Ángel Ferrant Vázquez
Información general
| Nombre completo | Ángel Ferrant Vázquez |
|---|---|
| Descripción | Escultor español |
| Fecha de nacimiento | 01-12-1890 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 01-01-1961 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | escultor, artista visual |
| Idiomas | español |
Ángel Ferrant Vázquez, nacido en Madrid a finales del siglo XIX y fallecido a mediados de los sesenta, emergió como una figura clave en la escultura española de vanguardia, estrechamente vinculada al surrealismo y a las propuestas del arte cinético. Su trayectoria, tejida entre talleres, instituciones y proyectos museísticos, buscó desbordar el academicismo de su tiempo a través de obras que fusionan mundo real y objetos, revelando una poética de la materia en movimiento.
Biografía y obra
Hijo del pintor Alejandro Ferrant y Fischermans, Ferrant inició su formación escultórica en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, y luego profundizó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando así como en el taller de un maestro consolidado, Aniceto Marinas. Sus primeros trabajos --entre ellos una pieza emblemática titulada La cuesta de la vida—responden a un realismo académico que, pese a su solidez, ya insinuaba destellos expresivos más osados que el purismo clásico. En el Museo del Prado se conserva esa obra y marca un hito en el inicio de su carrera, reconocida con una segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1910. Próximo a su juventud, viajó a París donde el contacto con el futurismo le abrió una vía de renovación, sin que su obra se identificase plenamente con ese movimiento; sin embargo, la influencia de figuras como Marinetti se hizo notar en su evolución escultórica.
Al obtener por oposición un cargo como profesor de modelado y vaciado, Ferrant fue destinado a la escuela de Artes y Oficios de La Coruña, llevando su obra y su docencia a esa ciudad durante dos años. Posteriormente se trasladó en 1920 a la escuela de la Lonja en Barcelona, residencia que mantuvo hasta 1934. En ese momento su trayectoria dio un giro decisivo al conseguir, por traslado, una plaza de profesor en la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Madrid, lo que marcó su regreso definitivo a la capital y consolidó su papel como docente de referencia en la escena española.
Primeros contactos con las vanguardias
En la ciudad condal Ferrant se acercó a las corrientes del noucentisme y a las manifestaciones vanguardistas que circulaban entre galerías y foros culturales. Este período generó un reconocimiento creciente de su obra, y en 1926 obtuvo el primer premio del Concurso Nacional de Escultura con una pieza titulada La escolar, signo claro de una madurez formal que dialogaba con los lenguajes de la modernidad. Con el apoyo de la Junta de Ampliación de Estudios, en 1927 recibió una beca para viajar a Viena con el fin de renovar los enfoques pedagógicos y, a la vez, nutrirse de nuevas experiencias artísticas. En Barcelona, paralelamente, exhibió en distintas galerías y participó en grupos diversos como la Sociedad de Artistas Ibéricos, el Saló dels Evolucionistes, el Cercle Artístic de Sant Lluc y la Asociación de Escultores, además de colaborar con los Amigos de las Artes Nuevas (ADLAN), colectivo afín al surrealismo del que Ferrant fue miembro activo. Durante ese tramo, su investigación se orientó hacia los objetos y el uso de materiales no convencionales, dentro de la estética del objeto hallado, y mantuvo vínculos con figuras como el Alexander Calder, de quien la serie Circo en miniatura formó parte de presentaciones de ADLAN.
La Guerra Civil y la Junta Delegada del Tesoro Artístico
Al estallar la Guerra Civil, Ferrant firmó un manifiesto antifascista que defendía la cultura frente al conflicto y la represión. Poco después se integró a la Junta Delegada de Incautación, Protección y Salvamento del Tesoro Artístico, creada para salvaguardar el patrimonio durante la contienda, donde ocupó un cargo de responsabilidad junto a su hermano, el arquitecto Alejandro Ferrant, y bajo la presidencia de Roberto Fernández Balbuena. Sus funciones incluían, entre otras tareas, gestionar un archivo fotográfico de las obras depositadas por la Junta y coordinar la salvaguarda de piezas clave en un contexto de crisis cultural. En esas fechas, Ferrant desempeñó la dirección accidental del Museo de Arte Moderno cuando el director de ese centro se desplazó a Valencia, y ejerció como presidente de la Sección del Tesoro Artístico del Consejo Central de Archivos, Bibliotecas y Tesoro Artístico, cargos sometidos a la compleja coyuntura institucional de la época.
Entre las anécdotas de aquella etapa figura la intervención para evitar que una torre de la Basílica de San Francisco el Grande albergara un puesto de observación militar, un episodio que, si bien demostró su capacidad operativa, coexistió con rumores y tensiones que terminaron afectando su estabilidad en ciertos momentos. En mayo fue detenido por agentes de la inteligencia militar junto a otros responsables de la Junta, pero las gestiones de Balbuena y del equipo revelaron que las acusaciones respondían más a equívocos que a responsabilidades efectivas. Tras su liberación, el consejo escaló un nivel de cautela y recomponerse ante la nueva realidad que se imponía en Madrid. En la primera mitad de 1938, Ferrant recibió nuevas designaciones, y su papel dentro de la Junta se fue reconfigurando ante cambios ministeriales y de dirección en las instituciones culturales.
