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Fernando de Casas Novoa

Nombre completo Fernando de Casas Novoa
Descripción Arquitecto barroco español (¿1670?-1750)
Fecha de nacimiento 30-11-1669
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 25-11-1749
Nacionalidad España
Ocupaciones arquitecto
Idiomas español
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Fernando de Casas Novoa emergió en el Santiago de Compostela del siglo XVII como un arquitecto que, pese a sus orígenes humildes, sería capaz de liderar intervenciones de gran alcance en templos y monasterios. Su trayectoria, gestada entre talleres y canterías, fue tejiéndose con paciencia y una curiosidad formativa que le permitió convertir ideas en obras que definieron el barroco gallego. Su nombre quedaría asociado a un lenguaje constructivo que combinaba rigor técnico y un gusto por la monumentalidad serena.

Fernando de Casas Novoa — Imagen principal

Fernando de Casas Novoa emergió en el Santiago de Compostela del siglo XVII como un arquitecto que, pese a sus orígenes humildes, sería capaz de liderar intervenciones de gran alcance en templos y monasterios. Su trayectoria, gestada entre talleres y canterías, fue tejiéndose con paciencia y una curiosidad formativa que le permitió convertir ideas en obras que definieron el barroco gallego. Su nombre quedaría asociado a un lenguaje constructivo que combinaba rigor técnico y un gusto por la monumentalidad serena.

Biografía

Inicios

Nacido hacia 1670 en una familia de clase trabajadora, su primer contacto con la arquitectura tuvo lugar en Lugo, ciudad en la que trabajó bajo la tutela de Gabriel de Casas en el claustro de la catedral. Cuando aquel maestro falleció, Casas Novoa asumió las responsabilidades de ejecución y dirección de las obras, enfrentando un laborioso aprendizaje práctico que marcaría su estilo. Sus primeros encargos se sustentaron en una estructura de un único nivel destacado, resuelto mediante pares de pilastras decoradas con motivos vegetales que recordaban, de manera insinuada, la tradición de otros maestros de su tiempo.

En aquella etapa inicial dejó entrever un talento para la coordinación de equipos y la interpretación de planos, habilidades que más tarde se convertirían en la base de su oficio como maestro de obras. En el entorno de Lugo, su labor adquirió una singularidad que le permitió ir ganando confianza para proyectos de mayor envergadura y para afrontar, con un mínimo de recursos, soluciones formales que respondieran a un gusto por la sobriedad ornamentada.

La oportunidad decisiva llegó en 1711, cuando fue nombrado maestro de obras de la Catedral de Santiago de Compostela. En ese momento, su función dejó de ser meramente operativa para convertirse en la guía técnica de una intervención que ya tenía una historia detrás. En la capilla del Pilar, heredada de las gestiones de Domingo de Andrade, buscó introducir efectos cromáticos y decorativos que aportaran una lectura novedosa a la estructura existente. Entre las mejoras que ejecutó figura la conexión entre la fachada del claustro y el Tesoro, para lo cual diseñó el Esconce de las Platerías, una solución que conjuga funcionalidad con una inventiva ornamental contenida.

El impulso institucional no tardó en traducirse en nuevos proyectos financiados por la jerarquía eclesial de la época. El arzobispo Monroy le confió varias obras patrocinadas por su prelatura: la iglesia de los dominicos en Betanzos y el colegio de las Huérfanas en la ciudad de Santiago. En Betanzos, destacó un campanario que mostró un manejo audaz de placas decorativas al estilo de la tradición de Simón Rodríguez. En La Coruña, recibió además la responsabilidad de diseñar el conjunto del convento de las Clarisas Capuchinas, ejecutando una propuesta sobria que respondía al espíritu franciscano que aún movía la sensibilidad de la época. En el convento de Belvís, en la misma ciudad, su lenguaje siguió una línea de contención decorativa que resultaba coherente con el estilo general de la etapa. Estas tareas subrayaron su capacidad para adaptar su creatividad a diferentes instituciones religiosas y ambientes técnicos.

