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Jesús Moncada

Nombre completo Jesús Moncada
Descripción Escritor español
Fecha de nacimiento 01-12-1941
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 13-06-2005
Nacionalidad España
Ocupaciones escritor, traductor, pintor
Idiomas catalán, español, francés
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Jesús Moncada Estruga nació en Mequinenza, un municipio situado a la vera de ríos que confluyen en la meseta de Aragón, y cerró su vida en Barcelona en junio de 2005. Su legado comprende la escritura en lengua catalana, una actividad de traducción ambiciosa y un recorrido artístico que complementó su voz literaria. En estas líneas se entrelazan los hitos más significativos de su trayectoria, desde la niñez junto al Ebro hasta la consolidación de una obra que ha dejado una huella indeleble en la cultura catalana y peninsular. Este retrato busca reunir hechos fundamentales sin perder la singularidad de su voz.

Jesús Moncada — Imagen principal

Jesús Moncada Estruga nació en Mequinenza, un municipio situado a la vera de ríos que confluyen en la meseta de Aragón, y cerró su vida en Barcelona en junio de 2005. Su legado comprende la escritura en lengua catalana, una actividad de traducción ambiciosa y un recorrido artístico que complementó su voz literaria. En estas líneas se entrelazan los hitos más significativos de su trayectoria, desde la niñez junto al Ebro hasta la consolidación de una obra que ha dejado una huella indeleble en la cultura catalana y peninsular. Este retrato busca reunir hechos fundamentales sin perder la singularidad de su voz.

Vida

Infancia y juventud en Mequinenza

Mequinenza fue la cuna de un niño que recibió en casa, desde temprano, una educación amorosa y un estímulo constante para leer, escribir y dibujar. Nacido el 1 de diciembre de 1941, fue el primogénito de José Moncada y María Estruga, una familia cuyo oficio tenía relación con el comercio y, además, con una cooperativa de aceite que compartía con socios. Su hogar, ubicado en la esquina de la calle Zaragoza con el callejón de San Francisco, dejó ecos de historias que el joven Moncada recogía de boca de clientes y transeúntes, un caudal de narraciones que más tarde nutriría su imaginario literario. La infancia transcurrió entre minas cercanas y ríos que marcaban la economía local, y esa frontera entre lo cotidiano y lo mítico sería una señal constante en su obra futura.

La biblioteca familiar fue su primer refugio; allí la curiosidad se convirtió en una brújula, y la curiosidad dio paso a una pasión por la escritura y el dibujo que no abandonó a lo largo de los años. En aquellos años de juegos junto al río Ebro, Moncada fue forjando un vínculo intenso con la memoria colectiva de su entorno. Esa memoria, lejos de ser un simple recuerdo, terminó convirtiéndose en el motor de su oficio literario. El paisaje de Mequinenza y sus imágenes vivas se desvelaron como recursos narrativos que reaparecieron de modo recurrente en sus relatos.

La vida cotidiana de la comarca, con su economía basada en el mundo ribereño y las dinámicas sociales que giraban en torno al castillo y a la cuenca minera, fue un laboratorio informal donde el joven Moncada ensayó ritmos y modulaciones del habla que luego intentó conservar en la lengua catalana de su época. La fascinación por el río y la permanencia de ese ecosistema le harían caminar hacia un aprendizaje constante, que incluyó la observación de la vida de calafates y navegantes cuando los embalses amenazaron la región. La experiencia de escuchar y conversar con trabajadores del campo y del agua dejó un léxico y una atmósfera que aparecerían de manera destacada en sus textos posteriores.

Zaragoza y retorno a Mequinenza

La educación formativa llevó a Moncada a un internado laico en Zaragoza, elegido por sus maestros como un entorno más liberal que las opciones religiosas de Lérida. En la capital maña estudió en un colegio fundado por el círculo intelectual vinculado a figuras como José Antonio Labordeta y Miguel Labordeta, un lugar que premió ya en su adolescencia su capacidad literaria con el reconocimiento a una recreación de una leyenda local titulada Memorias de infancia y juventud. Allí, entre años 1953 y 1958, cursó la educación secundaria y preparó el camino hacia la licenciatura en Magisterio. El entorno urbano y las corrientes culturales de Zaragoza proporcionaron a Moncada un primer marco de referencia para su escritura, marcado por un tono de observación y por una curiosidad que se volcaría más tarde en cuentos y relatos imbuidos de realismo y memoria.

