Manuel Zapata Olivella
| Nombre completo | Manuel Zapata Olivella |
|---|---|
| Descripción | Médico, antropólogo y escritor colombiano |
| Fecha de nacimiento | 17-03-1920 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 19-11-2004 |
| Nacionalidad | Colombia |
| Ocupaciones | antropólogo, escritor, periodista, médico, prosista |
| Idiomas | español |
| Hermanos | Delia Zapata Olivella, Juan Zapata Olivella |
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Manuel Zapata Olivella fue un médico, antropólogo y escritor cuyo quehacer cultural dejó una marca indeleble en la historia de Colombia. Nacido en el Caribe colombiano y criado en medio de comunidades populares, dedicó su vida a registrar, difundir y replantear la identidad afrodescendiente e indígena a través de novelas, investigaciones, artículos y producciones mediáticas. Su proyecto vital combinó investigación rigurosa, creación literaria y activismo cultural, cruzando fronteras para influir en generaciones posteriores y enriquecer el debate sobre la diversidad étnica en el país y en el continente.
Manuel Zapata Olivella fue un médico, antropólogo y escritor cuyo quehacer cultural dejó una marca indeleble en la historia de Colombia. Nacido en el Caribe colombiano y criado en medio de comunidades populares, dedicó su vida a registrar, difundir y replantear la identidad afrodescendiente e indígena a través de novelas, investigaciones, artículos y producciones mediáticas. Su proyecto vital combinó investigación rigurosa, creación literaria y activismo cultural, cruzando fronteras para influir en generaciones posteriores y enriquecer el debate sobre la diversidad étnica en el país y en el continente.
Biografía
Manuel Zapata Olivella nació en un entorno marcado por la mezcla de tradiciones y saberes del Caribe, y creció rodeado de músicos, educadores y artistas que moldearon su curiosidad por las raíces culturales de su gente. En su hogar, la literatura, la música y la religiosidad popular se vivían como dimensiones inseparables de la vida cotidiana, y desde muy joven emergió la convicción de que la diversidad debía ser estudiada, mostrada y defendida con rigor y afecto. Lorica, la localidad de origen, y luego Cartagena de Indias, ciudad que lo recibió con su cerrado dinamismo cultural, serían escenarios decisivos para comprender la compleja trama de identidades que luego exploraría en su obra.
Sus padres, Edelmira Olivella y Antonio María Zapata Vásquez, aportaron una herencia racial y cultural que él mismo describiría como un crisol de rasgos indígenas zenúes, ascendencia española y raíces africanas. Esta genealogía le entregó una experiencia de orgullo y responsabilidad por descifrar el alcance de sus orígenes, un impulso que lo llevó a preguntarse sin cesar por la convivencia de múltiples memorias en una misma historia. En palabras de su entorno familiar, la presencia indígena y la influencia africana estaban presentes en cada generación, y esa pluralidad sería una brújula para su lectura del mundo.
La vida familiar en torno a la figura paterna, profesor y filósofo, lo condujo a trasladarse a Cartagena de Indias junto con parte de su familia y a participar de la refundación de una escuela llamada la Fraternidad. Este centro, que había visto clausurar su sede anterior, en Lorica, ofrecía una educación que conjugaba humanismo y ciencia. En ese periodo, Manuel fue testigo de los dilemas que causaba la resistencia de autoridades oficiales a reconocer la institución, sobre todo cuando se consideraba que su labor promovía ideas que desbordaban las visiones oficiales sobre educación. La experiencia dejó en él una conciencia profunda de los obstáculos que enfrentan quienes buscan avanzar el conocimiento desde perspectivas marginadas.
Infancia
La infancia transcurrió entre campos y pueblos del Caribe, en entornos rurales donde la vida comunitaria giraba en torno a músicas, cantos y ritos que sostienen la memoria colectiva. Su mundo temprano estuvo marcado por la interacción entre distintas tradiciones, y esa exposición puso en evidencia a muy temprana edad la riqueza de las diversidades culturales que coexisten en la región. Mi familia me enseñó que la herencia no es una única versión, sino una constelación de voces que se entrelazan para dar forma a la identidad. Estas ideas, que nacieron en secreto entre casitas y plazas, se convertirían en el eje de su futura labor de investigación y escritura.
