Diego de Ordás
| Nombre completo | Diego de Ordás |
|---|---|
| Descripción | Explorador español |
| Fecha de nacimiento | 01-01-1480 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 01-01-1532 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | explorador, militar, montañero, soldado, Conquistadores, inventor, viajero |
| Idiomas | español |
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Diego de Ordás, conocido también como Diego de Ordaz o de Ordax, nació hacia 1480 en el concejo de Castroverde de Campos y MARCÓ una época de exploración y combate que lo llevó a recorrer el mundo recién descubierto por los españoles. Su vida, entre campañas militares y rutas oceánicas, se entrelazó con las gestas de la conquista de México y con las desafiantes fronteras entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Su muerte, acontecida en pleno Atlántico durante un regreso a España en 1532, dejó un legado de anécdotas, hornadas de valor y controversias reservadas a los cronistas de su tiempo.
Diego de Ordás, conocido también como Diego de Ordaz o de Ordax, nació hacia 1480 en el concejo de Castroverde de Campos y MARCÓ una época de exploración y combate que lo llevó a recorrer el mundo recién descubierto por los españoles. Su vida, entre campañas militares y rutas oceánicas, se entrelazó con las gestas de la conquista de México y con las desafiantes fronteras entre el Viejo y el Nuevo Mundo. Su muerte, acontecida en pleno Atlántico durante un regreso a España en 1532, dejó un legado de anécdotas, hornadas de valor y controversias reservadas a los cronistas de su tiempo.
Su trayectoria militar
Hijo de Lope de Ordaz e Inés Girón, Ordás arribó a tierras caribeñas a una edad temprana para servir bajo las órdenes de Diego de Velázquez, gobernador de Cuba. Allí participó en las primeras exploraciones que, con Cortés a la cabeza, abrieron el camino hacia lo que sería la Nueva España. En la campaña que conocería la historia como la Conquista de México, se destacó en la batalla de Centla, junto al río Grijalva, defendiendo la causa de Cortés frente a las fuerzas indígenas mayas y abonando el terreno para las campañas subsecuentes. Su desempeño en esos años tempranos dejó constancia de su capacidad para combinar acción y planificación en escenarios de alta complejidad.
Entre las hazañas que le otorgaron un lugar destacado, destaca el primer ascenso europeo al Popocatépetl, hecho que impresionó a los acompañantes y a los pueblos nativos que integraban la expedición de Cortés. Este mérito le valió el reconocimiento del emperador Carlos V, quien, mediante decreto fechado en 1525, le concedió el derecho de portar un escudo de armas con una escena volcánica, como testimonio de su audacia y de su importancia militar. Esta distinción simbólica consolidó su estatus dentro de la nobleza militar de la época.
Participó activamente en la toma de la Gran Tenochtitlán, actuando con el rango de capitán durante el asalto decisivo. Después de la caída azteca, Ordás llevó a cabo tareas de exploración y reconoció territorios que iban desde Oaxaca hasta Veracruz, navegando incluso el curso del río Coatzacoalcos. Sus experiencias en estas tierras fortalecieron su reputación como hombre de acción y de rutas, capaz de orientar a las tropas por geografías desconocidas y desafiantes para la época.
En la correspondencia de la época quedó constancia de su envío a la corte española en 1521 para presentar la narración de la campaña. Con ese informe buscó asegurar para Cortés el título de gobernador y capitán general de Nueva España, un objetivo político que habría de influir en su carrera durante años. A ese periodo se suman los relatos de cronistas que mencionan su particularidad física: era tartamudo, una característica que, según algunos, no menguó su capacidad de liderazgo ni su presencia ante aliados y enemigos. Su relación con una princesa indígena, cedida como muestra de gratitud por interceder ante sus opresores mexicas, añade un matiz humano a su figura, aunque no se sabe si se dieron hijos entre ambos.
De regreso a América
En la década de los años veinte del siglo XVI, Ordás emprendió nuevamente la ruta hacia el continente americano. Su desempeño fue motivo de elogios y de rumores: se le reconocía valentía, pero también se le señalaba por momentos de temeridad. En ese tramo, los cronistas mencionan una expedición organizada por partidarios de Cortés para localizar al capitán Francisco de Medina en Hibueras. Al enterarse, descubrió que Medina había muerto, y, ante la imposibilidad de avanzar y ante la presión de confrontaciones con los mayas, decidió regresar improvisando una retirada estratégica. Esta acción, narrada por historiadores, generó debates sobre su real coraje y sobre la interpretación de sus actos ante la presión de mantener a Cortés informado.
