Luis de Requesens
Información general
| Nombre completo | Luis de Requesens y de Zúñiga |
|---|---|
| Descripción | Político español (1528-1576) |
| Fecha de nacimiento | 25-08-1528 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 05-03-1576 |
| Nacionalidad | Corona de Aragón |
| Ocupaciones | diplomático, militar |
| Idiomas | español, catalán |
Luis de Requesens y Zúñiga nació en la cosmopolita Barcelona de finales del siglo XV, el 25 de agosto de 1528, y su destino lo llevó a cruzar varias instituciones de la Monarquía habsburguesa: militar, marino, diplomático y político, con una trayectoria que se extendió desde la gobernación del Estado de Milán hasta la dirección de los Países Bajos. Su vida quedó íntimamente ligada a la figura de Juan de Austria y a la gestación de la Liga Santa; fue un actor clave para entender la transición entre la caballería tradicional y la diplomacia moderna en la España imperial.
Vida
Juventud
Hijo de la nobleza barcelonesa, Requesens nació en el antiguo Palacio Real Menor de los Reyes de Aragón, conocido popularmente como el Palacio de la Reina, situado en Barcelona. Su bautismo tuvo lugar el 28 de agosto en la parroquia del palacio, y su filiación familiar marcó una decisión de apellidos poco habitual: aunque el nombre de pila sugería Zúñiga y Requesens, las capitulaciones de sus padres se decantaron por llevar en primer lugar el apellido materno, Requesens, por su cercanía con la Casa de Cardona. Se crio en un ambiente de delicadeza física y de una educación cuidada, al borde de la fragilidad, lo que hizo que su juventud fuera objeto de comentarios y cuidados constantes. Una ocasión de gravedad vital para él terminó con una milagrosa mejoría: su madre lo llevó a la Virgen de Montserrat, y su curación empezó apenas unos días después.
La formación recibió la tutela de un preceptor de prestigio, Juan de Arteaga y Avendaño, quien había sido discípulo de San Ignacio de Loyola, lo que proporcionó a Requesens un marco de valores que influyeron en su modo de actuar ante la adversidad y la responsabilidad. Este temprano aprendizaje le impartió bases sólidas de disciplina, ética y prudencia, herramientas que emplearía a lo largo de su carrera.
Al servicio del Príncipe de Asturias
En la educación del heredero, su padre lo instaló como ayo del Príncipe don Felipe a comienzos de 1535, lo que implicó que Luis de Requesens compartiera la misma formación que aquel, incluso ocupando la tarea de portar el guion del Príncipe durante sus salidas y actos. Ya para 1537, el emperador Carlos I le concedió la merced del hábito de la Orden de Santiago, un reconocimiento que marcó un paso decisivo en su trayectoria como caballero. Entre los juegos de la corte y los torneos, su carácter, áspero por momentos, fue amansado por convivir con el Príncipe y con sus pajes, lo que dejó en su ánimo una mezcla de firmeza y tacto.
En 1543, fue elegido para acompañar al Príncipe de Asturias en su boda con María de Portugal, y se ocupó de su administración y custodia durante los desposorios. La pérdida de la esposa en 1545, por complicaciones de un parto, dejó al Príncipe en un profundo dolor; Requesens se convirtió entonces en un compañero leal que veló por las necesidades del príncipe en su periodo de duelo.
El 27 de junio de 1546 falleció su padre, y el Emperador le concedió la encomienda mayor de Castilla en la Orden de Santiago, cargo que su padre había ostentado. El cuerpo del progenitor fue trasladado de Madrid a Barcelona, y Requesens viajó para asistir a su entierro en la Capilla del Palau, con la participación de su madre y la esposa del difunto, que supervisaron las obras de restauración.
En 1547 se le designó para acompañar de nuevo al Príncipe a Monzón, pero esta vez ya con capa y espada, tras haber superado una nueva enfermedad y haber recibido una herida grave. Su madre le sugirió acudir a la Corte del rey Carlos I, que en ese momento se hallaba en el Sacro Imperio; partió de Barcelona el 11 de diciembre de 1547 y desembocó en Augsburgo, donde el Emperador le recibió con todos los honores.
