Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea
| Nombre completo | Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea |
|---|---|
| Nombre nativo | Pedro Pablo Abarca de Bolea-Ximénez de Urrea y Pons de Mendoza |
| Descripción | Diplomático español (1719-1798). X conde de Aranda |
| Fecha de nacimiento | 01-08-1719 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 09-01-1798 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | diplomático, político, militar, oficial militar, oficial de ejército |
| Grupos | Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis |
| Idiomas | español |
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Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, conocido como conde de Aranda, nació en Siétamo el 1 de agosto de 1719 y falleció en Épila el 9 de enero de 1798. Su trayectoria pública lo llevó a servir como presidente del Consejo de Castilla entre 1766 y 1773 y, bajo la regencia de Carlos IV, a ocupar el cargo de secretario de Estado en 1792. Su vida se despliega entre la nobleza, la milicia y la dirección política de una España en undergoidas transformaciones.
Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, conocido como conde de Aranda, nació en Siétamo el 1 de agosto de 1719 y falleció en Épila el 9 de enero de 1798. Su trayectoria pública lo llevó a servir como presidente del Consejo de Castilla entre 1766 y 1773 y, bajo la regencia de Carlos IV, a ocupar el cargo de secretario de Estado en 1792. Su vida se despliega entre la nobleza, la milicia y la dirección política de una España en undergoidas transformaciones.
Orígenes familiares
Familia
Procedía de una casa nobiliaria aragonesa: su padre, Pedro de Alcántara Buenaventura Abarca de Bolea, ostentaba el título de IV marqués de Torres y ejercía una autoridad destacada en la nobleza local; su madre, María Josefa Pons de Mendoza y Bournonville, era condesa de Robres de origen catalán. Sus padres contrajeron matrimonio el 3 de junio de 1715 en Sangarrén, una unión que parecía buscar un punto medio entre Cataluña y Aragón. De esta unión nacieron varios hijos junto a Pedro Pablo, desde los que la dinastía intentaría sostener su influencia en la península.
- Pedro Ignacio (Siétamo, 1717 – Siétamo, 1717): falleció poco después de nacer.
- María Engracia (Zaragoza, 1721 – ); contrajo matrimonio en Madrid en 1768 con el futuro VII duque de Híjar, Joaquín Diego Silva Fernández de Híjar, y con él tuvo un único hijo, Pedro Pablo de Alcántara de Silva Fernández de Híjar.
- Francisca Javiera (Zaragoza, 1722 – ?).
Además de estos hermanos, el conde contaba con un hermanastro, Gregorio Leandro Iriarte y Estañán, hijo natural de su madre nacido en Corella el 13 de marzo de 1732, registrado por administradores de la finca que allí administraban.
El X conde de Aranda contrajo matrimonio en dos ocasiones, siempre con mujeres de la casa de Híjar. Su primer enlace fue con Ana María del Pilar Silva Fernández de Hijar y Portocarrero, hija del VII duque de Híjar, celebrado por poderes el 19 de marzo de 1739 cuando tenía 19 años. Con ella tuvo a varios hijos:
- Ignacia María del Pilar (Zaragoza, 1740 – agosto de 1764): contrajo matrimonio en 1760 con José María Pignatelli de Aragón y Gonzaga, III duque de Solferino. Tuvieron dos hijos, Joaquina (nacida en 1760 en Londres y fallecida en meses) y Luis Gonzaga Joaquín, quien sería el heredero universal de las casas de Aranda y Fuentes pero murió en Madrid el 5 de julio de 1767.
- Ventura María del Pilar: no contrajo matrimonio ni dejó descendencia.
- Luis Augusto (Zaragoza, 26 de agosto de 1750 – Épila, 12 de diciembre de 1751).
Tras la muerte de su primera esposa, el conde volvió a casarse con su sobrina nieta María Pilar Silva Fernández de Hijar y Palafox, quien le sobreviviría. Posteriormente, contrajo segundas nupcias con el I duque de Alagón, pero tampoco dejó descendencia de ese segundo matrimonio.
Primeros años
Su vida temprana transcurrió en la corte y en la cortezo de la educación propia de la nobleza. Nacido en 1719, recibió su educación inicial en Zaragoza y, ya adolescente, fue enviado a estudiar lejos de casa. En 1734 partió a Italia para ingresar al Colegio de Nobles de Parma, uno de los centros más prestigiosos de la época, donde permaneció hasta 1737 y adquirió conocimientos de lógica, física y matemáticas; sin embargo, su interés por las materias militares predominó entre sus estudios.