Madurez

La emoción creativa de Casas Novoa encontró su foro más rotundo en la capilla de Nuestra Señora de los Ojos Grandes, situada en la catedral de Lugo. En este espacio, la cubrición se apoya en una cúpula que descansa sobre bóvedas laterales, con una policromía abundante y un lenguaje de dorados que domina la escena. Las volutas y un baldaquino confieren al conjunto una presencia teatral sin perder la elegancia de la geometría; se percibe, además, una articulación iconográfica que talla el espacio de forma narrativa y contemplativa. Este conjunto, junto a la capilla y el baldaquino que lo acompaña, configura una de las obras más destacadas del barroco gallego y evidencia un claro desbordamiento de la creatividad que ya no admite límites estrictos.

La continuidad de su obra no se limitó a Lugo. Sus proyectos para el monasterio de Villanueva, en Lorenzana, destacaron por una fachada sobria y una solemnidad contenida que anunciaba la capacidad de integrar líneas modernas con la tradición monástica. En la iglesia jesuita de La Coruña y en la iglesia de San Andrés de Cedeira, en Redondela, dejó constancia de una mano precisa, capaz de ajustar soluciones volumétricas a contextos específicos. También puso atención a la sacristía, al claustro y a la portada principal del monumental monasterio de San Martín Pinario, donde asumió el cargo de maestro de obras del cenobio. Entre sus logros, se cuenta el retablo mayor bifronto de la iglesia benedictina, acompañado por retablos laterales y órganos que, en conjunto, elevaron la experiencia visual y musical de la basílica. En esa sede, además, diseñó la capilla de Nuestra Señora del Rosario, que se integra plenamente con el conjunto arquitectónico y litúrgico.

Culmen

La razón de ser de su influencia se materializó en la monumentalidad de la fachada del Obradoiro, la fachada principal de la Catedral de Santiago de Compostela. Allí, Casas Novoa impulsó un lenguaje decorativo que se apoya en la geometría como eje ordenador, con un perfil ascensional que se eleva de forma continua y una planta cóncava que interactúa con la luz y el paisaje urbano. Su propuesta destaca por una pureza estructural que se sostiene gracias a superficies de piedra bien trabajadas y a un empleo consciente de lucernas y ventanales que permiten una iluminación homogénea y ceremonial. En cuanto a la iconografía, la presencia del Apóstol Santiago, junto con la relación familiar y los discípulos que rodean su figura, se entrelaza con referencias clásistas para presentar una culminación de tipo jacobeo que se percibe como una apoteosis espiritual y estética de primer nivel.

Un trazo definitivo de su trayectoria queda patente en aquella combinación de rigor geométrico y aspiración vertical que define la fachada. Con su lectura, el observador percibe una síntesis entre tradición romana y la energía de la época, que sitúa a Casas Novoa como uno de los arquitectos clave del barroco gallego. Su estilo, marcado por la contención de ornamento y la intención de que la luz cumpla una función expresiva, se convirtió en un referente para generaciones posteriores y dejó un legado que continúa siendo objeto de estudio y admiración.

La muerte y la memoria de este maestro ocurrió en la misma ciudad donde había comenzado su trayectoria, Santiago de Compostela, a finales de noviembre de 1749. No alcanzó a presenciar la conclusión total de su obra cumbre, pero dejó un testimonio inequívoco de su ingenio y de su capacidad para transformar espacios sagrados en experiencias de altura ritual y monumental. A lo largo de su vida, su nombre quedó asociado a intervenciones que supieron equilibrar solemnidad y belleza, y su figura sigue siendo recordada como un pilar del barroco gallego que supo traducir la fe en piedra y luz.

En síntesis, Casas Novoa articuló una carrera centrada en la producción de espacios religiosos de gran impacto visual y estructural. Sus proyectos para catedrales, conventos y monasterios revelan una intuición frente a la escala, al manejo de la ornamentación contenida y a la organización de volúmenes que alcanzan una lectura casi escenográfica. Su obra representa una etapa crucial de la arquitectura española del siglo XVIII, donde la tradición local dialoga con las corrientes europeas, dando como resultado una tipología que sigue siendo referencia para entender la identidad del barroco gallego.