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Josemaría Escrivá de Balaguer

Nombre completo José María Julián Mariano Escrivá Albás
Nombre nativo Josemaría Escrivá de Balaguer
Descripción Sacerdote y santo católico español, fundador del Opus Dei
Fecha de nacimiento 09-01-1902
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 26-06-1975
Nacionalidad España
Ocupaciones presbítero católico de rito latino, escritor, abogado
Grupos Opus Dei, Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz
Idiomas español, italiano
HermanosSantiago Escrivá de Balaguer y Albás, Carmen Escrivá de Balaguer y Albás, María Asunción Escrivá Albás, María de los Dolores Escrivá Albás, María del Rosario Escrivá Albás
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Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, nacido con el nombre completo de Josemaría Julián Mariano Escrivá de Balaguer y Albás, fue un jurista, teólogo y sacerdote español cuyo legado, signado por la fundación del Opus Dei, marcó decisivamente la espiritualidad católica del siglo XX. Nacido en Barbastro (Huesca) el 9 de enero de 1902 y fallecido en Roma el 26 de junio de 1975, su vida estuvo dedicada a impulsar una santidad que se forja en el trabajo diario, la educación y el servicio a los demás. Su ejemplo y su enseñanza trascendieron fronteras y dieron lugar a una organización internacional con presencia en numerosos países, orientada a la santificación a través de la vida ordinaria.

Josemaría Escrivá de Balaguer — Imagen principal

Josemaría Escrivá de Balaguer y Albás, nacido con el nombre completo de Josemaría Julián Mariano Escrivá de Balaguer y Albás, fue un jurista, teólogo y sacerdote español cuyo legado, signado por la fundación del Opus Dei, marcó decisivamente la espiritualidad católica del siglo XX. Nacido en Barbastro (Huesca) el 9 de enero de 1902 y fallecido en Roma el 26 de junio de 1975, su vida estuvo dedicada a impulsar una santidad que se forja en el trabajo diario, la educación y el servicio a los demás. Su ejemplo y su enseñanza trascendieron fronteras y dieron lugar a una organización internacional con presencia en numerosos países, orientada a la santificación a través de la vida ordinaria.

Biografía

Primeros años

En las montañas de la comarca de la provincia de Huesca, Barbastro fue el lugar de origen de un hombre que viviría de forma intensa la vocación cristiana. Hijo de José Escrivá y María de los Dolores Albás, Escrivá creció en un entorno familiar que enfrentó penurias cuando, a fines de la infancia, un giro económico dejó a su familia al borde de la precariedad. A la temprana edad, la vida exigió a los padres una reconstrucción prudente de las oportunidades para sus hijos, y la familia se trasladó hacia la ciudad de Logroño para hallar sostén. Allí, el joven Josemaría continuó con sus estudios y dio pasos decisivos hacia la vida sacerdotal. Logroño fue el escenario de una educación que combinaría la curiosidad intelectual con una profunda piedad, y en ese periodo brotó la convicción que lo acompañaría toda su existencia: la llamada a servir a Dios desde la vida cotidiana. En ese tiempo también se dio la salida de su vocación hacia la vida sacerdotal, un itinerario que lo llevaría a Zaragoza y después a Madrid, siempre marcado por la esperanza de comprender la voluntad divina en medio de las circunstancias humanas.

La traída de la fe a su juventud se fortaleció gracias a experiencias que, desde la fe, dejaron una huella indeleble. Tras estudiar en el seminario de Logroño y luego en el de Zaragoza, Josemaría se convirtió en un joven sensible a la bendición de la vida sacerdotal. Su paso por el seminario le permitió cultivar una inteligencia vivaz, una piedad sincera y una mirada esperanzada hacia el servicio a las personas más diversas. En su formación influyeron tanto la disciplina académica como la experiencia humana de la precariedad familiar, experiencias que más tarde fundamentarían su convicción de que la santidad puede encarnarse en cualquier circunstancia cotidiana.

La decisión vocacional cristalizó durante las Navidades de 1922, cuando recibió las promesas de dedicación al ministerio y fue ordenado progresivamente en los años siguientes. Con la adquisición de estudios universitarios en derecho y teología, consolidó una base intelectual que le permitiría comprender la vida social, jurídica y religiosa desde una perspectiva cristiana integrada. En esos años de juventud se destacó por su diligencia, su apertura a las personas de distintos orígenes y su capacidad de escucha, cualidades que luego caracterizarían su manera de ejercer el ministerio sacerdotal y de organizar proyectos pastorales capaces de atraer a quienes estaban alejados de la vida religiosa.

