Federico Gravina
| Nombre completo | Federico Gravina |
|---|---|
| Nombre nativo | Federico Carlos Gravina y Nápoli |
| Descripción | Marino y militar español |
| Fecha de nacimiento | 12-08-1756 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 09-05-1806 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | diplomático, oficial naval, marino |
| Grupos | Orden de Santiago |
| Idiomas | español, italiano |
| Hermanos | Pietro Gravina, Gabriele Maria Gravina |
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Federico Carlos Gravina y Nápoli nació en Palermo el 12 de agosto de 1756 y cerró su historia en Cádiz el 9 de marzo de 1806. Fue un marino de origen siciliano que abrazó la ciudadanía española y alcanzó, en el ámbito naval, la cúspide del mando como capitán general de la Real Armada. Su trayectoria fusionó acciones militares con cometidos diplomáticos y un marcado interés por el saber; así quedó grabada su figura en la historia naval de España.
Federico Carlos Gravina y Nápoli nació en Palermo el 12 de agosto de 1756 y cerró su historia en Cádiz el 9 de marzo de 1806. Fue un marino de origen siciliano que abrazó la ciudadanía española y alcanzó, en el ámbito naval, la cúspide del mando como capitán general de la Real Armada. Su trayectoria fusionó acciones militares con cometidos diplomáticos y un marcado interés por el saber; así quedó grabada su figura en la historia naval de España.
Familia
La estirpe Gravina formaba parte de la nobleza de Sicilia, fruto de la huella dejada por los normandos que sujetaron la isla. A lo largo de generaciones, los antepasados de Federico exhibieron pruebas de su origen europeo en el transcurso de eventos familiares y ceremonias señoriales. En vida, Federico Gravina fue hijo de Juan Gravina y Moncada, príncipe de Montevago, duque de San Miguel y grande de España de primera clase, y de Doña Leonor Nápoli y Monteaperto, hija del príncipe de Resuttano y también grande de España.
Biografía
Un pariente embajador napolitano en Madrid logró que su sobrino entrara en la Real Armada Española; así Federico Gravina inició su vida marítima como guardiamarina el 18 de diciembre de 1775, tras aprobar una prueba rigurosa. Sus primeros años de formación se forjaron en el Colegio Clementino de Roma, donde recibió una educación sólida que later evolucionaría para sostener su labor profesional.
Pronto ascendió a alférez de fragata y emprendió su primer destino al otro lado del Atlántico, en la costa de Brasil, a bordo de la fragata Santa Clara, donde llevó a cabo una acción decisiva para rendir un fuerte cercano a la isla de Santa Catarina.
En 1777, durante una misión en el estuario del Río de la Plata, su navío varó y la tripulación sufrió un desastre mortal; sin embargo, Gravina logró salvar la vida y salir de la calamidad con algunos sobrevivientes, demostrando paciencia y temple en medio de la adversidad.
De regreso al territorio peninsular en 1778, subió a alférez de navío y tomó el mando del jabeque San Luis, participando en el bloqueo de Gibraltar y en las operaciones contra la defensa británica. Más tarde obtuvo el título de teniente de fragata y asumió la jefatura del apostadero de la bahía de Algeciras; el 4 de abril de 1781, en compañía del jabeque San Antonio, logró la captura de la corbeta británica St Fermin.
Su ascenso continuó gracias a su desempeño en la campaña de Menorca y al asedio al fuerte de San Felipe, destacando en la defensa y en las acciones de asalto. Estas experiencias le valieron el grado de capitán de navío, consolidando su presencia entre los mandos destacados de la Armada.
En 1785 dirigió la flota destinada a operar frente a la costa argelina, enfrentando con tenacidad las provocaciones y logrando desalentar las fuerzas invasoras a base de una vigilancia constante y una acción firme en la defensa de las posesiones españolas.
En 1788 llevó al embajador Yusuf Efendi a Constantinopla; durante su estancia en el Imperio Otomano inició observaciones astronómicas y dejó constancia de sus impresiones en una memoria, iniciando su faceta de estudioso. Poco después recibió el ascenso a brigadier.
