Vida Icónica VIDAICÓNICA

Pío VI

Nombre completo Giovanni Angelo Braschi
Nombre nativo Pius PP. VI
Descripción 250.° papa de la Iglesia católica
Fecha de nacimiento 25-12-1717
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 29-08-1799
Nacionalidad Estados Pontificios
Ocupaciones sacerdote católico
Grupos Iglesia católica
Idiomas latín, italiano
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Pío VI fue el 250.º pontífice de la Iglesia católica, cuyo nombre secular fue Angelo Onofrio Melchiorre Natale Giovanni Antonio Braschi dei Bandi. Nacido en Cesena el 25 de diciembre de 1717 y fallecido en Valence-sur-Rhône el 29 de agosto de 1799, su vida transcurrió entre el mundo de la corte papal y el tambaleante final del Antiguo Régimen. Su papado, que abarcó desde 1775 hasta su exilio y posterior fallecimiento, coincidió con la consolidación de un nuevo orden político y social que transformó para siempre Europa y el tejido de la cristiandad.

Pío VI — Imagen principal
Firma de Pío VI

Pío VI fue el 250.º pontífice de la Iglesia católica, cuyo nombre secular fue Angelo Onofrio Melchiorre Natale Giovanni Antonio Braschi dei Bandi. Nacido en Cesena el 25 de diciembre de 1717 y fallecido en Valence-sur-Rhône el 29 de agosto de 1799, su vida transcurrió entre el mundo de la corte papal y el tambaleante final del Antiguo Régimen. Su papado, que abarcó desde 1775 hasta su exilio y posterior fallecimiento, coincidió con la consolidación de un nuevo orden político y social que transformó para siempre Europa y el tejido de la cristiandad.

Orígenes

«Pío VI» nació como heredero de una familia noble con fuertes vínculos a la administración territorial de los Estados Pontificios. Fue el primogénito de Marco Aurelio Tommaso Braschi, segundo conde de Falcino, y de la condesa Anna Teresa Bandi, quienes le dieron una educación esmerada y un entorno de responsabilidad cortesana. Sus hermanos fueron Felice Silvestro, Giulia Francesca, Cornelio Francesco, Maria Olimpia, Anna Maria Costanza, Giuseppe Luigi y Maria Lucia Margherita; una prole numerosa que marcó su infancia en un mundo de jerarquías y obligaciones. Cesena lo vio nacer en una familia que de su seno extrajo una vocación hacia la burocracia eclesiástica, un camino que, más adelante, lo llevaría a ocupar puestos de influencia en la Curia romana.

Fue bautizado pocos días después de su llegada al mundo; desde entonces, su vida estaría entretejiéndose con las artes de la diplomacia eclesiástica y las intrigas de la política papal. Onofrio y los suyos le otorgaron un marco de aprendizaje que combinaría la tradición oriental de la devoción con el rigor administrativo que exigiría su futura cruzada por la Reforma y la defensa de la autoridad eclesiástica frente a presiones estatales.

Estudios y formación doctrinal

Durante su juventud, Pío VI se enfrentó al dilema entre la vida sacerdotal y un desarrollo académico que lo preparara para las complejas tareas administrativas de la Santa Sede. Ingresó a la Compañía de Jesús como marco de formación espiritual y humana, y su educación se centró en la tradición académica de la Curia. En el Colegio Romano, actual sede de una de las más ilustres casas de estudios, consolidó bases sólidas en derecho canónico y derecho civil, obteniendo, en los años 1735, títulos que atestiguaban su dominio de ambas ramas del saber jurídico. Licenciatura en Derecho y Licenciatura en Derecho Canónico fueron sus primeros hitos formativos, que luego ampliaron su horizonte en la Universidad de Ferrara, donde consiguió el doctorado en Derecho y otro doctorado en Derecho canónico, consolidando su estatus de doctor in utroque iure, capaz de comprender y regular las complejidades de la jurisprudencia eclesiástica y la civil.

Con el pasar de los años, su aprendizaje dio paso a una etapa de profundización en el derecho y en la estructura normativa de la Iglesia, que lo sostuvo cuando fue llamado a ejercer responsabilidades en la Curia Romana. Su sólida formación, combinación de disciplinas y su dominio de las técnicas jurídicas le permitirían, años después, enfrentarse con una visión integral a los retos de la Iglesia en un mundo cambiante.