Los Padres jugaron un papel central: Edelmira Olivella, de linaje mestizo y procedencia zenú, y Antonio María Zapata Vásquez, descendiente de europeos con raíces africanas, forjaron un entorno donde la curiosidad por la diversidad era premio y deber. Frente a la vida tranquila de la aldea, emergió la convicción de que conocer lo propio implica reconocer lo ajeno, aprender de ello y aportarlo a la conversación pública con una mirada ética y crítica. En esas primeras décadas, Manuel respiró ese aire de cuestionamiento y descubrimiento que luego se refrendaría en cada uno de sus proyectos.
Cartagena y la Fraternidad constituyen otro hito de la infancia. El retorno del padre a la ciudad, donde la familia refundó el colegio con un sello de apertura a la ciencia y las humanidades, dejó una impronta de aprendizaje activo. Manuel asistió a aulas que le ofrecían una educación que combinaba la lectura, el debate y la experimentación, y en ese marco maduró la idea de que la cultura se construye desde la experiencia y la curiosidad por la diversidad humana. No fue un camino libre de obstáculos: la tarea educativa enfrentó frenos oficiales que cuestionaban la autonomía de un proyecto que abría espacios para voces no consideradas en las narrativas dominantes.
Educación y la década de los 40
Años cuarenta significaron para Manuel el inicio formal de la medicina en la capital, donde ingresó a la Universidad Nacional de Colombia. Allí, la curiosidad por la condición humana se vinculó estrechamente con la práctica clínica, y sus primeros escritos comenzaron a circular en la prensa regional desde 1942 bajo una columna que exploraba el mundo de la cultura afrocolombiana desde una mirada que entrelazaba observación y compromiso. Su prosa, que ya mostraba un interés sostenido por la vida cotidiana de las comunidades negras, fue el preludio de una trayectoria dedicada a defender la memoria y la dignidad de los pueblos afrodescendientes a través de la palabra escrita y la experimentación periodística.
La escena periodística de la época recibió la voz de Zapata Olivella con un interés especial por la música y las tradiciones populares. Sus textos tempranos documentaron grabaciones y artistas que, si bien pasaban al margen de los cánones comerciales, mostraban una riqueza sonora y cultural que él se ocupó de rescatar para una audiencia más amplia. En este período también emergió su preocupación por la discriminación racial, un tema que reaparecería con fortaleza en sus obras y en su activismo público.
Activismo cultural y la lucha contra el racismo marcaron sus primeras incursiones sociales. En 1943 participó junto a Delia Zapata Olivella, Natanael Díaz y Marino Viveros en la organización de un Día del Negro en la capital colombiana, una iniciativa que provocó debate entre las formaciones políticas de la época, que la calificaron de divisiva. Más allá de las críticas, ese gesto configuró una actitud de denuncia y visibilización de la identidad afrodescendiente que informaría gran parte de su producción posterior.
Viajes y trabajo itinerante entre 1943 y 1947 lo condujeron por Colombia, Centroamérica, México y Estados Unidos, donde desempeñó labores diversas: médico, periodista y hasta profesional de combates juveniles. En la Ciudad de México trabajó en escenarios vinculados a la medicina y la cultura y colaboró con publicaciones de alcance internacional; estas experiencias enriquecieron su mirada y le permitieron iniciar una etapa de escritura más sostenida, con una voz que fusionaba relato, crónica y ensayo. En esa etapa consolidó novelas y textos que ya mostraban una sensibilidad por la experiencia de la negritud y la diáspora, anticipando los temas que definirían su obra mayor.
Obras tempranas y experiencias literarias del periodo incluyen la gestación de Tierra mojada, publicada en 1947; Pasión vagabunda, de 1949; y otros proyectos narrativos que surgirían de su periplo vital y de su contacto con comunidades indígenas y afrodescendientes. En esos años, la creación de Zapata Olivella recibió el impulso de la crítica de la época, que empezaba a escuchar una voz que proponía una lectura de la América negra desde perspectivas poco exploradas por la literatura dominante. En paralelo, su viaje a Asia y su encuentro con figuras como Pablo Neruda y Jorge Amado dejaron una huella en su visión de la cultura y su papel como mediador entre tradiciones distintas.
Influencias y dispositivos narrativos de aquellos años se verían reflejadas más tarde en su escritura: una mirada que combinaba el retrato realista de las condiciones sociales con una tendencia mitológica que celebraba la fuerza de las tradiciones africanas y la imaginación de las comunidades de la diáspora. Así, su obra temprana abrió paso a una exploración literaria que se movería entre la denuncia de la opresión y una exploración poética de lo fantástico ligado a la memoria histórica de los pueblos negros y sus crónicas de resistencia.