Continuó entonces su formación en las ciudades de Bolonia y Roma, y realizó extensos viajes por Europa que le acercaron a las corrientes de pensamiento de los ilustrados y a las ideas de los enciclopedistas. Su formación liberal y cosmopolita lo conectó con metas de modernización de la mano de la Ilustración, lo que marcaría su trayectoria futura.
En 1740, consolidada su vocación militar, ingresó al servicio del ejército bajo la tutela de compañeros de armas como el conde de Montemar y el conde de Gages. Más adelante viajó a Prusia, conoció a Federico II y residió en París, visitó Londres y regresó a España con nuevas perspectivas para su carrera.
Gracias a la protección de Ricardo Wall, el rey Fernando VI lo nombró embajador en Lisboa (1755–1756), iniciando así una etapa de mayor influencia bajo el manejo político. Posteriormente recibió el encargo de servir como embajador en Varsovia y obtuvo el grado de capitán general, desde el que dirigió la expedición española contra Portugal en 1762, una acción militar que terminó con serias perdidas y que fue conocida como la Guerra Fantástica; a pesar de su fracaso, su carrera continuó y fue nombrado gobernador de Valencia, cargo que dejó para presidir el Consejo de Castilla en 1765 y para ocupar, en 1766, la jefatura de la capitanía general de Castilla la Nueva.
Durante el reinado de Carlos III
Durante el mandato de Carlos III, Aranda se convirtió en una figura central de la escena política y militar. Tres hechos en particular marcaron su trayectoria y su influencia: el Motín de Esquilache, la expulsión de la Compañía de Jesús y su estancia como embajador en París.
El motín de Esquilache
Al asumir la presidencia del Consejo de Castilla tras el incidente de Esquilache, Aranda gestionó una crisis de gran magnitud. El episodio, que había estremecido varias ciudades, se resolvió gracias a concesiones que el rey aceptó, pero dejó en el ambiente un espíritu de contestación que se extendió entre artesanos y ciudadanos de la clase media. El conde, con el apoyo de juristas y nobles afines, supo canalizar la disidencia hacia la restauración de la autoridad real. En su reformismo, logró desplazar el uso de indumentarias de corte anterior hacia prendas más sobrias; la Guardia Valona fue retirada de Madrid y el Consejo declaró nulas las demandas principales de los autores del motín. Con una mezcla de persuasión y pragmatismo, consiguió calmar las tensiones y propició el regreso del rey a la capital. Su labor fue valorada por la Ilustración y recibió elogios de figuras como Voltaire, que destacaron su sentido práctico para consolidar un orden ilustrado.
Para lograr esas metas reformistas, trabajó estrechamente con Campomanes y otros juristas, orientando las políticas hacia la mejora agraria, la colonización de zonas montañosas y el desarrollo de las Sociedades Económicas de Amigos del País, además de encargar la elaboración del Censo del Conde de Aranda (1768–1769), la primera gran operación demográfica realizada en España.
Expulsión de la Compañía de Jesús
La oleada de medidas que siguió a Esquilache tuvo como consecuencia directa la expulsión de la Compañía de Jesús, un acto decisivo en el reinado de Carlos III. Aranda, respaldado por Campomanes, impulsó una investigación secreta para reunir pruebas de la participación jesuita en la conmoción. Aunque la decisión final dejó a Roma en desacuerdo, la Corona aprobó el decreto de expulsión en febrero de 1767. En paralelo, se suprimieron fueros eclesiásticos privados y se impidió la imprenta en claustros o en lugares con inmunidad eclesiástica.
La medida encendió el debate europeo y dejó a la Compañía fuertemente debilitada; se le atribuyeron cargos controvertidos como propagar ideas contradictorias o conspiraciones políticas, y se citó la supuesta participación en planes de expansión imperialista. Pese a las críticas, el propio Aranda procuró mitigar riesgos para los jesuitas que debían abandonar el territorio, tratando de asegurarles condiciones mínimas de traslado y estructura para su dispersión.
Embajador en París
Las tensiones por la cuestión de las Malvinas y la política exterior llevaron a que Grimaldi y Aranda chocaran en torno a una intervención armada que, finalmente, el curso internacional no favoreció. Como resultado, Aranda dejó la presidencia del Consejo de Castilla y asumió la función de embajador en París en 1773. Desde esa embajada, trabajó para convertir a Francia en un aliado estratégico, y así gestó acuerdos y maniobras de gran alcance en el marco de las alianzas europeas.
