Vida Icónica VIDAICÓNICA

Juan José Castelli

Nombre completo Juan José Castelli
Nombre nativo Juan José Castelli
Descripción Político argentino
Fecha de nacimiento 19-07-1764
Lugar de nacimiento
Fecha de fallecimiento 12-10-1812
Nacionalidad Argentina
Ocupaciones político, abogado
Idiomas español
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Juan José Castelli, abogado y funcionario de la etapa colonial, nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764 y dejó de existir el 12 de octubre de 1812. Su figura emerge entre crónicas y memorias como uno de los protagonistas más activos de la crisis dinástica que enfrentó la monarquía española, destacando en el movimiento juntista de mayo de 1810 y ganando apodo por su elocuencia en el Cabildo Abierto. Su trayectoria combinó la práctica legal, la administración pública y una participación decisiva en los primeros esfuerzos de la construcción institucional de la joven América.

Juan José Castelli — Imagen principal
Firma de Juan José Castelli

Juan José Castelli, abogado y funcionario de la etapa colonial, nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764 y dejó de existir el 12 de octubre de 1812. Su figura emerge entre crónicas y memorias como uno de los protagonistas más activos de la crisis dinástica que enfrentó la monarquía española, destacando en el movimiento juntista de mayo de 1810 y ganando apodo por su elocuencia en el Cabildo Abierto. Su trayectoria combinó la práctica legal, la administración pública y una participación decisiva en los primeros esfuerzos de la construcción institucional de la joven América.

Familia y educación

Juán José Castelli nació en una familia influyente y bien conectada. Fue el primogénito de un matrimonio formado por un médico veneciano y por María Josefa Villarino, lo que le proporcionó un entorno intelectual y de contactos que marcaría su posterior desarrollo. Su parentesco con la familia Belgrano —al ser primo segundo de Manuel Belgrano— añadió una dimensión de alianzas entre distintas ramas de la élite criolla de la época. La red de lazos familiares resultó clave para su acceso a espacios educativos y a oportunidades de actuación pública.

En su niñez y adolescencia recibió una formación que combinaba tradiciones de la cultura peninsular con las corrientes ilustradas que circulaban por el Virreinato del Río de la Plata. El 17 de febrero de 1779 ingresó al Real Colegio de San Carlos, una institución de alta estima que ofrecía una formación humanista y jurídica en ciernes. El estudio comenzó en el marco de asignaturas de lógica y filosofía, y más adelante abordó la física y otros saberes que irrigaban los círculos de la casa de estudios. La experiencia monserratina le dejó la impronta de un aprendizaje riguroso y disciplinado.

Decidido a ampliar horizontes, Castelli partió hacia Córdoba para estudiar en el Real Colegio Convictorio de Nuestra Señora de Monserrat, que funcionaba como puerta de entrada a la Universidad Real de Córdoba del Tucumán. Allí compartió aulas y proyectos con jóvenes de diversas provincias, entre los cuales estaban futuros protagonistas de la gesta revolucionaria. En ese periodo, la vida estudiantil fue un crisol de debates sobre la libertad, la autoridad y la justicia que anticiparon las discusiones de la década siguiente. La estancia en Monserrat fue determinante para su formación ética e intelectual.

Después de varios años, Castelli volvió a Buenos Aires decidido a no proseguir el camino del sacerdocio al que parecía encaminarse. Sus maestros y compañeros de Monserrat habrían dejado en su memoria la idea de una vida profesional dedicada a la defensa de derechos y a la participación cívica. En torno a su figura, aparecieron relatos que señalan su traslado posterior a Chuquisaca para completar estudios en la Real Audiencia Carolina de Practicantes Juristas, una academia de formación jurídica que operaba como una especie de escuela para el mundo posuniversitario. En ese periodo, Castelli juró como recipiendario ante las autoridades de Charcas y adoptó un compromiso de estudio que lo acercó a la práctica judicial y a la teoría jurídica de su tiempo. Chuquisaca representó, así, una etapa de aprendizaje práctico que culminaría con una sólida preparación para su futura labor profesional y pública.

Durante la etapa de Chuquisaca, Castelli convivió con colegas que serían cercanos a su trayectoria, entre ellos futuros libertadores y figuras políticas de la región. En la academia, adoptó tres niveles de formación: el marco escolástico heredado de la teología y el derecho españoles, una experiencia de casos prácticos que integraba teoría y ejercicio, y una influencia herrante del Iluminismo que, desde España y el mundo iberoamericano, cuestionaba estructuras de poder y proponía reformas. Esta tríada le permitió desarrollar un pensamiento jurídico y político con bases sólidas para afrontar las discusiones de la hora. La Academia Carolina se convirtió, para Castelli, en un laboratorio de ideas que conectaba la Universidad con la administración colonial y abría espacio a debates sobre derechos del pueblo y límites del poder ministerial.