Sacerdocio y servicio en la Curia Romana

La ordenación sacerdotal llegó en 1755, momento en el que Pío VI viajó a Roma protegido por la influencia de un influyente cardenal y obtuvo, gracias a esa red de apoyo, el cargo de secretario de Benedicto XIV. Este impulso inicial encarnó su acceso a la administración central de la Iglesia y marcó el inicio de una trayectoria dedicada a articular las finanzas y las políticas del Estado Pontificio. En esa época, decidió desprenderse de la dignidad de conde de Falcino para concentrarse plenamente en su labor eclesial.

El ascenso continuó cuando el sucesor de Benedicto XIV, Clemente XIII, lo elevó al cargo de auditor de la Cámara Apostólica y, años después, a la tesorería de la misma, puestos que consolidaron su papel como gestor de las rentas del Estado Pontificio. Bajo la supervisión del cardenal camarlengo, asumió la delicada tarea de garantizar la solvencia de la Santa Sede y la distribución equitativa de los recursos, al tiempo que enfrentaba las tensiones entre la autoridad papal y las finanzas estatales.

La experiencia adquirida en estas funciones fue clave para su posterior nominación al cardinalado, ya que demostró capacidad para conciliar el interés imperecedero de la Iglesia con las presiones de un mundo que pedía reformas y mayor eficiencia administrativa. En ese periodo, además, desempeñó funciones de defensor de la tradición y, a la vez, de reformador prudente ante las complejidades de la gestión de una institución tan extensa y variada como los Estados Pontificios.

Cardenalato

En 1769, la sede de San Pedro recibió a un nuevo cardenal cuyo nombre era conocido en los círculos romanos por su fluidez en los asuntos de la Curia. Este periodo estuvo marcado por un equilibrio entre la firmeza doctrinal y una apertura estratégica hacia soluciones administrativas que permitieran sostener la estructura eclesiástica frente a las tensiones externas. En 1773, el Papa de entonces, Clemente XIV, concedió a Braschi el capelo cardenalicio y la dignidad de San Onofrio, consolidando su estatus en el Colegio Cardenalicio. A la vez, fue nombrado abad comendatario de monasterios de rito benedictino y camaldulense, lo que atestiguaba el reconocimiento de su capacidad para dirigir comunidades monásticas y administrar bienes eclesiásticos.

La elección de Braschi al cardinalato coincidió con su notable apoyo a la Compañía de Jesús, a pesar de las tensiones que el Papa mantenía respecto a la permanencia o disolución de la orden; su postura fue vista por algunos como un acto de defensa de las instituciones jesuitas frente a la presión política de la época. Este periodo también estuvo marcado por su nombramiento como abad de San Gregorio al Celio y Subiaco, lo que subrayaba su papel de figura decisiva en la vida religiosa romana.

Elección papal

Cuando Clemente XIV falleció, el Cónclave romano que se inauguró en 1774 entró en una fase de deliberaciones intensas. Tras varios meses de deliberaciones, Braschi fue elegido Papa el 15 de febrero de 1775, asumiendo un cargo que, por la naturaleza de la Iglesia en aquel siglo, exigía una combinación de sabiduría teológica, habilidad diplomática y experiencia administrativa. A fin de ser consagrado, fue impulsado por el decano del Colegio Cardenalicio y por otros cardenales de peso, de modo que recibió la consagración y la proclamación de su investidura mediante el protocolo establecido por la Santa Sede. En su propio relato sobre el nombre que seleccionó para su Pontificado, ofreció una explicación que subrayaba su sentido de misión y de continuidad con la tradición.

La designación de Pío VI no fue meramente onomástica: representó un compromiso de caminar con la Iglesia en un tiempo de cambios profundos, cuando la razón crítica amenazaba con cuestionar las estructuras políticas y religiosas que habían sostenido a Europa durante siglos. Su elección significó, para muchos, la promesa de una defensa firme de la fe frente a las crecientes tensiones entre laid y autoridad, y la promesa de un liderazgo que pudiera permanecer fiel a la tradición, sin renunciar a la necesidad de responder a los desafíos del momento.

