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La Argentinita

Nombre completo La Argentinita
Descripción Bailarina y cantante hispanoargentina
Fecha de nacimiento 03-03-1898
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 24-09-1945
Nacionalidad España
Ocupaciones bailarín de ballet, coreógrafo, cupletista
Grupos Orden de Isabel la Católica
Idiomas español
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Encarnación López Júlvez, a quien el mundo artístico conoció como La Argentinita, arranca su historia en Buenos Aires y navega desde ahí por una carrera que funde flamenco con otras tradiciones. Su aporte la sitúa entre las figuras más influyentes de la danza de su época, destacando por una estética que conjugaba técnica, intimidad expresiva y una mirada cosmopolita hacia el flamenco y sus posibilidades escénicas. Su vida refleja un intenso recorrido por escenarios de Europa y América, y una estrecha relación con la literatura y el teatro que dejó huellas imborrables en la cultura hispanoamericana y española.

La Argentinita — Imagen principal

Encarnación López Júlvez, a quien el mundo artístico conoció como La Argentinita, arranca su historia en Buenos Aires y navega desde ahí por una carrera que funde flamenco con otras tradiciones. Su aporte la sitúa entre las figuras más influyentes de la danza de su época, destacando por una estética que conjugaba técnica, intimidad expresiva y una mirada cosmopolita hacia el flamenco y sus posibilidades escénicas. Su vida refleja un intenso recorrido por escenarios de Europa y América, y una estrecha relación con la literatura y el teatro que dejó huellas imborrables en la cultura hispanoamericana y española.

Biografía

Hija de padres inmigrantes españoles en Argentina, la familia López Júlvez se instala en un país que, lejos de apaciguar su vocación, la empuja a buscarla con mayor resolución. El padre, dedicado al negocio textil, se interesó por mantener a sus hijos próximos a las artes, aun cuando una tragedia acabó con la vida de dos de ellos durante una epidemia de escarlatina. Este episodio precipita el retorno a España en 1901, cuando Encarnación era apenas una niña. En ese contexto familiar y cultural, germinaría su curiosidad por el flamenco, que con el tiempo se convertiría en su medio de expresión principal.

Con apenas cuatro años inició sus estudios de baile bajo la tutela de la maestra Julia Castelao, y a los ocho dio su primera aparición pública en un teatro de San Sebastián. Apodada La Argentinita para distinguirla de la célebre La Argentina, empezó a ganarse el público a través de una juventud prodigiosa que desbordaba disciplina y curiosidad. Su trayectoria en esa etapa temprana la llevó a recorrer ciudades y teatros de España, y su talento la convirtió en una promesa que había de consolidarse con el tiempo.

En las primeras décadas del siglo, la joven bailaora se afianzó en el circuito de Madrid, presentándose en salas como el Teatro La Latina, el Teatro de la Comedia, el Teatro de La Princesa, el Teatro Apolo y el Teatro Príncipe Alfonso. En esas funciones, enlazó con una propuesta que mezclaba el flamenco con el tango, las bulerías y boleros, forjando una fusión que rompía moldes y ofrecía una visión novedosa para su época. Esta hibridación de estilos se convirtió en una de las señas de identidad de su estilo escénico, que atraía a público diverso y a críticos curiosos por lo nuevo.

La fama de La Argentinita la llevó entonces a Barcelona y a Portugal, y luego a París, desde donde partió hacia Latinoamérica para ampliar su radio de influencia. A inicios de la década de 1920 regresó a España para reingresar al circuito madrileño, donde dejó de ser una joven prodigio para convertirse en una intérprete madura que abarcó nuevas lecturas de su arte. En 1926 dio un giro: una retirada temporal que coincidió con la consolidación de una renovación artística que la conectó con la Generación del 27 y con una búsqueda de arte que amalgamaba tradición y modernidad.

A partir de entonces, su escena se ensanchó hacia Europa y, con mayor incidencia, hacia París y Berlín, donde su figura fue reconocida como una de las más importantes intérpretes del flamenco de su tiempo. En esa etapa compartió el escenario y los círculos de la vida cultural con personalidades de la literatura y el teatro, como Rafael Alberti, Federico García Lorca, Edgar Neville e Ignacio Sánchez Mejías, el torero conocido como el torero intelectual, que también dio vida a una compleja relación sentimental con la artista. La colaboración con él fortaleció su impulso creativo y abrió nuevas avenidas para la interpretación de las danzas españolas en contextos más amplios.

La relación personal y artística con Sánchez Mejías marcó un segundo periodo de fortalecimiento de su trayectoria, desde la experiencia compartida en escenarios y proyectos de las primeras décadas de la década de 1930. Su regreso a los escenarios locales estuvo acompañado por un distanciamiento obligado por la necesidad de apartar la vida privada de la esfera pública, pero ello no restó intensidad a su voz escénica ni a la forma en que enfrentaba la creación coreográfica. En ese periodo, la vida profesional de La Argentinita se convirtió en una labor que implicaba tanto la interpretación como la curaduría de nuevas propuestas para el repertorio flamenco, siempre con un enfoque de innovación sin perder la raíz de las tradiciones.