Durante esos años de formación, Castelli compartió pupitre y alegrías con compañeros que, como él, provenían de distintas ciudades del virreinato. En cartas y recuerdos, se destacan vínculos con otros Belgrano y con generaciones que, desde Córdoba y Chuquisaca, tejieron la red intelectual que más tarde se convirtió en la columna vertebral de la Revolución de Mayo. En la síntesis de su educación, emergía ya la vocación de combinar conocimiento jurídico con una acción cívica que impactaría en el destino de la región. Sus lazos con la familia Belgrano y su experiencia en Monserrat dibujaron un perfil de ciudadano preparado para intervenir en la vida pública.

En 1791 Castelli recibió la habilitación para ejercer como abogado ante la Real Audiencia de Buenos Aires y, a partir de entonces, abrió un estudio en la residencia familiar, donde practicó con diligencia y rodeado de ayudantes. Entre los aprendices figuró un joven paraguayo llamado Mariano Molas, quien años más tarde participaría en los congresos que se celebraron en Asunción a partir de 1810. El ejercicio profesional fue la base de su red de contactos y de su capacidad técnica para los temas que pronto generarían debates en la esfera colonial. La habilitación profesional consolidó su trayectoria jurídica y le permitió incorporar experiencia en litigios y gestión de asuntos de interés público.

En 1794 contrajo matrimonio con María Rosa Lynch, hija de un comerciante de origen irlandés y de Rosa Galayen, con quien procreó una descendencia que incluyó hijos como Angela, Luciano, Pedro, Alejandro y Juana. A través de su cuñado, Justo Pastor Lynch, Castelli amplió sus vínculos con altos funcionarios y miembros del clero, lo que facilitó su inserción en círculos de influencia de la administración colonial. La vida familiar y las alianzas sociales, por tanto, se entrelazaron con su trayectoria profesional, aportando a su joven biografía el rasgo de un hombre familiar y socialmente activo. El matrimonio y la prole se integraron a una red de relaciones que influiría en su desempeño público.

Con el tiempo Castelli adquirió una chacra de 335 hectáreas en la zona de Núñez, una propiedad que se convirtió en un episodio significativo de su vida civil. Así, además de los servicios a la administración, también participó en la vida rural, con cultivos y una pequeña fábrica de ladrillos, situándose en un marco urbano-rural que marcó su estilo de liderazgo práctico. Sus vecinos influyentes —figuras de la elite local— convivieron con su familia como parte de la trama social que configuró la experiencia de la época. La chacra de Núñez simbolizó un proyecto de vida que concilió la dedicación pública con la responsabilidad rural.

Actuación como funcionario colonial

En los años finales del siglo XVIII, Castelli dio pasos decisivos en la administración de la economía y la representación de intereses comerciales. El crecimiento de Buenos Aires y la consolidación de instituciones nuevas impulsaron la creación de cuerpos representativos y consulares para articular la relación entre la metrópoli y el virreinato. En ese marco, el virreinato.configuraba un sistema de centralización corporativa que buscaba coordinar intereses afines para gestionar impuestos, préstamos y donativos, ante las guerras y las presiones financieras de la Corona. En 1793 se empezaron a instalar consulados y estructuras de representación que buscaban regular la economía y la política local. La centralización corporativa impulsó la necesidad de figuras como Castelli para ejercer cargos de elevada responsabilidad.

Entre 1791 y 1795 Castelli ocupó funciones vinculadas a la defensa de temporalidades de la Compañía de Jesús y al manejo de pleitos relacionados con esa institución. En 1795 Belgrano, otro de los grandes names de la época, solicitó licencia por motivos de salud, y Castelli, tras una solicitud, asumió interinamente funciones en el Consulado de Comercio de Buenos Aires, para sostener la continuidad de las gestiones administrativas. En 1796 el monarca aceptó su designación para cubrir ausencias de Belgrano, y en febrero de 1797 Castelli ya ejercía formalmente como interino, asumiendo plenamente las responsabilidades cuando Belgrano se ausentó por enfermedad. Su labor, desde entonces, estuvo marcada por una voluntad de sostener la autoridad local y de gestionar asuntos de interés público pese a las tensiones entre intereses mercantiles y aspiraciones políticas. El interinato consular consolidó su trayectoria en la administración colonial.

