia y los monumentos de cada país que visitaban. En la región latinoamericana realizó una visita a México, donde mantuvo un uso fluido del español para dirigirse a las audiencias, reforzando puentes culturales y humanos en ese contexto continental.
Muerte de Patrick B. Kennedy
Un giro devastador para la familia llegó en 1963, cuando Jacqueline enfrentó la pérdida de un hijo recién nacido debido a complicaciones que obligaron a una cesárea de emergencia. El recién nacido, Patrick Bouvier Kennedy, murió poco después de nacer, y el peso de la tragedia afectó profundamente la vida conyugal y la estabilidad emocional de la pareja. Este episodio, alejado de la atención de los focos, se convirtió en un momento de duelo intenso que fortaleció el vínculo entre Jacqueline y John, mientras enfrentaban la dificultad conjunta de una pérdida irreparable. Tras el suceso, el presidente viajó para acompañarla y, a su regreso, celebró el gesto de reconocimiento al personal médico y de enfermería con un detalle simbólico que buscaba agradecer su entrega.
El asesinato y funeral del Presidente John F. Kennedy
El trágico asesinato de Kennedy en Dallas marcó un punto de inflexión en la vida de la primera dama y en la historia reciente de la nación. En medio de la conmoción, Jacqueline mantuvo la compostura pública y convirtió su experiencia en una memoria de dignidad y dolor compartido. A bordo de la limusina, llevó un vestido rosado y un sombrero que habían sido seleccionados por el presidente, y su reacción en los minutos críticos dejó una imagen que sería objeto de innumerables discusiones en los años venideros. Su esfuerzo por sostenerse y apoyar a su esposo ante la adversidad mostró una cara de fortaleza que sería recordada por décadas.
La apertura del duelo y el funeral se extendió más allá de la ciudad de Dallas, y la ceremonia en Washington, con un ataúd cerrado y la conducción de la procesión, subrayó la solemnidad de la pérdida. Jacqueline condujo parte de la marcha fúnebre a pie y participó en la colocación de la llama eterna, un acto que simbolizaba la continuidad de la memoria pública de Kennedy. En las notas de los cronistas de la época, se resaltó la hondura de su presencia y el modo en que, pese al dolor, consiguió proyectar una imagen de majestuosidad que resonaría con el público estadounidense y con admiradores de todo el mundo.
La investigación y la memoria también ocupan un lugar en estas páginas: la Comisión Warren investigó el asesinato, y su informe sostuvo que el tirador actuó solo. Aunque la viuda no encontró consuelo en los resultados oficiales, su testimonio y su postura ante el proceso reflejaron la complejidad de afrontar una tragedia tan pública. Poco a poco, Jackie se apartó de la vista pública para centrarse en la vida privada y en la consolidación de un legado que buscaba preservar la figura de su esposo para las generaciones presentes y futuras.
Después del asesinato
Período de duelo y primeros giros públicos marcó los meses siguientes: Jackie otorgó una entrevista a Life en la que recordó el periodo de la administración Kennedy con un matiz de melancolía y, al mismo tiempo, con la idea de convertir ese legado en una narrativa que fortaleciera el recuerdo colectivo. En esa conversación se aludió a un Camelot idealizado que, con el paso del tiempo, sería objeto de debate entre historiadores y biógrafos. Durante este tiempo, la familia permaneció unida en la Casa Blanca por un breve periodo, y luego buscó su propio camino en medio de la conmoción y la necesidad de reorganizar la vida cotidiana para la nueva realidad que les tocaba enfrentar.
Posibles destinos diplomáticos y la decisión de la vida privada enfrentaron a Jackie a ofertas como embajadas que, por su historia e intereses culturales, podrían haber parecido adecuadas para ella. Sin embargo, prefirió mantener una vida más centrada en su esfera personal y familiar, y optó por espacios privados para continuar con su labor de preservación cultural y de apoyo a causas que le parecían valiosas. En paralelo, se le otorgó el reconocimiento de la Casa Blanca y, al mismo tiempo, se promovió la creación de instituciones y bibliotecas que ayudarían a conservar la memoria de la administración Kennedy, especialmente la Biblioteca y Museo Presidencial John F. Kennedy, diseñado por un renombrado arquitecto y ubicado en un campus universitario de Boston.
