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Jaime de Borbón y Borbón-Parma

Nombre completo Jaime de Borbón y Borbón-Parma
Descripción II Duque de Madrid
Fecha de nacimiento 27-06-1870
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 02-10-1931
Nacionalidad España
Ocupaciones militar
Idiomas español
HermanosBlanca de Borbón y Borbón Parma, Alicia de Borbón y Borbón-Parma, Elvira de Borbón y Borbón-Parma
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Jaime de Borbón y Borbón-Parma nació en Vevey el 27 de junio de 1870 y falleció en París el 2 de octubre de 1931. Fue un pretendiente carlista al trono de España, conocido entre sus seguidores como Jaime I (1909–1931). En la tradición de la antigua Corona de Aragón, especialmente entre los seguidores catalanes, también recibió la denominación de Jaime III. Hijo de Carlos María de Borbón y de Margarita de Borbón-Parma, su biografía se inscribe en un entramado dinástico complejo y apasionado que enfrentó a actores de distintas corrientes políticas a comienzos del siglo XX.

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Firma de Jaime de Borbón y Borbón-Parma

Jaime de Borbón y Borbón-Parma nació en Vevey el 27 de junio de 1870 y falleció en París el 2 de octubre de 1931. Fue un pretendiente carlista al trono de España, conocido entre sus seguidores como Jaime I (1909–1931). En la tradición de la antigua Corona de Aragón, especialmente entre los seguidores catalanes, también recibió la denominación de Jaime III. Hijo de Carlos María de Borbón y de Margarita de Borbón-Parma, su biografía se inscribe en un entramado dinástico complejo y apasionado que enfrentó a actores de distintas corrientes políticas a comienzos del siglo XX.

Biografía

Fue el segundo hijo y único varón de la unión entre Carlos de Borbón y Austria-Este y Margarita de Borbón-Parma, lo que lo colocó en la línea de sucesión de la casa borbónica. Durante la contienda carlista conocida como la Tercera Guerra Carlista, acompañó en varias ocasiones a su padre en España, experiencias que marcaron su temprana visión de la legitimidad dinástica y de la identidad tradicionalista que más tarde defendería. Su educación se produjo en instituciones jesuitas situadas en París, en Vaugirard, y también en Beaumont College, ubicado en Inglaterra, donde recibió una formación que fusionaba instrucción clásica y disciplina militar.

Además, se formó en una academia militar de perfil teresiano ubicada en Wiener Neustadt, en Austria, institución que le permitió obtener el rango de oficial en 1893. Ese mismo año emprendió un viaje de gran amplitud que lo llevó hasta la India y, a su regreso, visitó las Filipinas, experiencias que ensanchaban su horizonte y fortalecían su sentido de misión nacional y continental. A lo largo de estas etapas, su vida estuvo marcada por un itinerario de aprendizaje y de pruebas que le haría figura central para los carlistas en los años venideros.

Oficial del Ejército Imperial Ruso

En 1896, el zar Nicolás II lo designó alférez en el Ejército Imperial Ruso, asignándole destino en el Regimiento de Dragones de Loubuy, número 24. Poco después, en diciembre de 1897, fue trasladado al Regimiento de la Guardia Imperial de Húsares de Grodno, y en 1899 integró una comisión militar rusa enviada a las fronteras de Afganistán, Turquestán y Persia, para regresar luego a Varsovia. En esa época, su carrera se distinguía por una pluralidad de escenarios europeos y asiáticos que atestiguaban su experiencia militar a escala internacional.

En 1900 participó en la expedición contra los bóxers en China, formando parte del Estado Mayor del ejército ruso, y recibió condecoraciones por su desempeño en operaciones destacadas en Pekín, en particular en los asaltos a fortificaciones relevantes como Peitang. Posteriormente, intervino en la Guerra Ruso-Japonesa de 1904, donde la conducción de operaciones y la presencia en el frente se volvieron una de sus señas personales.

Participación en la Guerra Ruso-Japonesa y ascenso

Durante la batalla de Liaoyang, el capitán Jaime Borbón permaneció bajo el fuego enemigo durante un periodo de tres días consecutivos, una prueba de su resistencia y su compromiso con la causa de su unidad. En el combate de Vafangón, el general Sámsonov intentó persuadirlo de retirarse ante la artillería japonesa, pero Don Jaime respondió con una arenga de carácter heroico y se lanzó de nuevo hacia las trincheras, impulsando a partir de ese momento la acción de sus tropas. Por estos hechos, fue promovido al rango de comandante de Caballería, reconocimiento que subrayaba su papel destacado en la contienda.

