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Francisco de Mora

Nombre completo Francisco de Mora
Descripción Arquitecto español
Fecha de nacimiento 01-01-1553
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 01-01-1610
Nacionalidad España
Ocupaciones arquitecto
Idiomas español
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Francisco de Mora, nacido en Cuenca hacia mediados del siglo XVI y fallecido en Madrid a principios del XVII, se alza como una de las figuras destacadas de la arquitectura española de transición entre el Renacimiento y el inicio del Barroco. Su biografía entrelaza la tradición herreriana con una mirada que anticipa los cambios del siglo XVII, y su influencia se extiende a través de obras civiles y religiosas que marcaron la trayectoria urbana y religiosa de varias ciudades. Su linaje familiar, al ser tío de Juan Gómez de Mora y de Baltasar Porreño, reforzó un círculo de creatividad que dejó huella en la cultura material de la época.

Francisco de Mora — Imagen principal

Francisco de Mora, nacido en Cuenca hacia mediados del siglo XVI y fallecido en Madrid a principios del XVII, se alza como una de las figuras destacadas de la arquitectura española de transición entre el Renacimiento y el inicio del Barroco. Su biografía entrelaza la tradición herreriana con una mirada que anticipa los cambios del siglo XVII, y su influencia se extiende a través de obras civiles y religiosas que marcaron la trayectoria urbana y religiosa de varias ciudades. Su linaje familiar, al ser tío de Juan Gómez de Mora y de Baltasar Porreño, reforzó un círculo de creatividad que dejó huella en la cultura material de la época.

Carrera arquitectónica

Francocis de Mora recibió su formación bajo la tutela de Juan de Herrera, participando en la restauración y ampliación de la fortaleza real de Segovia y, de forma decisiva, colaborando en la gigantesca obra del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Tras la desaparición de su maestro en 1597, asumió la continuidad de estas grandes empresas, añadiendo aportes propios al conjunto, entre los que destacan la galería de Convalecientes y las dependencias para el séquito real, diseños que ya apuntaban a una lectura más sobria y ordenada del espacio interior y exterior.

Gran parte de su carrera se desplegó en la capital, donde llevó a cabo la primera ordenación urbanística de la Plaza del Arrabal, que hoy reconocemos como la Plaza Mayor. Sus intervenciones en el perímetro norte y este del recinto implicaron la desaparición de las antiguas Casas de la Manzana y el surgimiento de soluciones urbanas que consolidaron el carácter cívico de la plaza. En este mismo periodo dejó plasmada la Casa de la Panadería, un edificio que, aunque su ejecución final correspondió a otros, estuvo ligado a su planteamiento conceptual y a la renovación de la escena arquitectónica madrileña.

En 1591 fue nombrado Maestro Mayor de las obras reales y, al año siguiente, asumió el cargo de Maestro Mayor de obras de la Villa de Madrid. Estos cargos lo llevaron a planificar y dirigir reformas significativas, como la remodelación de la fachada meridional del Real Alcázar y la realización de la Iglesia de San Bernabé en El Escorial, un proyecto que combinó la estricta geometría con una expresividad que apuntaba a una lectura más amplia del lenguaje religioso del periodo.

En el ámbito madrileño también dejó constancia de su capacidad para gestionar grandes proyectos e intervenir en edificios de concentración religiosa y administrativa. El Convento de Santa Isabel se erigió en 1596 dentro de la dinámica urbana de la ciudad, partiendo de un edificio anterior asociado a un personaje cercano a la corte. trazó los planos de la capilla del desaparecido Convento de Nuestra Señora de Atocha, proyecto que, tras las transformaciones de siglos posteriores, fue reinterpretado y revalorado en las obras de la Real Basílica. Hacia 1600 intervino también en el Convento de San Felipe el Real, apostando por una lectura revitalizada de la organización estructural de los religiosos madrileños.

Más allá de la capital, su mirada abarcó otros núcleos peninsulares. En Uclés, la iglesia del monasterio homónimo recibió su intervención, culminando la obra hacia 1598 y atrayendo la atención de comisionados que buscaban una continuidad del lenguaje herreriano en contextos distintos al de Madrid. Este periplo por distintas provincias subraya una vocación que no se limitó a la ciudad sino que se proyectó sobre un mosaico de centros religiosos y civiles que requerían una lectura firme de la geometría y la proporción.