La práctica docente temprana mostró, de entrada, que la vocación no residía simplemente en enseñar, sino en crear. Al terminar la carrera con un premio extraordinario, imaginó iniciar su andadura profesional como maestro en Mequinenza; sin embargo, la edad le impidió obtener una plaza oficial. No obstante, trabajó como ayudante de maestro en un primer momento y, más adelante, al superar las oposiciones, experimentó la tentación de renunciar a la plaza de su procedencia para completar tareas docentes en Zaragoza. Tras un servicio militar cumplido, regresó a Mequinenza decidido a explorar otros caminos creativos, consciente de que el interés que lo dominaba era la pintura y la escritura. Este periodo de transición fue crucial para entender su posterior decisión de priorizar la creación.

Traslado a Barcelona

La decisión de trasladarse a Barcelona en septiembre de 1966 se hizo a partir de un consejo de Edmon Vallés y Perdrix, historiador y traductor de origen mequinenzano, con la esperanza de que la ciudad impulsara su dedicación a la pintura y a la literatura. Los primeros tiempos en la capital catalana resultaron duros: la posibilidad de entrar en un proyecto editorial se desvaneció y Moncada quedó sin empleo, lejos de su familia y en un entorno ajeno. La contingencia inicial convirtió la etapa de los comienzos en una prueba de resistencia.

El choque entre oficio artístico y realidad cotidiana se manifestó en el primer año, durante el cual trabajó en el taller de un pintor local de Mequinenza, Santiago Estruga, para sostenerse. Dividían el día en dos fracciones: por la mañana producían pintura utilitaria y, por la tarde, abordaban el tipo de pintura con el que realmente querían experimentar. Al terminar, Montcada encontraba tiempo para profundizar en el grabado en la Escuela de Artes del Libro, afianzando así una doble identidad artística que confluiría con su tarea literaria.

La oportunidad editorial llega gracias a Vallés. Un año más tarde, la llegada de Moncada a Montaner y Simón Editores abrió una vía para su trayectoria: la empresa buscaba a alguien que revisara la traducción de una enciclopedia juvenil vinculada a Mondadori. Fue Pere Calders quien lo contrató para liderar ese trabajo, justo cuando él empezaba a darle forma a su primera producción en catalán: «Joc de Caps», su primer cuento en ese idioma. Calders, que había regresado recientemente del exilio en México, se convirtió en un mentor y en un motor de inspiración para Moncada. En esas jornadas nocturnas junto a la editorial, la conversación con Calders consolidó el modo de escribir de Moncada.

El entorno de trabajo y la red de apoyos fue decisivo: el equipo de Montaner y Simón, junto con lectores y críticos que pasaban por la editorial, ofrecían un clima de aprendizaje constante. Tras horas de trabajo, ambos acudían al Ateneu Barcelonés para conversar sobre literatura y perfeccionar su catalán, y Calders le corregía la ortografía mientras lo estimulaba a explorar resonancias específicas del habla de Mequinenza. Este aprendizaje, acompañado de amistades literarias, fue determinante para el desarrollo de su voz.

Madurez

La realidad del proceso creativo obligó a Moncada a decidir entre la pintura y la literatura cuando el ritmo de su producción resultaba incompatible con la exigencia de su oficio pictórico. Impulsado por los premios acumulados y por la publicación de su primer libro, la editorial Magrana reunió diecisiete relatos bajo un título que marcó su primera gran entrega, Històries de la mà esquerra i altres narracions. Aquel volumen le permitió consolidarse como narrador y abrir paso a nuevas líneas narrativas. La publicación supuso un giro definitivo hacia la escritura en detrimento de la pintura.