Matrimonio y las décadas de los 50 y 60
En la década de los cincuenta, Manuel contrajo matrimonio con María Pérez, con quien formaría una familia que incluyó a Harlem y Edelma. Este periodo fue decisivo para su desarrollo como investigador: se volcó con mayor intensidad hacia la etnografía y la gestión de recursos para viajar y documentar las culturas afrocolombianas. Su labor docente se extendió a varias instituciones en Estados Unidos, Canadá, Centroamérica y África, y desde allí impulsó iniciativas de carácter cultural y académico que fortalecieron un circuito de intercambios entre investigadores y comunidades de origen africano y afrodescendiente.
Publicaciones y proyectos de este tramo abarcaron tanto narrativa como ensayo. Entre sus libros, destacan títulos que versan sobre la experiencia negra en Colombia y en la región, y que se convirtieron en referencias para la comprensión de la diversidad cultural. Paralelamente, organizó y promovió actividades para la consolidación de la investigación folclórica, buscando crear puentes entre universidades y comunidades para que la voz de las culturas afrodescendientes tuviera un lugar visible en el mapa intelectual del país y de la región.
La vida académica y editorial de aquel periodo se fortaleció con la fundación de iniciativas que buscaban devolver la centralidad a la diversidad cultural nacional. En 1965, con la ayuda de Rosa María Bosch, puso en marcha una revista de literatura llamada Letras Nacionales, concebida como un espacio para afirmar la producción literaria colombiana y para desafiar las lecturas que limitaban la creatividad a cánones universalistas sin atender la idiosincrasia local. La publicación contó con aportes esporádicos de reconocidos escritores y jóvenes voces de la escena literaria, manteniendo una circulación de 46 números durante dos décadas y enfrentando continuamente las tensiones de financiamiento y continuidad que suelen caracterizar proyectos culturales independientes.
Profesionalización y reconocimiento también se manifestaron en su labor crítica y en su defensa de un nacionalismo literario que no renunciaba a dialogar con las corrientes internacionales. En sus memorias, otros autores lo recordaron como un médico solidario, un novelista comprometido y un promotor de la música caribeña, cuyo impulso estaba orientado a resolver problemáticas concretas y a generar oportunidades para comunidades a veces invisibles ante los ojos de la élite cultural. Esa multiplicidad de roles mostró la singularidad de su proyecto: unir investigación, escritura y acción social en una sola trayectoria.
En Chimá nace un santo, novela que completó en clave de madurez dramatizaba el cierre de un periodo creativo y marcaba su identidad literaria. En este tramo, la obra recibió reconocimientos y se convirtió en referencia para comprender cómo su narrativa se apoyaba en una sensibilidad social al servicio de la cultura popular. Paralelamente, surgía la ambición de ampliar el alcance de la literatura colombiana con obras que, sin abandonar lo local, dialogaran con problemáticas universales y con representaciones de la negritud vistas desde una perspectiva crítica, curiosa y humana.
Entre 1964 y 1965 la crítica señaló la consistencia de su voz y la profundidad de su compromiso, en especial por la forma en que articulaba el realismo social con una visión mitológica de la experiencia negra. Su trayectoria se enriquecía con los debates sobre qué energía humana se desprende de las historias de los pueblos africanos y sus descendientes en el continente americano, y cómo esa energía podría traducirse en una narrativa que no sólo describa, sino que interpele a la sociedad en su conjunto.
Relaciones intelectuales y encuentros de ese periodo se fortalecieron a través de correspondencias y encuentros con figuras destacadas de la cultura afrodescendiente en el mundo. En ese círculo se hallaron escritores y pensadores que, desde diferentes tradiciones, compartían la convicción de que la literatura podía ser un instrumento de identidad y emancipación. Esas redes ampliaron su horizonte y alimentaron la ambición de que la producción cultural colombiana se insertara de manera decisiva en un proyecto continental de reconocimiento y afirmación de las identidades negras, indígenas y sus intersecciones.
La vida familiar y el yo público cohabitaron con una creciente presencia pública: ensayos que examinaban la tradición oral, relatos de viaje y novelas que retrataban la vida de comunidades afrodescendientes. Su casa, su correspondencia y su actividad académica se convirtieron en un laboratorio donde se entrecruzaban las culturas de Colombia, África y América Latina. En este marco, la figura de Zapata Olivella emergía como un puente entre saberes y prácticas que, de otro modo, permanecerían dispersos o incompletos dentro del panorama cultural tradicional.