Al servicio del Emperador
El destino de su matrimonio ocupó un lugar central en su trayectoria: tras una serie de gestiones, Jerónima Gralla y Desplá se convirtió en la compañera deseada, con quien finalmente contrajo matrimonio, al tiempo que se movían las piezas de la política matrimonial de la casa real. Con la marcha de la corte imperial, Requesens participó en múltiples encuentros y ceremonias, que lo llevaron a Milán y, después, a Metz y Lorena, donde el Rey y su corte seguían campañas contra la Liga de los protestantes. En el transcurso de estas expediciones, el Duque de Alba cedió el mando del ejército a su colega, y Requesens permaneció como capitán general de las operaciones navales en la medida en que las dolencias del Rey lo permitían.
Durante el asedio de Metz una epidemia causó graves pérdidas entre las tropas; el propio Requesens enfermó de fiebre el día de Navidad y se levantó poco después para continuar la campaña y las gestiones junto a la comitiva real. Tras concluir el asedio, se dirigió de vuelta a Bruselas, para retomar las labores de la Orden de Santiago y discutir la estrategia con la autoridad real. Posteriormente viajó a Génova y luego a Barcelona, donde consumó su matrimonio poco después de regresar de las diversas campañas.
La vida de riquezas inesperadas le llegó gracias a varias herencias que le permitieron acrecentar su fortuna; entre ellas, la opción de heredar la dote de Calabria, por disputas legales que resolvió a su favor ante el Conde de Saldaña y otros oponentes. Este periodo de prosperidad coincidió con un giro en la política de la corte, que fue presionado por la necesidad de consolidar su posición frente a enemigos internos y externos.
Cuando el Capítulo de la Orden de Santiago cerró sus sesiones en Madrid, el Príncipe Felipe viajó a La Coruña para embarcar hacia Inglaterra y contraer matrimonio con María Tudor; Requesens regresó a Barcelona para terminar de acondicionar las galeras. Un incidente en el que su galera fue abordada por el capitán general de las galeras de España pudo haber desatado una crisis de iras personales, pero el Rey lo aclaró y el asunto quedó zanjado con su renuncia al mando.
Embajador ante la Santa Sede
En Valladolid recibió la visita de Juan de Vega, alto cargo del Consejo Real y designado Asistente de Sevilla, con la misión de invitarle a aceptar una responsabilidad solemne: representar a España ante la Santa Sede. Aunque el cargo era honorífico, Requesens todavía guardaba resentimiento por otros desvíos de la marina y declaró su negativa inicial.
En diciembre de 1561, Bernardo de Fresneda, confesor de la Reina, le comunicó que había sido nombrado Embajador ante la Santa Sede. Se le asignó un sueldo anual de 8.000 ducados, más 10.000 ducados para financiar el viaje, una remuneración que, aun así, no fue aceptada de inmediato sin consultar a su esposa y a su hermano.
La salud volvió a tambalearse y retrasó el inicio de la misión; finalmente partió el 22 de diciembre de 1562 hacia Villarejo de Salvanés y, tras la Pascua, se desplazó a Valencia y Barcelona. En la ruta, tomó contacto con las flotas de la Orden de San Juan y de las Galeras del Duque de Florencia, y avanzó hacia Roma tratando de resolver la disputa de precedencias entre el representante español y el francés ante el Papa.
El dilema de la preeminencia en los lugares sagrados generó tensiones entre las legaciones; el Papa cedió, pero la Corona mantuvo una vigilancia estrecha sobre la situación. El Rey sostuvo que el responsable de la controversia debía mantenerse en los Estados Pontificios para influir en la elección del nuevo Papa, sin apartarse de la persona del monarca.
