José Joaquín de Herrera
| Nombre completo | José Joaquín de Herrera |
|---|---|
| Nombre nativo | José Joaquín de Herrera |
| Descripción | 14.° presidente de Mexico |
| Fecha de nacimiento | 23-02-1792 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 10-02-1854 |
| Nacionalidad | México |
| Ocupaciones | político, militar |
| Idiomas | español |
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José Joaquín Antonio Florencio de Herrera y Ricardos fue una figura clave en la historia mexicana del siglo XIX, cuyo derrotero combinó el mando militar con la responsabilidad política en un periodo de profundas transformaciones. Nacido cuando México aún buscaba afirmarse tras la independencia, su carrera se desarrolló entre campañas bélicas, crisis constitucionales y esfuerzos de reconstrucción ante la adversidad externa e interna. Su paso por tres presidencias no fue excepcional, sino un testimonio de su capacidad para navegar entre intereses diversos y preservar la continuidad del Estado en tiempos de convulsión.
José Joaquín Antonio Florencio de Herrera y Ricardos fue una figura clave en la historia mexicana del siglo XIX, cuyo derrotero combinó el mando militar con la responsabilidad política en un periodo de profundas transformaciones. Nacido cuando México aún buscaba afirmarse tras la independencia, su carrera se desarrolló entre campañas bélicas, crisis constitucionales y esfuerzos de reconstrucción ante la adversidad externa e interna. Su paso por tres presidencias no fue excepcional, sino un testimonio de su capacidad para navegar entre intereses diversos y preservar la continuidad del Estado en tiempos de convulsión.
Primeros años y formación
El nacimiento de José Joaquín Herrera tuvo lugar en Xalapa, capital del estado de Veracruz, el 23 de febrero de 1792, y recibió la inscripción bautismal el mismo día con la designación completa de su nombre. Fue el quinto de seis vástagos fruto del matrimonio entre José Rafael Herrera y del Campo y su segunda esposa, Ana Apolinaria Ricardos Iberri, que contrajeron matrimonio en 1780. Sus hermanos fueron Francisco de Paula, Rafael Antonio, Antonio María, María del Rosario y María Juana.
La familia Herrera Ricardos se estableció en Perote, donde José Joaquín vivió su niñez y adolescencia; su padre desempeñaba funciones administrativas en una casa de correos. En 1795 falleció su madre, y el padre contrajo un tercer matrimonio con María Gertrudis Rivas Rodríguez, con quien también tuvo descendencia. Este entorno familiar marcaría el carácter disciplinado y responsable que caracterizaría al joven.
En 1809 ingresó al ejército realista como cadete del Regimiento de la Corona. Para 1811 ya había conseguido el grado de capitán, y en esa época participó en combates contra las fuerzas insurgentes en lugares como Aculco, Guanajuato, Puente de Calderón, Acatlán y Veladero, entre otros escenarios. Su trayectoria lo llevó a integrarse en la operación española para recuperar el puerto de Acapulco de las manos de los rebeldes, y recibió el mando civil y militar de la región. En 1817 fue nombrado comandante de Acapulco y de Técpan de Galeana, consolidando su presencia en la costa occidental del país.
Carrera militar y política
En 1820 decidió retirarse del ejército con el rango de teniente coronel, mudándose a Perote, donde abrió una pequeña tienda. Durante su periodo de retiro entabló vínculos con figuras insurgentes relevantes como Guadalupe Victoria. Con la proclamación del Plan de Iguala, surgió un contingente de infantería que, desde Veracruz se desplazó hacia Puebla y al declararse fiel a Agustín de Iturbide, recibió de las autoridades militares la oferta de conducir la guarnición y avanzar con la fuerza hacia el interior. Herrera aceptó y sumó la defensa del Fuerte de San Carlos; la columna llegó a Orizaba y quedó bajo la coordinación de las fuerzas realistas encabezadas por Antonio López de Santa Anna, con quien sostuvo un encuentro el 22 de marzo de 1821. Estas unidades se integraron al Plan de Iguala y sus efectos se vieron concretados al llegar a la Ciudad de México con el Ejército Trigarante.
