Marcial Lalanda
| Nombre completo | Marcial Lalanda del Pino |
|---|---|
| Descripción | Torero español |
| Fecha de nacimiento | 20-09-1903 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 24-10-1990 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | matador, torero, actor, guionista |
| Idiomas | español |
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Marcial Lalanda del Pino nació el 20 de septiembre de 1903 en una región rural cercana a Madrid y formó parte de una dinastía familiar vinculada al mundo de los toros. Su trayectoria, que se extendió durante las años centrales de la tauromaquia española, lo posicionó como una figura clave de la llamada Edad de Plata y dejó una huella indeleble gracias a su destreza y a la creación de un pase famoso. Falleció en la capital, Madrid, el 24 de octubre de 1990, y su lápida en San Lorenzo y San José recuerda su paso por el toreo.
Marcial Lalanda del Pino nació el 20 de septiembre de 1903 en una región rural cercana a Madrid y formó parte de una dinastía familiar vinculada al mundo de los toros. Su trayectoria, que se extendió durante las años centrales de la tauromaquia española, lo posicionó como una figura clave de la llamada Edad de Plata y dejó una huella indeleble gracias a su destreza y a la creación de un pase famoso. Falleció en la capital, Madrid, el 24 de octubre de 1990, y su lápida en San Lorenzo y San José recuerda su paso por el toreo.
Biografía
Desde sus primeros años, Marcial estuvo inmerso en un entorno donde la ganadería y las plazas convivían con la vida cotidiana del campo. Su familia vivía en la finca conocida como la Casa del Árbol, una vivienda de líneas rústicas que albergaba un viejo olmo de gran porte. Allí nació la vocación que más tarde convertiría en profesión, y el ambiente de la casa giraba en torno a las faenas de ganadería y a las reuniones de quienes soñaban con las lidias.
La historia familiar de Lalanda está entrelazada con la actividad ganadera y el trabajo de campo. Su padre ocupó cargos vinculados al manejo del ganado para la azucarera de La Poveda, lo que llevó al clan a desplazarse por diferentes localidades cercanas a Madrid, incluyendo Barajas, El Escorial y la propia ciudad. En su juventud, Marcial recibió una educación que combinaba el esfuerzo práctico con la observación de las costumbres taurinas que circulaban entre familiares y vecinos.
La afición por la tauromaquia no era un rasgo aislado: la tradición taurina se mantenía viva en varios miembros de la familia Lalanda. El progenitor de Marcial había desempeñado roles de responsabilidad en fincas de toros bravos, y su entorno cercano estaba cargado de historias y lecciones sobre el manejo de los animales y la importancia de la disciplina en el ruedo. Este clima moldeó desde muy pronto una sensibilidad particular hacia las suertes del toreo y la estética que las rodea.
A lo largo de los primeros años, el ambiente familiar y la experiencia en el manejo del ganado influyeron en la decisión de Marcial de seguir una senda ligada a las plazas. Sus hermanos, Eduardo y Martín, ya habían incursionado en los ámbitos de la lidia como banderillero y novillero, respectivamente, y la trayectoria de ellos sirvió como guía y espejo para el joven Lalanda. Esa influencia familiar consolidó una vocación que con frecuencia parecía ineludible para él.
Becerrista
La primera incursión de Marcial en el mundo de los toros se produjo cuando apenas era un niño, una experiencia que dejó en él una huella indeleble. En la finca de Aldea Nueva, en tierras salmantinas, enfrentó una becerra con valentía, un episodio que anticipaba el camino de años de aprendizaje y entrega. Aquel inicio se vio complementado por una noticia destacada en el Heraldo de Madrid, que reconoció su talento en una novillada celebrada en Quintanar de la Orden, acompañada por otros jóvenes talentos y reses de ganaderos destacados.
La trayectoria de Lalanda como becerrista fue, desde el principio, una mezcla de exhibición y aprendizaje. En verano de 1914, cuando la vida de un futuro matador empieza a definirse, recibió la representación de un apoderado y se abría la puerta a una carrera que prometía numerosos desafíos y escenarios diversos. Su primera aparición pública como becerrista, registrada en un festejo benéfico, dejó claro que estaba llamado a competir con determinación en plazas y festivales que reunían a aficionados y curiosos.
Aquel año de 1914 marcó un inicio formal, con un debut en una novillada en la capital que mostró la impronta de un joven valiente capaz de soportar la presión de un público exigente. Aunque las crónicas señalan que su actuación junto a sus hermanos no fue perfecta en esa jornada, quedaron sembradas las bases de un estilo que combinaría valentía y madurez poco a poco.
Temporada 1914
En este periodo, la carrera de Lalanda fue tomando forma con una estructura de apoyo y representación. Un apoderado, Don José Zabala, asumió la tarea de dirigir sus primeros movimientos en el ruedo y de gestionar compromisos que empezarían a otorgarle presencia en distintos recintos. Este año consolidó que la trayectoria de un torero joven debería equilibrar diligentemente la formación técnica con la exposición pública, para avanzar hacia objetivos mayores.