Pontificado

El pontificado de Pío VI fue uno de los más prolongados en la historia del papado, con una duración de más de dos décadas. Su vida de gobernante coincidió con la crisis del Antiguo Régimen y con el despertar de movimientos revolucionarios que sacudieron a Europa, transformando las relaciones entre el poder civil y la Iglesia. En este marco, el Papa vivió el conflicto entre la aspiración de modernización y la resistencia de las estructuras tradicionales que defendía la Santa Sede. Su presencia en la cátedra de San Pedro se extendió mientras sus esfuerzos, a veces ambiguos, trataban de sostener la autoridad papal ante fuerzas que amenazaban con redefinir el orden político y religioso del continente. El blasón de su gobierno fue, en gran medida, la defensa de la continuidad institucional y un intento de reconciliar la fe con los cambios sociales que llegaban con la Revolución Francesa.

Inicio de su gestión

Una de las primeras medidas administrativas de su mandato fue abordar la cuestión de la seguridad ciudadana en Roma, castigando a quienes provocaban desórdenes. Braschi se esforzó por ordenar las finanzas del Estado eclesiástico y organizó una comisión de cardenales para reconstruir el orden de las rentas, regular las contribuciones y fomentar la producción agrícola en los Estados Pontificios. En paralelo, intervino para frenar abusos en la provisión de alimentos, entregando responsabilidades a las estructuras competentes y dejando claro que la integridad de la Hacienda pontificia no podía verse comprometida. En este tramo inicial también procedió a separar de sus cargos a quienes habían adquirido empleos de forma indebida, y redujo ciertas pensiones improductivas, logrando un ahorro significativo para las arcas vaticanas. El Jubileo extraordinario, promovido en la década de su inicio de gobierno, recibió un respaldo renovado de su parte y atrajo una afluencia masiva de peregrinos, fortaleciendo la imagen de la Iglesia como foco de devoción mundial.

En el terreno de la artesanía administrativa y cultural, Pío VI promovió reformas y proyectos de alto impacto. Encabezó la defensa de la herencia cultural de la Iglesia y fomentó la conservación y el descubrimiento de tesoros de la Roma clásica. Se lanzó a labores de restauración y excavación, canalizando fondos y apoyos para descubrir esculturas, mosaicos y otros vestigios que enriquecieron el Museo Pío-Clementino, a la vez que impulsaba la restauración de la Vía Appia y la puesta en valor de infraestructuras públicas vinculadas al mundo antiguo.

Entre las obras de reestructuración de su gestión, destaca la creación de una sacristía destinada a la Basílica de San Pedro y la promoción de un nuevo diseño arquitectónico para el edificio san Pedro, obra que se desarrolló bajo la dirección de maestros de la arquitectura renacentista y barroca contemporáneos. Este conjunto de actuaciones constituyó una estrategia para consolidar un legado artístico y religioso que resistiera a las tensiones de su tiempo.

La Dra. de la curia también impulsó la restauración de monasterios y la gestión de las lagunas pontinas. Fue responsable de la planificación de un desagüe que conectaba varias zonas ribereñas y que, a través de una serie de obras, convirtió antiguos pantanos en tierras cultivables. El plan, que se ejecutó con la participación de arquitectos y artesanos, se extendió durante años y dejó huellas duraderas en la geografía agraria de la región.

El patrocinio de las artes

La labor cultural de Pío VI tuvo un rasgo distintivo: la inversión en infraestructuras portuarias y la ampliación de los museos papales. En los alrededores de Anzio y Terracina llevó a cabo obras de mejora de puertos que favorecieron el tráfico comercial y la apertura de caminos de acceso para mercados de todo el mundo. Asimismo, enriqueció el Museo Clementino con obras recuperadas de excavaciones arqueológicas que promovía activamente para descubrir vestigios de la Roma antigua. En estas empresas destacó la figura de un equipo de arqueólogos y religiosos que coordinaban las campañas en sitios como Otricoli, donde se hallaron piezas de bronce, bustos y mosaicos que atestiguaban una fecunda investigación del pasado. También ordenó la reparación de la entrada del Palacio del Quirinal y el levantamiento de un obelisco en un punto estratégico de la residencia papal. Esta intervención dio lugar al apodo popular Monte Cavallo, nombre que alude a la figura del conjunto monumental bajo el palacio.

Otra arista primordial fue la consolidación de Ancona como puerto estratégico para las relaciones entre la Santa Sede y los estados limítrofes. Se llevó a cabo una ampliación, una fortificación y una decoración que culminó en la instalación de un fanal, símbolo de la apertura del puerto a las naciones y a todas las confesiones religiosas. En este marco, el Papa dejó grabada en una de las puertas de la ciudad una declaración de tolerancia y convivencia entre diferentes credos. A la par, se erigió una sacristía de nueva planta para la Basílica de San Pedro, y se impulsó la reconstrucción del interior de la capilla mayor de la misma basílica, junto con la instalación de un conjunto de obras y mejoras que marcaron su impronta en la monumentalidad de la Santa Sede.

