Vida Icónica VIDAICÓNICA

Reinhard Scheer

Nombre completo Carl Friedrich Heinrich Reinhard Scheer
Nombre nativo Reinhard Scheer
Descripción Almirante alemán (1863-1928)
Fecha de nacimiento 30-09-1863
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 26-11-1928
Nacionalidad Reino de Prusia, Schaumburg-Lippe
Ocupaciones oficial naval, almirante, soldado
Idiomas alemán
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Reinhard Scheer figura entre los nombres más discutidos de la historia naval alemana por su estilo de mando, su visión estratégica y las decisiones que marcaron la evolución de la Marina Imperial durante la Gran Guerra. Nacido en una localidad modesta de Baja Sajonia, su vocación por el mar se reveló desde la adolescencia cuando ingresó en la Armada; a lo largo de décadas, dejó huella por su disciplina, su capacidad de organización y su afán por convertir la flota en un instrumento de presión decisivo.

Reinhard Scheer — Imagen principal

Reinhard Scheer figura entre los nombres más discutidos de la historia naval alemana por su estilo de mando, su visión estratégica y las decisiones que marcaron la evolución de la Marina Imperial durante la Gran Guerra. Nacido en una localidad modesta de Baja Sajonia, su vocación por el mar se reveló desde la adolescencia cuando ingresó en la Armada; a lo largo de décadas, dejó huella por su disciplina, su capacidad de organización y su afán por convertir la flota en un instrumento de presión decisivo.

Carrera en la Marina

Hijo de la región de Obernkirchen, en Baja Sajonia, Scheer emergió en un entorno social que no facilitaba el ascenso de quienes no pertenecían a familias acaudaladas, lo que hizo de su trayectoria una historia de constancia y mérito. A los 15 años recibió el compromiso naval que marcaría su vida y comenzó como cadete con la esperanza de convertir el océano en su campo de acción. Su primer embarque fue la fragata Niobe, donde empezó a familiarizarse con la navegación y con la ingeniería naval, componentes que más tarde definirían su oficio. Al retornar a Alemania, se inscribió en la escuela naval de Kiel para formarse como oficial; aunque sus primeros resultados no fueron excelsos, pronto demostró capacidad de aprendizaje y progresó con notable rapidez. Posteriormente, completó una formación especializada de medio año centrada en artillería, torpedos y tácticas de infantería de marina, lo que consolidó su reputación como un técnico de precisión y un mando cuidadoso.

Durante su periodo de preparación, Scheer participó en una experiencia inusual para la época: un viaje de circunnavegación a bordo del crucero protegido SMS Hertha. Esta gira le permitió recorrer puertos distantes como Melbourne, Yokohama, Kobe, Nagasaki y Shanghái, y ampliar su visión operativa al entrar en contacto con entornos navales y culturales muy diversos. A su regreso, recibió destino en el Escuadrón de África Oriental, con el que realizó una gira de avanzada entre 1884 y 1886. En esa época, además de sus funciones, entabló relaciones con colegas que más tarde ocuparían roles de relevancia en la Marina, como Henning von Holtzendorff, futuro jefe de la Flota de Alta Mar. En Camerún participaron esfuerzos de apoyo a operaciones locales que dejaron patente su interés por las dimensiones estratégicas de la presencia colonial.

De vuelta a casa, Scheer continuó su formación como torpedista a bordo del SMS Blücher y, más tarde, viajó nuevamente a África para servir en la corbeta SMS Sophie. En esa fase, su experiencia en torpedos creció de manera sustancial, lo que le permitió ser nombrado instructor del Comando de Investigación Torpedera en Kiel. En ese periodo conoció a Alfred von Tirpitz, quien pronto reconocería el valor de su saber técnico. Cuando Tirpitz ascendió a la Secretaría de Estado de la Oficina Naval, llevó a Scheer a la Reichsmarineamt para trabajar en la sección de torpedos, abriendo paso a una trayectoria que combinaría delicadamente la especialización técnica con la responsabilidad de mando.

