Vida Icónica VIDAICÓNICA

Lola Cueto

Nombre completo María Dolores Velázquez Rivas
Descripción Artista mexicana
Fecha de nacimiento 02-03-1897
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 24-01-1978
Nacionalidad México
Ocupaciones pintor, titiritero, profesor universitario, grabador
Idiomas español
EsposasGermán Cueto
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María Dolores Velázquez Rivas, conocida popularmente como “Lola” Cueto, nació el 2 de marzo de 1897 en la Ciudad de México y dejó una huella multifacética en las artes mexicanas. Su talento abarcó la escritura, la dramaturgia y las artes visuales, con incursiones destacadas en grabado, tapicería, laca y el mundo de las marionetas, hasta convertirse en una figura clave para una generación de mujeres que desbordó los límites domésticos para participar activamente en la vida cultural. Su trayectoria se entrelaza con un milieu artístico dominado por hombres, al que ella llevó una voz propia y juguetona, crítica y pedagógica.

Índice de contenidos1. Biografía2. Carrera
Lola Cueto — Imagen alternativa
Lola Cueto — Imagen principal

María Dolores Velázquez Rivas, conocida popularmente como “Lola” Cueto, nació el 2 de marzo de 1897 en la Ciudad de México y dejó una huella multifacética en las artes mexicanas. Su talento abarcó la escritura, la dramaturgia y las artes visuales, con incursiones destacadas en grabado, tapicería, laca y el mundo de las marionetas, hasta convertirse en una figura clave para una generación de mujeres que desbordó los límites domésticos para participar activamente en la vida cultural. Su trayectoria se entrelaza con un milieu artístico dominado por hombres, al que ella llevó una voz propia y juguetona, crítica y pedagógica.

Biografía

En el entorno de la capital, Lola vio la luz en el seno de una familia cuya vida artística estaba en germen; recibió el apellido Velázquez por la unión de su madre con su tercer esposo, Juan Velázquez, un detalle que acompañaría su identidad pública. Su infancia transcurrió en una casa de la calle Lerdo, ubicada en la colonia Villa de Azcapotzalco, donde el ambiente cultural de la última década del siglo XIX dejó una impronta de curiosidad y apertura hacia lo creativo. La atmósfera familiar favoreció una mirada amplia sobre el mundo, lo que más tarde se traduciría en una voluntad de explorar múltiples disciplinas.

Con apenas doce años, ingresó a la Academia de San Carlos, una decisión que marcó un hito en su vida personal y profesional. Formó parte de un movimiento juvenil que desafió las convenciones docentes, junto a jóvenes como David Alfaro Siqueiros y Andrés Audifred, tomando distancia de la rigidez de la enseñanza tradicional. Se especula que Lola fue la primera alumna admitida en las clases de dibujo de desnudos, una señal de su arrojo y de la apertura que buscaba el círculo artístico en aquel momento. Este episodio temprano delineó su trayectoria como rebelde de las normas y defensora de una educación plástica más amplia y audaz.

La Revolución mexicana irrumpió en su formación y, con el estallido de dicho proceso, sus estudios en San Carlos se vieron interrumpidos. En 1915 se reinsertó en la vida académica de la nación al inscribirse de nuevo en la Escuela Nacional de Bellas Artes, ampliando su horizonte hacia artes decorativas, grabado, desnudo y paisaje. Más adelante se incorporó a la Escuela de Pintura al Aire Libre en Santa Anita, conocida como la Escuela de Barbizón, gracias a la gestión de Alfredo Ramos Martínez, un referente que posibilitó un enfoque más experimental y social en su trabajo. En paralelo, en 1913 inició su labor como profesora de dibujo en la Escuela Nocturna para Obreros, un rol que combinaría con su creación artística durante toda su vida.