El 8 de noviembre de 1914, Marcial hizo su debut público como becerrista en un evento concebido para financiar obras educativas. En esa ocasión no solo se le promovió como una promesa, sino que también se marcó el inicio de un proceso de maduración que incluiría actuaciones en diferentes plazas, con la participación de los Lalanda junto a otros nombres de la saga familiar y de la escena local. Aunque la crítica señaló que la primera salida de los Lalanda en esa ocasión estuvo por debajo de las expectativas, el público respondió con ovaciones y prueba de que el joven tenía un futuro por delante.
Temporada de 1915
La prensa taurina de la época comenzó a perfilar a Marcial como un joven prodigio, y una crónica humorística de la publicación Kafé kon media lo describió como una joven promesa que podría alcanzar cotas notables. En el terreno artístico, no era solo cuestión de torear: se destacaba por ejecutar pases de muleta y quites que ya mostraban una visión personal del toreo, con una estética que llamaba la atención.
El 8 de agosto de 1915 marcó el estreno en la plaza de Madrid de Lalanda como torero ya con cierta madurez, aunque fuera en un festival popular más que en una becerrada. En esa ocasión, junto a otros jóvenes, recibió una ovación que anticipaba su capacidad de conectar con el público. Más adelante, en septiembre, ingresó en la programación de la plaza de Carabanchel, participando en una corrida organizada por Olea y lidiada por toreros de renombre, y poco después se presentó en Talavera de la Reina, ampliando su radio de actuación y sus posibilidades de crecimiento.
El otoño de ese año llevó a Lalanda a Colmenar Viejo, donde desplegó su arte ante novillos de Lorente. El balance de aquella jornada fue una muestra de talento que, pese a la juventud, anunció la llegada de un torero con recursos para innovar en el toreo y conquistar ovaciones con su capote y su muleta.
Matador de toros
Marcial Lalanda se inscribió como figura destacada de la llamada Edad de Plata, un periodo que abarcó las décadas de 1920 a 1936 y que vio el tránsito del toreo clásico hacia una modernidad estética que dejó huellas en generaciones posteriores. En ese marco, junto a nombres como Domingo Ortega, Lalanda encarnó una de las interpretaciones más elegantes y rítmicas de la época, combinando técnica depurada y una presencia escénica que resultaba atractiva para el público.
Alternativa
La alternativa de Lalanda se produjo el 28 de septiembre de 1921 en la plaza de Sevilla, durante una feria de San Miguel benéfica que reunía a destacados toreros de la época. Belmonte y Chicuelo encabezaban la terna, en tanto que Marcial, entonces joven, completaba el cartel y sellaba su paso definitivo a la condición de matador de toros. Los toros elegidos para aquel festejo, de la ganadería Rafael Surga, lucían una divisa que combinaba tonalidades celeste y encarnado, y el desenlace de la tarde quedó grabado en la memoria de los aficionados por la forma en que Lalanda logró iniciar una carrera que prometía grandeza.
El ambiente del festejo fue solemne y lujosamente decorado, con un palco que recibió la presencia de la realeza, y una respuesta extraordinaria del público que convirtió la ocasión en un hito. Marcial, al enfrentarse al toro Pichuchi, ejecutó verónicas ajustadas y, en el tercio final, llevó a cabo una faena de gran ejecución técnica. Su estocada final, ejecutada con precisión, fue seguida por una ovación que confirmó su estatus de nuevo matador de renombre.
En la continuación de la tarde, Lalanda dejó a Belmonte a cargo de los siguientes toros, y se mostró capaz de afrontar con serenidad la lidia de un segundo ejemplar particularmente exigente. En su sexto toro, un animal de gran belleza, desplegó una serie de lances y muletazos con clase antes de completar la suerte final, dejando constancia de su progresión y del aprecio del público por una figura naciente que ya era objeto de expectación en todo el país.
Temporada 1930
La temporada de 1930 representó para Lalanda uno de sus hitos más recordados: una encerrona en Toledo con seis toros de la ganadería del marqués de Albaserrada. El despliegue fue reconocido entre los aficionados como un acto de gran valor artístico y físico, que movilizó a una gran concurrencia en la ciudad imperial. El recorrido por la tarde fue intenso y variado, con momentos en que el público mostró un fervor desbordante y otros en que la faena exigió una mezcla de paciencia y precisión.
Durante el paseo inicial, el torero recibió un reconocimiento unánime; las faenas siguientes mostraron su capacidad de adaptarse a las condiciones cambiantes de cada toro y de improvisar cuando la situación lo requería. En una de las actuaciones destacadas, Lalanda logró un trofeo de una oreja tras una labor completa, que fue seguida de otra oreja y hasta el cierre con un rabo en la última tarde de aquella corrida, circunstancias que le permitieron salir a hombros entre el público entusiasmado.
