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Félix María Calleja del Rey

Nombre completo Félix María Calleja del Rey
Descripción Sexagésimo virrey del Virreinato de Nueva España
Fecha de nacimiento 01-11-1753
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 24-07-1828
Nacionalidad España
Ocupaciones militar, comandante militar
Idiomas español
EsposasMaría Francisca de la Gándara
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Entre las figuras militares y administrativas que moldearon el final del siglo XVIII y el inicio del XIX, Félix María Calleja del Rey emerge como un estratega disciplinado y un gestor implacable. Nacido en Medina del Campo en 1753, su trayectoria combinó campañas, organización de recursos y una autoridad contundente frente a los movimientos insurgentes. Su paso por Nueva España dejó una impronta duradera en la administración colonial y en la definición del poder real.

Félix María Calleja del Rey — Imagen principal
Firma de Félix María Calleja del Rey

Entre las figuras militares y administrativas que moldearon el final del siglo XVIII y el inicio del XIX, Félix María Calleja del Rey emerge como un estratega disciplinado y un gestor implacable. Nacido en Medina del Campo en 1753, su trayectoria combinó campañas, organización de recursos y una autoridad contundente frente a los movimientos insurgentes. Su paso por Nueva España dejó una impronta duradera en la administración colonial y en la definición del poder real.

Biografía

Primeros años

El nacimiento de Félix María Calleja del Rey tuvo lugar en una localidad de la provincia de Valladolid el 1 de noviembre de 1753, iniciando una vida dedicada al servicio militar. Desde muy joven demostró un talento notable para la cartografía aplicada a la acción bélica, una habilidad que le abriría puertas en campañas lejanas. Ingresó en las filas de las armas cuando era aún joven y pronto destacó en operaciones de reconocimiento estratégico, ganándose el aprecio de superiores por su precisión técnica y su capacidad de análisis.

En el marco de sus primeras misiones, formó parte de la expedición contra Argel de 1775, una empresa compleja que exigía capacidad logística y visión táctica. Más adelante participó en la reconquista de Mahón en 1782, y en ese mismo año se halló involucrado en el asedio a Gibraltar, donde la defensa y la disciplina de las tropas fueron cruciales ante una campaña prolongada. Su actuación en estas operaciones consolidó su reputación como oficial competente, capaz de optimizar recursos en contextos adversos.

En la década final del siglo, Calleja asumió el mando en el Colegio Militar de El Puerto de Santa María, ejerciendo como capitán y director entre 1784 y 1788. Bajo esa responsabilidad, formó a jóvenes oficiales con un sello de rigor y rigor técnico que se reflejaría posteriormente en sus mandos en el extranjero. En 1789, emprendió una nueva etapa al trasladarse a la Nueva España acompañado por el II conde de Revillagigedo, quien ocupaba la dignidad de virrey y le confiaba funciones de creciente responsabilidad.

En sus años en el Virreinato, Calleja ocupó etapas de mando que lo llevaron desde el regimiento de Saboya hasta el regimiento de Puebla, y luego a la jefatura de la brigada de infantería vinculada a la Intendencia de San Luis Potosí. En ese ámbito operó con firmeza para sofocar rebeliones internas y para contener las infiltraciones de filibusteros angloamericanos que amenazaban el extenso territorio tejano. Durante este periodo trabajó bajo las órdenes de un destacado capitán general y fue testigo de la formación de unidades clave para el esfuerzo realista en la colonia.

Entre las fuerzas que acompañaban a Calleja se encontró Ignacio Allende, quien más tarde se convertiría en una figura central de la insurgencia. En ese escenario, Calleja supervisó acciones contra grupos insurgentes, además de lidias con ataques de tribus y poblations de las llanuras. Su gestión de la seguridad y la defensa de los perímetros coloniales dejó una huella en la forma de organizar la economía y la seguridad militar en la región durante los años complicados de la crisis imperial.

Actos contra los insurgentes

Tras un inicio de campaña insurgente exitoso en 1810, el movimiento encabezado por Miguel Hidalgo migró hacia Valladolid, lo que llevó al virrey Venegas a movilizar al brigadier Calleja para brindar apoyo crucial a la capital. En esa coyuntura, las fuerzas insurgentes, a pesar de haber obtenido victorias de alto costo humano y material, comenzaron a sufrir un desgaste decisivo. En la batalla de Aculco, Calleja se enfrentó con las tropas rebeldes y logró derrotarlas de forma contundente, recapitulando deserciones y capturas que minaron la capacidad operativa de la rebelión.

La acción más resonante fue la Batalla de Puente de Calderón, donde las fuerzas realistas infligieron pérdidas considerables a los insurgentes y obligaron a una retirada ordenada hacia el norte. Con la caída de los jefes insurgentes, incluido Hidalgo y Allende, el movimiento prácticamente quedó desmantelado en ese tramo de la lucha. En reconocimiento a su victoria, Calleja recibió el título de conde de Calderón, un honor ligado a su éxito militar y a la consolidación de la autoridad real en la región.

Con la derrota de los insurgentes de mayor envergadura, Calleja logró reconquistar ciudades clave como Guanajuato y, en el inicio de 1811, Guadalajara. Su ejército, al que se sumaban miles de milicianos, representó una columna estable de lealtad a la Corona frente a la insurgencia. Sin embargo, su persona fue objeto de controversia: muchos críticos lo acusaron de brutalidad y de operar con un mando implacable; los relatos insurgentes agigantaron su figura como símbolo de la represión realista. Aun así, su desempeño militar se mantuvo como una pieza central del esfuerzo de supresión.