El destino la llevó a compartir su vida con Germán Cueto Vidal, escultor vanguardista, con quien contrajo matrimonio el 24 de septiembre de 1919. Al año 1924, la pareja se instaló en una vivienda situada en la esquina de Mixcalco y Leona Vicario; eran vecinos de figuras tan destacadas como Diego Rivera y Lupe Marín. Este entorno les permitió relacionarse con los círculos artísticos y literarios de la ciudad, especialmente con el movimiento estridentista que aglutinaba a figuras como Ramón Alva de la Canal, Fermín Revueltas, Germán List Arzubide, Manuel Maples Arce y Arqueles Vela. En esa etapa, Lola adoptó el apellido de su esposo, adoptando la forma familiar de Cueto, y se sumó al círculo con el apodo afectuoso “Lola” Cueto, que se convirtió en su identidad pública y artística.

Entre 1920 y 1922 nacieron dos hijas: Ana María Cueto Velázquez, en 1920, y Mireya Cueto Velásquez, en 1922. Este periodo coincidió con una intensa actividad creativa que fusionaba la vida familiar con la práctica artística y pedagógica. La maternidad no fue un obstáculo, sino una fuente de inspiración para sus proyectos educativos y escénicos, donde la educación de los niños ocupó un lugar central en su poética y en su labor pedagógica.

Entre 1927 y 1932, la pareja atravesó una etapa de vida en el extranjero: primero estableciéndose en una provincia de Santander, en España, y posteriormente trasladándose a París. En la capital francesa, la relación con la pintora María Gutiérrez Blanchard facilitó el contacto con nuevos círculos artísticos, y la cercanía a Angelina Beloff abrió puertas para sus exploraciones en el mundo de las marionetas. Durante este periodo Lola participó en exposiciones de tapicería en varias ciudades europeas y en México, y se gestaron los primeros contactos formales con el diseño de títeres y marionetas. En 1931, Lola y Germán se cruzaron con Germán List Arzubide, lo que dio inicio a un programa de títeres y a la consolidación de un interés compartido por estas expresiones escénicas. Con la deceso de María Gutiérrez Blanchard y las tensiones políticas de Europa, la familia decidió regresar a México, embarcando en el trasatlántico Cristóbal Colón; la travesía y el regreso marcaron un reencauzamiento de su labor profesional en la patria.

De vuelta en México, Lola recibió una designación docente que fortaleció su papel en la educación artística. En ese entonces, fue nombrada maestra del Taller de Artes y Oficios para Mujeres en el Departamento de Enseñanza Técnica de la Secretaría de Educación Pública, desempeño que consolidó su vocación pedagógica y su compromiso con la enseñanza de las artes a distintas comunidades. Este encargo institucional le permitió proyectar una visión educativa que integraba artesanías, diseño y habilidades manuales como instrumentos de aprendizaje y desarrollo personal.

La labor de Lola Cueto dentro de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) junto a una constelación de artistas como Angelina Beloff, Teodoro Méndez, Enrique Asaad, Graciela Amador, Leopoldo Méndez, Roberto Lago y Abel Plenn, significó un hito al fundar la primera experiencia de guiñol en México y al presentar una tríada de personajes que daría cuerpo a un repertorio propio: Comino, El gigante Melchor y El Renacuajo paseador. En 1934 fue nombrada animadora teatral del Teatro Escolar del Departamento de Bellas Artes, una posición que reforzó su compromiso con la educación a través del escenario. Sus esfuerzos pedagógicos se expandieron hacia otras técnicas y formatos, sin perder de vista el objetivo didáctico que desde siempre la acompañó.

En 1936 nació la compañía Nahual, un proyecto colectivo dirigido por Lola Cueto, Francisca Chávez, Roberto Lago y Guillermo López, que prolongó sus presentaciones de títeres a lo largo de varias décadas en colaboración con el grupo Colorín. En ese mismo año, Cueto asumió como profesora de tapices en el Colegio de La Paz Vizcaínas, y poco después inició una etapa de estudio más profunda en grabado y litografía en la Escuela Nacional de Artes Plásticas, entre 1939 y 1942, especializándose en la técnica de mezzotinta o “manera negra”.

