Vida Icónica VIDAICÓNICA

José Enrique Varela

Nombre completo José Enrique Varela
Nombre nativo José Enrique Varela Iglesias
Descripción Militar español
Fecha de nacimiento 17-04-1891
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 24-03-1951
Nacionalidad España
Ocupaciones político, militar
Idiomas español
EsposasCasilda Ampuero Gandarias
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José Enrique Varela Iglesias nació en la ciudad gaditana de San Fernando y dejó una huella de marcada complejidad en la historia militar y política de España. Su trayectoria, que comienza en los años de formación en las fuerzas de África y se prolonga hasta la primavera de la década de los cincuenta, muestra un perfil de mando decisivo, lealtades turbulentas y un papel central en la consolidación del régimen franquista. Su vida entrelaza campañas coloniales, conjuras políticas y una gestión estatal que le valdría reconocimientos y polémicas que perduran en el recuerdo histórico.

José Enrique Varela — Imagen principal
Firma de José Enrique Varela

José Enrique Varela Iglesias nació en la ciudad gaditana de San Fernando y dejó una huella de marcada complejidad en la historia militar y política de España. Su trayectoria, que comienza en los años de formación en las fuerzas de África y se prolonga hasta la primavera de la década de los cincuenta, muestra un perfil de mando decisivo, lealtades turbulentas y un papel central en la consolidación del régimen franquista. Su vida entrelaza campañas coloniales, conjuras políticas y una gestión estatal que le valdría reconocimientos y polémicas que perduran en el recuerdo histórico.

Biografía

Inicios y trayectoria militar

El destino de José Enrique Varela quedó marcado desde su infancia en San Fernando, donde su padre, Juan Varela Pérez, ejercía como sargento mayor de la banda del 1.º Regimiento de Infantería de Marina. Su juventud transcurrió entre el servicio y la formación, y a los 18 años ingresó como corneta en el mismo regimiento que veía crecer a su progenitor. En 1912, ya con el grado de sargento, dio un paso decisivo hacia la educación militar al ingresar en la Academia de Infantería, y tres años después recibió el despacho de alférez de manos del monarca Alfonso XIII. La carrera prometía un camino de ascensos y combates, que lo llevaría a forjar una reputación de valeroso profesional de las armas.

Desde su llegada a las fuerzas regulares de Melilla, en calidad de teniente, Varela mostró un temple de resistencia y recibió, en dos ocasiones, la distinción más prestigiosa de la milicia española: la Cruz Laureada de San Fernando. El primer reconocimiento le llegó al emprender combates en las cuevas de Muires y Ruman, en Larache, durante septiembre de 1920; el segundo se otorgó por su desempeño en la meseta de Abdama. Estas condecoraciones acumuladas en un periodo breve configuraron un expediente singular dentro de las fuerzas coloniales, pues la laureada doble no era cosa común entre los militares de la época. Años después, se sumó un nuevo avance cuando recibió la designación de Gentilhombre de cámara con ejercicio del rey Alfonso XIII. En el ámbito operativo, el desembarco de Alhucemas en 1925 se erigió como un hito que reconfiguró el curso de la guerra en África, señalando el inicio de una fase de consolidación de la presencia española en la región.

Con el tiempo, Varela ascendió hasta capitán por méritos de guerra y participó en múltiples campañas, entre las que destacaron las operaciones de Alhucemas y la consolidación de la situación en el norte de África. En 1926 fue promovido a teniente coronel y destinado a Ceuta, donde recibió la Medalla Militar Individual. Tras el final de la guerra en África, su carrera dio un nuevo impulso: en 1929 ascendió a coronel, junto a otros oficiales por méritos de campaña, y su figura comenzó a destacarse en los altos mandos del Ejército. Su trayectoria inicial dejó perfilados rasgos de disciplina y capacidad operativa que marcarían su papel en los años siguientes, incluso cuando la historia regional y nacional se tornara más convulsa.