Durante esa década en París, el conde cultivó amistades entre los ilustrados y, mediante un enfoque práctico de la política exterior, contribuyó a la consolidación de la imagen de España como potencia que sabía armonizar intereses entre monarquía y reformas internas. En el plano militar y diplomático, participó en la gestión de conflictos y en la negociación de acuerdos que influirían en el equilibrio regional.
Entre las gestas destacadas de su etapa en la capital francesa figuran acuerdos de índole militar y comercial y, especialmente, la gestación de la devolución de Menorca a España en el marco de la paz anglo-española de la época, así como la obtención de Florida oriental y occidental y de diversías costas en Centroamérica y el Caribe, sin que España lograra la recuperación de Gibraltar. Su gestión duró alrededor de una década y culminó con el regreso a Madrid en 1787, ya consolidado como figura influyente en la corte y en las filas del partido ilustrado que rodeaba a Floridablanca y a otros apoyos del monarca.
La etapa parisina dejó señales de una visión política que intuía estratégicamente las posibilidades de Europa y América para la monarquía española, aun cuando parte de su influencia fuera objeto de controversia en la opinión pública y de la crítica de contrapesos políticos. En algunos escritos apócrifos y memorias atribuídas, se han discutido asuntos controvertidos sobre su papel en la política exterior, y la veracidad de ciertos testimonios ha sido objeto de debate entre historiadores. Sin embargo, su impacto en la dirección de España durante ese periodo resulta innegable.
La revolución francesa y la caída de Aranda
Con la llegada de la Revolución Francesa al umbral de 1789, el papel del conde de Aranda como protagonista de la escena política se volvió cada vez más decisivo y, a la vez, más arriesgado. En el marco de los esfuerzos de Floridablanca por contener la agitación internacional, Aranda denunció la necesidad de mantener a la corte occidentalmente aislada de la difusión de ideas revolucionarias, contando con la cooperación del Santo Oficio y de sectores influyentes del clero. Este choque de visiones llevó a la destitución de Floridablanca en febrero de 1792 y a una reorganización del poder que benefició a quienes defendían enfoques más pragmáticos ante la revolución europea.
Inmediatamente después, Aranda fue desplazado de la jefatura de la administración y pasó a ocupar una posición dominante en el Consejo de Estado, desde donde impulsó la supresión de la Junta Suprema de Estado y la consolidación del papel del Consejo de Estado como órgano principal, reconfigurando la estructura de poder a partir de esa coyuntura.
Con el tiempo, Aranda moderó la severidad hacia los extranjeros y flexibilizó la censura de publicaciones, incluso permitiendo la circulación de diarios franceses durante un periodo, hasta que la persecución de la familia real francesa y la caída de la monarquía obligaron a endurecer controles. Paralelamente, España recibió un enjambre de refugiados aristocráticos y clérigos que alteraron la vida cultural y religiosa del país y exigieron respuestas políticas y administrativas difíciles de gestionar.
En noviembre de 1792, tras la creciente influencia de Godoy, Aranda fue reemplazado en la función de decano del Consejo de Estado y, poco después, fue separado del gobierno central y desterrado a Jaén en marzo de 1794, dando paso a una nueva etapa en su vida pública que no le permitiría regresar a Madrid.
Juicio a la leyenda negra
La figura de Aranda ha sido fuente de una controversial leyenda negra que ha recaído tanto por motivos ajenos a su persona como por las críticas de sus adversarios. Aunque dispuso de un poder considerable y ejerció su autoridad con un sello propio, su papel estuvo siempre condicionado por el contexto de una corte que oscilaba entre la ambición ilustrada y las resistencias de facciones políticas. En este marco, es frecuente evaluar su aportación a la modernización de España y su confrontación con las corrientes de oposición que iban de la mano con los principios de la Ilustración.
Entre las razones que alimentan esas miradas enfrentadas se cuentan decisiones que afectaron a la seguridad del territorio y a las relaciones con Gibraltar, la política comercial con Inglaterra y la dirección de las virreinatos. Sus opiniones respecto a la gobernabilidad, la centralización del poder y los límites entre autoridad real y autonomía de las instituciones generaron tanto apoyos como críticas duras en la Europa de su tiempo. Otros elementos que se citan en relatos y documentos de la época son su correspondencia con figuras políticas y la visión de un gobierno orientado al interés común, a veces en tensión con los intereses cortesanos de oponentes y aliados.