Además de su labor en el Consulado, Castelli participó en la defensa de las temporalidades de la Compañía de Jesús, representando a la institución en disputas legales sobre deudas, alquileres y bienes incautados. En 1802 fue corroborado en su cargo por la autoridad superior de Madrid. Estos cargos y gestiones muestran un perfil de funcionario que combinaba una visión jurídica con una aptitud para la gestión de intereses estratégicos para la élite colonial. Defensor de las temporalidades y sus complejas aristas formaron parte de su experiencia administrativa.

En el plano económico, Castelli intervino en debates clave del Consulado sobre el comercio y la libertad comercial. Participó en debates que financiaron medidas para promover la industria local, la apertura de mercados y el desarrollo de una red de alianzas comerciales que buscaron disminuir la dependencia de la metrópoli. Sus intervenciones en torno a la liberalización del comercio marcaron una línea de pensamiento que sus contemporáneos asociarían con los principios de la ilustración y el impulso a un orden económico más autónomo para el virreinato. Intervención en política comercial y su vínculo con Belgrano estuvieron en el centro de la dinámica consular.

El papel de Castelli dentro del Consulado fue también de orden institucional. Durante la década de 1790 se discutió la reorganización de cargos y se definió la necesidad de que el gobierno local mantuviera la flexibilidad para responder a las cambiantes condiciones políticas y económicas. A la hora de sostener a la administración, Castelli colaboró en la lectura de memorias y en la convocatoria de sesiones que permitían convertir la gestión de la economía en una tarea colectiva de la élite colonial. En ese marco, su actuación como interino y su capacidad para defender políticas liberales y pragmáticas le ganaron un lugar destacado entre los reformistas de la región. Gestión administrativa y su función en el equilibrio entre poder local y control central dejaron una marca indeleble.

Actuación en el periodismo

La época de Castelli estuvo atravesada por un clima intelectual que buscaba combinar la utilidad práctica con una reflexión sobre las estructuras sociales. En este marco, la Ilustración, con su énfasis en la razón y la mejora de las condiciones de vida, dejó una impronta importante en las publicaciones de la época. La prensa emergente se convirtió en un canal para debatir sobre economía, política y organización social, y Castelli participó de estas iniciativas desde distintos frentes. El periodismo ilustrado no fue sólo un instrumento de difusión, sino un ámbito de pensamiento crítico que influyó en las políticas de la corona y en las aspiraciones de los criollos.

En septiembre de 1800 la ciudad recibió a Francisco Cabello y Mesa, un periodista de origen limeño que buscaba impulsar un proyecto de publicación en Buenos Aires. Ante la coyuntura favorable, la autoridad virreinal autorizó a Cabello y Mesa a emprender la difusión de una publicación periódica en la que Castelli, junto con otros intelectuales de la época, podrían colaborar a través de artículos y comentarios. Aunque su nombre aparece asociado a estos esfuerzos, la circulación de las ideas era un fenómeno colectivo que involucraba a un conjunto de figuras destacadas, entre ellas Castelli. En la primera década del siglo XIX, la experiencia periodística dio lugar a El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Histórico del Río de la Plata, cuyo marco editorial y la red de colaboradores reflejaban un campo de pensamiento que buscaba ampliar las fronteras del comercio, la agricultura y la vida cívica. Telégrafo Mercantil se convirtió en un experimento de divulgación y debate, con aportaciones de distintos actores de la administración y la cultura de la época.

La influencia de estas publicaciones fue profunda, ya que sirvieron para difundir ideas sobre el desarrollo de instituciones, la necesidad de reformas y la crítica a ciertos monopolios mercantiles. Aunque el periódico enfrentó gaps y polémicas, su existencia dejó una constancia de la preocupación por una modernización económica que se articulaba con un proyecto político más amplio. Castelli, como parte de ese grupo, participó en estas iniciativas, con la idea de contribuir a un debate informado que fortaleciera las capacidades de la comunidad para organizarse y reclamar mejores condiciones para la vida social y económica. Participación mediática y labor intelectual en esos años demuestran su vocación de “orador público” y de hacedor de ideas.