Segunda República

Con la proclamación de la Segunda República, el ejército se vio inmerso en un periodo de tensiones y reacomodos. En 1932 participó en la intentona del general José Sanjurjo conocida como la Sanjurjada, asumiendo la responsabilidad de la sublevación en Cádiz. Sin embargo, la revuelta fracasó y Varela fue detenido, iniciando un tramo de prisión que compartió con otros implicados en el plan. Durante su encarcelamiento, mantuvo contacto con figuras carlistas y, al ser trasladado a Guadalajara, surgieron indicios de una adhesión a ideas carlistas que se reflejaron, según algunas lecturas, en su discurso posterior sobre la rendición republicana ante fuerzas menores, una retórica que anticipó la línea que adoptaría años después ante la sublevación de 1936. Este episodio dejó una memoria de fractura entre él y gran parte de las instituciones republicanas, alimentando una narrativa de oposición que emergía en distintos sectores del espectro político-militar.

Tras salir de prisión, Varela aceptó, pese a ciertas reticencias, supervisar la instrucción de las milicias requetés, realizando varios desplazamientos clandestinos a Navarra con el alias de “don Pepe”. En la primavera de 1936 el requeté contaba con una fuerza considerable de voluntarios, estimada en unas treinta mil personas. Paralelamente, Varela siguió escalando dentro de las estructuras militares: el 31 de octubre de 1935 fue promovido al rango de general de brigada al tiempo que el ministro de la Guerra y, desde el Alto Estado Mayor Central, el general Franco, consolidaban una red de influencia que acabaría por convertirlo en una figura clave de la acción contrarrevolucionaria que se venía gestando en el país. Su cercanía con la Unión Militar Española y su participación en conspiraciones contra la República le dieron notoriedad dentro de estos círculos, y su nombre empezó a circular como uno de los protagonistas de un proceso que terminaría desbordando la escena institucional en julio de 1936.

Una trayectoria que entrelazó la defensa de ciertos enfoques conservadores con una práctica de conspiración, llevó a que, en enero de 1936, asistiera a reuniones decisivas en las que se deliberaron fechas para un golpe de Estado próximo a las elecciones de febrero. Poco después, participó en otra reunión en la que se optó por acelerar la implantación de un golpe contra el gobierno del Frente Popular. Durante esas deliberaciones se mostró especialmente vehemente y defensor de acciones audaces. A finales de ese periodo, en una coyuntura que combinaría planeamiento y gestos de determinación, surgió la asignación de tomar el Ministerio de la Guerra en Madrid, una misión que, en última instancia, no llegó a ejecutarse por la intervención de las fuerzas gubernamentales. La decisión de no avanzar reforzó su condición de figura peligrosa para las autoridades republicanas y terminó empujándolo hacia un nuevo destino político-militar dentro del marco de la inquietud que dominaba al país.

Guerra civil española

El estallido de la Guerra Civil encontró a Varela en una situación clave: ante el alzamiento militar retratado en Melilla, el gobierno ordenó su custodia en el Castillo de Santa Catalina en Cádiz. Sin embargo, las circunstancias cambiaron y, apenas se encendían las llamas del conflicto, él quedó en libertad cuando los conspiradores comenzaron a operar en Cádiz. En ese inicio de la contienda, se unió a José López Pinto y, con refuerzos llegados desde Marruecos, tomó la capital gaditana tras una huelga general que parecía favorecer al bando republicano. En agosto de 1936 declaró, en términos contundentes, que en Cádiz no se dejaría a nadie que simbolizara la izquierda viva, una declaración que reflejaba la dureza de la represión en la provincia a manos de las fuerzas sublevadas, dirigidas por Varela.

Con el fortalecimiento de su contingente africano, a comienzos de agosto lanzó una ofensiva con la idea de estabilizar las comunicaciones entre Sevilla, Cádiz, Córdoba y Granada. Liderando un contingente formado por marroquíes, de unos 400 efectivos, logró atravesar Andalucía y arribar a Granada. Antequera cayó el 12 de agosto, seguida de Loja y Archidona. A mediados de agosto la amenaza para Granada se disolvió cuando sus tropas consiguieron unir la ciudad con el resto del área sublevada, lo que dejó expuestas las debilidades de la defensa republicana en el sur. Aunque la columna que llevó a Córdoba adquirió relevancia para sostener las operaciones en la zona, las fuerzas de Varela continuaron avanzando hacia la retaguardia de la región y asumieron el control de las fuerzas sublevadas en la Córdoba, consolidando un frente que desarticuló la resistencia republicana en aquella área.