El inicio de la vida sacerdotal se consumó en 1925, cuando recibió la ordenación como sacerdote y comenzó a trabajar en parroquias rurales y urbanas, especialmente en Zaragoza, donde encontró un espacio para combinar la atención pastoral con las responsabilidades docentes. Sus primeros años de ejercicio sacerdotal estuvieron marcados por un contacto directo con comunidades diversas: enfermos, obreros, estudiantes, docentes y trabajadores de distintos oficios. En esta etapa, la figura de Escrivá ya mostraba una capacidad singular para escuchar la vida de las personas y para discernir, en medio de las necesidades prácticas, una llamada a la santidad que no exigía renunciar al mundo sino transformarlo desde dentro.

Fundación de la prelatura del Opus Dei

La trayectoria de Escrivá dio un giro decisivo a finales de la década de 1920. En Madrid emprendió un nuevo capítulo para organizar su labor pastoral, con permiso del obispo para iniciar una investigación doctoral en Derecho. En esa ciudad trabajó primero en una academia impartiendo Derecho romano y Derecho canónico para sostener la familia, mientras ejercía su sacerdocio en el Patronato de Enfermos y en instituciones benéficas dirigidas por religiosas. Durante ese periodo, su vida estuvo dedicada a atender a quienes se encontraban en condiciones vulnerables y a colaborar con distintas personas que compartían su deseo de hallar una forma de santidad practicable en la vida diaria.

El llamado universal a la santidad fue revelado públicamente el 2 de octubre de 1928, cuando el propio Escrivá afirmó haber recibido una llamada divina para difundir una invitación a la santidad para todos, sin importar su estado o profesión. En ese instante nació lo que él llamó la Obra de Dios, conocida hoy como Opus Dei, un proyecto dentro de la Iglesia Católica orientado a la santificación mediante el trabajo y las circunstancias de la vida cotidiana. A partir de ese momento, Escrivá inició, en solitario, la generación de una red de relaciones que uniría a personas de profesiones muy diversas: artistas, docentes, obreros, empresarios y sacerdotes, todos convocados por una espiritualidad que buscaba la grandeza en lo cotidiano. En este tramo de su vida, el fundador llevó a cabo una labor de organización que se desarrollaría con el tiempo, pero que ya mostraba una clara dirección: la de una y la misma aspiración para todos los seres humanos.

La aparición de los primeros colaboradores no tardó en sucederse: Isidoro Zorzano se integró en 1930; José María Somoano, María Ignacia García Escobar y Luis Gordon se sumaron a la iniciativa en 1932, configurando un equipo inicial que, lamentablemente, enfrentó pérdidas cuando tres de ellos fallecieron al poco tiempo. Estos reveses obligaron a Escrivá a recomponer la base de su proyecto, que seguía creciendo pese a las dificultades de aquel periodo tan convulso. En esa época inicial, el joven sacerdote también exploró opciones para sostener económicamente a su familia, incluso considerando oposiciones para trabajar como auxiliar del Ministerio de Asuntos Exteriores, decisiones que evidenciaban su voluntad de buscar caminos prácticos para sostener a sus seres cercanos mientras continuaba con su labor pastoral.

La vida de los DyA y la consolidación del plan —DYA, Derecho y Arquitectura— fue el marco universitario donde comenzó a perfilarse la identidad futura de la Obra. En esa academia nacieron no solo clases de derecho y arquitectura, sino también encuentros formativos y un conjunto de prácticas que, con el paso del tiempo, llegarían a ser señal de “buen espíritu”: corrección fraterna, ayunos y mortificaciones moderadas que, desde la experiencia del fundador, permitían un acercamiento más profundo a la Cruz de Cristo. Aunque las mortificaciones extremas no debían convertirse en norma para los seguidores, las experiencias personales de Escrivá mostraban su convicción de que la disciplina puede fortalecer la voluntad y abrir horizontes de entrega total a Dios, incluso en el mundo secular. A través de estas experiencias, Escrivá fue tejiendo un método de vida centrado en la fe, la caridad y la dedicación al prójimo, que con el tiempo cobraría una forma organizativa más definida.

Rupturas y expansión inicial En los años previos a la década de 1930, el proyecto fue tocado por la realidad social de España y por las tensiones políticas que rodeaban la Iglesia. Aunque algunos sectores consideraban que el Opus Dei estaba destinado principalmente a hombres, la necesidad de abrir horizontes llevó a Escrivá a contemplar, ya desde esos primeros años, la posibilidad de incluir a mujeres en la iniciativa. En 1930, Isidoro Zorzano se incorporó al camino, y en 1932 se sumaron José María Somoano, María Ignacia García Escobar y Luis Gordon, que, lamentablemente, no pudieron completar su recorrido, dejando a Escrivá con la responsabilidad de sostener en solitario el crecimiento del movimiento. Este periodo de posibilidad y pérdida sirvió para preparar la fundación de un proyecto que mantendría su espíritu apostólico y su vocación de servicio a la Iglesia desde la vida cotidiana.