Otra vertiente de su labor periodística se relaciona con proyectos culturales y científicos que buscaban la puesta en práctica de políticas de desarrollo. En el marco de una élite que pretendía relacionar la ilustración con la realidad cotidiana, Castelli colaboró en iniciativas destinadas a promover la agricultura, las manufacturas y la circulación de ideas útiles para la población. En ese sentido, su intervención en la llamada Semanario de Agricultura, Industria y Comercio y su apoyo a la difusión de biografías y narrativas de la revolución constituyeron una pieza clave del proceso de socialización cívica que buscaba institucionalizar el cambio. Contribuciones editoriales y el impulso a proyectos culturales trazaron el mapa de una generación que se proponía transformar la vida pública mediante la palabra impresa.

Las invasiones inglesas

La coyuntura internacional introdujo un elemento decisivo en la vida de Castelli y de la dirigencia de Buenos Aires: la presencia de agentes externos que pretendían influir en el curso de los acontecimientos. A través de Saturnino Rodríguez Peña y otras redes, Castelli estableció vínculos que le permitían advertir sobre maniobras de espionaje y movimientos políticos ajenos a la Corona. En ese marco, la figura de James Burke, presentado como representante de Gran Bretaña y aliado de las ideas de independencia, resultó ser central para entender la dinámica de la época. Aunque la verdad de Burke se destapó como un agente británico con planes de influencia, su intervención contribuyó a la gestación de una conciencia nacional que empezaba a ver la necesidad de una dirección autónoma frente a las potencias extranjeras. Así nació una primera red de alianzas entre civiles y militares que se integró al proyecto de la independencia. La presencia británica dejó una marca en la configuración de las alianzas y las tensiones entre instituciones locales y potencias metropolitanas.

La aparición de una sociedad secreta junto a estas corrientes dio lugar a una articulación de actores que, en el tiempo, sería recordada como el núcleo del “partido de la independencia”. Castelli formó parte de ese círculo, que reunió a líderes como Burke y a colaboradores del Semanario para perfilar un programa que privilegiara la libertad y la autonomía frente a la autoridad del virreinato y de la metrópoli. Aunque Burke no logró consolidar su plan, la experiencia tuvo un impacto profundo en la mentalidad de la cristiollidad insurgente y en la manera de entender la relación entre las colonias y la Corona. Movimiento de independencia y los debates de la época se vieron profundizados por estas interacciones clandestinas.

La violencia y la presión que siguieron a estas intrigas no quedaron exentas de consecuencias. La experiencia de invasiones y conspiraciones dejó claro que el poder debía redefinirse y que la élite criolla buscaba formas de consolidar la autoridad frente a intervenciones extranjeras. Castelli jugó un papel crucial al tejer redes de apoyo y al entender que la cohesión interna sería tan importante como la resistencia a las presiones externas. La realidad de las invasiones aceleró, para la dirigencia, la decisión de buscar una vía propia para reorganizar el territorio y su administración.

El carlotismo

Un capítulo clave de la etapa estuvo marcado por la crisis política que siguió a la invasión napoleónica de la península y la abdicación de Carlos IV en favor de Fernando VII. En ese marco, la princesa Carlota Joaquina de Borbón emergió como figura a la que diversas corrientes le asignaban ciertos roles para la reorganización de las autoridades peninsulares y sus dominios en América. El fenómeno conocido como carlotismo llevó a un debate intenso sobre la legitimidad de las juntas y las posibilidades de una regencia en la región. Castelli, junto a otros ilustrados criollos, participó en la discusión sobre la conveniencia o no de aceptar a Carlota como regente de los reinos de ultramar, y sobre las formas de retirar la soberanía de la Corona española ante una crisis de esa naturaleza. Carlota Joaquina representaba, en ese debate, una solución que podría haber cambiado radicalmente la relación entre América y la península.

En ese marco, surgieron memorias y memorándums que proponían diversas opciones: desde la aceptación de la regencia de Carlota hasta la convocatoria de Cortes o la formación de una Junta Central que sustituyera a la autoridad de la monarca ausente. Castelli participó en la redacción de una memoria de septiembre de 1808 que analizó la posibilidad de mantener la lealtad al soberano a través de una regencia que actuara en nombre de Fernando VII, manteniendo a la vez las provincias unidas bajo una autoridad capaz de garantizar el orden y la continuidad de la Corona. Estas ideas, lejos de ser aceptadas sin cuestionamientos, se enfrentaron a la resistencia de distintos sectores de la élite y de las autoridades americanas, que reclamaban autonomía suficiente para decidir su propio destino. Memoria de 1808 y debates sobre regencia y soberanía formaron parte de la controversia carlotista.