La jornada dejó una imagen de un torero que sabía combinar entrega, técnica y un sentido de espectáculo que resonaba con la convicción de ser un líder de su generación. Aunque el esfuerzo fue notable, también dejó en claro que la constancia y la energía agotan al propio artista, pero la afición respondió con una adhesión que le permitió continuar ascendiendo en la jerarquía de las figuras destacadas del toreo español.
Actor
Gloria que mata (1922)
En el terreno cinematográfico, Lalanda participó en el documental Gloria que mata, estrenado en 1922, que giraba en torno a la figura de Manuel Granero y a la memoria de su juventud. Lalanda formó parte de un elenco que incluía a Consuelo Granero y a otros toreros de la época, y la obra buscaba reflejar la infancia y la adolescencia de este último, así como imágenes del sepelio del torero valenciano. Este proyecto fue considerado un hito en su tiempo, al reunir a figuras destacadas del mundo taurino y del cine para retratar la vida de los toreros fuera de la lidia.
La película fue descrita por la crítica como un testimonio significativo de un periodo en el que el toreo y el cine se entrelazaban para construir una memoria visual de las nuevas generaciones de toreros. Lalanda aportó su presencia como parte de un documental que se convertía en un registro histórico de la época, y que acercaba al público la figura de un torero que ya empezaba a consolidarse como referente dentro del panorama taurino de la época.
Viva Madrid que es mi pueblo (1928)
En 1928 Marcial amplió su radio artístico hacia la pantalla grande con la película Viva Madrid que es mi pueblo, dirigida por Fernando Delgado de Lara. En este proyecto, Lalanda no solo actuó como protagonista, encarnando a Luis Romero, sino que también se involucró como guionista y aportó recursos para la financiación parcial del filme, demostrando una vocación multidisciplinar que iba más allá del ruedo. Su participación en la producción subrayó su interés por proyectar la imagen del torero como figura pública y creativa.
La crítica cinematográfica de la época reconoció la relevancia de su interpretación y aludió al papel que desempeñó dentro de la narrativa de la obra. Asimismo, Lalanda apareció en materiales promocionales y en publicaciones vinculadas a la película, en las que se destacaba su estampa de luces, reforzando así su perfil como icono de la cultura taurina y popular de aquellos años.
Antología taurina (1972)
El historiador y periodista taurino Rafael Campos de España impulsó en 1972 un documental titulado Antología taurina, que recuperaba la memoria de la tauromaquia de las dos primeras décadas del siglo XX. En este proyecto, Lalanda formó parte de un conjunto de testimonios y material audiovisual que incluía a figuras como Belmonte, Arruza, Dominguín y otros referentes, con el fin de preservar la memoria de aquellos años decisivos para la evolución del toreo. La obra se inscribe dentro de la labor de rescate histórico que caracterizó a la investigación taurina de la época.
El Montepío de Toreros
El Montepío de Toreros, una entidad benéfica creada para cubrir gastos médicos de los toreros heridos, encontró en Lalanda a una figura emblemática. Desde 1924 y hasta la desaparición de la organización en 1977, Marcial se desempeñó como su principal motor y defensor, siendo señalado como el alma de la asociación y su baluarte más decidido. Su compromiso con la causa mostró un aspecto solidario de la vida taurina que trascendía la lidia y que conectaba con la realidad de quienes se dedicaban a este arte sobre el propio escenario de la plaza y fuera de él.
Pasodobles
- Marcial Lalanda (1930), creación de Estanislao Saura y Federico Barea.
- Marcial, eres el más grande (1932), composición de José María Martín Domingo y José Ibarra Llorente.
Marcial, eres el más grande
Este pasodoble recibió un lugar destacado en la tradición de las plazas y en las celebraciones populares, convirtiéndose en uno de los temas más representativos de la época. Su interpretación en la plaza de Las Ventas, tras la rendición de un conjunto de toreros, marcó un momento de rivalidad simbólica entre seguidores que defendían a Lalanda y quienes apoyaban a otros maestros. El ambiente posterior mostró la efervescencia de un público que identificaba una generación entera a través de la música de estos compases y de las faenas que los acompañaban.
La controversia en la plaza de Madrid dejó claro que, más allá de los toros, existía un pulso cultural que era capaz de provocar reacciones colectivas. Después de la faena de Lalanda, y de otra de Domingo Ortega, se desató un enfrentamiento entre aficiones que llevó a las autoridades a prohibir la interpretación de ese pasodoble en la capital. Este episodio es recordado como ejemplo de cómo la pasión taurina puede volverse un fenómeno social de gran magnitud y cómo el arte puede intervenir en el tránsito entre una generación y la siguiente.