El Opus Dei durante los primeros años treinta

La llegada de la Segunda República trajo un marco de severa tensión entre el Estado y la Iglesia. Aun así, Escrivá continuó su labor en el Patronato de Enfermos y en otras iniciativas, manteniéndose al margen de las disputas políticas pero sin perder de vista el objetivo central: acompañar a los enfermos, a los estudiantes y a las personas trabajadoras en un camino de santidad. En esa década, la devoción a Amor Misericordioso, difundida por medio de textos espirituales y de la experiencia de las mujeres religiosas y los sacerdotes que formaban parte de su círculo, aportó un nuevo impulso a la espiritualidad del Opus Dei, dotando al proyecto de una orientación bíblica y doctrinal que enfatizaba la filiación divina y la infancia espiritual. Así, la experiencia de Escrivá se convirtió en una síntesis de vida de oración, estudio y servicio, que buscaba integrar la vida interior con la vida pública.

En 1933, ya como una realidad en crecimiento, Escrivá reunió a un grupo de estudiantes universitarios y fundó la Academia DYA, que combinaba enseñanzas jurídicas y arquitectónicas con formaciones cristianas. En ese contexto, 1934 marcó un hito con la publicación de un pequeño volumen titulado Consideraciones Espirituales, que se ampliaría y, tras la Guerra Civil, sería conocido como Camino. Este periodo mostró la intuición de un carisma capaz de madurar a través de la experiencia de la vida académica y la pastoral, sentando las bases para una estructura que permitiría a muchos hallar la santidad desde su quehacer diario.

En 1934 Escrivá asumió la rectoría del Patronato de Santa Isabel, una responsabilidad que alivió, en parte, las tensiones económicas que afectaban a la familia. Fue en este marco que articuló un plan de vida para los miembros de la Obra: prácticas como la Misa diaria, la Comunión, el rezo del Ángelus, la visita al sagrario, la lectura espiritual y la mortificación cotidiana, que se convertirían en el núcleo de una espiritualidad que pretendía transformar la acción cotidiana en camino de santidad. Estas pautas se fueron consolidando con el tiempo y sirvieron para distinguir la identidad de la Obra en sus años formativos, marcando un camino de disciplina, comunidad y entrega a la misión apostólica.

Durante esa década, los primeros seguidores comenzaron a practicar estas ideas en la academia DyA, adoptando signos de “buen espíritu” que, con el tiempo, serían considerados parte integral del carisma: la corrección fraterna, ejercicios de ayuno y mortificaciones proporcionadas. Escrivá sostuvo que, si bien cada persona debía buscar su propia santificación, el método común debía fortalecer la comunidad y al mismo tiempo respetar la libertad de cada quien en su camino espiritual. En esa misma época, la relación con la figura de monseñor y la experiencia de liderazgo de Escrivá se fue afianzando, desde una posición de humble service que buscaba servicio a la Iglesia y al mundo entero.

La personalidad de Escrivá, en esa fase de consolidación, recibió el apodo de “el Padre” entre sus seguidores. Aunque algunos críticos sostuvieron que ese título reflejaba un deseo personal del fundador, él tendía a evitar otros ropajes honoríficos que le fueran impuestos, prefiriendo un estilo de liderazgo discreto y cercano a las personas. En ese sentido, su labor de coordinación y enseñanza de los principios del Opus Dei se desarrolló con una humildad que pretendía ser ejemplo para quienes se acercaban a la Obra buscando una vida de entrega serena y diligente.

Guerra Civil

Cuando estalló la Guerra Civil, Escrivá se hallaba en Madrid ejerciendo su ministerio en circunstancias extremadamente peligrosas. Su vida quedó marcada por la persecución religiosa que afectó a la Iglesia en la zona republicana, circunstancias que forzaron a buscar refugios y a proteger a quienes dependían de su pastoral. En ese periodo, la salud de Escrivá también sufrió, llegando a estar hospitalizado de forma encubierta por razones de salud y a permanecer durante meses en condiciones precarias. Su salida de Madrid, en 1937, se produjo a través de una serie de movimientos improvisados que, con ayuda de documentos falsos, le permitieron atravesar la frontera hacia zonas de mayor libertad para su labor pastoral. Posteriormente, su itinerario lo llevó a Burgo, al sur, y luego a Francia, desde donde se dispuso a continuar su misión con una red de compañeros que le siguieran en la experiencia de la Obra. Este periodo, duro y decisivo, dejó en Escrivá la huella de un compromiso profundo con la Iglesia y con el testimonio cristiano en condiciones extremas.