Décadas de los 70 y 80
Años setenta y ochenta señalaban una fase de consolidación de proyectos institucionales y de expansión de su influencia en la región. En 1973 creó una fundación orientada a la investigación folclórica que buscaba abrir rutas para el estudio de la cultura colombiana tal como se vive en los sectores que históricamente habían sido marginados. Su propósito era guiar la exploración hacia las manifestaciones artísticas y la creatividad de comunidades analfabetas o semianalfabetas, remarcando que su aporte consistía en escuchar y traducir esas voces a un marco de conocimiento público. En 1975 impulsó la creación del Centro de Estudios afrocolombianos, una iniciativa que articulaba movimientos jóvenes y que pretendía articular la cultura negra con la identidad nacional desde una perspectiva internacional.
La agenda cultural también se amplió con la organización de la primera semana de cultura negra en la Biblioteca Nacional y la realización de cumbres que buscaban unificar esfuerzos regionales para la visibilización de las culturas negras en el continente. En agosto de 1977, dio lugar al I Congreso de la Cultura Negra de las Américas en una ciudad clave de Colombia, y el segundo encuentro se llevó a cabo en Panamá en 1980, con la tercera edición celebrada en San Pablo en 1982. En paralelo, el liderazgo local se fortalecía: Zapata Olivella fue elegido concejal de Lorica, Córdoba, en 1974, un cargo que le dejó un apodo popular y una agenda de trabajo centrada en la participación cívica y el desarrollo regional. Su periodo como figura pública coincidió con la creación de espacios comunicativos que buscaban dar voz a comunidades que frecuentemente quedaban fuera de la conversación mediática y académica.
La década de los ochenta fue, además, testigo de la fundación de Radio Foro Popular, una emisora que circularía propuestas y testimonios de la población local. Este proyecto local tenía como meta principal visibilizar las problemáticas y las luchas de los habitantes de la región, convirtiéndose en un canal de expresión para voces que necesitan ser escuchadas. El archivo de estos años de trabajo, que reúne testimonios, investigaciones y producciones culturales, encontró, en la Universidad de Vanderbilt, un repositorio que permitió conservar testimonios orales, registros de danza y música, conocimiento farmacéutico, gastronomía y otras formas de conocimiento popular que de otro modo podrían perderse con el paso del tiempo.
El incidente de 1982 marcó un episodio singular en su vida: un vuelo regional que conectaba Barranquilla con Corozal se encontró con un avión militar de la Fuerza Aérea que participaba en la operación de emergencia. Nadie resultó herido, y el equipo de rescate recibió la atención de lugareños que, sorprendidos, colaboraron para atender a los pasajeros. Este episodio, más allá de su falta de peligro, simbolizó la vulnerabilidad de las figuras públicas ante los imprevistos de la vida, y el carácter de Zapata Olivella como persona que atravesó experiencias límite con una mezcla de serenidad y curiosidad por comprender lo que sucede a su alrededor.
Changó, el gran putas (publicada en 1983) representa una cima de esa etapa: una novela ambiciosa que entrelaza los orígenes afroamericanos, las historias de esclavitud y cimarronaje en Cartagena, Haití y Estados Unidos, y la resistencia a la segregación racial. La obra, fruto de años de investigación y de un viaje a África, consolidó su reputación como una voz fundamental en la literatura que mira con honestidad las violence de la historia y propone una mirada que reconoce las dimensiones humanas de la diáspora. En paralelo, su trabajo en la radio pública permitió ampliar el alcance de su pensamiento y ofrecer programas que estudiaban la identidad colombiana desde el prisma de las tradiciones y manifestaciones culturales afrodescendientes.
Ampliación de horizontes durante los ochenta se reflejó en una diversidad de proyectos y en la ampliación de su círculo de colaboración cultural y académica. Su función como mediador entre los saberes de la región y las culturas del exterior contribuyó a un diálogo productivo entre autores latinoamericanos y pensadores de otras latitudes, lo que enriqueció tanto su obra como la comprensión de la negritud en un marco internacional. La figura que emergía de estos años era la de un intelectual que no sólo describía la realidad, sino que también trabajaba para que ésta fuera discutida, cuestionada y, sobre todo, escuchada por audiencias amplias y diversas.
Correspondencia y redes de ese periodo destacaron la relación con autores y académicos interesados en las culturas afrodescendientes, como figuras de distintas latitudes que defendían una visión de la historia y de la identidad centrada en el derecho a la memoria y al reconocimiento. Estas redes no solo enriquecían su pensamiento, sino que fortalecían un movimiento de pensamiento crítico que cuestionaba las jerarquías culturales establecidas y proponía una lectura más plural de la historia nacional y regional.