En 1931, la artista se acercó al mundo del disco y grabó una colección de cinco pizarras de 25 cm, a 78 rpm, bajo un título que reunía canciones populares españolas, con textos preparados y adaptados por Federico García Lorca, quien además acompañó el conjunto al piano. Entre las piezas se hallaban coplas como Los cuatro muleros, Zorongo gitano, Anda jaleo y En el Café de Chinitas, una constelación de melodías que mostraban su habilidad para trasladar lo popular a la escena de la modernidad musical. Este proyecto fortaleció su vínculo con Lorca y consolidó su papel como intérprete de una copla integrada en un marco íntimo y dramaturgico.

Con la llegada de la Segunda República, La Argentinita creó, junto a su hermana Pilar López Júlvez y al poeta Lorca, una compañía de ballet llamada Bailes Españoles de la Argentinita. En esa etapa presentó coreografías que se nutrían de tradiciones populares y de lecturas contemporáneas, dando lugar a piezas como Las calles de Cádiz, Sevillanas del siglo XVIII, El Café de Chinitas, El rango del escribano y El amor brujo. Este conjunto viajó por España y también encontró admiración en París, fortaleciendo la idea de que el flamenco podía dialogar con otras corrientes artísticas de la época. En esa fase consolidó un indudable estatus como una de las intérpretes más destacadas del flamenco de todos los tiempos, y su compañía reunió figuras relevantes del arte flamenco como Juana la Macarrona, La Malena y otras importantes solistas y bailarines.

Al finalizar su periplo en España, llevó su espectáculo a América, un giro que coincidió con la muerte de Sánchez Mejías en 1934, una pérdida que reforzó su impulso de trabajar y explorar nuevos horizontes. Se trasladó entonces a Buenos Aires, para presentarse en el Teatro Colón y emprender una extensa gira que la llevó por gran parte de la región, con un repertorio amplio y variado. En 1936 ya cosechaba un notable éxito en Nueva York, y posteriormente regresó a España para luego buscar refugio fuera del país ante la inminente guerra civil. Sus destinos la llevaron al norte de África, a Casablanca, y a ciudades europeas como París, Londres, Ámsterdam y Bruselas, hasta establecerse definitivamente en Nueva York, donde continuó su trayectoria y consolidó su estatus internacional a la par que enfrentaba la precariedad de la vida de los artistas en el exilio.

En suelo estadounidense, bajo la gestión de un empresario del nuevo mundo, Hurock, la carrera de La Argentinita adquirió un cariz de grandeza que la colocó entre las figuras centrales de la danza internacional. Sus años en Estados Unidos la vieron cruzar por grandes escenarios y colaborar en proyectos que combinaron su saber del flamenco con un lenguaje de puesta en escena más amplio. En 1943 protagonizó, en el Metropolitan Opera House, un cuadro flamenco titulado El Café de Chinitas, con coreografía propia, textos de Lorca, decorados de Salvador Dalí y una orquesta dirigida por José Iturbi. Esa representación remarcó su estatura como artista capaz de convertir un conjunto flamenco en una experiencia operística y teatral de gran ambición.

Durante ese mismo periodo, realizó una doble función en la capital estadounidense, presentándose también en el Georgetown o en el entorno del poder cultural de Washington, en un recital acompañado de su hermana Pilar López Júlvez, consolidando la presencia de la saga familiar en la escena internacional y demostrando la continuidad de una trayectoria que había comenzado en una ciudad lejana hacia una epicentro mundial de las artes escénicas.

El 28 de mayo de 1945, La Argentinita ofreció su última interpretación en el Metropolitan, dentro del marco de la obra orquestal Capricho español, de Nikolái Rimsky-Kórsakov, una pieza de 1887 que entrelaza motivos españoles con una orquestación que realza su paleta tonal. A la salida de la función, fue llevada a un hospital en el que, por un tumor abdominal, falleció el 24 de septiembre de 1945. Ella se negó a operarse con el fin de no abandonar la danza, un acto que subraya su dedicación absoluta a su arte. Su cuerpo fue repatriado a España en diciembre de ese mismo año y recibió sepultura en el cementerio de San Isidro, en Madrid. En ese periodo, la compañía Bailes Españoles de La Argentinita también se disolvió, cerrando un capítulo que dejó una influencia duradera en la danza mundial.