Desde la distancia, Escrivá siguió escribiendo para quienes habían participado de las actividades de la Academia-Residencia DYA en Madrid y para quienes se encontraban dispersos por el territorio nacional. En sus comunicaciones, buscó mantener la esperanza y la cohesión de aquellos jóvenes que habían abrazado la misión que él proponía, procurando que la fe no se debilitara ante la adversidad. Este esfuerzo de comunicación constante y de acompañamiento espiritual fue una de las características de su liderazgo durante la contienda y permitió que la Obra mantuviera un pulso activo incluso en circunstancias difíciles.

Desarrollo del Opus Dei en los años cuarenta

Al finalizar la guerra civil, Escrivá regresó a Madrid en marzo de 1939 y reanudó la expansión de la Obra en diferentes ciudades españolas. El inicio de la Segunda Guerra Mundial impidió, de momento, su proyección internacional, pero la experiencia de la contienda siguiente dejó una huella en su visión de la labor de la Obra y de la relación entre la fe y la vida social. En ese periodo, la relación entre Escrivá y el régimen de la época es objeto de debates y controversias, dando lugar a interpretaciones diversas sobre el papel de la Obra en la vida pública de España y su postura frente a las autoridades. Lo cierto es que, aislando las discusiones políticas, Escrivá continuó promoviendo un estilo de vida que buscaba la santidad en medio de las realidades de la sociedad española, proponiendo una vida de servicio, estudio y ayuda a los necesitados.

En ese marco, la Obra fue consolidándose: Escrivá recuperó posiciones administrativas en el ámbito eclesiástico y retomó su labor de formación espiritual. Entre los años cuarenta, la iniciativa recibió un impulso institucional significativo: se organizó una estructura que, sin perder su vínculo con el clero, abrió cauces para la participación de laicos, hombres y mujeres, que compartían la voluntad de trabajar por la santificación a través de su vida profesional y familiar. En ese sentido, la fundación dio un nuevo paso al establecer una vía jurídica para el crecimiento de la Obra dentro de la Iglesia: la creación de entidades que facilitaran la participación de sacerdotes y laicos, así como la posibilidad de que la propia Obra adoptara formas jurídicas adecuadas para la vida de comunidades y asociaciones religiosas vinculadas a la Santa Sede.

Durante esa década, Escrivá también trabajó para estructurar la presencia del Opus Dei entre los laicos, a la vez que fortalecía la colaboración con instituciones eclesiásticas y con religiosos de distintos órdenes. En el terreno docente, se consolidó un sistema de formación que combinaba enseñanza académica y formación espiritual, con la idea de que la santidad no es un privilegio exclusivo de quienes llevan ordenes o clero, sino un llamado para todos aquellos que llevan una vida cristiana consciente en el mundo. Este periodo fue esencial para la definición posterior de la Obra, que iría tomando forma conforme a la experiencia de sus primeros años y a la lectura de la historia de la Iglesia en el siglo XX.

En 1943, Escrivá encontró una vía jurídica para la Obra: la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, un marco que permitía a los sacerdotes participar en la misión de la Obra como parte de su identidad espiritual y pastoral. A partir de ese momento, los tres primeros miembros del Opus Dei que ingresaron al sacerdocio —Álvaro del Portillo, José María Hernández Garnica y José Luis Muzquiz— vieron cómo se consolidaba una presencia eclesial capaz de sostener el proyecto desde la base sacramental. Este paso reforzó la estructura interna y la continuidad de la labor educativa y espiritual que Escrivá había diseñado para responder a las necesidades de la Iglesia y del mundo en esa época.

Traslado a Roma y expansión

Tras la Segunda Guerra Mundial, Escrivá decidió trasladar la atención de la Obra a un escenario más amplio: Roma se convirtió en el centro estratégico para asegurar el reconocimiento canónico y la secularización de la labor del Opus Dei. En 1946, se produjo ese traslado, que no fue meramente geográfico, sino un salto para convertir la Obra en una institución con proyección internacional. La Santa Sede, en ese marco, se convirtió en el escenario para la aprobación de un estatuto pontificio, que permitiría a los laicos de la Obra vivir su carisma siguiendo votos privados de obediencia, castidad y pobreza, dentro de un marco canónico adecuado. Aunque la expansión internacional tenía su primer impulso real a finales de la década de los cuarenta, el camino fue largo y complejo, atravesando negociaciones y discernimientos con la Santa Sede y con la jerarquía eclesiástica de cada país.