Al llegar a Córdoba, las fuerzas sublevadas frenaron una ofensiva republicana destinada a tomar la ciudad y la derrota fue severa para el bando leal. Las operaciones de la columna de Varela se extendieron durante agosto y septiembre, y su intervención se caracterizó por una labor de represión en la retaguardia, además de las acciones de combate en el propio frente. En septiembre, las tropas regresaron hacia el sur para concentrarse en el sector de Málaga, mientras que la columna de Varela recibió la responsabilidad de reforzar las guarniciones en Córdoba y de coordinar las acciones de las fuerzas sublevadas en esa zona. Este tramo consolidó su liderazgo y dejó entrever que la consolidación del control en Andalucía era cuestión de una coordinación estrecha entre diferentes frentes y mandos.

El 24 de septiembre de 1936, Varela relevó a Yagüe al frente de las operaciones que, tras avanzar por Extremadura y el valle del Tajo, culminarían en la liberación de un enclave histórico: el Alcázar de Toledo, que resistía desde hacía sesenta y siete días. En esos meses decisivos también participó en labores de combate en Madrid y sus cercanías, incluida la batalla por la Ciudad Universitaria. Aunque la toma de Madrid no se logró, estas acciones reforzaron la prolongación de la contienda y obligaron a reorganizar la cúpula militar. En marzo de 1937 fue elevado al mando de la división Ávila, desde la que intervino en combates posteriores como Jarama y Brunete, y posteriormente en Teruel, Aragón y las operaciones del Levante. Su papel terminó consolidándose en el rango de general de división, con una trayectoria que lo llevó a ocupar la cartera ministerial del Ejército dentro del primer gobierno de la dictadura franquista.

La dictadura franquista

En el periodo de la posguerra, la figura de Varela fue objeto de distinciones y de un estatuto destacado dentro del régimen. En 1940 recibió la condecoración de caballero gran cruz de una orden militar de origen cristiano, reconocimiento que, según la lectura histórica, se incorporó a su aura de mando y prestigio. A lo largo de esos años, su nombre también estuvo ligado a complejas gestiones de política exterior y de influencia dentro del aparato franquista. Según los relatos de la época, formó parte de las redes de comunicación con potencias aliadas y extranjeras, que buscaban evitar la participación de España en la Segunda Guerra Mundial por medio de apoyos y gestiones discretas. En este periodo fue señalado como una figura central para las decisiones estratégicas del régimen, incluso en circunstancias que exigían estrechar lazos entre la autoridad militar y los actores políticos.

Entre 1939 y 1942 ejerció como Ministro del Ejército, periodo en el que impulsó una serie de iniciativas de reorganización y modernización. Durante su gestión creó instituciones y estructuras que buscaban fortificar la disciplina y la formación técnica de las fuerzas armadas: la Escuela Politécnica del Ejército para Ingenieros de Armamento y Construcción; la Guardia y la preservación de la memoria institucional a través de un Museo Histórico Militar; la Milicia Universitaria, destinada a la relación entre el alumnado y las Fuerzas Armadas; y Juntas de Acuartelamiento. También reanudó la actividad de la Academia General Militar y puso en marcha una iniciativa para la transformación de oficiales provisionales. Estas medidas dibujaron un marco de fortalecimiento institucional del Ejército y de su entramado de enseñanza.

El 16 de agosto de 1942, una ceremonia religiosa en la Basílica de Nuestra Señora de Begoña, presidida por Varela, terminó en un incidente violento cuando un grupo falangista arrojó bombas a la muchedumbre, causando heridas a varias personas. Este suceso expuso la brecha entre el Ministerio del Ejército y la Falange y encendió el debate sobre la línea de control que Franco intentaba mantener ante las diversas corrientes dentro del régimen. Las investigaciones de la época señalaron a un miembro del Sindicato Español Universitario como responsable del ataque. El hecho provocó una crisis de autoridad que llevó a que Varela presentara su dimisión ante Franco, advirtiendo que solo permanecería en el cargo si se adoptaran medidas para castigar a los responsables y para constituir un gobierno que restableciera el equilibrio institucional. Aunque la resolución de la crisis no fue inmediata, el 2 de septiembre Franco aceptó su renuncia y designó a un relevo en la cartera de Frontales asuntos, además de remover a otros ministros para apuntalar un reparto de poder más estable.

