Manuel de Amat y Juniet
| Nombre completo | Manuel d'Amat i de Junyent |
|---|---|
| Descripción | Trigésimo primer virrey del Virreinato del Perú |
| Fecha de nacimiento | 21-03-1707 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 14-02-1782 |
| Nacionalidad | Corona de Aragón |
| Ocupaciones | oficial militar, militar |
| Idiomas | español, catalán |
| Esposas | Maria Francesca Fiveller de Clasquerí i de Bru |
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Manuel de Amat y Junyent Planella Aymerich y Santa Pau nació a principios del siglo XVIII en Vacarisas dentro de una familia de elevada prosapia española. Desde joven mostró dotes para la milicia y la administración, campo en el que se proyectaría con una precisión notable durante décadas. Su vida transcurrió entre destacadas campañas militares, designaciones de alto mando y una labor de gobierno que lo llevó a Chile y, posteriormente, al Virreinato del Perú. Su nombre quedó grabado en la historia por su capacidad para gestionar fronteras, fortificaciones y proyectos institucionales de gran alcance.
Manuel de Amat y Junyent Planella Aymerich y Santa Pau nació a principios del siglo XVIII en Vacarisas dentro de una familia de elevada prosapia española. Desde joven mostró dotes para la milicia y la administración, campo en el que se proyectaría con una precisión notable durante décadas. Su vida transcurrió entre destacadas campañas militares, designaciones de alto mando y una labor de gobierno que lo llevó a Chile y, posteriormente, al Virreinato del Perú. Su nombre quedó grabado en la historia por su capacidad para gestionar fronteras, fortificaciones y proyectos institucionales de gran alcance.
Biografía
Nacido en una familia aristocrática, fue hijo de Josep d'Amat i de Planella, quien ostentaba el marquesado de Castellbell, y de Maria Anna Junyent i Vergós, descendiente de la casa que llevaba el título de Castellmeiá. Desde la infancia mostró inquietud por las artes de la guerra y la organización civil, rasgos que marcarían su trayectoria futura con un sello de disciplina y de ambición constructiva.
Sus primeras incursiones bélicas se registran en 1719, cuando participó en acciones contra las fuerzas francesas en Aragón. Con apenas 17 años dio un paso decisivo al ingresar en la Orden de Malta, misión que lo llevó a servir en una etapa en la isla donde permaneció cuatro años. Su experiencia se ampliaría, además, con mando en las unidades de Dragones de Sagunto, una formación que consolidó su liderazgo y su capacidad para coordinaciones complejas en campañas de diverso teatro.
En la década de los años treinta, destacó en la Batalla de Bitonto, en el Reino de Nápoles, donde actuó bajo las órdenes del conde de Montemar. Ese episodio, parte de la guerra de sucesión de Polonia, convirtió su figura en un referente entre los cuerpos de élite. Su participación en el asedio de Gaeta consolidó su ascenso y le permitió alcanzar el rango de mariscal de campo, reconocimiento que abriría puertas en la Corona española para misiones de mayor envergadura.
Gobernador de Chile
En 1755 recibió el encargo de gobernar la Real Audiencia de Chile, cargo que implicó recorrer el extenso territorio y supervisar un entramado de fortificaciones, puestos fronterizos y obras de obra pública orientadas a la defensa frente a la amenaza Mapuche. Durante su gestión, promovió la fundación de asentamientos como Hualqui, Nacimiento y Talcamávida, y ordenó la construcción de fortificaciones en la costa y a lo largo de la frontera, con el objetivo de consolidar rutas de comunicación y suministros entre Chiloé y Concepción.
Promovió encuentros con los mapuches en dos parlamentos históricos, primero en el Salto del Laja en 1758 y luego en Santiago en febrero de 1760, intentando garantizar sosiego y tránsito entre las regiones. A pesar de sus esfuerzos, sólo logró un entendimiento parcial, que dejó abierto un camino de negociación y tensión entre las autoridades coloniales y los pueblos originarios.
En la capital chilena, Amat llevó a cabo una serie de obras y reformas administrativas de gran relevancia. Entre las acciones más visibles figuraron la prolongación de las defensa del río Mapocho, la creación de un mercado en la Plaza de Armas y la reorganización de la Real Universidad de San Felipe en 1757. En octubre de 1758 impulsó la creación del primer cuerpo policial, bautizado como Dragones de la Reina, denominación que se conservaría hasta 1812 cuando cambiaría a Dragones de Chile. Su gestión incluyó también la gestión de un Juicio de Residencia que, frente a señalamientos de irregularidades, terminó favorable para él.
