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José de la Serna

Nombre completo José de la Serna
Descripción Cuadragésimo virrey del Virreinato del Perú
Fecha de nacimiento 28-07-1770
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 06-07-1832
Nacionalidad España
Ocupaciones militar
Idiomas español
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José de la Serna y Martínez de Hinojosa, I conde de los Andes, nació en Jerez de la Frontera el 1 de mayo de 1770 y murió en Cádiz el 6 de julio de 1832. Noble, militar y administrador virreinal, su trayectoria se despliega en un tramo decisivo de la historia hispanoamericana, cuando el dominio español enfrentaba la erosión de sus virreinatos. Su nombre quedó ligado a la última etapa del virreinato del Perú y a los esfuerzos por mantener la autoridad real en un territorio inmerso en la guerra de independencia.

José de la Serna — Imagen principal
Firma de José de la Serna

José de la Serna y Martínez de Hinojosa, I conde de los Andes, nació en Jerez de la Frontera el 1 de mayo de 1770 y murió en Cádiz el 6 de julio de 1832. Noble, militar y administrador virreinal, su trayectoria se despliega en un tramo decisivo de la historia hispanoamericana, cuando el dominio español enfrentaba la erosión de sus virreinatos. Su nombre quedó ligado a la última etapa del virreinato del Perú y a los esfuerzos por mantener la autoridad real en un territorio inmerso en la guerra de independencia.

Carrera militar

Nacido en una familia de tradición militar, inició su formación castrense en 1782, ingresando como cadete en la destacada Academia de Artillería de Segovia, donde forjó las bases de su carrera de artillero. En 1787 recibió la primera promoción como subteniente, y junto a Luis Daoiz consolidó su vínculo con la caballería y la artillería, preparándose para afrontar las frecuentes campañas de la Monarquía.

Con la experiencia temprana llegó la participación en la defensa de Ceuta durante el asedio de 1790, tomando parte en movimientos de salida que desarticularon las capacidades del ejército sitiador y lograron desorganizar a las fuerzas que rodeaban la plaza imperial, obligando a replantear la estrategia del asedio. Esta actuación marcó un primer episodio de resistencia profesional frente a la agresión exterior y fortaleció su prestigio en el seno de la institución militar.

La trayectoria en los mares continuó con su involucramiento en la Guerra del Rosellón y en la campaña de Cataluña frente a la Convención Nacional, en un contexto de emergencia bélica que enfrentaba a la Monarquía con la nueva República Francesa. También formó parte de varias operaciones navales bajo la dirección de la escuadra de José de Mazarredo, participando en la expedición de Brest en 1799. En 1805 recibió el ascenso a teniente coronel y asumió responsabilidades de mando en los cuerpos de artillería, fortaleciendo la capacidad coercitiva de las fuerzas españolas en el mar y en tierra.

Durante las etapas de la Guerra de la Independencia, fue nombrado sargento mayor del segundo Regimiento de Artillería, y tomó parte decisiva en la defensa de Valencia, para luego incorporarse a la defensa de Zaragoza. En aquella ciudad, lideró las compañías de artillería de las plazas pertenecientes a las divisiones enviadas por la Junta Suprema de Valencia para auxiliar a los aragoneses. Su participación vino acompañada de asedios prolongados y acciones de resistencia estructural ante el avance de las fuerzas revolucionarias.

En el asedio de Zaragoza, participó defendiendo posiciones clave como el Convento de San José y la zona de Puerta Quemada; su retirada estuvo marcada por momentos de resistencia desesperada y por el sufrimiento de la prisión cuando cayó en manos enemigas durante el segundo sitio. Fue conducido a Francia, desde donde logró una fuga audaz que lo llevó a salir de territorio enemigo por Austria y finalmente a Salónica, desde donde pudo embarcarse de nuevo hacia España para reincorporarse a la lucha contra las fuerzas napoleónicas.

El ascenso continuó con su promoción a coronel de artillería en 1812, tras lo cual asumió la dirección del tercer Regimiento y, al terminar la Guerra de la Independencia, su figura recibió el alto rango de brigadier, reconocimiento oficial a la capacidad táctica y a la resistencia ejemplar mostrada durante esos años de enfrentamiento prolongado. Su papel en el conflicto interior de la Península reforzó su reputación como un oficial de trayectoria probada y de lealtad a la causa realista.

