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Santiago Ontañón

Nombre completo Santiago Ontañón Fernández
Descripción Escenógrafo y actor español
Fecha de nacimiento 30-11-1902
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 26-08-1989
Nacionalidad España
Ocupaciones escenógrafo, dramaturgo, actor, director de cine
Idiomas español
HermanosSara Ontañón Fernández
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Santiago Ontañón Fernández nació en Santander a comienzos del siglo XX y cruzó su vida entre escenarios, pinceles y cámaras. Su trayectoria, ligada a la Generación del 27, dejó huella tanto en el teatro como en el cine, y se extendió más allá de España durante los años de exilio. Su obra abarcó decorados, vestuario, ilustración y escritura, y su figura se convirtió en un puente entre varias épocas y tradiciones artísticas del mundo hispano. Este recorrido busca presentar una visión renovada de su vida, sin perder el pulso de los hechos que la alimentaron.

Santiago Ontañón — Imagen principal

Santiago Ontañón Fernández nació en Santander a comienzos del siglo XX y cruzó su vida entre escenarios, pinceles y cámaras. Su trayectoria, ligada a la Generación del 27, dejó huella tanto en el teatro como en el cine, y se extendió más allá de España durante los años de exilio. Su obra abarcó decorados, vestuario, ilustración y escritura, y su figura se convirtió en un puente entre varias épocas y tradiciones artísticas del mundo hispano. Este recorrido busca presentar una visión renovada de su vida, sin perder el pulso de los hechos que la alimentaron.

Biografía y obra

De origen burgués y cantábrico, Santiago Ontañón Fernández fue el único hijo varón de una familia que se trasladó a Madrid cuando él era todavía un joven. Su entorno familiar incluyó a su hermana, conocida en la industria cinematográfica como Sara Ontañón, y esos años de capital le permitieron acercarse a los círculos culturales que florecían en la capital. En los primeros tiempos, su vida social giró en torno a las tertulias del afamado café Granja El Henar y a otros lugares emblemáticos de la ciudad, donde conoció a círculos de artistas y literatos. Fue en ese contexto donde participó en el estreno de una obra temprana de Federico García Lorca, en el Teatrio de Arte, un espectáculo que marcó la integración de Ontañón en el mundo teatral y que sería recordado como una experiencia formativa. Allí entró en contacto con figuras destacadas como Gregorio Martínez Sierra, que promovía este tipo de proyectos y le dio la oportunidad de introducirse en la escena teatral española.

La década de 1920 llevó al joven artista a buscar horizontes en el extranjero y, en París, encontró formas de ganarse la vida como dibujante e ilustrador de revistas. En esa ciudad nacieron sus primeros acercamientos serios a la escenografía: para el ballet de Borís Kaniasev, en el escenario del Gaieté Lyrique, Ontañón ideó su primer montaje escénico. Simultáneamente, colaboró de manera habitual con publicaciones culturales como la Revista de Occidente, la Esfera y Nuevo Mundo, nutriéndose de las corrientes vanguardistas de la década. A su regreso a Madrid, su experiencia en la capital francesa le permitió debutar como escenógrafo para el Teatro Lírico Nacional, con dos zarzuelas de popularidad creciente: Las golondrinas y La Revoltosa, representadas en el espacio del Teatro Calderón, y más tarde trabajó en la puesta en escena de Usted tiene ojos de mujer fatal, pieza de Jardiel Poncela, consolidando su reputación en el ámbito escénico nacional.

Del teatro al cine

En 1929 Ontañón se afianzó como ilustrador de un proyecto notable, el Mío Cid Campeador de Vicente Huidobro, y un año después dio el salto al cine como actor en El embrujo de Sevilla, de Benito Perojo. Sin embargo, su línea definitiva como escenógrafo se consolidó el 8 de marzo de 1933, cuando la compañía de Josefina Díaz estrenó en el Teatro Beatriz de Madrid las Bodas de sangre, bajo una dirección que Federico García Lorca le había confiado personalmente. En este periodo también realizó un boceto en gouache para el decorado del reestreno de El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla, y fue valorado como uno de los mejores escenógrafos de la época en la trayectoria de la Segunda República. Su participación se extendió al proyecto universitario La Barraca, y trabajó en decorados y vestuario de obras como La tierra de Alvargonzález, además de colaborar con revistas y editoriales que difundían la cultura de este periodo convulso. Su nombre se asoció a un movimiento que buscaba incorporar las ideas de la modernidad escénica a las producciones españolas, y su labor se mantuvo en estrecha relación con el teatro de la época.