La sucesión carlista y el liderazgo

Con la muerte de su padre, Don Carlos, en 1909, Jaime de Borbón presentó su renuncia al servicio en el ejército ruso. Aunque el zar no aceptó la renuncia, recibió del monarca ruso el nombramiento de coronel de húsares de la Guardia Imperial, y se le autorizó a abandonar Rusia. Ese año asumió formalmente la responsabilidad de la jefatura de la casa de Borbón y, en consecuencia, quedó al frente del carlismo en España como sucesor delegado, convocando a Bartolomé Feliú para ejercer la secretaría política. Feliú, a su vez, se trasladó al castillo de Frohsdorf para redactar lo que debiera ser el primer manifiesto de Don Jaime, orientado a responder a la cuestión social y a los regionalismos surgidos en España tras la Cuestión Social de 1897. No obstante, aquel proyecto no llegó a ver la luz y Feliú regresó a Madrid, dejando a Don Jaime con un sentimiento de frustración.

El 4 de noviembre de 1909, en pleno desarrollo de la Guerra de Melilla, Don Jaime emitió un manifiesto dirigido a sus partidarios en el que subrayaba su voluntad de recoger la herencia paterna y mostraba que sólo tras la victoria española en el conflicto podría atarse a otros deberes ineludibles derivados de su nacimiento. Por aquellas palabras, los tradicionalistas le otorgaron una espada de honor, y su liderazgo terminó siendo recordado como la fase del jaimismo, nombre que se impondría a su movimiento.

La etapa de su jefatura se caracterizó por una fuerte antagonía con los grupos lerrouxistas y bizkaitarras, que dieron lugar a episodios de violencia en Cataluña y Vizcaya. En palabras de historiadores, su figura no lograba entusiasmar a todos los componentes de la familia carlista, y existía un entramado de apoyos que hacía diana en quien rodeaba a Vázquez de Mella. En 1912, Don Jaime procedió a destituir a Feliú de su cargo de jefe delegado, agradeciéndole los esfuerzos realizados en la consolidación de numerosos Requetés y Juventudes jaimistas, y ordenó la creación de una Junta Central compuesta por senadores y diputados jaimistas y por todos los jefes regionales, que fue presidida por el marqués de Cerralbo.

Don Jaime se mostró muy afectuoso con los veteranos de la Tercera Guerra Carlista y, en 1913, encabezó un aplec tradicionalista en Lourdes, ocasión en la que se celebró la repatriación de los restos de Rafael Tristany. Ese acto resultó especialmente significativo para los jaimistas catalanes y consolidó la historia de un movimiento que buscaba reconciliar tradición y acción política.

Ante el cisma mellista

Durante la Primera Guerra Mundial, Don Jaime quedó sujeto a arresto domiciliario en el Imperio Austrohúngaro y concretó muy poca comunicación con la dirección carlista en España. En 1919 publicó un manifiesto en el que desacreditó la Junta Central por su línea proalemana y acusó a la prensa jaimista de difundir falsedades sobre sus simpatías prusianas. Esta postura dio lugar a una escisión en el partido protagonizada por los mellistas, que acusaban a Don Jaime de no escuchar a la dirección nacional y de posponer su matrimonio, entre otras cosas. Desde Francia, Don Jaime asumió de forma personal la dirección del movimiento, disolviendo la junta de gobierno y provocando la salida de Vázquez de Mella y de los mellistas del partido y del principal diario jaimista, El Correo Español.

En agosto de 1919 designó a Luis Hernando de Larramendi como secretario político en reemplazo de Pascual Comín, y a finales de noviembre presidió la Junta Magna legitimista de Biarritz, que sentó las bases para la reorganización del movimiento tras el cisma. A partir de entonces, el jaimismo experimentó un reacomodo en el que la continuidad regionalista, la defensa de la identidad y la lealtad a Don Jaime se mantuvieron como columna vertebral, apoyadas por un entramado de diarios que sostuvieron la estructura tradicionalista en diversas regiones.

El 17 de septiembre de 1921 nombró al marqués de Villores como su secretario político, quien enfrentó un periodo de enorme dificultad para la organización, especialmente tras el cierre del principal periódico carlista y la crisis de El Correo Español. Entre el 13 y 16 de octubre de ese año, los seguidores de Don Jaime llevaron a cabo una Asamblea General en Zaragoza, y en 1923 creó la Orden de la Legitimidad Proscrita para premiar a los leales con méritos o servicios a la causa legitimista.

Ante la Dictadura de Primo de Rivera

Con el ascenso de Primo de Rivera y su Directorio militar, Don Jaime recibió el respaldo de muchos tradicionalistas, en particular de sectores barceloneses vinculados a sindicatos libres. Sin embargo, su influencia se vio limitada cuando el régimen sustituyó autoridades locales y provinciales, y la prensa jaimista soportó la censura propia de esa etapa política. Los actos de homenaje a veteranos de la Tercera Guerra Carlista también fueron restringidos, dejando una sensación de fricción entre el movimiento y el nuevo poder.