Entre las obras que definen su trayectoria, destaca la Villa ducal de Lerma, planificada por encargo del Duque de Lerma. Allí Mora articuló la ciudad alrededor de un palacio fuera de lo común en tamaño y ambición, y estableció un modelo urbanístico que fue tan influyente como perdurable. El palacio, iniciado en 1601 y finalizado en 1617, consolidó un esquema de urbanismo y arquitectura que combinaba la sobriedad clásica con una admirable coherencia formal. en Lerma dejó otros edificios religiosos y civiles que reforzaron la idea de un orden visual que sería emulado a lo largo del siglo siguiente, consolidando así el legado herreriano con ecos barrocos que ya insinuaban un cambio de timón.

Entre sus trabajos más tardíos se cuentan la iglesia del Convento de San José en Ávila, iniciada en 1607, la fachada principal del Hospital de Santiago de Cuenca, trazada hacia 1608, y el nuevo edificio del Convento de las Descalzas Reales en Valladolid. En estos proyectos, Mora consolidó una visión de la arquitectura como marco de experiencia religiosa y social, donde el juego de volúmenes, las cubiertas y las aristas geométricas se articulan para generar una experiencia de espacio profundamente legible y ordenada.

A lo largo de su trayectoria, Mora trabajó con asiduidad junto a su sobrino, Juan Gómez de Mora, con quien compartió muchas iniciativas y, en ocasiones, la atribución de la autoría de determinadas obras. La línea de cooperación entre ambos fue tan estrecha que, en algunos casos, es difícil separar con claridad la intervención de cada uno. Un ejemplo paradigmático es el Palacio de los Consejos o del duque de Uceda, en Madrid, diseñado en 1609, cuya autoría se disputa entre el tío y el sobrino y, para algunos investigadores, podría corresponder a otro arquitecto; de igual modo, otros edificios mencionados quedan vinculados a la colaboración familiar, con el sobrino asumiendo fases finales de ejecución.

Otras obras

  • Convento de Velada (Toledo), de la orden franciscana, cuya traza se inscribe en la línea de la arquitectura conventual de la época.
  • Convento de San Diego, situado en el entorno del Palacio Real de Valladolid, donde se combinan usos religiosos con la presencia de la corte y la vida palatina.

Estilo

La herencia de Juan de Herrera marcó la pauta de su oficio, y así Mora desarrolló un lenguaje marcado por la sobriedad, la desornamentación y una geometría clara. Sus obras revelan un gusto por volúmenes limpios, cubiertas de pizarra y la presencia de torres culminadas en chapiteles que apuntalan la lectura de conjuntos ordenados y estables. En este sentido, la arquitectura herreriana permea ejemplos como la Casa de la Panadería, la Iglesia de San Bernabé y la sede de Lerma, que permite rastrear una continuidad formal entre lo civil y lo religioso, entre el contorno urbano y el edificio aislado.

La Casa de la Panadería—en Madrid— y la Iglesia de San Bernabé (en El Escorial) aparecen como referencias claras de esa línea de continuidad que Mora defendió: una configuración de planta y alzado en la que la simetría y la jerarquía de los órdenes se organizan para producir una lectura serena y contundente del espacio. Igualmente, la intervención en el Monasterio de Uclés y el Palacio Ducal de Lerma ejemplifican la búsqueda de un arquetipo palaciego que se repetiría en múltiples emblemas de la Casa de Austria durante el siglo XVII.

Con el paso de los años, Mora fue distanciándose poco a poco de las pautas herrerianas más rígidas. A partir de 1607, la construcción de la iglesia del Convento de San José en Ávila introduce un esquema novedoso respecto a los cánones clásicos que había defendido Herrera y, en parte, Valladolid. En este enfoque emergen frontones y una disposición de vanos que se desdobla en dos planos, con un pórtico de arcos y un frontón que remata la composición, creando un juego de luces y sombras que anticipa rasgos de la posterior estética barroca.

La fachada del Convento de San José se convirtió en una referencia para la arquitectura de su tiempo, inspirando posteriores soluciones en otros templos y monasterios. Este modo de plantear la fachada, con un frontón sobre un cuerpo coronante y un pórtico frontal de arcos, condicionó, de manera notoria, la evolución de la estética de la Encarnación y de varias construcciones religiosas que siguieron, extendiéndose desde Madrid hasta otras ciudades, aportando un testimonio claro de cómo una idea puede transmitirse a lo largo de un siglo y trasformar la manera en que se conciben las fachadas y las volumetrías religiosas.

Imágenes de Francisco de Mora