La vida monástica recibió un impulso particular: se emprendió la restauración del monasterio de Subiaco, con un plan de rehabilitación de una caverna que dio origen a la tradición monástica occidental. En esta decisión, el Papa recordó su vínculo anterior con ese lugar, donde ya había sido nombrado abad durante su etapa de tesorero en la Cámara Apostólica. Paralelamente, se impulsó la creación de infraestructuras hidráulicas para las Lagunas Pontinas, con un plan de drenaje que permitió transformar tierras húmedas en campos cultivables y generar un pulmón agropecuario estable para la población de las cercanías. En este esfuerzo, se recogieron donaciones para costear las obras, y los trabajos revelaron hallazgos arqueológicos que enriquecieron la visión histórica de la Roma antigua.

El caso de los jesuitas

Aunque mantenía consideración personal por las Jesuitas, Pío VI no derogó la bula de suppressio de la Orden. Sin embargo, ordenó la liberación del P. General Lorenzo Ricci, prisionero en el Castillo de Sant’Angelo, aunque Ricci falleció antes de recibir la noticia de su liberación. En otros frentes, respondió a presiones europeas por mantener la continuidad de la Compañía en determinadas fronteras, en especial ante la oferta de refugio que autoridades de otros países pudieron proporcionar a la orden. Estos gestos reflejaron una política de equilibrio entre la firmeza doctrinal y la prudencia diplomática que caracterizó su actuación en un periodo de cambios radicales.

En el plano internacional, emergieron escenarios de disuasión y cooperación entre potencias. El monarca prusiano, Federico II, solicitó que la Compañía continuara sus actividades en Prusia y Rusia; la respuesta del Papa estuvo cargada de la idea de conservar centros educativos para la orden, acatando a la vez la realidad de una Europa que buscaba nuevas formas de organización religiosa y educativa. En este marco, la figura papal se convirtió en un punto de apoyo para quienes defendían la pervivencia de la red educativa jesuita, aun cuando la organización religiosa estuviera bajo escrutinio y limitaciones legales.

Relaciones exteriores

Nápoles:

En el reino de las Dos Sicilias, las políticas de Carlos III y de su hijo Fernando IV movieron piezas para reformar la vida eclesiástica regional. El regente Bernardo Tanucci recibió instrucciones de avanzar en la contención de abusos en la administración eclesiástica y en la recaudación de tributos, con un énfasis especial en la reorganización de la autoridad de la Cancelaría Romana y la reducción de las cargas financieras que fortalecían la relación entre la Iglesia y la Corona. En el marco de la minoría de edad de Fernando, Tanucci ejerció la regencia y, entre sus actos, destacó el intento por retocar la relación de poder entre Roma y Nápoles, evitando que Clemente XIII avocara la supresión de la Compañía de Jesús. Durante ese periodo, el Reino Excelso modificó derechos de la Cancillería y recortó aportes a la Biblioteca Vaticana. Estos movimientos reflejaban una tensión histórica entre la centralización papal y la autonomía regia. Con el devenir de los años, las aspiraciones de la Casa Farnesio para extender sus dominios se vieron suspendidas cuando la reconciliación entre Borbones y la Santa Sede obligó a posponer algunos planes. En respuesta, el Papa concedió indulgencias a aquellos que visitaran las principales iglesias de Roma durante el Jubileo, mientras que en Nápoles se difundían edictos que buscaban replicar estas prácticas desde el ámbito real.

En 1776, Tanucci emprendió la clausura de numerosos monasterios en Sicilia, la fusión de obispados y la designación de abades por mandato real. Los obispos recibieron la facultad de nombrar curas vacantes, lo que generó un choque entre la autoridad papal y el poder civil. A su vez, el Papa se opuso a estas reformas, lo que dejó un saldo de numerosas sedes vacantes en el Reino de Nápoles y, con el tiempo, una negociación que logró, en 1791, llenar 62 de esas vacantes. Este episodio ilustra la compleja dinámica entre autoridad papal y soberanía real en el corazón de la península itálica.