Entre las distintas posturas emergió un bloque de liberales criollos que defendía la independencia, la soberanía popular y la libertad frente a la imposición de una regencia que podría haber llevado a una dependencia distinta de la Corona. Castelli y sus coetáneos sostuvieron que América no debía permanecer pasiva ante la crisis peninsular y que la solución más adecuada era la reintegración de la soberanía al pueblo para elegir, por medio de sistemas representativos, el rumbo político. En ese marco, la adhesión de un grupo de ilustrados a las propuestas de Carlota coexistió con la firmeza de otros que veían en la autonomía una vía más segura para el futuro de las americanas provincias. Disyuntivas del carlotismo y las alianzas estratégicas entre liberales y españoles ilustrados marcaron el paisaje político de la época.

La Revolución de Mayo

La caída de Sevilla y el desmembramiento de la Junta Suprema Central generaron una coyuntura sin precedentes en el Río de la Plata. A la nueva realidad llegaron Castelli, Belgrano y Saavedra como líderes visibles de un movimiento que buscaba organizar un cabildo abierto para definir un nuevo gobierno. En ese momento, Castelli y Belgrano negociaron con el alcalde de primer voto y con el síndico procurador para lograr la convocatoria a un Cabildo Abierto que permitiera decidir el futuro de la autoridad virreinal. La misión era asegurar una transición que fortaleciera a la comunidad y que, al mismo tiempo, buscara una ruta para un gobierno autónomo y representativo. El liderazgo de Castelli en estas gestiones fue determinante para la aparición de la Junta de Gobierno que sería conocida como la Primera Junta.

En el marco de esa sesión deliberativa, Castelli defendió ideas de autogobierno y sostuvo que, si la autoridad no era claramente legítima, la soberanía debía regresar al pueblo para decidir el destino de la organización política. Su intervención en las discusiones del Cabildo Abierto, junto a las propuestas de Saavedra y de Vieytes, configuró un programa que apuntaba a la expulsión de funcionarios coloniales y a la consolidación de un poder popular que pudiera sostener la acción revolucionaria. En la votación de ese día, Castelli emergió como una figura de peso dentro del cabildo y pasó a ocupar un papel central en la conducción de la revolución. La primera Junta se instaló con Castelli como miembro de la nueva estructura colegiada y, desde entonces, él y sus compañeros se convirtieron en motores de la agenda revolucionaria.

La circular del 27 de mayo, atribuida en diversas crónicas a Castelli, comunicó a los cabildos la necesidad de designar diputados para sumarlos a la nueva versión del gobierno y, en paralelo, para organizar la llamada Junta General que comandaría el proceso. Esta acción abrió la senda a un periodo de institucionalización incipiente, que en su desarrollo daría lugar a debates y tensiones sobre el alcance de la autoridad de la Junta y su relación con los cabildos y las autoridades de la ciudad. En ese marco, Castelli y sus colegas impulsaron medidas para expulsar a Cisneros y a otros oidores y fiscales, en un movimiento de consolidación de la autoridad popular frente a las instituciones coloniales. La circular de mayo y la expulsión de figuras coloniales marcaron un momento decisivo de la Revolución de Mayo.

Durante las jornadas decisivas de mayo de 1810, Castelli participó activamente en las decisiones estratégicas y en la dinámica interna de la Junta Provisional. Su papel de vocal-decano y su cercanía a figuras como Saavedra facilitaron la coordinación entre los distintos sectores que impulsaban la reorganización del gobierno. La gestión de Castelli y de sus aliados fue clave para sostener la marcha de la revolución, incluso cuando enfrentaron la resistencia de sectores conservadores dentro de la misma ciudad. Las discusiones sobre la conveniencia de mantener la autoridad virreinal o de repudiarla iniciaron un proceso que culminaría con la consolidación de un gobierno autónomo para la región. Protagonismo en la Primera Junta y su influencia en las decisiones de la época fueron elementos centrales de su papel histórico.

En mayo de 1810 Castelli, junto a su colega Moreno, encabezó las posturas más radicales dentro de la Junta. Ambos eran considerados de temperamento ilustrado y tomaron las decisiones más audaces para la época, que incluían la convocatoria a cabildos abiertos y la búsqueda de apoyos para un régimen que representara al pueblo. Su influencia en esas jornadas fue determinante para la formalización del proceso de expulsión y para la definición de una orientación política que buscaba una ruptura con el antiguo marco de poder. En esa clave, Castelli asumió un papel decisivo en la dirección de la Junta y en la definición de las bases para una organización que, a partir de ese momento, sería decisiva en la historia de la independencia. Radicalismo revolucionario y su papel en la dirección de las acciones de mayo se volvieron un sello de su trayectoria.

