Vida Icónica VIDAICÓNICA

Lizardo Montero Flores

Nombre completo Lizardo Montero Flores
Descripción Presidente del Perú de 1881 a 1883
Fecha de nacimiento 27-05-1832
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 05-02-1905
Nacionalidad Perú
Ocupaciones político, militar
Idiomas español
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Juan Lizardo Montero Flores nació en Ayabaca, en el departamento de Piura, el 27 de mayo de 1832, y murió en Lima el 5 de febrero de 1905. Su trayectoria está marcada por los derroteros de la marina y la política peruana durante un periodo convulso de nuestra historia. A lo largo de su vida ocupó cargos de mando y responsabilidad que lo llevaron a ejercer la presidencia provisoria ante la ocupación extranjera, y a desempeñar funciones de alcalde de Lima en momentos críticos. Su figura, involucrada en la defensa de la patria y en la vida parlamentaria, dejó una huella notable en la etapa de reconstrucción nacional tras la guerra.

Lizardo Montero Flores — Imagen alternativa
Lizardo Montero Flores — Imagen principal

Juan Lizardo Montero Flores nació en Ayabaca, en el departamento de Piura, el 27 de mayo de 1832, y murió en Lima el 5 de febrero de 1905. Su trayectoria está marcada por los derroteros de la marina y la política peruana durante un periodo convulso de nuestra historia. A lo largo de su vida ocupó cargos de mando y responsabilidad que lo llevaron a ejercer la presidencia provisoria ante la ocupación extranjera, y a desempeñar funciones de alcalde de Lima en momentos críticos. Su figura, involucrada en la defensa de la patria y en la vida parlamentaria, dejó una huella notable en la etapa de reconstrucción nacional tras la guerra.

Biografía

Carrera militar y política

Hijo de José Casimiro Montero del Águila y de Gregoria Flores Izaga, Montero inició sus estudios en la Universidad de Quito y, ya asentado en Lima en 1851, ingresó a la Escuela Naval del Perú como guardiamarina. Su primer destino fue la goleta Mercedes, embarcación que enfrentó un naufragio frente a Casma el 3 de mayo de 1854; su capitán, Juan Noel y Lastra, entregó su vida en ese episodio al evitar abandonar la nave hasta asegurar la salvación de toda la tripulación. Este hecho forjó en Montero un temprano sello de valor y compromiso profesional.

En la etapa siguiente, ya como teniente segundo, formó parte de la fragata Apurímac, liderando un grupo de marinos que se sublevaron en Arica durante la llamada revolución de 1856, encabezada por Manuel Ignacio Prado frente al gobierno de Ramón Castilla. Surgió entonces una escuadra rebelde que recorrió la costa peruana y llevó a Montero a participar en acciones en la zona, entre ellas la incursión al Callao de 1857, un episodio significativo de esa crisis civil que enfrentó al vivanquismo y al castillismo. Con el triunfo de los realistas, la rebelión se deshizo y la mayor parte de la marina rebelde fue retirada del servicio; la última nave que capitaneaba Montero se rindió el 17 de marzo de 1858.

Voluntariamente, Montero viajó a España en 1858 para retornar en 1862, reincorporándose al servicio con el grado de capitán de corbeta y asumiendo la jefatura del bergantín Lerzundi. En esa época participó en la revolución restauradora que llevó a Mariano Ignacio Prado al poder, en la lucha contra el gobierno de Juan Antonio Pezet, un episodio que consolidó su condición de oficial capaz de moverse con agilidad entre las intrigas políticas y las operaciones navales.

Con el ascenso a capitán de navío y el encargo de mando general de la Escuadra durante la guerra contra España, Montero ocupó un papel central en la defensa de Callao durante el combate del 2 de mayo de 1866. Su posición estratégica consistió en ubicar las galeras peruanas entre las naves invasoras y la población del Callao, reduciendo el impacto de los ataques y facilitando la respuesta de las defensas terrestres. Estas acciones mostraron su capacidad para coordinar fuerzas navales y terrestres en un marco de conflicto internacional.