La figura de Escrivá recibió, a partir de estas gestiones, un reconocimiento formal por parte de la Iglesia: en 1947 se le concedió el título de Prelado doméstico de Su Santidad, lo que supuso un honor que señalaba la cercanía entre el fundador y la Santa Sede. Este reconocimiento le permitió, además, obtener la aprobación de la Obra como Instituto Secular de derecho pontificio en 1947 y 1950, con la regulación de sus estatutos que estableció votos privados para laicos dentro del marco de la vida cristiana. Paralelamente, se crearon dos instituciones de formación en Roma: el Colegio Romano de la Santa Cruz para los varones y el Colegio Romano de Santa Maria para las mujeres, que facilitaron la formación espiritual y académica de numerosos miembros de la Obra, y permitieron a muchos de ellos estudiar en las universidades pontificias de la venerable ciudad.

La vida en Roma se convirtió en un centro de gravedad para la Obra. En esa ciudad, Escrivá recibió un íntimo espíritu de oración y de asesoría espiritual que influyó sobre la vida de numerosos fieles. En Roma, el Sagrario del oratorio de la Trinidad se convirtió en un lugar particularmente significativo para su intimidad orante y para su dirección espiritual de los integrantes de la Obra. Sus visitas y su enseñanza desplegaron un alcance internacional, y con el paso del tiempo, la Obra consolidó su presencia en diversos continentes, bajo la mirada de la Santa Sede. En este periodo, Escrivá también recibió el nombramiento de miembro honorario de la Pontificia Academia de Teología y obtuvo el doctorado en Teología en la Pontificia Universidad Lateranense, un hito académico que fortaleció su autoridad teológica y su liderazgo intelectual dentro de la Iglesia.

Paralelamente, Escrivá participó en los preparativos del Concilio Vaticano II (1962‑1965), manteniendo contactos estrechos con varios padres conciliares y desarrollando una red de colaboración entre la Obra y las instituciones eclesiales de la época. Aunque no formó parte de las comisiones oficiales, su influencia se dejó sentir a través del trabajo de Beato Álvaro del Portillo, secretario general de la Obra, en las etapas preliminares del Concilio. Este periodo marcó un cambio significativo: el Opus Dei se convirtió en una fuerza de irradiación pastoral que buscaba responder a las dinámicas de la Iglesia postconcilial, promoviendo la santidad en el mundo profesional y social.

La salud de Escrivá mostró signos de debilidad en esos años finales: la diabetes mellitus, que requería tratamiento continuo, condicionó su ritmo de vida y su agenda de viajes y encuentros. Aun así, mantuvo una actividad incansable y continuó dirigiendo la Obra hacia su proyección internacional, planificando visitas y actividades que extendieron su influencia a nivel mundial. La constancia y la claridad de su visión, incluso ante la enfermedad, sostuvieron a la Obra y permitieron que la labor de muchos de sus seguidores se desarrollara con un horizonte claro: difundir una espiritualidad que integraba la vida diaria en una vocación de servicio, trabajo y santidad.

Últimos años: viajes apostólicos y catequesis

Con el paso de los años, Escrivá se convirtió en un viajero incansable en la década de setenta, a la vez que mantenía su labor de guía espiritual para los fieles que apoyaban la expansión mundial de la Obra. Sus llamados de catequesis y su presencia en lugares lejanos a Europa mostraron su convicción de que la santidad no era un privilegio reservado a unos pocos, sino una posibilidad para toda persona que aceptara vivir la fe en el mundo. A partir de 1970, emprendió varias peregrinaciones a América y a Europa para orar ante imágenes marianas, acompañar a comunidades locales y reforzar la formación de los miembros de la Obra. En 1974 realizó una larga serie de encuentros en ciudades de América y de la región andina, y en 1975 inició un último viaje que lo llevó a América Latina y de regreso a Roma; su salud, sin embargo, se debilitó de modo progresivo y terminó por vencerle en la ciudad eterna.

Los archivos audiovisuales conservados de aquellos años muestran un líder que, a pesar de la debilidad física, logró mantener un dinamismo contagioso en las miles de personas que lo escucharon. Sus viajes de catequesis se consolidaron como una forma de redescubrir la universalidad de su mensaje: la llamada a la santidad en el trabajo, la vida familiar y la acción cotidiana. Estas caminatas apostólicas, que él denominó de manera coloquial como “correrías”, dieron forma a un relato que, más allá de la figura personal, dejó un método para que la gente común pudiera vivir su fe de forma concreta y operativa. En cada país, en cada ciudad, dejó sembrada una semilla que continuaría creciendo en las décadas siguientes.