En los años siguientes, Ontañón participó de manera activa en la producción de cine y teatro, incluyendo su trabajo en la película La traviesa molinera (1934) y su debut como director de cine con Los claveles (1935), adaptación de una zarzuela y con guion de Eusebio Fernández Ardavín. Estos proyectos consolidaron su versatilidad, que ya no solo se limitaba a la exhibición escénica, sino que incluía la concepción de historias a través de la puesta en escena, la iluminación, el vestuario y el diseño de decorados. En esa etapa también participó en el diseño de escenografías para otras producciones y dejó constancia de su talento en el terreno audiovisual que empezaba a cobrar importancia en España.

En la guerra civil

Con el estallido de la guerra civil, Ontañón se encontraba inmerso en la realización de una versión cinematográfica de la novela de Pío Baroja cuando se alistó en la caballería republicana. Su activismo no fue solo militar; María Teresa León lo convocó para trabajar como escenógrafo para las Guerrillas del Teatro del Ejército del Centro y para colaborar con el Teatro de Arte y Propaganda. Entre sus aportes, diseñó la maqueta y los decorados para la obra Numancia, adaptada por Rafael Albertí y estrenada en el Teatro de la Zarzuela, bajo la dirección de León. También creó el vestuario y la escenografía de otras piezas vinculadas al esfuerzo cultural durante la contienda, y participó en la difusión de ideas antifascistas a través de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Su experiencia como diseñador dejó huella en la integración de las ideas de Piscator en España, especialmente al colaborar con aquellas iniciativas teatrales que buscaban acercar el teatro a los ciudadanos durante la lucha.

Paralelamente, Ontañón produjo trabajos para la prensa cultural y para revistas dedicadas a las artes escénicas, aportando ilustraciones y textos que recogían la experiencia de la casa del teatro de guerra y la cultura que emergía de aquel periodo. colaboró con el teatro de guion y con proyectos que buscaban educar y formar al público, manteniendo una presencia creadora pese a las circunstancias adversas. En 1938 participó en la exhibición de una pieza de Vsevolod Vichnivski, conocida como La tragedia optimista, que introdujo en España conceptos del nuevo teatro experimental y aportó un marco teórico a la práctica de Ontañón. En ese mismo tiempo, escribió ensayos y colaboró con revistas como El Mono Azul, ampliando su registro creativo hacia la prosa y el ensayo crítico, además de realizar bocetos y dibujos para proyectos relacionados con la escena de guerra y con la cultura antifascista.

Con la caída de la República, en octubre de 1939 Ontañón protagonizó un episodio clave de su vida: la decisión de buscar refugio político fuera de España, solicitando asilo en la embajada de Chile en Madrid. Formaron parte de ese grupo 17 republicanos, que establecieron un refugio temporal durante dieciocho meses en un ambiente de clandestinidad y solidaridad. En ese periodo crearon una revista titulada Luna, una publicación colectiva que reunió cuentos, críticas, poesía e ilustraciones. En esas páginas Ontañón volvió a demostrar su dominio como dibujante, capaz de realizar obras en blanco y negro y en color, con toques surrealistas que destacaban entre las colaboraciones de sus compañeros. Su contribución fue reconocida por la crítica y por quienes lo rodeaban, que destacaron la originalidad de su labor como ilustrador dentro del proyecto editorial de la noche y el exilio.