El segundo libro de cuentos llegó poco después, con la obra El Café de la Rana, que confirmó su estilo sobrio, atento a las particularidades del habla y a la vida cotidiana de la gente común. A partir de ese momento, Moncada empezó a recibir un caudal de reconocimiento que, pese a la modestia de su ambiente, se fue enriqueciendo gracias a la crítica y a la traducción de su obra a otros formatos y lenguas. La madurez creativa se volvió una constante en su trayectoria.

La época de Montaner y Simón dejó una impronta especial: trabajó junto a grandes figuras como Pere Calders y Josep Soler Carnicer, y compartió tertulias con literatos y artistas como Avel·lí Artís Gener "Tísner", Félix Cucurull, Xavier Benguerel y Giménez Botey. En ese entorno fue ganando confianza para asumir proyectos más ambiciosos. En la intimidad de su escritura, surgía ya la idea de una novela que evocaría aquel ambiente, bajo un título provisional: Dante S.L. Desafortunadamente, un cáncer de pulmón interrumpió ese esfuerzo, y Moncada falleció en una clínica barcelonesa el 13 de junio de 2005. Su legado fue trasladado a Mequinenza, donde reposan sus cenizas.

Legado póstumo y reconocimiento local llegó más tarde: el Ayuntamiento de Mequinenza le concedió, el 9 de julio de 2005, el título de hijo predilecto, una distinción que subraya la importancia de su figura para la memoria cultural de la localidad. Esta distinción coronó una trayectoria que, en su conjunto, fusiona memoria regional y proyección literaria.

Obra

Obra literaria

  • Camí de sirga, que en castellano se conoce como Camino de sirga (1988). Este libro se erige como una de las entregas centrales de su narrativa, en la que el paisaje fluvial y la memoria colectiva de su tierra se entrelazan para crear un tejido de voces y escenas evocadoras. La relación entre territorio y memoria es una clave de lectura constante.
  • La galeria de les estàtues (La galería de las estatuas) (1992). En esta obra, Moncada continúa explorando la relación entre lo visible y lo oculto, entre la historia que se exhibe y las vidas que quedan al margen. La construcción de imágenes literarias se apoya en una mirada detenida y precisa.
  • Estremida memòria (Memoria estremecida) (1997). Este título reúne pasajes de memoria que se vuelven testimonio, revelando la fragilidad y la fuerza de los recuerdos frente al paso del tiempo. La memoria se convierte en un terreno donde conviven dolor y belleza.
  • Històries de la mà esquerra i altres narracions (Historias de la mano izquierda) (1981). Recopilación de relatos que muestran la sensibilidad de Moncada por lo cotidiano y lo peculiar de su comarca. La voz de Mequinenza se manifiesta con un tono minucioso y humano.
  • El cafè de la granota (El café de la rana) (1985). Una colección de relatos que enfatizan la intimidad de las vidas simples y las pequeñas tentaciones del día a día. La prosa adopta un pulso ágil y cercano.
  • Calaveres atònites (Calaveras atónitas) (1999). Una edición que reúne piezas con un giro irónico y una mirada aguda sobre la condición humana. El humor y la crítica conviven en atmósferas inquietantes.
  • Riada (Riada) (2000). Narrativa que intensifica el pulso narrativo a través de ritmos de cauce y agua, imágenes que evocan el flujo de la memoria. El agua funciona como metáfora de la vida.
  • Contes (recopilación de sus tres primeros libros de relatos) (2001). Compendio que agrupa piezas tempranas para ofrecer una visión de conjunto de su evolución como cuentista. La selección evidencia una coherencia temática y formal.
  • Cabòries estivals i altres proses volanderes (Cabriolas estivales y otros poemas volanderos) (2003). Muestra diversa de relatos y textos breves que amplían la paleta de su escritura. La experimentación formal se mantiene como rasgo distintivo.
  • Memòries d’una cantant alemanya, de W. Schroeder-Devrient (Memorias de una cantante alemana) —edición de La Magrana, 1988—. Este volumen de traducción catalana amplió el diálogo entre culturas y tradujo un mito lírico al catalán. La labor de traducción consolidó su perfil de transdisciplinaridad.
  • Les proeses d’un jove Don Joan, de Guillaume Apollinaire (Las proezas de un joven Don Juan) —La Magrana, 1988—. Ejemplo de su acercamiento a la poética francesa y su influencia en su propio oficio narrativo. La traducción se convirtió en una vía de aprendizaje lingüístico.
  • Mort als lletjos, de Boris Vian (Muerte a los feos) —La Magrana, 1994—. Una de las múltiples versiones que llevaron a una lectura catalanizada de la prosa satírica y la imaginación de Vian. La traducción buscó conservar el tono crítico y lúdico.
  • Els fills del Capità Grant, de Jules Verne (Los hijos del Capitán Grant) —La Magrana, 1996—. Un título paradigmático de la ciencia y la aventura que encontró en Moncada una voz capaz de dialogar con el lector catalán. La versión catalana hizo honor al espíritu viajero del original.
  • La volta al món en vuitanta dies, de Jules Verne (La vuelta al mundo en ochenta días) —La Magrana, 2000—. Novela de viajes y ingenio que recibió una traducción atenta y precisa. La traducción preservó el ritmo aventurero.
  • La illa misteriosa, de Jules Verne (La isla misteriosa) —La Magrana, 2001—. Otra incursión en el universo verneliano traducida con respeto a su complejidad técnica. La obras de Verne hallaron en Moncada un intérprete cuidadoso.
  • El comte de Montecristo, de Alexandre Dumas (El conde de Montecristo) —La Magrana, 2002—. Título emblématico del siglo XIX que recibió una lectura atenta en catalán. La traducción buscó respetar el registro pionero del texto.