Década de los 90, milenio y muerte
Años noventa marcaron un momento de madurez y de síntesis para Zapata Olivella. En 1990 dio a conocer Fábulas de Tamalameque, una obra narrativa que se ocupa de las tradiciones orales de los departamentos del Magdalena y de Bolívar, y que se inscribe en la tradición de narradores que buscan conservar la memoria colectiva sin perder la fuerza estética de la narración. Esta novela y sus acompañantes se inscribieron en un arco literario que ya había establecido una línea de trabajo centrada en la opresión, la violencia y la resistencia, pero que en estas páginas se articulaba con una visión ética de la representación y la memoria.
Salud y viajes continuaron afectando su vida en ese decenio. A fines de la década, a pesar de intervenciones quirúrgicas que limitaban su movilidad y de contratiempos económicos, siguió viajando entre Colombia, Estados Unidos y Europa, manteniendo su curiosidad y su compromiso con las comunidades que había conocido a lo largo de su carrera. Su encuentro con otros artistas y académicos, como Lucía Pulido, en un congreso de colombianistas en Penn State, dejó constancia de una relación cordial entre generaciones y profesiones distintas, y de un diálogo que atravesaba fronteras para enriquecer la comprensión de la tradición musical y cultural de Colombia y de la región.
La memoria y la escritura ocuparon un lugar central en sus conversaciones y en su obra en curso. Años después, su correspondencia con colegas de ámbitos académicos y culturales continuó ampliando la red de contactos que habían hecho posible su labor de divulgación y defensa de la identidad afrodescendiente. En esa década, su figura se convirtió en un referente para estudiantes, investigadores y lectores que buscaban una lectura más completa de la historia social de Colombia y de las Américas, una lectura que no rehuyera las contradicciones ni el dolor, pero que ofreciera herramientas para la interpretación y la acción cultural.
Legado institucional y reconocimiento formal llegaron con el tiempo: en 2002 recibió un reconocimiento del Ministerio de Cultura por su trayectoria de vida y obra, destacando la hondura y la amplitud de su labor. Dos años después, su memoria se amplió mediante la decisión de difundir su legado a través de archivos, investigaciones y testimonios que hoy se conservan para futuras generaciones. Sus cenizas fueron finalmente esparcidas en el río Sinú, un símbolo de su arraigo a una geografía que fue el punto de partida de su compromiso con la cultura y la memoria.
El centenario y la memoria de su figura se celebró con intensidad a partir del 17 de marzo de 2020, cuando se conmemoró el primer siglo de su vida. Este aniversario consolidó la valoración de su obra y su influencia en la literatura, en la antropología y en la memoria social de Colombia, quedando como una referencia imprescindible para entender la genealogía de la cultura afrodescendiente en la nación y en el continente.
Narrativa
Desde mediados de los años cincuenta, la narrativa de Zapata Olivella orientó su mirada hacia las comunidades afrodescendientes del Caribe colombiano, con especial énfasis en las experiencias de las poblaciones negras e indígenas. En ese proceso, intercambió cartas y conoció a figuras de la cultura afrodescendiente de diversas regiones, como Langston Hughes, Abdias do Nascimento, Nicomedes Santa Cruz, Aimé Césaire, Nicolás Guillén, Léopold Sédar Senghor, Frantz Fanon, Alejo Carpentier, Léon-Gontran Damas y Édouard Glissant, entre otros. Su contacto con estas voces facilitó una visión de la negritud que trascendía fronteras y aportaba un marco internacional para entender la diversidad cultural de Colombia y América Latina.
La narrativa de Zapata Olivella se distingue por dos corrientes que coexisten en su trayectoria: una orientada a la denuncia social y al realismo que exhibe las condiciones de opresión, y otra que recurre a un mundo mítico donde la presencia de lo africano se manifiesta de forma simbólica y poderosa. Esta doble línea no es contradicción sino una articulación de enfoques que le permitió describir la realidad sin perder la dimensión poética de la memoria y la fantasía. En esa apertura, su obra dialoga con tradiciones orales, rituales y saberes populares que configuran una identidad colectiva y una experiencia histórica que merece ser leída con atención y respeto.