En Valparaíso, cuando protestó contra la decisión gubernamental de contratar al comodoro estadounidense John R. Tucker para dirigir la armada en una operación proyectada hacia Filipinas, fue detenido, aislado en la Isla San Lorenzo y sometido a un proceso que terminó con su absolución en 1867. Más allá de ese episodio, su trayectoria continuó hacia la consolidación de su carrera: en 1871 participó en la fundación del Partido Civil, y en 1872 llevó a Manuel Pardo al poder, a la vez que ejerció como senador por Piura hasta 1881.

En la arena interna, Montero se destacó también como líder en las lides civiles: desde sus funciones de mando en el sur durante la guerra y su presencia en la dirección de las fuerzas terrestres, contribuyó a hacer frente a las movilizaciones internas que amenazaban la estabilidad de Pardo. En 1874 participó activamente en la derrota de una nueva intentona liderada por Nicolás de Piérola, conocida como la Expedición del Talismán, y su labor en las filas del ejército dejó constancia de su capacidad para incidir en los resultados de la lucha política y militar que definía la época.

El periodo político le deparó una nueva opción electoral en 1875, cuando aspiró a la Presidencia del Perú, aunque fue vencido por Mariano Ignacio Prado. En 1876, ya bajo el mandato de Pardo, recibió el grado de contralmirante y se consolidó como uno de los oficiales de mayor experiencia de la Marina de Guerra peruana.

En la guerra del Pacífico

Con la irrupción de la Guerra del Pacífico, los mandos de la Armada peruana debatieron sobre la designación del mando superior. Según la tradición, Miguel Grau habría aconsejado al presidente Prado nombrar a Montero para presidir la Escuadra; sin embargo, Prado decidió asignarle la responsabilidad de la defensa de Arica, específicamente las baterías fijas de esa plaza. A finales de 1879, Montero recibió la jerarquía de jefe político y militar de los departamentos del sur, cargo que asumió tras la caída del general Juan Buendía y Noriega en la resolución de la batalla de Dolores.

Desde entonces, Montero coordinó las operaciones en el sur y, tras la derrota del ejército aliado en la batalla del Alto de la Alianza en 1880, se retiró hacia Arequipa y, posteriormente, hacia Lima, donde ocupó brevemente el cargo de alcalde. El destino de sus tropas estuvo siempre sujeto a la tensión entre objetivos militares y las presiones políticas: bajo la dirección de Piérola, el mando en Arequipa se enmarcó en el esfuerzo por sostener la defensa nacional, y Montero apareció como parte del Estado Mayor, participando en las batallas de San Juan y Miraflores en enero de 1881, que formaban parte de la campaña de la Breña.

Al consolidarse el gobierno de Francisco García Calderón en Arequipa, Montero recibió el encargo de dirigir el poder ejecutivo de manera interina. En esa coyuntura, asumió la jefatura de la administración desde Huaraz y luego desde Arequipa, con la intención de mantener la estructura del Estado durante la crisis. En ese periodo, que se extendió hasta 1883, la intervención chilena fue decisiva para el curso de la contienda y para la definición de la estrategia de resistencia que intentó sostenerse pese a las dificultades logísticas y a las tensiones políticas internas.

En la fase central de la confrontación, Montero mantuvo negociaciones con Chile, sin ceder en cuestiones territoriales, y procuró proteger la integridad nacional mediante apoyos a Bolivia y la búsqueda de suministros desde Europa y Estados Unidos. En ese marco, logró gestionar envíos de armamento que terminaron en Bolivia y en sustituciones para el ejército peruano en Puno, fortaleciendo la resistencia conducida por Andrés A. Cáceres. Esta labor demostró su capacidad para intervenir en el entramado internacional de la época y para coordinar alianzas estratégicas en favor de la causa peruana.