Con el ascenso a capitán de corbeta, el almirante recibió el encargo del crucero ligero SMS Gazelle, una experiencia que encauzaría su carrera hacia responsabilidades de mayor alcance. En 1905 ya ostentaba el rango de capitán y para 1907 lideró el mando del acorazado SMS Elsaß, operación que le proporcionó experiencia en buques de gran potencia y en la coordinación de unidades profundas. En 1909, un informe evaluó su trayectoria como merecedora de un ascenso, y a partir de entonces empezó a ocupar puestos de mayor rango en la estructura de mando naval. Su carrera avanzó en la dirección de la oficina de personal y, a finales de 1911, fue reubicado en la Reichsmarineamt para circular entre departamentos de planificación y personal; esa etapa consolidó su reputación como estratega capaz de traducir ideas en planes operativos para la flota.

Ya como oficial de alto rango, Scheer asumió la responsabilidad de comandar seis buques de batalla del II Escuadrón de Batalla y, en 1913, el grado de al mirante le otorgó una perspectiva global de la composición de la Gran Flota. En aquella coyuntura, su experiencia acumulada en torpedos y artillería se convirtió en una ventaja para entender las limitaciones y las oportunidades de la flota de superficie ante una Royal Navy que, por entonces, encabezaba la supremacía en el Atlántico. En los meses previos a la Primera Guerra Mundial, Scheer consolidó su cargo de oficial de mando y supervisó funciones de planificación que combinaban conocimiento técnico y visión operativa, preparando el terreno para las decisiones estratégicas que definirían su papel durante el conflicto.

En la cúspide de su evolución, el propio Von Tirpitz dejó entrever la posibilidad de que Scheer ascendiera a posiciones de mando más relevantes dentro de la estructura naval, y su trayectoria se orientó hacia roles de mayor impacto. Su desempeño como líder técnico, además de su capacidad de coordinar grupamientos de buques complejos, permitió que, en 1913, se ganara el favor de la alta jerarquía y fuese considerado para puestos de mayor responsabilidad. A lo largo de estos años, Scheer demostró que su enfoque se movía entre la rigurosidad, la eficiencia y la previsión táctica, cualidades que más tarde se convertirían en su firma operativa dentro de la Gran Guerra.

Primera Guerra Mundial

El año 1913 marcó la ascensión de Scheer a Almirante, un rango que pronto habría de poner a prueba en el inicio de un conflicto global. A comienzos de la Gran Guerra, ya estaba al frente del II Escuadrón de Batalla y, cuando la situación lo exigió, pasó a comandar el III Escuadrón de Batalla, formado por las naves de mayor potencia de la Marina Imperial: los dreadnoughts de las clases König y Kaiser. Bajo su mando, la flota de alto nivel inició una serie de operaciones centradas en atacar las bases costeras británicas y complicar las acciones de la Marina Real, buscando desviar fuerzas y crear oportunidades para que las propias fuerzas alemana ganaran iniciativa en el Mar del Norte. En esa etapa se convirtió en una figura que generó debate por su aproximación de combate y por sus críticas a la prudencia de algunos mandos de menor peso estratégico, a quienes consideraba demasiado conservadores para aprovechar los momentos de debilidad británica.

Entre los episodios de esa época, destacan las incursiones de castigo contra objetivos en la costa británica, así como la reacción ante la pérdida de buques decisivos, como el escuadrón de saque de la flota enemiga. En el curso de estas operaciones, Scheer asistió a cambios en la cadena de mando: el almirante Friedrich von Ingenohl fue relevado después de una serie de fracasos relativos y decisiones que generaron críticas, lo que llevó a la sustitución por Hugo von Pohl. A partir de ese momento, la conducción de la Gran Flota quedó bajo un nuevo tenor de prudencia táctica que, desde la óptica de Scheer, mostró limitaciones para generar resultados decisivos ante la potencia británica. Las acciones se enmarcaron también en la experiencia de combate contra episodios de bombardeo costero que marcaron la percepción pública de la guerra en el frente europeo y de la capacidad de la flota alemana para imponer una narrativa de superioridad o, al menos, de disuasión.