Austria:

La relación con el emperador José II estuvo marcada por la supervisión de Kaunitz y un choque de visiones entre Roma y Viena. El Papa emprendió una visita a la corte imperial en 1782 para dialogar sobre reformas, y el encuentro se desarrolló en un marco de formalidad que incluía un hospedaje en la residencia de la reina María Teresa. Aun cuando la apertura protocolaria fue limitada, el Papa insistió en la necesidad de conservar la integridad de la fe frente a las reformas que buscaban redefinir el papel de la Iglesia en los dominios del imperio. En la práctica, se logró un acuerdo que dejó intacta la autoridad papal en la designación de obispos en Milán y Mantua, y en el marco de un concordato que se firmaría en 1784, poniendo freno a la intervención directa de la Corona en asuntos eclesiásticos. El emperador, por su parte, acompañó al Papa en su viaje de regreso y, tras su retorno, tomó medidas de reorganización que buscaban una convivencia más regulada entre la Iglesia y el poder civil.

Toscana:

En la Toscana, la figura de Leopoldo II, Gran Duque, impulsó reformas que se alineaban con la dinámica de la Europa de ese tiempo. El obispo Scipio Ricci, en Pistoya, promovió un Sínodo de Pistoya y promovió doctrinas que fueron consideradas por la Santa Sede como desafortunadas. En la bula Auctorem Fidei, Pío VI condenó esas propuestas, mientras que en los Estados alemanes, la resistencia de los electores eclesiásticos y la injerencia en los asuntos de la Iglesia generaron tensiones que se propagaron por centros universitarios y catedrales. Este periodo mostró la fragilidad de la unidad católica frente a corrientes contrarias a la autoridad pontificia, y el Papa respondió fortaleciendo su posición doctrinal y disciplinaria.

Suecia:

Gustavo III, monarca que circulaba incognito por Europa, buscó encuentros con el Papa para conocer su visión de la cristiandad. La visita, de carácter no oficial por las diferencias religiosas, se organizó de forma singular: se produjo un encuentro casual en el Museo Clementino, donde la guía papal permitió al rey apreciar de cerca las obras y tesoros. El episodio dejó una impresión duradera y dio lugar a una obra de un pintor francés que conmemora la experiencia. Este gesto simbolizaba la apertura de la Iglesia a las relaciones con otros reinos, aun cuando las diferencias doctrinales aportaran límites a la interacción formal.

Estados Unidos de América:

La expansión misionera de la Iglesia en tierras ultramarinas recibió un reconocimiento esencial cuando, en 1784, John Carroll fue designado prefecto apostólico de las misiones estadounidenses, unhead que marcó el primer reconocimiento formal de la Santa Sede hacia una jurisdicción eclesiástica en aquel territorio. Posteriormente, la bula de 1788 erigió Baltimore como la primera archidiócesis de los Estados Unidos, subrayando la importancia de la Iglesia en la consolidación de una identidad cívica y religiosa en una nación en gestación. Este periodo atestigua la influencia prevalente de la Santa Sede en la configuración de la Iglesia en aquel continente emergente.

Otras naciones:

La relación con Portugal se convirtió en un ejemplo de cooperación cordial. Tras la coronación de María I, se firmó un concordato en 1778, sellando una alianza entre la Santa Sede y el Reino lusitano. En España, Cerdeña y Venecia se movieron en una dirección similar, adoptando medidas que seguían la inspiración de José II, a la vez que mantenían la necesidad de coordinar direcciones con la Santa Sede para preservar la unidad de la cristiandad. Estas alianzas ilustran la red de pactos y acuerdos que, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, buscó sostener la influencia de la Iglesia frente a las transformaciones políticas y culturales que definían el periodo.

La Revolución Francesa

El estallido de la Revolución Francesa, que comenzó con la toma de la Bastilla en 1789, marcó un punto de inflexión en la historia europea. El Papa no dejó de denunciar los atropellos del régimen revolucionario y, pese a las presiones, se mantuvo firme en la defensa de la libertad religiosa frente a la persecución de ministros y comunidades religiosas. En el marco de los conflictos, hizo gestos de apoyo al clero que permanecía en cautiverio y se opuso a la Constitución Civil del Clero, rechazando la subordinación de la Iglesia a la ley estatal. Algunos obispos, no obstante, respondieron con lealtad a la Nueva Francia, lo cual generó tensiones y confrontaciones que se prolongaron durante años. A la par, la Iglesia asistió a la proclamación de doctrinas que alteraban su patrimonio, y la reacción papal ante la ejecución del rey Luis XVI dio lugar a una nueva fase de confrontación con el poder revolucionario.