Guerra de la Independencia Hispanoamericana

Campañas del Alto Perú

En 1815 se desplazó al Virreinato del Perú para desempeñar funciones de oficial en el teatro de operaciones del Alto Perú, una región áspera y estratégica que se convirtió en terreno clave para la contienda entre realistas y patriotas. Su misión consistió en coordinar operaciones y mantener la presión sobre las fuerzas insurgentes que buscaban fraguar una consolidación de la independencia.

A partir de 1816 emprendió una serie de campañas para someter a las guerrillas que habían establecido republiquetas en distintos puntos del territorio altoperuano, regiones que se organizaban de forma autónoma para desafiar a las autoridades virreinales y a las Provincias Unidas del Río de la Plata. Su objetivo era restaurar la autoridad del Rey en la provincia y neutralizar los esfuerzos de los insurgentes que operaban fuera de la órbita de Lima.

La ofensiva avanzó hacia Jujuy y Salta, mientras intentaba abrir camino hacia Tucumán, en un intento de cortar la continuidad de las fuerzas revolucionarias y de reconfigurar líneas logísticas que permitieran un avance definitivo. Enfrentó una resistencia tenaz de los gauchos de Güemes en la frontera norte, que dificultó el avance y obligó a ajustar las metas operativas, a pesar de haber logrado derrotas tácticas previas, como la caída del comandante Juan José Feliciano Fernández Campero en La Puna el 15 de noviembre de 1816.

Sus fuerzas, compuestas por más de siete mil soldados, estaban organizadas en catorce cuerpos de línea, y se apoyaban en dos ramas principales: caballería e infantería. Comprendían unidades como los Húsares del Rey, los Dragones de la Unión de Fernando VII, dos batallones de Granaderos Imperiales, el Granadero de la Guardia y el Cazadores a Caballo, con una dotación logística de mil caballos recién criados, mil mulas y una artillería de veinte cañones para sostener la invasión.

En 1817, el virrey Joaquín de la Pezuela encomendó a De la Serna la tarea de iniciar un nuevo empuje hacia Tucumán desde el Alto Perú, con la esperanza de desviar la atención de las capacidades rebeldes que se aglutinaban desde Mendoza para apoyar la campaña en Chile. Serna se opuso a la maniobra por la carencia absoluta de caballería que perjudicaría las comunicaciones y la logística, y por el desajuste entre el despliegue en el Alto Perú y el estado del ejército en Mendoza. Aun así, obedeció la instrucción de presentar el estandarte real en Buenos Aires, y la operación terminó frustrándose por las limitaciones existentes.

San Martín en el Perú

El desembarco de San Martín en la costa peruana se produjo el 8 de septiembre de 1820 en la bahía de Paracas, tras lo cual el general libertador se instaló en Pisco con sus fuerzas y recibió la aceptación de los patriotas locales. La apertura de una vía para la negociación entre realistas y revolucionarios llevó a la celebración de una reunión en Miraflores a partir del 25 de septiembre de ese año, donde surgieron posiciones encontradas: los patriotas exigían el reconocimiento de la independencia, mientras que España pretendía la sumisión a la Corona y la vigencia de su Constitución de 1812.

La conferencia no prosperó y San Martín envió refuerzos para intentar cercar Lima desde el interior; Álvarez de Arenales partió desde Pisco para organizar una segunda campaña dirigida a la sierra peruana y sumar apoyos, con el objetivo de reducir las defensas de la ciudad. En ese tránsito, dos compañías realistas se pasaron al bando patriota, quedando bajo el mando de Arenales, mientras Lima retrocedía ante las operaciones insurgentes y la presión estratégica de la expedición.