La crisis de 1915 se hizo evidente tras la pérdida del SMS Blücher en la Batalla del Banco Dogger Bank, un atropellamiento que provocó la destitución de Von Ingenohl a principios de 1915. Su sustituto, Von Pohl, optó por un curso de acción más conservador, limitado a operaciones cercanas y dentro de radio de acción cercano a Heligoland. En ese marco, Scheer mantuvo la línea de mando de la flota de batalla, manteniendo su criterio sobre la necesidad de movimientos y maniobras audaces cuando existiesen condiciones favorables, aunque la realidad de la guerra submarina y la presión británica requería respuestas que el propio Konzt fue insuficiente para sostener a largo plazo. Este periodo está marcado por la evolución de su visión de cómo la flota podría responder a la superioridad tecnológica y numérica de la Royal Navy, y por su papel en la evaluación de riesgos y oportunidades en medio de un entorno bélico cada vez más dinámico.

Mando de la Flota de Alta Mar

El 18 de enero de 1916, Scheer fue designado Comandante de la Flota de Alta Mar, reemplazando a un superior aquejado por la salud. En cuanto asumió la jefatura, dejó claro que la estrategia debía apoyarse en una doctrina que combinara presión sostenida con capacidad de respuesta ante la Gran Flota británica. En ese contexto, elaboró un conjunto de principios para la guerra marítima en el Norte, que proponían que la Gran Flota británica sería mantenida en vigilancia mediante un uso expandido de submarinos, incursiones con dirigibles y salidas coordinadas de la flota de superficie. El objetivo declarado era obligar a la Royal Navy a abandonar su carta de bloqueo a distancia y a buscar enfrentamientos directos, favoreciendo a la flota alemana para una batalla decisiva. El Káiser dio su visto bueno al plan en febrero de 1916, lo que permitió a Scheer emplear la flota con una mayor autonomía en la ejecución de operaciones de alto impacto.

La campaña submarina sin restricciones que el Kaiser autorizó en 1916 cambió el ritmo de la confrontación. En cuanto Guillermo II levantó la prohibición, Scheer ordenó el regreso de los submarinos que operaban en el Atlántico y detuvo sus ataques al comercio, con el propósito de reorientar los esfuerzos hacia el apoyo directo de la flota de alta mar y la posibilidad de destruir buques británicos durante salidas estratégicas. Esta maniobra buscaba convertir a los sumergibles en un instrumento para desestabilizar la movilidad de las fuerzas británicas que se atrevían a irrumpir en sus propias bases, aprovechando que la inteligencia británica había descifrado gran parte de las comunicaciones alemanas. El plan pretendía concentrar la fuerza submarina para interceptar a la Gran Flota en salidas tácticas, mientras la propia flota de alta mar se movía para forzar un combate decisivo. El desarrollo de estas ideas se vio condicionado por una serie de retrasos técnicos, como las reparaciones del Seydlitz y las dificultades de condensadores de varios acorazados, lo que retrasó las operaciones planificadas. Aun así, la iniciativa de Scheer marcó un rumbo más agresivo para la estrategia naval alemana.

En abril de 1916, el emperador ordenó la suspensión de la guerra submarina sin restricciones, lo que obligó a revisar las tácticas. Sin desbordarse de optimismo, Scheer mantuvo el objetivo de desestabilizar la morfología de la Gran Flota británica mediante una combinación de tácticas ofensivas y ataques coordinados en superficie. Paralelamente, continuó persiguiendo la idea de forzar a Beatty a moverse y a exponer al escuadrón de cruceros de batalla del almirante Hipper a una posición que permitiera la acción decisiva de la flota alemana. En ese marco, la flota alemana buscó romper el borde del bloqueo y provocar un encuentro donde sus buques más poderosos pudieran adscribirse a la vanguardia del combate.