Virrey del Perú
En 1761 fue nombrado Virrey del Perú y Presidente de la Real Audiencia de Lima, asumiendo el cargo en diciembre tras arribar a la Ciudad de los Reyes el 12 de octubre. Su llegada coincidió con un periodo de tensiones entre potencias europeas y con la necesidad de reforzar la defensa de las costas y puertos en el marco de la Guerra de los Siete Años. Bajo su mando se trazaron planes para robustecer las defensas de Chiloé, Concepción, Valdivia, Valparaíso, las islas Juan Fernández, Lima, El Callao y Guayaquil, con proyecciones de fortificaciones, murallas y cuarteles, incluyendo la formación de nuevas unidades, como una compañía de Dragones destinada a la adaptabilidad operativa de las fuerzas.
Su administración also llevó a la ejecución de importantes censos y tipologías de la población sudamericana, orientados a entender mejor los grupos étnicos que habitaban el virreinato y a sentar las bases para la organización eclesiástica y administrativa. En el plano eclesiástico, impulsó la definición de arquidiócesis, diócesis, provincias, repartos y parroquias, además de procurar dotarlas de recursos, ingresos y vías de financiamiento.
En Lima dejó un legado de infraestructura destinado a dinamizar la vida cívica y religiosa. Se inició la Alameda de Acho, que en 1773 era ya un espacio emblemático, y se impulsó la reconstrucción de otros paseos y plazas; también se inauguró la Plaza de Acho, que se convirtió en un referente de la tauromaquia en la América española. Asimismo, se consolidaron obras como la fortaleza del Real Felipe, la Torre de la Iglesia de Santo Domingo y el Paseo de Aguas en el Rímac, que según la tradición habrían sido erigidos en homenaje a su pareja, La Perricholi. Estas realizaciones se integraron a una visión de modernización urbana que buscaba proyectar la autoridad virreinal a través de la magnificencia arquitectónica.
A su gobierno se atribuyó una mayor captación de remesas hacia Madrid, reforzando de este modo la relación entre el Virreinato del Perú y la metrópoli. En reconocimiento a su trayectoria, Carlos III le otorgó en 1773 la Orden de San Jenaro, un reconocimiento que se sumaba a su trayectoria de mando y a las responsabilidades que asumió en el marco de la experiencia borbónica en América. No obstante, a finales de su mandato enfrentó un Juicio de Residencia, y, tras varias denuncias de corrupción, salió con resoluciones favorables que atestiguan una gestión controvertida pero eficaz en muchos de sus objetivos.
Vida en España
Al retirarse de la Virreínaga en 1776, regresó a Barcelona y ordenó la construcción de un palacio en La Rambla, una residencia que reflejaba su estatus y su deseo de dejar constancia física de su autoridad en la península. En esa ciudad contrajo matrimonio el 3 de junio de 1779 con María Francesca de Fiveller i de Bru; la unión se formalizó por poderes, dado que el novio se encontraba en Madrid en ese momento.
Su fallecimiento tuvo lugar el 14 de febrero de 1782, dejando como herederos a su esposa y a sus descendientes cercanos. Entre los legados figuran su sobrino como heredero del título, y un hijo, Manuel Amat y León, fruto de su unión con la condesa de Castilla, Josefa de León. La viuda, conocida posteriormente como la señora del Palacio de la Virreina, residió en ese recinto hasta 1791, consolidando así la memoria material de su paso por la ciudad.
Descendencia
- Con Micaela Villegas y Hurtado de Mendoza: Manuel de Amat y Villegas.
- Con Josefa de León, condesa de Castilla: Manuel de Amat y León.
En suma, la vida de Manuel de Amat y Junyent Planella Aymerich y Santa Pau se inscribe en el relato de una figura que conjugó disciplina militar, administración colonial y un afán por dejar huella en los ámbitos urbano y ceremonial. Sus administraciones en Chile y en el Perú se leen como criterios de una época en la que la Corona intentaba consolidar su dominio mediante fortificaciones, obras públicas y una reorganización institucional que, a miles de kilómetros del Viejo Continente, buscaba proyectar poder, modernidad y control.