Sin embargo, el episodio más controvertido de su mandato fue la retirada de las tropas desde Arequipa, que dejó la ciudad a merced de la ocupación chilena. Aunque algunos sostienen que se trató de una huida para evitar un enfrentamiento civil, otros argumentan que la operación respondió a la necesidad de preservar la capacidad de combate y reorganizarse en el sur. En todo caso, la retirada desató un intenso debate público y dejó una herida en la memoria nacional.

La situación se agudizó después de la firma del Tratado de Ancón, suscrito por el gobierno de Miguel Iglesias, en 1883, que selló la derrota y abrió la puerta a una nueva fase de negociaciones. En ese contexto, Montero sostuvo que la defensa de Arequipa debía continuar, pero la realidad de la presión chilena y de la inquietud popular llevó finalmente a su salida de la ciudad. El desenlace, visto por algunas voces como una rendición y por otras como una medida para evitar una guerra civil, fue objeto de controversia y de análisis histórico.

Las crónicas de la época relatan que, ante la llegada inminente de las fuerzas invasoras, el municipio y distintos notables, entre ellos Enrique Gibson, solicitaron a Montero evitar el combate dentro de Arequipa. Él insistió en mantener la resistencia, aunque el consejo de ministros y otros oficiales optaron por la retirada para reorganizar las fuerzas en Puno. En la plaza central de la ciudad, se produjeron tensiones: muchos apoyaron la defensa, mientras otros abogaron por la rendición; hubo incluso un incidente violento en el que una bala atravesó el kepí de Montero, hiriendo a uno de sus ayudantes y dejando consternada a la población.

La retirada culminó con su viaje hacia el interior, acompañado por una reducida comitiva, hacia Puno y, luego, hacia Bolivia y Buenos Aires, para retornar más tarde a la vida política del país. Las memorias y las crónicas señalan que la dispersión de las defensas en Arequipa y la precariedad de las operaciones militares permitieron a Chile consolidar su control sobre el sur, un hecho que marcó de manera indeleble la continuidad de la guerra y el eventual proceso de reconstrucción nacional.

Mientras tanto, las fuentes chilenas, citando a Arequipa, sostienen que la ciudad contaba con capacidades de defensa que, por motivos estratégicos, terminaron desmanteladas, una conjetura que ha sido objeto de debate entre historiadores. En contraste, las notas de Basadre resaltan que la intervención boliviana suministró armamento y vituallas sustanciales a Montero en Arequipa: rifles, municiones, cañones Krupp y otros elementos logísticos, junto con recursos para el sostén de las tropas y la organización de la guardia nacional. Estos apoyos permitieron, en la medida de lo posible, sostener la estructura de la campaña sur y la cooperación con la resistencia cerquera de Cáceres.

Últimos años

Los años siguientes a la contienda estuvieron marcados por una etapa de inestabilidad en el Perú, con tendencias autonomistas y políticas en pugna entre Iglesias en Lima y Cáceres en la sierra central. Eventualmente, Cáceres logró consolidar un gobierno que se mantuvo en el poder constitucionalmente desde 1886. En ese marco, Montero regresó a la escena política y, en 1889, fue elegido de nuevo senador por Piura, cargo que desempeñó hasta 1894, cuando la vida pública recibió una nueva reorganización tras la revolución cívico-demócrata que llevó a Nicolás de Piérola a la presidencia. Aunque se apartó de la actividad oficial, aceptó servir como vocal del Consejo Supremo de Guerra y Marina, manteniendo una presencia en las esferas de toma de decisiones.

La muerte llega en Lima, en 1905, cerrando un capítulo de una vida dedicada a la defensa de la nación, a la práctica de la política y a la participación en la vida institucional durante un siglo de transición. Su legado permanece en la memoria de las batallas y en el registro de las instituciones que intentaron sostener la cohesión nacional ante la adversidad, así como en la historia de la Marina de Guerra y de las figuras que, junto a él, integraron la célebre generación de los Cuatro Ases de la Marina del Perú.

Imágenes de Lizardo Montero Flores