Una vez de vuelta a las filas aliadas, Ordás defendió su versión ante los críticos y sostuvo que no había declarado de manera alguna la muerte de Cortés; atribuyó las acusaciones a Gonzalo de Salazar, quien habría manipulado las cartas para descalificarlo. Aun así, su lealtad hacia Cortés no vaciló y, en 1529, recibió la propiedad del Peñón de los Baños, cercano a la Ciudad de México, como reconocimiento a sus servicios y a su persistente presencia en las campañas que siguieron consolidando el dominio español en la región.
La estadía en la metrópoli le permitió asistir a la segunda boda de Cortés, celebrada en Béjar en 1529. Tras ese evento, Ordás organizó sus asuntos ante las autoridades reales y obtuvo permiso para explorar territorios legendarios como El Dorado, la mítica región que se creía ubicada en el interior del continente. Con esa autorización, emprendió un nuevo viaje que lo llevó, en 1531, hasta Uyapari, lugar que hoy corresponde a las Barrancas del Orinoco, con la finalidad de evaluar y cartografiar los alrededores del gran río venezolano.
Su muerte
Después de continuar alimentando sueños de descubrimientos, Diego de Ordás abandonó definitivamente la obsesión por El Dorado y emprendió el retorno a España, donde la travesía le costó la vida en alta mar en 1532. Sus destinos, marcados por combates y por largas navegaciones, se cerraron en un viaje que unió la búsqueda de riquezas con la enorme incertidumbre de las rutas ultramarinas, dejando un legado de valor y de discusiones entre los cronistas sobre su verdadera personalidad y sus decisiones.
Reconocimientos y legado
En 1952, la historia de Diego de Ordás fue conmemorada en Venezuela con la fundación de Puerto Ordaz, una urbe fluvial situada a la vera del río Orinoco y cercana al río Caroní. Este enclave se erigió como puerto minero y punto estratégico para las exportaciones de la región, estableciendo una relación entre la memoria de un explorador y el desarrollo industrial de la nación. Junto a Puerto Ordaz surgió Ciudad Piar, su ciudad gemela, con el propósito de tejer una red urbana que fortaleciera la actividad minera y logística en la confluencia de los grandes afluentes fluviales.
Con el tiempo, el proyecto urbanístico de Venezuela dio un paso más al gestar Ciudad Guayana en 1961, una ciudad planificada que consolidó la integración de Puerto Ordaz en su centro y que, a la vez, conectó con zonas industriales y residenciales de San Félix y de la zona occidental. Este complejo urbano se convirtió en la mayor aglomeración del suroriente venezolano y en un símbolo de la capacidad de la nación para articular desarrollo económico con memoria histórica. En esa lectura, Ordás se mantiene como figura fundante de una geografía que, más allá de los hechos bélicos, adquiere un lugar de referencia en la memoria regional.
En las artes y la cultura popular
La epopeya de Ordás, especialmente su ascenso al Popocatépetl, ha trascendido el ámbito histórico para inspirar expresiones cinematográficas. La película titulada Epitafio, estrenada en 2015, recoge ese hito y sitúa a Ordás entre las figuras que encarnan la audacia frente a territorios hostiles. La cinta, dirigida por Rubén Ímaz Castro y Yulene Olaizola, sitúa a este personaje en un arco narrativo que fusiona hechos y ficciones, aportando una mirada contemporánea sobre un episodio clave de la conquista y de la interacción entre culturas.
Asimismo, la figura de Diego de Ordás ha resonado en la literatura histórica. Es uno de los protagonistas de la novela titulada Jicoténcal, aparecida en Filadelfia en 1826 y atribuido a Félix Varela y Félix Mejía, con posteriores aportes de Félix Mejía y, en etapas más recientes, de José María Heredia. En estas páginas, su presencia se ha convertido en un espejo de las tensiones entre exploración, dominación y encuentro entre pueblos, permitiendo al lector reflexionar sobre las complejidades de la conquista y sus personajes.