Virrey de la Nueva España

A raíz del fracaso del sitio de Cuautla y de la consolidación de la resistencia morelista, Calleja regresó a la Ciudad de México y fijó su residencia como centro de coordinación de la respuesta realista. El 28 de enero de 1813 asumió el cargo de jefe político superior en reemplazo de Venegas y tomó posesión el 4 de marzo. Su gestión se caracterizó por una acción rápida para reorganizar el gobierno, sanear la hacienda en bancarrota y reforzar un ejército de combatientes bien equipados y disciplinados.

En su etapa de gobierno reorganizó la recaudación, confiscó bienes de la Inquisición y gestionó un endeudamiento prudente para sostener las operaciones militares. Fue capaz de levantar un ejército poderoso, que llegó a las filas de decenas de miles de soldados y milicianos, además de restablecer el libre comercio y revitalizar el servicio postal, circunstancias que buscaban conectar una Nueva España desorganizada con una economía funcional y una administración eficiente. En paralelo, Morelos siguió liderando campañas en el sur, manteniendo el pulso de la insurgencia y desequilibrando las dinámicas regionales.

En 1814 se celebró un Congreso en Apatzingán que supuso la promulgación de una constitución insurgente, mientras que la llegada del rey Fernando VII trajo de nuevo el marco de la Constitución de Cádiz, descartando temporalmente la normativa vigente de 1812. En ese contexto, Calleja pasó de ser simplemente jefe político a ostentar la investidura de virrey con una autoridad ampliada, abarcando una jurisdicción que cubría grandes extensiones del territorio novohispano. Este periodo marcó un giro en la gobernanza, con la finalidad de consolidar la lealtad a la Corona frente a las aspiraciones independentistas.

La confrontación entre realistas y insurgentes continuó con la ofensiva de Iturbide, quien derrotó a Morelos en las Lomas de Santa María, frente a Valladolid, forzando una dispersión de las fuerzas insurgentes y llevando a la captura de su principal jefe. A ese punto, el conflicto parecía entrar en una nueva fase de reorganización para la Corona, pese a la resistencia de grupos que no cesaban de alzarse ante la autoridad central. Calleja, con su estilo de mando, fue un protagonista decisivo en estos vaivenes del conflicto.

El 22 de diciembre de 1815 la rebelión parecía desvanecerse con la ejecución de Morelos, pero la continuidad del movimiento estuvo salvaguardada por caudillos como Vicente Guerrero y por intervenciones foráneas que, de forma breve, otorgaron nuevas energías a la causa insurgente. En ese marco, la expedición liberal de Xavier Mina aportó un breve impulso, que terminó en derrota. Calleja, sin embargo, se sostuvo como una figura abiertamente decisiva, y su política de endurecimiento dejó huellas que alimentaron resentimientos y ante quienes defendían la legitimidad de la autoridad realista.

El periodo de su gestión como virrey llegó a su fin en 1816, cuando fue relevado del gobierno y regresó a España para enfrentar la reorganización imperial desde la península. Su trayectoria, caracterizada por una combinación de eficiencia administrativa y mano firme en el campo de batalla, dejó una impronta que alimentó el debate sobre los métodos usados para sostener la dominio de la Corona en territorios lejanos de la metrópoli.

Regreso a España

De regreso a la metrópoli en 1818, Calleja recibió reconocimientos que elevaban su estatus entre las órdenes y condecoraciones. Fue distinguido con la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y la Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo, y se le concedió el título de Conde de Calderón como reconocimiento a su trayectoria. En el inicio del reinado de Fernando VII, recibió designaciones para liderar el capitán general de Andalucía y la gobernación de Cádiz en 1819, labor que combinó con otra misión estratégica solicitada por el monarca: la organización de un ejército para recuperar las plazas ultramarinas.

En ese marco, el 2.º Batallón Asturiano, al mando del coronel Rafael del Riego, formó parte del movimiento que tomó Las Cabezas de San Juan (Sevilla) el 1 de enero de 1820, proclamando la jura de Fernando VII a la Constitución de Cádiz de 1812. El intento de contener la oleada liberal encontró serias resistencias, y, pese a los esfuerzos del conde de La Bisbal, no logró detener el impulso del Trienio Liberal que alteró la política en los territorios de ultramar y marcó un giro definitivo en las relaciones entre España y sus colonias americanas.

Con el paso de los meses, Calleja fue hecho prisionero por Riego y permaneció recluido en Mallorca durante la restauración absolutista de 1823. A partir de ese año regresó al servicio activo como capitán general de Valencia, cargo que ocupó hasta su fallecimiento en 1828. Su trayectoria dejó una estela de evaluaciones ambiguas: para unos, un hábil gestor y estratega; para otros, un instrumento de represión que alimentó el descontento popular y el desencanto ante la autoridad colonial.

Legado y memoria

  • Conde de Calderón, título otorgado en reconocimiento a su victoria en batallas decisivas y a su papel en la supresión de la insurgencia.
  • Virrey de la Nueva España, con un mandato que combinó reformas administrativas y reorganización militar ante una crisis de larga duración.
  • Condecoraciones y cargos, que incluyeron la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica, la Gran Cruz de la Orden de San Hermenegildo y la designación como Capitán General de Andalucía y gobernador de Cádiz.
  • Fusiones entre poder militar y político, que marcaron su época y alimentaron debates sobre el equilibrio entre mano dura y legitimidad ante los movimientos independentistas.