En su recorrido hacia Roma, Requesens atravesó lugares como Génova, donde su esposa cayó enferma, y terminó en la capital italiana de manera progresiva. A su llegada, el cónclave ya había cerrado, pero su labor diplomática permitió influir decisivamente en la elección del Papa Pío V, gracias a sus contactos y su persuasión, y consolidó su papel como embajador de España ante la Santa Sede.
Una parte de su labor se centró en la resolución de la causa del cardenal-arzobispo de Toledo, Bartolomé Carranza, un caso complejo que el Papa resolvió en buena parte, tras acordar mantener al cardenal bajo vigilancia temporal y asegurar la intervención papal para resolver el proceso.
En estos años, la salud de su hermano, que ocupaba la Embajada en su lugar, fue motivo de cambios y sustituciones; sin embargo, la experiencia de Requesens en Roma y su capacidad de negociación consolidaron su prestigio ante el Rey y el Papa.
A mediados de la década, una nueva misión de gran alcance se abría: el mando marítimo quedó en manos de su hermano, con Requesens recibiendo poderes amplios mediante un documento fechado en Madrid el 22 de marzo de 1568 y, en paralelo, la Embajada en la Santa Sede quedó en manos de su familiar. Este marco fue preludio de futuras responsabilidades en el ámbito naval y político.
La rebelión de las Alpujarras
La guerra contra los moriscos en las Alpujarras convirtió a Requesens en consejero clave de Juan de Austria. El monarca ordenó trasladar tropas de Nápoles y Milán para reforzar la campaña, lo que obligó a Requesens a apartarse de su esposa por motivos personales y familiares. Partió desde Roma en marzo de 1569 y formó parte de la flota que partió desde Civitavecchia; la escuadra, compuesta por galeras de la Casa de Medici y otros transportes de diversas procedencias, atravesó el Mediterráneo con destino a la Península.
La travesía fue dura y cargada de contratiempos: una ruta alterada por temporales, pérdidas entre las naves y numerosos contratiempos que obligaron a reacomodos. A pesar de ello, Requesens organizó la salida desde Marsella y luego desde Mallorca, manteniendo la escolta de la flota de la Santa Liga y dirigiendo a su primo Miguel de Moncada para que se uniera a las operaciones de don Juan de Austria en Granada.
Al concluir la campaña, continuó en el mando naval junto a su lugarteniente general y con las mismas facultades amplias; su misión consistía en preparar una flota y un ejército para unirse a la Santa Liga, una empresa que dio origen a nuevas expediciones desde Barcelona.
Lepanto
En Lepanto su papel quedó reflejado como brazo derecho de don Juan de Austria, actuando como segundo jefe de la Armada y, en la práctica, tutor del Príncipe. Las instrucciones secretas de Felipe II lo designaban como persona clave para tomar decisiones conjuntas y establecer redes de confianza que permitieran un accionar coordinado entre ambos mandos.
El cuerpo de mando se trazó con la idea de que todo acto de despacho requeriría su firma junto a la del capitán general; se establecieron límites y procedimientos para evitar desvíos, siempre preservando la autoridad real dentro de la jerarquía de la flota y de la Santa Liga. Con sobrado talento militar, Requesens participó activamente en la batalla, aportando recursos, estrategias y una disciplina que, junto a la determinación de don Juan, condujo a la victoria frente a las fuerzas otomanas.
Tras la acción, dedicó esfuerzos a la recuperación de las naves y a su reparación, con vistas a futuras campañas contra Túnez. Su carácter afable y al mismo tiempo firme, adornado por una modestia característica, hizo que su figura quedara en un plano destacado pero discreto, siempre velando por el buen nombre de su príncipe.
Se comenta que influyó decisivamente para que la imagen del Santísimo Cristo de Lepanto y varias banderas de la batalla fuesen llevadas a Barcelona; la promesa de erigir un convento en Villarejo de Salvanés, en honor a la Virgen de la Victoria de Lepanto, mostró su devoción y su fe en la victoria como un símbolo de la acción cristiana. Las festividades en Villarejo se celebran el 7 de octubre, fecha que coincide con la efemérides de Lepanto.