En el periodo posterior, Italiaizó el escenario internacional dio lugar a discusiones entre el franquismo y otros actores políticos, y Varela, junto con un grupo de generales, firmó una carta a Franco que proponía dotar al país de un régimen monárquico. Este gesto se enmarcó en un momento en el que la política interior buscaba una forma estatal más definida, y la cuestión de la sucesión y la legitimidad aparecía como un tema crucial para la gobernabilidad del régimen. En 1945 fue designado alto comisario de España en Marruecos, cargo que le permitió mantener una presencia regional destacada y continuar influyendo en la política de la zona. En las miradas de estudiosos como Paul Preston, Varela se presenta como un personaje “reaccionario” con vínculos fuertes a sectores carlistas, y a pesar de ostentar la Gran Cruz Laureada de San Fernando, su autoridad debía convivir con la vigilancia que Franco ejercía sobre las figuras cercanas al poder, designando a Camilo Alonso Vega como su subsecretario para supervisar la gestión del Ejército.

La imagen de Varela en la década de 1940 se entrelaza con debates sobre el tipo de orden que debía presidir España y con start de gestiones destinadas a fortalecer la unidad del Estado, incluso cuando la dinámica internacional empujaba a la renuncia de viejos programas. Su figura fue, para algunos, la encarnación de una disciplina férrea y de una agenda de legitimación del poder mediante la estabilidad, al tiempo que su figura quedaba asociada a ciertos choques con facciones internas del régimen y a la persistencia de un discurso monárquico como opción de futuro.

Vida privada

En 1941 contrajo matrimonio con Casilda Ampuero Gandarias, con quien compartió su vida junto a dos hijos y un proyecto familiar centrado en la consolidación de un linaje que recibió, en su momento, el peso del apellido y de las tradiciones militares. Su hijo José Enrique heredó el título de II marqués de Varela de San Fernando, y su hija Casilda contrajo matrimonio con un reconocido guitarrista, Paco de Lucía, en un vínculo que conectó la esfera castrense con la escena cultural de la época.

Hechos póstumos

Tras su fallecimiento, se le reconoció de forma póstuma la cúspide del mando militar con la designación de capitán general del Ejército, junto al mantenimiento del título de nobleza de Marquesado de Varela de San Fernando. Estas distinciones acompañaron un periodo de controversia histórica, en el que su figura fue objeto de escrutinio dentro de los marcos de la memoria y la investigación judicial. En el marco de un sumario instruido por Baltasar Garzón, aparecieron imputaciones sobre delitos atribuidos a Varela, entre ellos detenciones ilegales y crímenes contra la humanidad cometidos durante la Guerra Civil y el primer franquismo; sin embargo, la causa quedó cerrada en razón de la constatación de su fallecimiento, ocurrido décadas antes de la apertura de aquel proceso judicial. Este episodio reveló tensiones entre la revisión histórica y las prácticas judiciales de la época posterior, alimentando debates sobre la memoria y la responsabilidad de los actores del régimen.

El legado sindical y cívico de Varela se ha visto reflejado en la retirada de una de sus estatuas ecuestres, que se situaba en la ciudad de San Fernando, y que fue retirada al amanecer de una fecha concreta tras un proceso de revisión de monumentos vinculado a la Ley de Memoria Histórica. Esta decisión, tomada años después de su muerte, representó un gesto institucional encaminado a revisar las referencias públicas y a replantear la memoria de figuras históricas vinculadas a regímenes autoritarios. La controversia residual sobre su figura continúa en debates académicos y culturales sobre la memoria histórica y la legitimación de ciertos referentes del pasado.

Distinciones honoríficas

  • Hijo Predilecto de la provincia de Cádiz (1951).