Los combates de la primavera y el verano de 1916 culminaron en la batalla de Jutlandia, una confrontación épica que, pese a ciertas victorias tácticas iniciales de la flota de Hipper, se resolvió en un contexto en el que la superioridad numérica británica y la eficiente inteligencia lograron modular el desenlace. Scheer defendió la táctica de cruzar la T para elevar la efectividad de la artillería alemana y, cuando Jellicoe movió sus fuerzas para cortar el avance, respondió con maniobras que buscaron mantener la iniciativa. Aunque la batalla dejó pérdidas significativas para la flota alemana, también demostró la capacidad de coordinación entre la flota de alta mar y los cruceros de batalla que acompañaban a Hipper en el entorno operativo. Al concluir la confrontación, Scheer ordenó regresar la flota a los puertos de Wilhelmshaven para realizar reparaciones y reorganización, mientras la presión británica continuaba en ascenso en la primavera siguiente.

La experiencia de aquella campaña llevó a una autocrítica sobre la necesidad de redefinir las prioridades de la flota. En sus evaluaciones, Scheer sostuvo que la Gran Flota británica debía enfrentarse a una presión constante que induciría su agotamiento, y para ello impulsó un giro estratégico que buscaba aumentar las salidas de submarinos y la presencia de la flota en áreas clave del Atlántico y el Norte. Simultáneamente, promovió que los buques más modernos de la flota impidieran a los británicos mantener un bloqueo efectivo y obligaran a las bases enemigas a responder a la presión alemana. Esta línea de acción, que fue objeto de debate entre historiadores, dejó claro que Scheer pretendía que la flota pase de ser una fuerza de defensa a un actor capaz de provocar desequilibrios en el frente oceánico.

En el terreno práctico, la planificación de operaciones conjuntas con Hipper se convirtió en un componente central de su estrategia. Bajo su dirección, la flota de alta mar pasó a coordinarse con la de cruceros de batalla para enfrentarse a la Gran Flota británica en condiciones que pudieran favorecer a los alemanes. A la vez, su personal se centró en optimizar la logística y la disponibilidad de armamento, con especial atención a la artillería y a la disponibilidad de combustible. Aunque se registraron momentos de tensión entre las aspiraciones de Scheer y las limitaciones de la realidad operativa, su enfoque dejó una impronta en la forma en que la Marina Imperial planificaba sus campañas en el Norte y el Atlántico.

Jefe del Estado Mayor Naval

En junio de 1918, Scheer recibió la noticia de que la salud del almirante Von Holtzendorff no le permitiría continuar en su cargo por mucho tiempo, y a finales de julio se confirmó que Von Holtzendorff había presentado su renuncia al Káiser. Dos semanas después, el 11 de agosto, Scheer fue promovido a Jefe del Estado Mayor Naval, asumiendo la máxima responsabilidad estratégica de la Marina Imperial y dejando a Franz von Hipper al frente de la Flota de Alta Mar. Con este cambio, Scheer asumió una posición que le permitía influir decisivamente en la planificación de campañas y en la coordinación entre las distintas ramas de la fuerza naval. Bajo su mando, la cooperación entre los mandos de superficie y submarinos se convirtió en un eje central de la estrategia de guerra.

En el transcurso de ese año, Scheer sostuvo encuentros con Paul von Hindenburg y Erich Ludendorff para debatir la marcha de la guerra y explorar opciones que pudieran abrir una salida favorable para el esfuerzo alemán. La conclusión compartida por los tres fue que una campaña intensa de submarinos era la única vía real para aspirar a un desenlace favorable frente a un enemigo que ya mostraba una capacidad de aguante y un poder superior en el frente terrestre. En este marco, Scheer impulsó un programa de expansión de la flota submarina: el objetivo era incrementar sustancialmente la producción, con metas que superaban los 16 sumergibles mensuales hacia el último tramo de 1918 y aspiraban a alcanzar 30 unidades mensuales en el tercer trimestre de 1919, con un total proyectado que oscilaba entre 376 y 450 submarinos. La magnitud de estas cifras dio lugar a debates entre historiadores, algunos de los cuales han interpretado este plan como una táctica de propaganda destinada a reforzar la moral interna y la percepción internacional de la determinación alemana, incluso cuando las condiciones logísticas y estratégicas no siempre acompañaban la promesa.