Muerte y canonización. Reacciones

En la ciudad de Roma, el 26 de junio de 1975, Josemaría Escrivá de Balaguer dejó de respirar, tras un súbito fallo cardíaco. Su muerte sorprendió a la Iglesia y al conjunto de fieles que lo habían seguido a lo largo de su vida, dejando tras de sí un vacío que fue llenado por la memoria de su enseñanza y por la continuidad de la Obra que había fundado. De inmediato, la Santa Sede recibió miles de cartas de apoyo y solicitudes de beatificación y canonización, provenientes de obispos de diversas regiones y de superiores de congregaciones religiosas que habían sido inspirados por su mensaje. A partir de 1981 se inició el proceso formal, y el reconocimiento de su santidad fue afirmado por Juan Pablo II en la década de los noventa, tras un proceso que no estuvo exento de polémica. En la ceremonia de beatificación, celebrada en la plaza de San Pedro en Roma, se destacaron las palabras del Papa sobre la santidad en la vida ordinaria y la llamada universal a la santidad, ideas que constituían el núcleo del pensamiento de Escrivá. En la solemne ocasión de la canonización, también en Roma, el Papa invitó a todos a buscar la santidad en la vida cotidiana, subrayando que el testimonio de Escrivá era un llamado a vivir el Evangelio en el mundo del trabajo y de las relaciones humanas. Su figura, conceptualizada como un testigo de la vida cristiana en lo cotidiano, recibió elogios de numerosos papas y de prelados de la Iglesia, y su figura pasó a ser, para muchos, un referente de la espiritualidad del siglo XX.

La rapidez de su proceso de beatificación y canonización provocó críticas entre algunos teólogos y medios de comunicación, que vieron en el camino hacia la santidad de Escrivá una vía extraordinaria que podría distorsionar la percepción de un proceso de santidad personal y digno de escrutinio. Sin embargo, otras voces dentro de la jerarquía eclesiástica y de la propia comunidad del Opus Dei defendieron su santidad y la autenticidad de su testimonio, señalando la coherencia entre su vida y su enseñanza. A lo largo de los años siguientes, el Papa Juan Pablo II describió a Escrivá como “el santo de lo ordinario” y subrayó su papel como uno de los grandes testigos del cristianismo, destacando la llamado universal a la santidad y la santificación del trabajo como elementos centrales de su legado. A partir de esa definición, la Iglesia reconoció la aportación de Escrivá a la espiritualidad contemporánea, y su figura trascendió el ámbito de la Obra para convertirse en un referente de la santidad que se puede vivir en cualquier condición de la vida.

En la actualidad, la Obra ha seguido creciendo, acompañada por un reconocimiento público que se expresa en monumentos, dedicaciones y la apertura de nuevos centros de formación espiritual y pastoral. Los registros pontificios señalan que, a lo largo de décadas, la organización ha logrado consolidarse como una institución dedicada a la vida cristiana en el mundo secular, manteniendo la atención en la santidad de la vida cotidiana y en la vocación de los laicos a participar activamente en la misión de la Iglesia. Con la mirada puesta en su fundador, la Obra ha buscado mantener intacto su carisma básico, al mismo tiempo que se adapta a las realidades sociales y culturales de cada época, sin perder de vista la centralidad de la fe, la libertad y la comunión con la Iglesia.

Pensamiento y mensaje

Filiación divina

Un pilar central de la enseñanza de Escrivá era la idea de que la filiación divina constituye el fundamento del espíritu del Opus Dei. Desde el sacramento del bautismo, cada cristiano está llamado a ser hijo de Dios, y esa realidad se presenta como el motor que impulsa la santidad en la vida cotidiana. En sus escritos y oraciones, Escrivá insistió en que la experiencia de la paternidad divina debe guiar la conducta, las decisiones y las relaciones con los demás, de modo que la vida entera se ordene a la voluntad de Dios. Este eje teológico se convirtió en la brújula que orientó la práctica espiritual de la Obra y la manera en que sus miembros afrontan la realidad diaria con un sentido profundo de propósito y dignidad.

Libertad fue otro rasgo distintivo de su pensamiento. En sus textos, la libertad no se reduce a una mera autonomía personal, sino que se entiende como un don de Dios que habilita a cada persona a responder a la llamada divina con responsabilidad, serena responsabilidad y apertura al bien común. La libertad, para Escrivá, se manifiesta tanto en la vida pública como en la esfera íntima, y se expresa en la capacidad de elegir el camino de la verdad, de la justicia y de la caridad en cada acto cotidiano. Esta visión integral de la libertad no solo orienta la acción personal sino que sirve de fundamento para una ética de liderazgo, de trabajo y de relaciones humanas que busca la coherencia entre fe y vida en todos los ámbitos de la existencia.