Obra pictórica

Las primeras muestras de su actividad plástica se realizaron en Mequinenza entre 1966 y 1970, momento en el que ya exploraba la relación entre el color y la memoria. A partir de la década siguiente, su pintura viajó por Cataluña: mostró sus trabajos en espacios como L'Abast en Mataró, en las sedes escolares de la UNESCO de Barcelona, en la Botiga de Coses de Vilassar de Mar y en la Caja de Ahorros Laietana de Arenys de Mar. La recepción fue progresiva y, a veces, silenciosa, hasta que la divulgación de su labor plástica adquirió un impulso mayor tras su muerte. En Mequinenza, Tarragona, Lérida, Barbastro y Calatayud se realizaron exposiciones póstumas que revelaron el alcance de su experiencia visual. Hoy, una parte importante de su obra está integrada en el Museo de la Historia de Mequinenza y sus Museos, donde se reserva un espacio dedicado a Moncada. La herencia pictórica se expande como complemento de su itinerario literario.

Obra fotográfica

En 2014, el Museo Etnológico de Barcelona, en colaboración con el Ayuntamiento de Mequinenza, organizó una exposición titulada Mequinensa! Fotografies de Jesús Moncada. Esta muestra ofreció un recorrido por las imágenes que Moncada tomó en el Pueblo Viejo de Mequinenza, antes de que el lugar quedara sumergido por el embalse de la región. Combinando fotografías con pasajes de sus textos, la exposición evidenció la cada vez mayor hibridación entre imagen y palabra en su trayectoria. La propuesta permitió reevaluar su legado a través de la mirada visual.

Comentarios sobre su obra literaria

La escritura de Moncada se caracteriza por su lentitud mesurada y su precisa labor de detalle, rasgos que confluyen con la decisión de abandonar la pintura para centrarse por completo en la labor literaria y en la realización de encargos de traducción para editoriales diversas. Aunque su producción literaria fue estrecha –tres novelas, tres libros de relatos y una recopilación de artículos– su obra ha generado un interés sostenido entre lectores, estudiosos y traductores. La atención académica se ha centrado en aspectos variados: onomástica, léxico, fraseología, uso del catalán, mito y sátira.

La recepción crítica ha mantenido vivo el vínculo entre su estilo y su entorno regional, destacando la capacidad de convertir lo cotidiano en materia de reflexión literaria. Sus textos, profundamente anclados en la memoria colectiva de su lugar de origen, han sido objeto de numerosos análisis en revistas y tesis doctorales, que exploran, entre otros aspectos, la configuración de personajes, la musicalidad de la lengua y la construcción de atmósferas. La literatura de Moncada continúa siendo objeto de estudio y de lectura en diferentes tradiciones.