- Las decisiones que cercaron el acceso a Gibraltar y la intención de obstaculizar la navegación como forma de provocar confrontaciones bélicas.
- La orientación de su política hacia el comercio con Inglaterra tras la cuestión de las Malvinas.
- Las comunicaciones con Ricardo Wall durante la Guerra de los Siete Años y la evaluación de una posible invasión británica.
- Una tentativa de replantear la organización de virreinatos y la participación de los pueblos bajo la corona para evitar estallidos nacionalistas, anticipando modelos de cooperación imperial de tipo mixto.
Así, su figura queda entre la crítica y la admiración, como un arquitecto de reformas que buscó equilibrar la tradición con la modernidad, a veces enfrentándose a adversarios que no compartían su visión de un Estado ilustrado y centralizado. Su relación con Godoy marcó, en los años finales, una desalineación que terminó con su salida del poder y con un cierre de etapa que dejó huellas en la historia política de España.
Muerte y sepultura
En 1795, el rey Carlos IV le concedió la posibilidad de residir en su tierra, y Aranda se retiró a Épila, donde dejó de ejercer funciones públicas. Allí murió en 1798. Su cuerpo recibió una primera sepultura en el monasterio de San Juan de la Peña y luego fue trasladado al Panteón de Hombres Ilustres, ubicado en la iglesia de San Francisco el Grande de Madrid. En 1985 sus restos fueron devueltos a San Juan de la Peña, y hoy descansan en el Panteón de Nobles de aquel monasterio altoaragonés. Un hallazgo de 2014 dio a conocer memorias que el conde habría escrito en Pedrola, donde argumentaba sus quejas sobre el trato recibido por la corte y por Godoy, describiendo su versión de los hechos que marcaron su destierro y su deliberada visión de los acontecimientos.
Legado
El cond de Aranda se sitúa entre los personajes más discutidos de la España del siglo XVIII, ubicado en el grupo de reformistas ilustrados junto a figuras como Azara, el marqués de la Ensenada, Campomanes y Floridablanca, entre otros. Su vida estuvo dedicada al servicio a los reyes Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III y Carlos IV, defendiendo una ideología de progreso y de organización social basada en censos, proyectos económicos y una visión de Aragón como motor de renovación. Destacó en la promoción de un censo de población como uno de los primeros de Europa y en la ejecución de proyectos económicos y sociales orientados a la modernización de la Corona de Aragón y de España en su conjunto.
Entre sus aportaciones figura también el impulso a un artesanado de alta calidad, la introducción de la porcelana en Alcora mediante una fábrica propia y la promoción de obras de arte y colecciones vinculadas a la corte. Su huella en Épila, con el palacio y la casa de verano, así como en la conservación de archivos familiares, ha sido objeto de estudio para entender la vida de las oligarquías regionales y su papel en el desarrollo de Aragón y en la construcción de una España más ilustrada.
Voltaire dejó constancia de su admiración por Aranda, afirmando que con la presencia de un liderazgo semejante, España podría regenerarse. Este juicio refleja la valoración internacional de su programa reformista y del interés por una monarquía que pretendía avanzar sin perder el contacto con las tradiciones y las estructuras de poder heredadas.
Bicentenario de 1998
En el marco de las conmemoraciones de 1998 en Épila, se organizó un homenaje al Conde de Aranda que coincidió con la cesión al municipio del palacio por parte de la duquesa de Alba. La actividad, integrada en una exposición de apertura titulada “El final de una vida se escribió en Épila”, contó con la participación de actores y guías que recrearon el recinto y narraron la biografía del conde, acercando a la ciudadanía la vida de un personaje de gran influencia.
II Jornadas de El Condado de Aranda y la nobleza española en el Antiguo Régimen
Entre el 6 y el 8 de noviembre de 2008 se llevaron a cabo jornadas divulgativas en Épila centradas en el Condado de Aranda y la nobleza española del Antiguo Régimen. Expertos, historiadores y archiveros discutieron la formación del señorío y la organización familiar, y llevaron a cabo una ruta guiada por el palacio y el convento adyacente para mostrar la relación temporal entre la casa de Aranda y la dinastía Hijar. Estas jornadas destacaron la importancia de los archivos ducales y el papel del clan en la historia regional y nacional.
En la cultura popular
Series
- El secreto de la porcelana, estrenada en 1999 y dirigida por Roberto Bodegas, centra su argumento en la fábrica de porcelana y los entresijos de su fabricación y gestión.