Santificar el trabajo

Una de las ideas más influyentes de Escrivá es la santificación del trabajo. Según su enseñanza, cada tarea, por humilde que parezca, se convierte en un encuentro con Cristo cuando se realiza con excelencia, deber profesional y amor al prójimo. El trabajo no es un simple medio para ganar el sustento, sino un campo en el que la persona puede practicar la virtud, desarrollar sus capacidades y colaborar en la construcción de un mundo más humano. En ese marco, la dignidad de cada oficio se eleva al reconocimiento de que la santidad nace de la dedicación consciente al deber y de la disponibilidad para servir a los demás a través del propio quehacer cotidiano.

Unidad de vida

Otra aportación central es la idea de la unidad de vida: la integración de la vida interior, cristiana y la vida social, familiar y profesional en una sola realidad coherente. Escrivá insistía en que no debe existir una “doble vida”: una esfera privada de relación con Dios y otra, separada, de vida pública. Por el contrario, sostuvo que la santidad se construye desde la totalidad: se vive una sola vida, corpórea y espiritual a la vez, donde las virtudes se ejercitan en cada circunstancia y se reflejan en las acciones, en las palabras y en las decisiones diarias. Esta visión de la unidad de vida ha influido en la forma en que la Obra se presenta como una comunidad de laicos y clérigos que comparten una meta común: hacer de cada momento una ocasión de encuentro con Dios.

Oración y sacrificio

La oración y la penitencia ocupan un lugar destacado en la espiritualidad propuesta por Escrivá. El modelo de vida que propone siempre incluye la Misa y la confesión como pilares, la lectura del Evangelio y la vida de devoción hacia la Virgen María. recomienda la práctica de mortificaciones que, sin imposición espiritual cruel, pueden fortalecer la voluntad y favorecer la caridad hacia los demás. En su enseñanza, la mortificación no es un fin en sí misma, sino un medio para liberar la voluntad de deseos desordenados y para abrir camino a la gracia en la vida cotidiana. En su conjunto, la vía de la oración y la penitencia busca cultivar un corazón atento, capaz de amar a Dios y a los demás con una misma intensidad.

Vida ordinaria

Una de las frases más citadas por Escrivá resume su mensaje: la vida ordinaria es el escenario en el que Dios se manifiesta plenamente. El dominio de este principio se refleja en su exhortación a valorar la familia, el matrimonio, la labor profesional y cada minuto de la jornada como una oportunidad para crecer en la gracia y para servir a los demás. Con esa perspectiva, las tareas cotidianas —desde la atención a la gente en las calles hasta la dedicación al estudio o al cuidado de la casa— se convierten en cauces de santificación si se realizan con amor, paciencia, humildad y justicia. Este enfoque práctico acercó a innumerables personas a una espiritualidad que no exige distancias entre fe y vida, sino que las vincula en una armonía viva y operativa.

Honores y distinciones

  • Marquesado de Peralta (1968‑1972).
  • Doctorado honoris causa de la Universidad de Zaragoza (octubre de 1960).
  • Hijo predilecto de Barbastro (29 de marzo de 1947).
  • Hijo adoptivo de Barcelona (7 de octubre de 1966).
  • Hijo adoptivo de Pamplona (octubre de 1960).
  • Gran cruz de San Raimundo de Peñafort (1954).
  • Gran cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio (1951).
  • Gran cruz de la Orden Isabel la Católica (1956).
  • Gran cruz de la Orden Carlos III (1960).
  • Gran cruz de la Orden Civil de la Beneficencia, con distintivo blanco (1964).
  • Nombramiento como monseñor por parte del Papa.

Influencia

La obra de Escrivá no se limitó al ámbito español. Sus escritos, entre ellos la famosa obra Camino, han trascendido fronteras y se han difundido en numerosos idiomas y culturas, alcanzando a millones de lectores en todo el mundo. Su influencia se debe, en buena medida, a la idea de que la santidad se descubre en la vida diaria, y no en la retirada de la vida secular, sino en la integración de la fe en el trabajo, el estudio y la responsabilidad cívica. En ese marco, se presentó como un divulgador de una espiritualidad que proponía una alianza entre la fe y la acción en el mundo moderno, una propuesta que encontró resonancia entre católicos de distintas tradiciones y entre personas que buscaban una vía práctica para vivir su fe en el siglo XX.