En el exilio

La llegada a Santiago de Chile en 1940 marcó un nuevo capítulo para Ontañón, que encontró allí un entorno fértil para continuar su labor creativa. Colaboró con Margarita Xirgu en la fundación de una Escuela de Arte Dramático que, tras su establecimiento en 1941, quedó vinculada al Departamento de Extensión Cultural del Ministerio de Educación chileno. En ese periodo contrajo matrimonio con Nana Bell y, poco después, la pareja se trasladó a Uruguay siguiendo a la artista fuera de su país. Sus mejores escenografías en Argentina nacieron en este periodo de exilio: El adefesio, de Alberti, con puesta en escena de Xirgu en el Teatro Avenida de Buenos Aires, estrenada el 8 de junio de 1944; y La dama del alba, de Alejandro Casona, representada en el mismo escenario el 3 de noviembre de 1944. En ese tiempo se publicó en Buenos Aires un libro de Pedro Antonio de Alarcón dedicado a El sombrero de tres picos y otros cuentos, con prólogo de Rafael Alberti y con ilustraciones de Ontañón. Después de dos años enseñando Escenografía en Perú, regresó a España gracias a un encuentro con Alberto Closas, que lo acercó de nuevo a su tierra.

Durante su estancia en el exterior, Ontañón dejó constancia de su capacidad para construir puentes entre tradiciones teatrales y literarias: colaboró en la escena argentina con diseños de vestuario y decorados que combinaban claridad estructural y riqueza estética, y su presencia en Latinoamérica consolidó su reputación como artista capaz de adaptarse a distintos contextos culturales sin perder su voz personal. Este periodo también contribuyó a la expansión de su red de contactos y a la profundización de su visión sobre la relación entre teatro, cine y literatura, una visión que conservaría al regresar a España.

Regreso a España

De vuelta en España, Ontañón se consolidó como un referente para las nuevas generaciones de escenógrafos y figurinistas, participando en un vasto número de proyectos, cerca de setenta y ocho, y mucho más centrados en la creación de decorados y vestuario que en la dirección de actores. Su presencia en el cine español durante las décadas siguientes fue también destacada: amplió su repertorio de roles y escenarios, y su interpretación más célebre quedó fijada en la memoria por su caracterización del personaje académico Corcuera en El verdugo, la obra maestra de Luis García Berlanga. Este personaje le permitió mostrar su talento como actor de reparto y su capacidad para dotar de humor y humanidad a un papel secundario, sin perder la precisión técnica que siempre lo acompañó. A lo largo de los años sesenta y setenta participó en títulos como Búsqueme a esa chica, de Fernando Palacios; La tulipe noire, de Christian-Jaque; De cuerpo presente, y otros dramas internacionales adaptados al cine español, así como en producciones que mezclaban comedia, suspense y cine de autor. Entre sus colaboraciones destacan títulos como Tres perros locos, locos, locos, El arte de no casarse, y Casa Manchada, además de cintas de Pedro Lazaga y Fernando Fernán Gómez, que confirmaron su estatura como figura versátil de la escena cinematográfica española. A menudo se hizo llamar el Gordo Ontañón, por su presencia imponente y su mirada generosa hacia sus colegas. Quien lo trató lo describió como alguien leal, inteligente y apasionado, capaz de sembrar afecto y amistad dondequiera que trabajara. Su legado abarca la pintura de decorados, el diseño de vestuario y la interpretación, un testimonio de su carácter multidisciplinar. Murió en Madrid, a los 85 años, dejando una memoria vivaz de su labor creativa y su capacidad para enfrentar los cambios de la cultura española con ingenio y sensibilidad. Un año antes había visto la luz su colección de memorias, Unos pocos amigos verdaderos, donde se recogen anécdotas y reflexiones sobre su trayectoria y las personas que acompañaron su vida profesional y personal.

Legado

Entre las instituciones y lugares que atestiguan su influencia, una parte de su obra gráfica y pictórica se conserva en la colección de la biblioteca del Centro Cultural de España en la Embajada de España en Santiago, materia que recuerda su paso por Chile y la huella que dejó allí. La colección cromática y las ilustraciones que adornaron el Café Miraflores de Santiago forman parte de ese legado tangible, testimonios de una época en la que el arte se cruzaba con la vida pública y la solidaridad entre exiliados. Su figura permanece vinculada a un periodo clave de la cultura española en el siglo XX, marcado por la creación constante, la adaptación a nuevos contextos y la voluntad de mantener vivos los hilos de la tradición teatral y cinematográfica a través de la propia experiencia personal.

Vídeo sobre Santiago Ontañón