Sus encuentros con artistas y pensadores de África, América y Europa fortalecieron su convicción de que la literatura puede presentar una visión sensible y compleja de la negritud, a la vez que propone herramientas para la comprensión de la historia de las poblaciones afrodescendientes. Sus obras, elaboradas a lo largo de décadas, se nutren de testimonios orales, investigación de campo y un compromiso ético con las comunidades cuyas historias recoge. En este sentido, la narrativa de Zapata Olivella no sólo busca entretener, sino facilitar un diálogo que permita a las audiencias reconocer la dignidad de quienes han sido históricamente marginados y celebrar la creatividad que emerge de sus tradiciones.
El cuerpo de su obra abarca novelas, teatro, relatos breves y ensayo, todos ellos fijados en una preocupación común: presentar la experiencia de la blackness colombiana como un tesoro en constante expansión. En su narrativa, la ciudad portuaria, los paisajes de la región andina y las historias de migración se entrelazan con prácticas culturales y rituales que revelan una memoria viva. La figura del personaje negro no se reduce a un arquetipo victimizado; al contrario, se convierte en un sujeto activo que negocia su identidad en un mundo que a menudo insiste en negarla o reducirla. En esa centralidad del sujeto negro y sus saberes, Zapata Olivella ofrece una lectura que es a la vez crítica y esperanzadora, capaz de abrir horizontes para una cultura nacional que se mira a sí misma desde una pluralidad de voces.
Relaciones y redes del ámbito literario y académico fortalecieron un círculo en el que convivían escritores, poetas, ensayistas y folcloristas de distintas partes del mundo. Este entramado de relaciones no sólo enriqueció su propia producción, sino que dinamizó un flujo de ideas que fortaleció la presencia de la cultura afrodescendiente en los circuitos intelectuales de América y Europa. A través de sus cartas, conferencias, ediciones y proyectos, Manuel Zapata Olivella dejó claro que la identidad literaria de Colombia no puede separarse de las tradiciones provenientes del África Atlántica y de la memoria de los pueblos originarios que conviven en el territorio, una intercomunicación que él convirtió en su buque insignia.
Premios
- 1963 - Detrás del rostro. Primer premio nacional de novela Esso, otorgado por la Academia Colombiana de la Lengua.
- 1985 - Changó. Premio literario Francisco Matarazzo Sobrinho de ficción latinoamericana, concedido por el Centro Cultural Francisco Matarazzo Sobrinho.
- 1987 - Levántate mulato. El espíritu hablará a través de mi raza. Premio Nuevos Derechos Humanos, otorgado por la Asociación de Nuevos Derechos Humanos.
Obras
Novelas
- 1947 - Tierra Mojada
- 1953 - He visto la noche
- 1958 - Los pasos del Indio
- 1960 - La calle 10
- 1963 - Detrás del rostro
- 1963 - Chambacú, corral de negros
- 1964 - En Chimá nace un santo
- 1983 - Changó, el gran putas
- 1983 - Historia de un joven negro
- 1993 - Hemingway, el cazador de la muerte
Teatro
- 1955 - Hotel de vagabundos
- 1958 - Los pasos del indio
- 1971 - Caronte liberado
Relato breve
- 1949 - Pasión vagabunda
- 1955 - China 6 a.m.
- 1961 - Cuentos de muerte y libertad
- 1962 - El cirujano de la selva
- 1962 - El galeón sumergido
- 1967 - ¿Quién dio el fusil a Oswald?
- 1990 - Fábulas de Tamalameque
Autobiografía
- 1988 - ¡Levántate mulato! "Por mi raza hablará el espíritu"
Ensayos
- 1972 - Tradición oral y conducta en Córdoba
- 1974 - El hombre colombiano
- 1997 - La rebelión de los genes
Artículos de prensa
- 1962 - Los ritmos populares
- 2010 - Por los senderos de sus ancestros: textos escogidos (1940 - 2000)
Centenario de Manuel Zapata
El 17 de marzo de 2020 se celebró el centenario de Manuel Zapata Olivella, ocasión para revisar y valorar la magnitud de su trayectoria, su aporte a la literatura, a la antropología y al reconocimiento de la diversidad cultural en Colombia y en la región. Sus obras, su labor educativa y su impulso a la investigación y al diálogo cultural continúan inspirando a lectores, académicos y creadores que buscan entender las raíces y las rutas de las culturas afrodescendientes y sus vínculos con la historia nacional. Este aniversario no solo conmemora un pasado notable, sino que convoca a pensar en las herramientas que él legó para seguir construyendo una memoria inclusiva y plural.