En el instante en que el Ejército Trigarante hizo su entrada a la capital en 1821, Herrera ostentaba el grado de general de brigada. No obstante, mantuvo distancia de Iturbide cuando este fue coronado emperador y, a raíz de disputas políticas, fue arrestado por conspiración. Tras su liberación, representó a su entidad en el Primer Congreso Constituyente. El 19 de marzo de 1823 figuró entre los diputados que respaldaron la abdicación de Iturbide, y poco después, el 31 del mismo mes, recibió el título de capitán general de la Ciudad de México.
En la administración de Guadalupe Victoria, Herrera desempeñó el cargo de ministro de guerra entre 1823 y 1824, periodo en el que trabajó para modernizar las armas de infantería y ordenó una revisión de los equipos de caballería, introduciendo mejoras técnicas relevantes para la época. En abril de 1823 sugirió incorporar a la bandera nacional dos ramas, una de encino y otra de laurel, como símbolo de fortaleza y triunfo. El 17 de abril de 1826 contrajo matrimonio en Córdoba, Veracruz, con María Dolores Alzugaray (1811-1839), con quien procreó dos hijos. En 1833 volvió a ocupare la cartera de Guerra bajo la presidencia de Antonio López de Santa Anna.
Durante su trayectoria política y militar, Herrera demostró lealtad a las instituciones legales y se opuso a los abusos del absolutismo. Su postura fue diametralmente opuesta a la de los círculos autárquicos y, aun cuando mantuvo una relación ambivalente con Santa Anna, nunca se le conoció como aliado fiel de ese líder. Esta actitud de rectitud y sobriedad definió gran parte de su acción pública a lo largo de los años y marcó su reputación entre quienes defendían un México sometido a normas constitucionales.
Presidencia de México
Primer mandato (1844)
En 1844, ante la ausencia del presidente titular, Valentín Canalizo, que ejercía temporalmente la responsabilidad como presidente del Consejo de Estado, el mando se ofreció a Herrera para que ejerciera como jefe de gobierno en la capital durante el periodo de transición. Entre el 12 y el 21 de septiembre de ese año, Herrera asumió formalmente la función de interino, y durante esos días se celebró el Día de Independencia, consolidando la memoria de la libertad naciente. El periodo fue breve, pero simbóricamente significativo para la consolidación institucional del joven México.
Segundo mandato (1844-1845)
Tras ceder el poder al titular designado, Herrera regresó al escenario nacional de manera inesperada cuando, tras la caída de Santa Anna, fue elegido nuevamente presidente de México y ocupó el cargo desde el 6 de diciembre de 1844 hasta el 30 de diciembre de 1845. En ese tramo dejó claro que perseguía la inclusión de figuras tanto centralistas como federalistas en su gabinete, con el objetivo de reconciliar diversas lecturas sobre el sistema de gobierno.
Durante esa etapa se intensificó la fricción con Texas, que terminó con su anexión a los Estados Unidos. El Senado mexicano rompió relaciones formales con ese país el 28 de marzo de 1845, y Herrera ordenó la movilización de las fuerzas para enfrentar la nueva situación de tensión. Sin embargo, se inclinó por la vía de la negociación para evitar un conflicto bélico directo. Aun así, la intranquilidad se hizo presente cuando partidarios de Santa Anna se sublevaron el 7 de julio de 1845, y Herrera y tres ministros de su gabinete fueron secuestrados por los rebeldes. Aunque el incidente dejó al país en una situación delicada, el ejecutivo logró restablecer su autoridad y continuar con su mandato hasta finalizar el año.