Mando de La Serna en el Perú

La situación en el virreinato llevó a que, ante la ineficacia de la defensa limeña y la creciente debilidad de las tropas realistas, surgiera un cuestionamiento sobre el desempeño de Pezuela y se produjera un pronunciamiento que desembocó en la designación de José de la Serna e Hinojosa como capitán general y jefe político superior del territorio peruano. Esta decisión fue luego ratificada por el gobierno liberal, que buscaba una dirección más resolutiva en medio de la crisis. Más adelante, el gobierno absolutista de Fernando VII también confirmó su nombramiento como virrey en una cinética de legitimidad que se extendió hasta 1824.

La conferencia de Punchauca, celebrada el 2 de junio de 1821 entre San Martín y La Serna, no condujo a un consenso. San Martín defendía la independencia del Perú y su reconocimiento, mientras La Serna sostenía la indivisibilidad de la Corona española, argumentando que la soberanía no podía desbordar los límites monárquicos. El intento de acuerdo, pese a la buena voluntad de ambas partes, no logró superar las diferencias fundamentales sobre el marco político del futuro del país.

La retirada de Lima llegó el 5 de junio de 1821, cuando La Serna informó a los limeños que abandonaba la capital, quedando bajo refugio el general realista José de La Mar en la Fortaleza del Real Felipe, mientras el ejército peruano se replegaba al Cuzco. El 10 de julio, San Martín entró de forma simbólica en Lima, y el 15 de julio se aprobó el Acta de Independencia del Perú en la sesión del cabildo limeño, presidido por Isidro de Cortázar y Abarca. La Serna logró reorganizar fuerzas y mantener la resistencia durante tres años más, afianzando su control en la región cusqueña.

En el Cusco, La Serna promovió la impresión de El Depositario, un periódico que se convirtió en su órgano de propaganda y en un canal para difundir la visión realista de la guerra. Colaboró con figuras literarias de la época, como Gaspar García y Rico, cuyo aporte dio consistencia a la redacción de ese medio. Sin refuerzos significativos desde España, el liderazgo español sostuvo la plaza durante un tiempo más, hasta que las derrotas fueron acumulándose y la presencia patriota se consolidó en la sierra peruana.

La desastrosa derrota de Olañeta y la lucha final llevaron a que La Serna permaneciera en la Cusco y a que el ejército realista fuera derrotado por las fuerzas provenientes de la movilidad patriota. El desenlace decisivo llegó con la batalla de Ayacucho, donde el general Antonio José de Sucre derrotó a las tropas realistas; La Serna resultó herido en numerosas ocasiones (siete heridas graves) y, tras la capitulación de Ayacucho, recibió la libertad solicitada para regresar a España.

Vuelta a España

Convaleciente y ya liberado de sus heridas, emprendió el regreso en enero de 1825 con la fragata francesa Ernestine, partiendo desde Quilca y desembarcando en Burdeos. En tierras europeas afrontó las diligencias judiciales necesarias para justificar su mando en el Perú ante los tribunales militares, y el rey Fernando VII le concedió su reconocimiento por la heroica labor realizada, acompañado de una distinción que selló su figura como un veterano de significado trascendente.

El título de Conde de los Andes fue otorgado en reconocimiento a su trayectoria, como premio a la lealtad mostrada durante los años de conflicto y consolidación de la monarquía en el Nuevo Mundo. Su fallecimiento, a la edad de sesenta y dos años, ocurrió en Cádiz en julio de 1832, rodeado del afecto de camaradas y de quienes compartieron los avatares de la defensa realista en América. Su legado quedó asociado a un periodo de transición, marcado por la resistencia, la disciplina y una memoria de combate que perduró en las crónicas de la época.

  • Formación militar sólida en artillería y experiencia de combate en campañas de gran envergadura.
  • Defensa y asedios clave durante las guerras en la península, con liderazgo en Zaragoza y Valencia.
  • Participación en operaciones navales y campañas en el Atlántico durante las guerras napoleónicas.
  • Oficial político y militar en el Perú, con mando supremo durante la transición de la guerra y la llegada de la independencia.
  • Capacidad de maniobra estratégica ante rebeldías y fuerzas insurgentes en el Altiplano y la sierra peruana.
  • Capitulación y posguerra tras Ayacucho, con regreso a España y reconocimiento real por haber defendido la integridad del Imperio hasta el desenlace.

Imágenes de José de la Serna