En los territorios de jurisdicción pontificia que habían sido devueltos a Clemente XIV, las maniobras de Napoleón Bonaparte tras la conquista de Italia desataron un conflicto de gran magnitud. Roma y las posesiones papales vivieron años de cierres, confiscaciones y reconfiguración de fronteras político-religiosas. El Papa participó en la militarización de la respuesta europea frente a la Revolución y, ante el avance de las tropas francesas, se vio obligado a negociar, cediendo ciertas prerrogativas para salvaguardar la vida de la Iglesia. En Tolentino y en otros escenarios, se selló un acuerdo que, a cambio de pagos y concesiones, evitó la ocupación total de Roma. Este episodio constituyó un punto de inflexión en la relación entre la Iglesia y el Estado en el continente, con repercusiones que resonaron en toda la geografía cristiana.

En 1798, tras la creación de la República Romana, se desató una ofensiva que modificó radicalmente la vida religiosa en los Estados Pontificios: el matrimonio civil y el divorcio fueron legalizados, los monasterios cerraron sus puertas y las propiedades de la Iglesia fueron incautadas. La última consecuencia de esta ola revolucionaria fue la captura del representante papal en París y la posterior caída de las estructuras eclesiásticas tal como se conocían. El Papa fue obligado a abandonar Roma y a trasladarse hacia el exilio, primero hacia Siena y luego a una ruta que lo llevó, rodeado de un nutrido séquito, a través de los Alpes hasta Valence, en Francia, donde permanecería como prisionero de Estado.

La muerte y el fin de un legado

La vida de Pío VI culminó en Valence-sur-Rhône, el 29 de agosto de 1799. Sus últimas palabras, cargadas de piedad, pidieron el perdón de Dios para sus carceleros, un gesto que reflejaba la profundidad de su espiritualidad incluso en los momentos finales de su existencia. En su tiempo, los custodios de la historia cristiana cuestionaron su legado, pero la memoria de su figura siguió alimentando debates y reflexiones sobre la relación entre la Iglesia y el poder civil, la libertad religiosa y la defensa de la tradición. Sus restos serían trasladados a Roma años después, en un proceso que simbolizó la continuidad de la Iglesia incluso frente a las más severas adversidades.

La profecía de san Malaquías relacionó a este Papa con la figura de un peregrino apostólico. Aunque otros papas habían sido sujetos de interpretaciones semejantes, Pío VI fue destacado por haber emprendido un viaje apostólico a Austria con la expresión «Peregrinus apostolicus, Viennae, 1782», un gesto que, según la tradición profética, parece haber anticipado la responsabilidad de su misión en un tiempo de grandes desafíos para la cristiandad. Este rasgo de su biografía, junto a su defensa de la unidad doctrinal ante las presiones revolucionarias y su impulso reformista, consolidaron su lugar en la memoria histórica como un líder que sorteo la incertidumbre de su siglo con una mezcla de firmeza y prudencia.

Escritos y enseñanzas

  • Bula Inscrutabile Divinae
  • Summa Dei
  • Inscrutabile
  • Suprema Dispositione
  • Nuper Pro
  • Super Soliditate
  • Quod Aliquantum
  • Cum Populi
  • Charitas quae (Encíclica)
  • Adeo Nota
  • Quo Luctu
  • Ancorche Antichissimo
  • In Gravissimis
  • Novae Hae Litterae
  • Ubi Communis
  • Dum Nos
  • Quo Fluctu
  • Ubi Lutetiam
  • Ignotae Nemini
  • Quae Causa
  • Perpensis Circumstantiis
  • Quare Lacrymae
  • Ad Nostras Manus
  • Auctorem Fidei
  • Christi Ecclesiae
  • Constantiam Vestram
  • Cum Nos Superiori
  • Quoties Animo

Beatificaciones

  • San Lorenzo de Brindis, beatificado en 1783.
  • Beata Cristiana Menabuoi, nombrada en listados de santidad de la época.
  • Santa Eustaquia Calafato, reconocida en la memoria de la devoción.
  • Beato Jacobo de Strepa, beatificado en el mismo periodo.
  • Beato Juan de Salerno, listado de futuras beatificaciones.
  • Beato Nicolás Factor, contemplado en la misma tanda.
  • Beato Sebastián de Aparicio, beatificado el 17 de mayo de 1789.
  • Santo Tomás de Cori, beatificado el 3 de septiembre de 1786.

Imágenes de Pío VI