Entre los reconocimientos que saludaron su legado, se cuentan una placa conmemorativa en el Metropolitan Opera House, así como las menciones de premios nacionales como la Orden de Isabel la Católica y la Orden de Alfonso X El Sabio, distinciones que premiaron su mérito cultural en distintos ámbitos. Estas condecoraciones subrayan el alcance de su trayectoria, que trascendió lo ideal de la técnica para entrar en el terreno de la influencia social y cultural de su tiempo.

Discografía

La Argentinita no solo dejó una estela de presentaciones, sino también una aportación discográfica que la sitúa como una figura de transición entre la tradición oral y la grabación grabada. En total, compuso dos obras propias y participó en veintisiete proyectos ajenos, demostrando una polivalencia que abarcaba la interpretación y la gestación de repertorios conjuntos.

Obras propias

  • Duende y figura — una edición remasterizada publicada en Madrid en 1994 por la editorial Sonifolk; disponible en dos formatos de audio, casete y disco.
  • La Argentinita — edición aparecida en Barcelona en 1958, editada por la Compañía del Gramófono Odeón; consta de una única versión sonora, en formato disco.

Obras en las que participa

  • Consuelo la Alegría — tango de Manuel Font de Anta, registrado en Barcelona en 1929 por la Compañía del Gramófono; en esta obra aparece como intérprete, con castañuelas y acompañamiento orquestal.
  • El gaucho — versión escénica basada en un poema dramático llamado Cancionera, de Osmán Pérez Freire; publicada en Barcelona en 1929 por la misma casa discográfica; la Argentinita realiza el acompañamiento de orquesta.
  • Colección de Canciones Populares Españolas — conjunto de canciones tradicionales transcritas y armonizadas por Federico García Lorca junto a La Argentinita; publicada en Barcelona en 1932 por la Compañía del Gramófono e integrada por doce pistas, entre las que destacan Sevillanas del Siglo XVIII y En el Café de Chinitas; en distintas ediciones la colección fue objeto de remasterización por Sonifolk.
  • Goyescas — pieza perteneciente a la danza Intermezzo número 5, de Enrique Granados; publicada en Barcelona en 1941 por la Compañía del Gramófono Odeón; la Argentinita ejecutó un solo de castañuelas con soporte orquestal.
  • El amor brujo — obra incluida en la Colección de Danzas Clásicas y Españolas de Manuel de Falla; la edición original data de 1944, pero su lanzamiento en Madrid fue en 1996 por Sonifolk; en esta grabación ella ofrece un acompañamiento orquestal con castañuelas y taconeo.

Homenajes

Retrato en el museo Julio Romero de Torres

En el museo cordobés Julio Romero de Torres se conserva un retrato dedicado a La Argentinita, emplazado en la sala cuarta, denominada El origen de lo hondo. Esta sala exhibe obras cuyo eje central es el flamenco y la copla, y la pintura, realizada en 1915 por Julio Romero de Torres, responde a una estética en la que la pincelada y el colorido, influenciados por un poso impresionista francés, llevan la voz de la obra hacia la riqueza cromática. La expresividad de La Argentinita queda en un segundo plano frente al protagonismo del color, que se erige como el auténtico motor visual del lienzo.

Exposición Compañía de Bailes Españoles. Argentinita y Pilar López

En Segovia, una exposición familiar rindió homenaje a las dos hermanas artistas, La Argentinita y Pilar López Júlvez. La iniciativa, impulsada por la propia familia, mostró por primera vez al público una colección de diecisiete vestuarios originales que las bailarinas utilizaron en sus ballets más destacados, entre los que se incluyen piezas concebidas para La vendimia de Enrique Granados y Café de Chinitas de Federico García Lorca. A la indumentaria se sumaba material documental, obras artísticas y carteles que promocionaban sus espectáculos, así como bocetos y retratos de la época que complementaban la narrativa escénica de sus coreografías.

Mención por diversos poetas

Con el paso del tiempo, críticos y autores de la generación de su época destacaron la singularidad de su creación y su manera de fusionar tradición y modernidad. Uno de los elogios que circuló entre los comentaristas la describe como una figura capaz de sostener con madurez técnica una dramaturgia que conectaba el cante y la danza con una sensibilidad profunda. La Argentinita fue reconocida por imprimir a las danzas españolas una dignidad estética, manteniendo la linealidad elegante de sus movimientos sin caer en excesos ni gestos forzados, en una síntesis de tradición y decoro que definía su estilo castizo.

Los poetas y críticos destacaron cómo su presencia en escena imponía una lectura severa y poética del baile, a la vez que abría cauces para que la tradición se expresara con una voz contemporánea. En esa valoración se subrayó la pureza de su línea y la claridad de su ejecución, que no cedía ante gesticulaciones llamativas, sino que mantenía la honestidad y la integridad del baile como arte vivo, con una intensidad que permitía al público escuchar la cadencia y el pulso de la música y el canto.

Imágenes de La Argentinita