En esa época, la muerte de Carlos III supuso un parte de su vida pública: la fragata Paz llevó la noticia del fallecimiento a ultramar, recorriendo el trayecto Cádiz–Cartagena de Indias–La Habana–Cádiz en un tiempo récord, llevando consuelo y señalando el traspaso de una era.
En 1790 se convirtió por primera vez en la cabeza de un navío de gran porte, el Paula, y con esa unidad participó en la evacuación de Orán, asegurando la retirada del Ejército español que abandonaba esas posesiones africanas y se dirigía hacia Cartagena.
Al ser promovido a jefe de escuadra, viajó a Inglaterra para ampliar sus conocimientos de náutica y táctica naval, regresando con reconocimiento y la misión de comandar cuatro navíos en el Mediterráneo, donde desarrolló una intensa labor en la guerra contra la Francia revolucionaria. Su buque insignia sería el San Hermenegildo, una goleta de gran porte que encarnó la modernización de la flota.
En 1796 recibió el rango de teniente general y, tras la firma del Tratado de San Ildefonso, España se sumió a la confrontación con Gran Bretaña. Gravina desempeñó un papel clave como segundo al mando de la escuadra, trabajando junto a José de Mazarredo para enfrentar a las fuerzas británicas y defender los intereses europeos en el mar.
Con el cierre de ese episodio, aceptó la misión de embajador en París y, como él mismo solicitó, podría regresar al servicio naval si la guerra volvía. Este compromiso quedó de relieve cuando la nación volvió a movilizarse ante nuevas hostilidades y Gravina retomar la actividad marina de forma decisiva.
Guerras napoleónicas
Con las hostilidades reavivadas contra Gran Bretaña, Gravina retornó al mando desde Cádiz y asumió la dirección de la flota española. Su estandarte ondeó en el navío Argonauta, de ochenta cañones, el 15 de febrero de 1805, como símbolo de una marina lista para enfrentarse a los nuevos retos.
En esa coyuntura, bajo la dirección de Manuel Godoy, se integró a la escuadra franco-española comandante por Villeneuve para confundir a la Royal Navy y apartar la mayor parte de su poder del Canal de la Mancha, con la intención de facilitar el cruce de 180 000 hombres que Napoleón mantenía en Texel y Boulogne para invadir Inglaterra.
La táctica, en parte, logró su objetivo: Horatio Nelson, al frente de la escuadra británica, se lanzó a perseguir al conjunto aliado sin lograr un encuentro determinante. Sin embargo, la flota combinada terminó enfrentándose en la batalla del Cabo Finisterre, perdiendo las naves Firme y San Rafael. Ante esa derrota, Villeneuve ordenó refugiarse en Cádiz; Napoleón, por su parte, no consiguió desembarcar y las fuerzas francesas fueron recolocadas hacia el interior de Europa, donde muchos de sus componentes participarán en Austerlitz.
En la ciudad gaditana Gravina, junto a otros destacados mandos españoles como Cosme de Churruca y Baltasar Hidalgo de Cisneros, sostuvo intensos debates con los franceses, quienes empujaban a abandonar Cádiz mientras otros proponían esperar ante la llegada de condiciones atmosféricas adversas. La flota española finalmente partió de Cádiz el 20 de octubre de 1805; al día siguiente, Trafalgar selló la derrota de la alianza franco-española frente a la Royal Navy.
Gravina recibió entonces heridas de importancia: perdió un brazo y, a pesar de su dolor, logró conducir su navío, el Príncipe de Asturias, hacia Cádiz. Esa herida, que se convirtió en su sino, terminó por acarrear su fallecimiento meses después, dejando un legado indeleble en la historia naviera de España.
Al finalizar su vida operativa, la Armada le reconoció con la máxima dignidad: fue promovido a capitán general, título que simbolizó la cúspide de la carrera. Sus restos descansan en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, en Cádiz, junto a otros ilustres de la marina española.
Últimos meses de vida
Los últimos años de Gravina estuvieron marcados por el desgaste de sus heridas y el peso de la responsabilidad que había asumido. Aunque su estado de salud empeoró tras Trafalgar, su figura siguió siendo un referente de liderazgo, coraje y dedicación a la causa nacional; su nombre se convirtió en símbolo de la dignidad de la marina española en una época convulsa.