Por entonces, las aspiraciones expansionistas de Estados Unidos apuntaban a territorios cercanos a la frontera, sobre todo a áreas que incluían Tamaulipas, Coahuila, Chihuahua y Nuevo México, situadas al otro lado del Río Bravo. Cuando las fuerzas estadounidenses se desplegaron en esas zonas, un destacamento mexicano fue capturado el 29 de marzo de 1846 y, poco después, el Congreso de los Estados Unidos declaró formalmente la guerra contra México el 13 de mayo de ese mismo año. A pesar de la magnitud de la derrota, Herrera logró reclutar una fuerza aproximada de 6000 hombres, que fue puesta a las órdenes del general Mariano Paredes y Arrillaga y enviada al norte con la misión de contener la incursión invasora. No obstante, la campaña sufrió un giro inesperado cuando Paredes decidió retornar a la capital en diciembre de 1845 y derrocar al gobierno de Herrera, lo que obligó a éste a ceder el poder el 30 de diciembre de ese año.
Tercer mandato (1848-1851)
El 30 de mayo de 1848 Herrera fue elegido de nuevo presidente, pero evitó asumir de inmediato para eludir una posible guerra civil. Una comisión del Congreso acudió a su domicilio en Tacubaya y logró convencerlo de que, si rechazaba la oferta, podría desatarse una crisis interna de peligrosas consecuencias. Aceptó la responsabilidad y, ante la situación en que la Ciudad de México quedaba en manos de las fuerzas extranjeras, estableció su gobierno en Mixcoac el 2 de junio de 1848. Su gestión se prolongó hasta el 15 de enero de 1851, durante un periodo marcado por tensiones crónicas y múltiples contratiempos.
Durante esa tercera administración, la salud de Herrera ya era precaria, y el país atravesaba una severa etapa de postración económica, con el peligro constante de la delincuencia en las vías de comunicación y una creciente crisis sanitaria provocada por una epidemia de cólera. En ese contexto, la República de Yucatán solicitó reincorporarse al resto del país, a lo que el gobierno accedió el 17 de agosto de 1848, permitiendo su regreso definitivo a la nación mexicana. En un marco de turbulencia, surgieron movimientos opositores: Mariano Paredes lideró un levantamiento contra el Tratado de Guadalupe-Hidalgo, y Leonardo Márquez se alzó en 1849 en apoyo de Santa Anna, alegando irregularidades en la continuidad de la administración anterior. Paralelamente, varias denuncias sostuvieron que existían documentos secretos que describían operaciones con Estados Unidos para obtener una compensación económica en favor de ese país; la autoridad presidencial negó tales señalamientos, pero el episodio dejó constancia del clima de desconfianza que permeaba la política de la época.
En el terreno de la obra pública, Herrera impulsó proyectos de modernización: uno de los mayores avances consistió en la instalación de la primera línea ferroviaria entre la Ciudad de México y Veracruz, así como una red telegráfica que conectaba la capital con Puebla. En el ámbito administrativo, su gobierno dio continuidad a la labor de los liberales moderados a través de ministros destacados como Mariano Riva Palacio y Mariano Otero, quienes contribuyeron con ideas para sostener la gobernabilidad frente a la pérdida de gran parte del territorio nacional tras las negociaciones con Estados Unidos. La indemnización de 15 millones de dólares pagada por Estados Unidos en honor a las pérdidas territoriales se destinó en buena medida a saldar deudas británicas, facilitar la pacificación del país y, sobre todo, cubrir los sueldos de la burocracia, nutriendo así el aparato estatal en medio de la crisis.
Años posteriores y muerte
Al culminar su mandato, Herrera logró transferir el poder de forma pacífica y conforme a la constitución a su sucesor, Mariano Arista, el 15 de enero de 1851, y se retiró a la vida privada con un prestigio indeleble como funcionario que combinó moderación y austeridad. Entre las particularidades de su carácter destacaba una honestidad casi proverbial: se comenta que, al renunciar, llegó a empeñar una joya para solventar sus necesidades y que, para ingerir alimento, solicitaba que le trajeran la comida desde su casa al Palacio Nacional, evidencia de su integridad ante la adversidad. El presidente Arista lo nombró director del Nacional Monte de Piedad, cargo que ocupó hasta 1853. Murió el 10 de febrero de 1854, a los 61 años, en su modesta residencia de Tacubaya, y fue sepultado en el Panteón de San Fernando. Tras la muerte de su esposa, Herrera no volvió a contraer matrimonio, mantenido por un voto de sobriedad y compromiso con la memoria de su familia.