Gobernador de los Países Bajos
Tras la victoria en Lepanto, Felipe II le nombró gobernador del estado de Milán en 1572 y, al año siguiente, aceptó su jurisdicción sobre los Países Bajos, en sustitución de Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, el Gran Duque de Alba. Requesens recibió instrucciones netas de negociar la soberanía y la ortodoxia católica, sin renunciar a las aspiraciones de las provincias españolas.
Sus prioridades consistieron en preservar la autoridad real en las zonas rebeldes y evitar la ruptura entre las confesiones religiosas, pero la realidad en las Provincias Unidas hizo que la reconciliación resultara imposible. En un primer gesto de buena voluntad, el gobernador anunció una amnistía general y derogó ciertas cargas fiscales, a fin de demostrar que su gestión buscaba la pacificación. Sin embargo, los distritos del norte adoptaron una postura rígida que obstaculizó cualquier acuerdo.
En el sur, donde la respuesta fue más receptiva, Requesens trató de consolidar un dominio más flexible, pero los problemas de financiación y la resistencia de los oficiales y soldados provocaron tensiones constantes. A finales de 1573, la situación se tensó y el mando militar requirió refuerzos para sostener el esfuerzo; pese a sus gestiones y a la presión de la Corona, la resistencia protestante siguió creciendo en las provincias del norte.
En 1574, la pérdida de Middelburg resultó un golpe importante para las fuerzas españolas, y la batalla de Mook, en el valle del Mosa, supuso una victoria temporal que elevó el optimismo del bando católico. Sin embargo, los reveses financieros fueron determinantes: la deuda de las tropas creció, el Tesoro real se quedó sin recursos y la situación se agravó por la retirada de apoyo económico desde Madrid.
Un intento de reconciliación con la figura de Guillermo de Orange se llevó a cabo en Breda, con la mediación de Maximiliano II, emperador del Sacro Imperio, pero las condiciones impuestas por las autoridades del sur no pudieron aceptarse en su totalidad: la exigencia de que la religión católica fuera la única permitida, y la expulsión de los protestantes, incumplía la voluntad de las regiones septentrionales.
El estallido de motines dentro de las tropas, motivado por la crisis financiera, devastó la moral y paralizó las operaciones; el 1 de septiembre de 1575, la Corona declaró la suspensión de pagos, y la financiación del ejército quedó interrumpida, con deudas que ascendían a millones de escudos. Este conjunto de penurias dejó al régimen en una situación crítica y precipito el fallecimiento de Requesens en Bruselas, el 5 de marzo de 1576, en plena fe católica y rodeado de médicos y clérigos. Fue sucedido en la gobernanza de los Países Bajos por Juan de Austria.
El cadáver del gobernador fue enterrado en el panteón de la familia, en la capilla adyacente al Palau, testimonio de una vida dedicada a la Corona y a la defensa de la cristiandad.
Matrimonio e hijos
En junio de 1552, Requesens contrajo matrimonio con Jerónima Gralla, una unión que se consumó al año siguiente. Esta unión estuvo precedida por largas gestiones y fue fuente de alianzas políticas y patrimonios para la familia.
El 27 de septiembre de 1557 nació su primera hija, Mencía de Mendoza, quien heredó las fortunas y los títulos asociados a la Calabria en virtud de las resoluciones de las disputas familiares. En 1582, Mencía contrajo matrimonio con Juan Alonso Pimentel de Herrera, V duque de Benavente, fortaleciendo así los lazos entre dos casas de poder.
El 19 de abril de 1559 llegó al mundo su único hijo, Juan de Zúñiga y Requeséns, resultado de las conciliaciones que se habían gestado entre las legítimas aspiraciones de la casa y las necesidades políticas de la Corona, destinada a heredar parte de la fortuna y las responsabilidades de su padre.