Las circunstancias personales de la época señalan rumores de separación con Germán Cueto en 1936, y la eventual disolución matrimonial ocurrida el 19 de julio de 1940; esa ruptura tuvo para Lola consecuencias como la adopción de su hijo Jorge Cueto Velázquez, y su ingreso en la Orden Rosacruz, AMORC, con sede en San José, California, a la que perteneció hasta su fallecimiento. Esta afiliación espiritual se sumó a su identidad artística y le ofreció un marco de referencia para su vida posterior.

En 1944, Universidad y artistas se cruzaron en un nuevo capítulo: Lola y Roberto Lago viajaron a San Luis, Misuri, para exponer y enseñar, invitados por la Asociación Puppeteers of America. Entre 1950 y 1961 impartió cursos de grabado en el Mexico City College, institución que hoy se identifica con la Universidad de las Américas; entre sus alumnos figuraron figuras como José Luis Cuevas, que atestiguó la influencia de Cueto en su formación. En 1957, el Instituto Nacional de Bellas Artes reconoció sus veinticinco años como docente y directora de teatro guiñol, un homenaje que consolidó su legado pedagógico y escénico.

El 24 de enero de 1978, Lola Cueto emprendió un descanso definitivo a los 82 años en su domicilio de la calle Nicolás Bravo, en San Jerónimo. La causa de su deceso fue una acidosis metabólica asociada a la diabetes mellitus, y sus cenizas descansan en la iglesia de El Carmen, en la colonia San Ángel. Su desaparición dejó un hueco en las artes mexicanas, pero su obra y su enseñanza continuaron inspirando a generaciones de creadores y educadores.

Carrera

Cueto formó parte de un puñado de mujeres artistas que, en un contexto dominado por varones, lograron abrirse camino con una voz propia. Entre sus contemporáneas destacan María Izquierdo, Olga Costa y Helen Escobedo, quienes, como Lola, ampliaron el papel de la mujer en la escena artística nacional. La singularidad de su trayectoria radicó en la mirada plural que sostuvo a lo largo de su vida: pintura, teatro de objetos, grabado, diseño textil y escenografía, todo ello articulado con una predisposición pedagógica que buscaba enseñar mientras se divertía y formaba a otros.

La actividad escénica de Lola Cueto no fue meramente lúdica; estuvo orientada hacia la educación y la transmisión de saberes. Aunque Gaspareó la idea de que el juego y el aprendizaje podían convivir, su mayor aporte residió en convertir a niños y comunidades en protagonistas de experiencias estéticas y formativas. En este sentido, gran parte de su producción teatral estuvo ligada a proyectos educativos que buscaban alfabetizar y divertir al mismo tiempo. El teatro de títeres se convirtió en una herramienta para enseñar conceptos, valores y habilidades a públicos de distintas edades.

Sus creaciones iniciales en tapicería y textiles respondían a una fascinación por las artesanías mexicanas y el arte popular. En los años veinte, mientras residía en París, llevó a cabo diseños de tapicería que viajaron y se expusieron en ciudades como París, Barcelona y Róterdam, e incluso en Nueva York y México. Este giro hacia la artesanía y la estética popular marcó una línea de trabajo que combinaría con su interés por las formas narrativas de los títeres y las marionetas. La influencia de las tradiciones mexicanas se convirtió en un eje central de su imaginario artístico, que luego se expresó en juguetes y objetos escénicos de factura artesanal.

Cueto fue, además, una pionera en la creación de esculturas abstractas, un terreno que, según José Luis Cuevas, la verdaderamente posicionó como la primera artista mexicana en explorar lo no figurativo con una sensibilidad propia del siglo XX. Su acercamiento a la abstracción se nutría de la experiencia del grabado y de la experimentación con la luz y la sombra, una línea que se iría fortaleciendo a través de la mezzotinta, una técnica que dominó con maestría y que convirtió en una firma de su lenguaje visual. La abstracción se erigió así como una vía auténticamente mexicana y personal.