Ya en 1925, Don Jaime recibió en Niza a los jaimistas que habían viajado a Roma en peregrinación organizada por El Correo Catalán, y les expresó su afecto y su amor por España, Cataluña y Barcelona. En esa misma época defendió la idea de un monárquico federal que respetara la personalidad de las regiones, sin renunciar a una unidad que él imaginaba como un marco común para la nación. A su vez, mantuvo una clara oposición al separatismo, y su postura se mostró dominante frente a las aspiraciones de Francesc Macià. Los carlistas más combativos difundían la idea de que la solución pasaba por la unión dentro de un marco federal, no por la creación de una autonomía que fragmentara la nación.

Las tensiones entre federalismo regional y centralismo permanecieron como tema central, mientras el jaimismo, que buscaba una estrategia de consolidación, recibió aportes de distintas corrientes de la derecha. A finales de la década, Don Jaime mantuvo contactos con Alfonso XIII para explorar una posible reunificación dinástica entre las ramas borbónicas —una iniciativa que se debió enfrentar con reservas e incluso objeciones por parte de sectores carlistas—; sin embargo, la muerte del monarca dejó sin avanzar ese proyecto y dejó a Alfonso Carlos como su sucesor carlista inmediato.

Ante la Segunda República

Con la proclamación de la Segunda República Española en 1931, Don Jaime emitió un manifiesto el 23 de abril en el que delineaba su postura ante la nueva situación política. En ese texto, pidió a los jaimistas que respaldaran las acciones del gobierno provisional en todo lo que estuviera en consonancia con la tradición, para evitar desórdenes. Lamentó la desaparición de la bandera bicolor como emblema nacional y abogó por la unión de todos los tradicionalistas y monarchistas en un gran partido único, promoviendo la idea de un modelo federal para España y proponiendo elecciones constituyentes de carácter plebiscitario, al tiempo que advertía contra el avance comunista y se oponía al separatismo.

La llamada encontró eco especial entre integristas y mellistas, que empezaron a acercar posturas con los jaimistas, de modo que la Comunión Tradicionalista observó un proceso de reintegración de facciones disueltas previamente. Según diversos estudios, algunos integristas se sumarían a la causa carlista incluso antes de la muerte de Don Jaime, fortaleciendo el bloque tradicionalista frente a la defensa de un marco institucional más amplio. Después de su fallecimiento, la jefatura pasaría a su tío Alfonso Carlos, consolidando así la continuidad dinástica de la casa carlista.

Relaciones con el regionalismo y la monarquía

La trayectoria de Don Jaime se vinculó estrechamente con la defensa de una monarquía española de carácter federativo, que reconociera la identidad y la autonomía de distintas comunidades. En sus actos y manifiestos dejó constancia de su voluntad de encauzar las aspiraciones regionalistas dentro de un marco monárquico, sin renunciar a la autoridad simbólica de la Corona. Su pensamiento enfatizó, al mismo tiempo, la defensa de la unidad nacional frente a presiones separatistas y amenazas externas.

Títulos y tratamientos

Por su posición como cabeza de la casa de Borbón y, a la vez, como máximo preregente de la Casa de Borbón a través de la tradición, Jaime ostentó un estatus informal de liderazgo de la cristiada real francesa. Sin embargo, jurídicamente los títulos correspondientes a la dinastía borbónica no tienen plena validez en Francia, y se consideran, en la actualidad, títulos de cortesía o reconocimiento hereditario sin efecto legal reconocible. En ese marco, Don Jaime se presentaba como la autoridad moral de un linaje que reclamaba continuidad histórica, aun cuando la legitimidad ante la realidad política internacional se mantuviera disputada.

Ancestros

La genealogía de Don Jaime se remonta a la dinastía borbónica con ramificaciones en Austria y Parma, entrelazando trayectorias de alta nobleza y tradiciones monárquicas europeas. Su linaje, marcado por alianzas y conflictos dinásticos, se configuró como una familia que, pese a situarse fuera de los cauces institucionales del poder en la España de su época, buscó preservar un marco de legitimidad que, en su visión, debía ser asumido por una monarquía soberana y federal para la nación.

Sucesión

La muerte de Don Jaime dejó divisas claras para la continuidad de la causa carlista: su tío Alfonso Carlos asumió el puesto de pretendiente carlista tras el fallecimiento, convirtiéndose en la figura que heredó la responsabilidad de encauzar la legitimidad dinástica en nombre de la casa. Este traspaso de la autoridad consolidó la línea de sucesión carlista y fijó un nuevo curso para el movimiento tradicionalista en un paisaje político cada vez más convulso.

Vídeo sobre Jaime de Borbón y Borbón-Parma