Además, el ámbito de acción de Scheer se expandía hacia la planificación de operaciones de alto riesgo que involucraban la posibilidad de enfrentamientos directos con la Gran Flota británica. El plan maestro de octubre de 1918 contemplaba un último intento que combinara ataques coordinados desde Flandes y desde el estuario del Támesis, con el apoyo de cinco cruceros de batalla para asegurar el despliegue de la flota en las proximidades de las costas holandesas y el paso de los grandes acorazados. Sin embargo, el avance de los acontecimientos, el desgaste de la tripulación y la creciente presión de la insurrección en Kiel obligaron a cancelar la operación y a disolver las formaciones de la Flota de Alta Mar para evitar un colapso general. En esas semanas finales, Scheer y su equipo debieron aceptar que la guerra ya no podía responder con victorias rápidas, y que las limitaciones estratégicas de la Marina Imperial eran cada vez más determinantes para el curso del conflicto.

La dispersión de las divisiones y las tensiones entre mandos fueron señales de un proceso de descomposición que acompañó al desenlace de la contienda. En ese marco, Scheer enfrentó decisiones difíciles respecto de la utilización de la flota de superficie frente a una Gran Flota británica que parecía inalcanzable para una Alemania que ya enfrentaba un agotamiento evidente. A lo largo de las últimas semanas de la guerra, el plan submarino constituyó la pieza central de su propuesta, mientras que las operaciones de superfície se volvieron más contenidas y, en la práctica, menos decisivas. El resultado dejó un legado ambiguo: un comandante que apostó por una estrategia de ruptura submarina para intentar forzar un desenlace favorable, frente a una realidad aerodinámica y logística que dificultaba sostener una confrontación prolongada en el Atlántico y el Norte.

Con la retirada de Alemania y la consiguiente desintegración de su aparato militar, Scheer cerró un capítulo de su carrera a finales de 1918, habiendo dejado una marca compleja en la historia naval mundial. Aun cuando sus opiniones sobre la guerra submarina sin restricciones se mantuvieron como un tema de debate entre historiadores, no se puede negar que impulsó una visión de la flota como una fuerza capaz de desafiar la superioridad británica mediante la coordinación entre submarinos y buques de alto rendimiento, una propuesta que en su época resultó audaz y, para muchos, discutible.

Últimos años y fallecimiento

Tras la contienda, Scheer volcó su experiencia en la memoria de la guerra: en 1919 publicó sus memorias, ofreciendo una lectura de los hechos desde la óptica de un oficial que vivió en primera línea la transformación de la guerra naval. En 1920 sufrió un duro golpe cuando unos intrusos irrumpieron en su domicilio y asesinaron a su esposa Emilie y a su criada, dejando a su hija Else gravemente herida; el asaltante se quitó la vida en el sótano. Este suceso marcó un punto de inflexión personal, y el almirante se retiró de la vida pública para buscar la tranquilidad que la soledad parecía imponerle. En ese periodo, Scheer escribió su autobiografía, titulada Vom Segelschiff zum U-Boot, publicada en 1925, en la que reconstruyó su experiencia vital y profesional desde la mirada de un hombre que había viajado entre el mundo de la vela y la era de los sumergibles.

El año 1928 trajo un desenlace inesperado: Scheer falleció en la localidad de Marktredwitz, a la edad de 65 años, y recibió sepultura en el cementerio municipal de Weimar. Su memoria fue honrada años después con la botadura en 1933 de un crucero pesado de la Reichsmarine que llevó su nombre, un gesto de reconocimiento que vinculó su figura a la continuidad de la tradición navatera alemana y a la historia de una época en la que la Marina buscaba mantener su estatus en un escenario internacional cada vez más complejo. En aquella ceremonia, fue amadrinado por su propia hija, Marianne, en un acto de homenaje que cerró un ciclo de vida extraordinario y contradictorio, marcado por la disciplina, la ambición y la pugna entre la realidad de la guerra y la aspiración de la grandeza. Su tumba y su lápida conservaron hasta hoy un testimonio de que, más allá de las controversias, Reinhard Scheer dejó una huella indeleble en la genealogía de la defensa naval alemana.