Los años siguientes estuvieron marcados por un juego de presencias públicas y de residencias privadas, que la llevaron a vivir entre Nueva York y Martha’s Vineyard, así como a mantener un vínculo activo con el legado de la familia y con la proyección de su trabajo editorial. En esa década, su labor en el mundo de la edición se consolidó, y su nombre se asoció con proyectos culturales de gran relevancia, que iban desde la publicación de obras de artistas y escritores hasta la colaboración con instituciones para la preservación de la memoria histórica. A nivel personal, fortaleció vínculos con familiares y personas cercanas que la acompañaron en esa etapa de tránsito entre la vida pública y la vida privada.
Relación con Robert Kennedy
La estrecha relación con su cuñado se convirtió en una pieza fundamental de su vida pública y familiar. Robert F. Kennedy, que ya había sido una figura de apoyo durante su enfermedad y sus primeros tiempos de matrimonio, se convirtió en un pilar para sus hijos y para la continuidad de la vida familiar tras la desaparición de Kennedy. Jackie lo percibía como una persona de gran honestidad y compromiso político, y su apoyo fue determinante en la decisión de mantener a sus hijos vinculados a la vida pública estadounidense. Su relación con Kennedy se convirtió en un eje de la política familiar que influyó en su propia visión de la participación cívica y del papel de la familia en la vida política.
El impulso político de RFK para participar en la vida electoral no estuvo exento de dudas personales, y Jackie habló a veces sobre sus temores ante la hostilidad que podrían enfrentar. Aun así, ella alentó a su cuñado a presentarse a cargos y a competir, confiando en su capacidad para superar los obstáculos y contribuir de forma significativa al debate público. En especial, lo animó a competir por una posición en el Senado de Nueva York, un paso que, para la época, representaba un potencial retorno de la familia a la escena política y una oportunidad de influir en la agenda nacional e internacional.
Matrimonio con Aristóteles Onassis
La consolidación de un nuevo matrimonio llegó tras la crisis emocional provocada por la tragedia y la pérdida de RFK. En 1968 contrajo matrimonio con Aristóteles Onassis, un magnate del transporte marítimo ya conocido por su fortuna y sus vínculos con la alta sociedad internacional. El enlace, celebrado en una isla griega, ofreció a Jackie la posibilidad de una vida más discreta y una mayor seguridad para ella y para sus hijos, al tiempo que le permitía sostener sus vínculos con la cultura y el mundo de las artes. A partir de esa unión, adoptó el apellido Onassis de forma legal, si bien conservó el apellido Kennedy para la vida pública, con la propia intención de preservar el legado de su primer esposo y de la familia que llevaba adelante.
Las residencias y los viajes marcaron una vida itinerante entre varias ciudades y países. Los Kennedy-Onassis pasaron por un conjunto de domicilios que iban desde una gran residencia en la Quinta Avenida de Nueva York hasta una granja en Nueva Jersey, un apartamento en París, la isla privada de Skorpios, una casa en Atenas y un yate impresionante. En la práctica, Jackie gestionó la vida de sus hijos manteniendo fuertes lazos con los hermanos y con la familia política, de modo que Ted Kennedy y otros parientes participaron en momentos públicos, fortaleciendo la presencia de la familia en escenarios públicos y privados a lo largo de los años.
La salud de Ari y el legado familiar se vio afectada por la enfermedad y las dificultades propias de la vida de un empresario mayor que enfrentaba sus propias batallas. Aun así, la relación entre Jackie y Ari sobrevivió a las tensiones propias de matrimonios de alto perfil y a las controversias públicas que rodearon a la pareja. Tras la muerte de Ari en 1975, el legado material y jurídico se resolvió con un acuerdo de gran magnitud que, a efectos prácticos, terminó por definir la distribución de la herencia y dejó a la viuda una vía de seguridad económica que le permitió continuar con sus proyectos personales y profesionales. Su vida posterior se convirtió en un ejemplo de reinvención, resiliencia y de la capacidad para convertir situaciones adversas en nuevas oportunidades de impacto cultural y social.