El pensamiento de Escrivá recibió apoyo de varias generaciones de clérigos y de papas. Por su énfasis en la llamada a la santidad para los laicos y en la dignidad del trabajo, se le atribuye una relación con los debates y las reformas que caracterizaron el Concilio Vaticano II. Diversos prelados, entre ellos algunos de los papas que lo sucedieron, vieron en su enseñanza una anticipación de la visión de un cristianismo que abraza la labor cotidiana como camino de santidad. Esta continuidad entre su mensaje y la orientación de la Iglesia mundial ha sido objeto de amplio debate académico y pastoral, y su vida y obra continúan siendo fuente de estudio, reflexión y inspiración para quienes buscan una espiritualidad que dialoga con la vida contemporánea.

Entre las figuras eclesiásticas que se han acercado a su legado se cuenta el apoyo recibido de varios papas y obispos a lo largo de las décadas. Este respaldo ha contribuido a que la figura de Escrivá sea considerada como un referente para comprender la espiritualidad de la vida secular en la Iglesia católica. A la par, ha existido también un debate crítico que ha cuestionado métodos, enfoques y ciertas alianzas históricas del movimiento. Sin embargo, la evaluación de su influencia permanece abierta en la academia y en la vida eclesial, con un reconocimiento claro de que su propuesta de santidad universal dejó una marca indeleble en la espiritualidad y en la vida pastoral de varias comunidades a lo largo del planeta.

Controversia

A lo largo de su trayectoria, Escrivá y el Opus Dei estuvieron rodeados de polémica, arrastrando debates sobre secretismo, elitismo y sectarismo. Algunas críticas se dirigieron a la percepción de una estructura interna muy cerrada y una estrategia organizativa que, para algunos, limitaba la apertura a la participación de laicos y miembros de otras tradiciones religiosas. Otras voces expresaron preocupación por el vínculo entre ciertos proyectos del Opus Dei y prácticas políticas de regímenes autoritarios en distintas épocas, lo que llevó a una revisión crítica de la historia de la organización. En el marco de estos señalamientos, varios investigadores y comentaristas sostuvieron que algunas acusaciones eran oportunistas o derivadas de tensiones entre intereses institucionales y visiones teológicas, mientras que otros han subrayado la necesidad de un examen riguroso de estas cuestiones para comprender plenamente el fenómeno histórico que significó la Obra de Escrivá.

Entre las respuestas a esas críticas, destacan las declaraciones de diversos actores eclesiásticos y de testigos que vivieron de cerca la vida de Escrivá y de la Prelatura. Afirmaciones contrarias a su figura han sido desmentidas por quienes lo conocieron y trabajaron con él a lo largo de décadas, lo que ha contribuido a un debate historiográfico complejo. En cualquier caso, el relato histórico contemporáneo señala que la canonización de Escrivá no estuvo exenta de reacciones encontradas y de discusiones en el ámbito público y religioso, lo que refleja la magnitud del fenómeno vivido por el Opus Dei y su fundador en el siglo XX. Todo ello forma parte del complejo mosaico de su legado, que continúa siendo objeto de estudio y de reflexión en la Iglesia y en la sociedad civil.

Centenario y publicaciones

Con motivo del centenario de su nacimiento, la Pontificia Universidad de la Santa Cruz organizó un congreso internacional titulado La Grandeza de la vida corriente, cuyo lema y enfoque buscó traducir en actos y publicaciones la idea de una santidad que se manifiesta en la vida cotidiana. Las actas de ese encuentro se publicaron en varios volúmenes, que recogían las reflexiones de especialistas y testimonios de quienes habían experimentado la influencia de Escrivá en su vida profesional y espiritual. En el ámbito editorial, las obras de Escrivá han sido recopiladas y reeditadas en múltiples idiomas y países, de modo que su mensaje continúa disponible para nuevas generaciones, acompañando a quienes buscan una espiritualidad que conjugue fe, trabajo y servicio al prójimo.

la figura de Josemaría Escrivá se mantuvo como un referente de la vida cristiana en el mundo moderno: un testigo de la santidad que propone vivir la fe de manera integral, sin aislarse de las realidades del mundo. Su legado sigue inspirando a millones de personas a ver en el trabajo, la familia y la vida cotidiana una oportunidad para encontrarse con Dios y para hacer de cada acción una ocasión de amor y servicio. Su biografía, llena de logros, desafíos y controversias, continúa siendo un marco de reflexión para comprender la relación entre fe y cultura en el último siglo.

Imágenes de Josemaría Escrivá de Balaguer