El 1 de julio asumió la calidad de vocal de la Junta Delegada, encargándose de las visitas y las incautaciones en la región centro, entre otras tareas de alcance regional. En 1938, tras el nombramiento de Balbuena como delegado de Madrid para la Dirección General de Bellas Artes, Ferrant pasó a presidir la Junta Delegada del Tesoro Artístico en la capital. Sus choques con las líneas oficiales se volvieron frecuentes, y en marzo presentó una renuncia que luego retiró tras oponerse a la expedición de una obra de Rogier van der Weyden hacia Valencia. En abril fue llamado a Barcelona, donde permaneció unos meses, y dejó en Madrid en manos de Matilde López Serrano la responsabilidad operativa de la Junta. A finales de ese año, la reorganización ministerial colocó a Ferrant en un puesto de auxiliar técnico sin funciones ejecutivas, mientras el Consejo Central quedaba reducido a una estructura sin herramientas de gestión propias.
La posguerra
Finalizada la contienda, Ferrant y su hermano enfrentaron denuncias que provenían del ducado de Valencia, cuyas posesiones habían sobrevivido gracias a la labor de la Junta Delegada de Madrid. Bajo esa sombra, presentó un escrito exculpatorio en abril en defensa de sus actuaciones, mientras que en julio otro informe, firmado por Pedro Muguruza, reconocía ante el Tribunal Militar de Funcionarios la labor de la Junta en la conservación del patrimonio. Al cierre del conflicto, Ferrant retomó su agenda creativa y recuperó proyectos artísticos que había dejado a un lado durante la guerra. En ese periodo sobresale la serie de relieves en barro cocido que componen la obra Tauromaquia, creada para el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, que marcó un retorno al figurativismo alejándose de los cánones académicos dominantes.
En 1943 recibió un encargo de los arquitectos Durán de Cottes y López Izquierdo para realizar un conjunto escultórico destinado a la fachada del Teatro Albéniz de Madrid. La tarea consistía en once figuras que operaban como autómatas de madera; cada una se movía a través de un mecanismo que permitía que manos, brazos y troncos se movieran, simularan tocar una guitarra, abanicar o balancearse, un proceso que dejó visibles las huellas de la tecnología en la escultura pública y que se mantuvo en su fachada durante décadas antes de trasladarse a un recinto expositivo. aceptó otros encargos de carácter decorativo, como parte de los relieves de la columna del Descubrimiento en La Rábida, y, paralelamente, volvió a trabajar con objetos hallados —conchas, piedras, palos— que combinó en ensamblajes de una estética de la “expresión inutilitaria”. Estas prácticas apuntalaron su sello singular dentro de la corriente que conjugaba lo utilitario con lo poético de la materia.
En 1948 Ferrant compartió su proyecto con el pintor alemán Mathias Goeritz, enlazando con su visión de la Escuela de Altamira y potenciando el uso de materiales como la piedra o la cerámica para sugerir figuras humanas. De esa colaboración surgió Figuras del mar, libro de textos del alemán y dibujos de Ferrant. Un año después presentó sus móviles, que guardan una clara proximidad con Calder, y contrapuso aquella ligereza dinámica con la serie Estáticas, un conjunto que consolidó su exploración de la armonía entre movimiento y quietud. El reconocimiento internacional llegó en 1960 cuando obtuvo un premio especial de escultura en la XXX Bienal de Venecia, un hito que situó a Ferrant entre las voces más destacadas de la escultura europea de posguerra.
La trayectoria de Ferrant, así descrita, revela a un artista que cultivó la renovación de la forma desde una constante experimentación con materiales, mecanismos y formas. Sus trabajos tempranos, mediados por la experiencia parisina y la inmersión en el ambiente barcelonés, contrapusieron tradición y novedad; su obra posterior, nutrida por interlocutores internacionales, consolidó una voz propia que hizo de la escultura una experiencia tangible, capaz de activar la percepción y desafiar la quietud de la materia.
- La cuesta de la vida —obra de su primera etapa, reconocida en el Prado.
- La escolar —premio nacional que marcó su acercamiento a las corrientes modernas.
- Circo en miniatura —materialización de su vínculo con ADLAN y Calder.
- Tauromaquia —relieves de barro cocido para el Reina Sofía, síntesis de figuración y sentido crítico.
- Figuras del mar —colaboración con Goeritz y apertura de un diálogo entre texto y dibujo.
- Móviles y Estáticas —dos polos de su exploración cinética y de la tensión entre movimiento y quietud.
- Conjunto para el Teatro Albéniz —once figuras automatas en la fachada, fusionando tecnología y escultura pública.
- Relieves de la columna del Descubrimiento en La Rábida —participación en encargos decorativos relevantes de la época.