En la década de 1930 ingresó a la Sociedad Mexicana de Grabadores, donde profundizó en el grabado a través de la mezzotinta y del aguafuerte. Sus trabajos en esta técnica destacaron por su juego de claroscuro y por la densidad de las pasadas de tinta que componían imágenes de gran impacto. También participó en la realización de grabados para el libro de Roberto Lago, Títeres Populares Mexicanos (1947), donde usó la técnica de grabado al aguafinta para capturar escenas y personajes populares. Su labor en grabado consolidó su reputación en un campo técnico y estético complejo y exigente.

Cueto ejerció la enseñanza en el Mexico City College, formando a estudiantes como José Luis Cuevas, entre otros. A lo largo de su vida, su papel de profesora fue tan relevante como su obra plástica, ya que dejó una estela de docentes y creadores que se nutrían de su enfoque práctico y su ética pedagógica. La docencia fue para ella una extensión natural de la creación, un terreno donde el aprendizaje mutuo se convertía en un acto colectivo de transformación cultural.

Como fundadora de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios, Cueto colaboró con un entramado de artistas que buscaban transformar la cultura a través de la militancia y la creatividad. Su casa fue el semillero donde nació LEAR, una iniciativa que dio lugar a nuevas lecturas del compromiso artístico y político. LEAR representó para ella una plataforma de convergencia entre literatura, artes visuales y acción social, afianzando su papel en una generación que cuestionó las estructuras establecidas.

A lo largo de su trayectoria, la obra de Cueto recibió reconocimiento crítico, aunque sus exposiciones no fueron abundantes. Sin embargo, críticos de renombre y figuras como Paul Westheim y Jean Charlot aportaron descripciones y valoraciones que la ubicaron como una creadora con una visión singular. Su trayectoria culminó, tras una exposición póstuma, con una retrospectiva respaldada por el Instituto Nacional de Bellas Artes, que subrayó la continuidad de su búsqueda y la diversidad de su producción. En vida, su labor ya había dejado una estela indeleble para la historia del arte mexicano. La crítica le reconoció una mirada audaz y una actitud abierta hacia lo experimental.

Entre los legados más visibles de Cueto figuran tapices, textiles bordados a máquina y una serie inspirada en los vitrales góticos, como Chartres y Bourges. Su corpus incluyó imágenes religiosas, altares rurales y representaciones de comunidades indígenas, trabajos que revelan su interés por las tradiciones espirituales y culturales de México. A través de estos proyectos textiles, la artista expresó una mediación entre lo sagrado y lo popular, una síntesis que fortaleció su identidad y la de la arte mexicana del siglo XX. Los tapices y las piezas textiles constituyen una parte esencial de su legado plástico, demostrando su versatilidad y su compromiso con el quehacer artesanal como forma de conocimiento y belleza.

  • Composición de títeres y montajes educativos para públicos infantiles que combinaban juego y aprendizaje.
  • Producción de tapices y textiles bordados a máquina con influencias de vitrales medievales y motivos religiosos.
  • Grabado en mezzotinta y trabajos en aguafinta para obras literarias y catálogos, con un estilo de luces y sombras muy característico.
  • Diseño y realización de juguetes y marionetas tradicionales que formaron parte de su exploración estética y pedagógica.

En conjunto, la trayectoria de Lola Cueto se caracteriza por la convivencia de varias lenguas artísticas: la imagen, el objeto, la escena y la palabra. Su manera de entender el arte fue siempre educativa y social, buscando que la experiencia estética fuera un medio para el aprendizaje y la circulación de valores culturales entre comunidades diversas. A lo largo de su vida, dejó un testimonio de coherencia entre su oficio y su vocación pedagógica, una coherencia que hoy seguimos estudiando y valorando.