Años posteriores
De regreso a casa y a la edición tras la desaparición de su segundo esposo, Jackie reorganizó su vida en los Estados Unidos y eligió residencias que combinaran privacidad con cercanía a sus vínculos familiares. En los años setenta, asumió un papel de editora consultora en una editorial importante, y su trayectoria en la industria editorial se fue consolidando con el tiempo. Su incursión en el mundo de la edición no fue meramente simbólica; fue también una forma de preservar y difundir obras de autores y artistas que apreciaba, así como de colaborar en proyectos literarios que resultaron influyentes para la cultura popular y para la historia de Estados Unidos.
La vida pública y la memoria siguió presente a través de su participación en actos conmemorativos, la creación de espacios museísticos y la consolidación de una institución dedicada a conservar el legado de la administración Kennedy. Su labor dio origen a una biblioteca y museo presidenciales que recoge documentos y objetos oficiales, un proyecto que buscaba garantizar que las futuras generaciones tuviesen acceso a un registro histórico de la administración Kennedy. En paralelo, fue estableciendo una red de contactos y colaboraciones que le permitió influir en la promoción de la cultura y de las artes a través de la esfera pública y privada.
Sus aportes al mundo editorial y cultural continuaron con la promoción de obras y con la defensa de la memoria histórica de la nación. Desempeñó cargos en editoriales de renombre y trabajó estrechamente con autores que exploraban temas de historia, sociedad y cultura, apoyando proyectos que de otro modo podrían haber quedado en segundo plano. Su implicación con iniciativas culturales y su interés por la conservación arquitectónica la llevaron a participar en campañas para preservar edificios emblemáticos y para influir en proyectos urbanísticos que podían tener un impacto directo en el paisaje cultural de ciudades como Nueva York y Boston. Su contribución fue reconocida por instituciones que valoraban la continuidad de un legado dedicado a la memoria y al patrimonio.
La vida pública, la prensa y la defensa de la intimidad no se apartaron de su realidad cotidiana: la paparazzi la siguió durante años, y sus esfuerzos por gestionar su imagen pública llevaron a debates sobre la invasión de la privacidad y el papel de la prensa en la vida de figuras de alto perfil. A lo largo de las décadas, su relación con la prensa se transformó en una estrategia de protección de su familia y de la memoria de su primer esposo, mientras que su vida personal permanecía rodeada de discreción y de un cuidado constante por la seguridad de sus hijos y su círculo cercano.
Enfermedad, muerte y funeral
La última etapa de su vida estuvo marcada por la enfermedad, que se manifestó a comienzos de la década de 1990. Tras sufrir una caída durante una actividad ecuestre, se descubrió un ganglio inflamado y, con el tiempo, se confirmó un diagnóstico de linfoma no Hodgkiniano. A partir de entonces, inició tratamientos de quimioterapia que, si bien permitieron una cierta alerta de continuidad, señalaron un descenso progresivo de su salud. A medida que la enfermedad se extendía, Jacqueline siguió trabajando en sus proyectos editoriales y personales, manteniendo su compromiso con la cultura y la memoria.
La despedida y el cierre llegaron en mayo de 1994, cuando, tras un último viaje a su hogar en Nueva York, se anunció públicamente su deceso. Sus hijos anunciaron la noticia con una mezcla de dolor y gratitud por la vida de su madre, destacando que había vivido rodeada de amigos, de literatura y de las cosas que amaba. Su fallecimiento fue objeto de una elegía que enfatizó la grandeza de su carácter y su papel como figura que acompañó a una generación a través de momentos de grandes cambios sociales y culturales.
El legado final quedó sellado en un patrimonio valuado de miles de millones de dólares, y en una memoria pública que la reconoce por su estilo, su gracia y su dedicación a la causa cultural. Su vida, que transcurrió entre la política, la moda, la arquitectura y la literatura, se convirtió en un espejo de una época de transformaciones profundas en Estados Unidos y en el mundo. Su nombre quedó grabado en la historia no solo por las instancias institucionales en las que participó, sino también por la impronta personal que dejó en cada uno de los ámbitos en los que se movió.