En las semanas siguientes, Castelli participó también en las gestiones que llevaron a la conformación de una estructura provisional de gobierno y en las maniobras para conseguir el reconocimiento de la nueva autoridad frente a la Corona y sus aliados. Su influencia se hizo notar en la definición de una agenda que buscaba la aceleración de las reformas y la defensa de la soberanía popular frente a las presiones de las potencias extranjeras. La relación entre Castelli y otros protagonistas, como Belgrano y Vieytes, fue intensa y, a veces, conflictiva, pero su presencia ayudó a proyectar la Revolución de Mayo hacia un dominio político que se proponía como eje de una nueva nación. La Junta Provisional y la figura de Castelli cruzaron sus destinos con un proyecto de cambio radical que buscaba transformar la organización del poder en la región.

En ese periodo de gestación de la Junta, Castelli se convirtió en un interlocutor clave entre el Cabildo, la prensa emergente y las redes de apoyo popular que ya se organizaban en torno a la causa de la independencia. Su oratoria —con la que se ganó el apodo de “el Orador de Mayo”— se convirtió en un instrumento para difundir el ideario de libertad y soberanía que guiaría las acciones de los primeros gobiernos autónomos. Su intervención en las decisiones de la época dejó una huella profunda en la memoria histórica de la Revolución de Mayo, y su figura pasó a asociarse de forma indeleble con la audiencia de un auditorio que demandaba un cambio radical en la estructura de poder del virreinato. El orador de Mayo y su voz pública marcaron una época de cambios profundos.

La campaña al Alto Perú

Con la consolidación de la Junta y la decisión de llevar la lucha hacia las tierras del Alto Perú, Castelli partió desde Buenos Aires para dirigir el Ejército Auxiliar del Perú. Su ruta inicial lo llevó a Córdoba, donde se recibió instrucciones para organizar la marcha y asegurar que el avance estuviera acompañado por una logística adecuada. Su objetivo central fue crear una columna que se moviera con rapidez a través de las regiones centrales de la cordillera para facilitar la llegada de refuerzos y asegurar el control de las rutas estratégicas. En ese trayecto, se reunió con autoridades provisionales y con jefes locales para coordinar las acciones necesarias y ordenar medidas para la defensa y la reordenación de la retaguardia. La campaña inicial buscó consolidar una base de operaciones sólida para la avanzada hacia el Desaguadero.

La ruta continuó hacia San Miguel de Tucumán y, luego, hacia Salta, donde enfrentó atrasos logísticos y la dificultad de obtener tropas, mulas, víveres y armamento. A partir de ese momento, Castelli recibió noticias de que Cochabamba se había adherido al movimiento, aunque no sin enfrentar la presión de fuerzas realistas provenientes de La Paz. En su poder tenía documentos que denunciaban una ofensiva realista dirigida por José Manuel de Goyeneche, lo que obligó a ajustar la estrategia en función de la situación en el terreno. En este contexto, Castelli improvisó medidas para equipar y sostener a las fuerzas patriotas y para asegurar la continuidad de la campaña a pesar de las dificultades. Desafíos logísticos y la necesidad de articular alianzas fueron rasgos decisivos de esa etapa de la campaña.

Durante la campaña, el Alto Perú vivió una serie de movimientos políticos y militares que redefinieron el tablero de la lucha. En Chuquisaca y en Oruro se produjeron cambios en el liderazgo local y se buscó sostener la unificación de fuerzas para enfrentar la amenaza de las tropas realistas. Castelli asumió la responsabilidad de articular las diversas fuerzas en una estrategia común, promoviendo la cooperación entre individuos y comunidades que deseaban liberar el territorio de la influencia de Lima y de la autoridad virreinal. En ese marco, autorizó medidas para reorganizar la Capitanía de Potosí, la Universidad de Charcas y la Casa de Moneda, y proclamó la igualdad de derechos para los indígenas que vivían en la región, impulsando reformas sociales de gran alcance. Reformas radicales y políticas de inclusión social formaron una parte sustantiva de su programa.

La ofensiva aliada se vio reforzada por una serie de actos que buscaban incorporar a la población indígena a la lucha por la independencia y por la construcción de una nueva sociedad. Castelli defendió la liberación de antiguos trabajadores de obras y minas y promovió el establecimiento de escuelas y proyectos de educación para niños de las comunidades indígenas. Su visión de justicia, economía y organización social puso de relieve un proyecto de país que buscaba superar las jerarquías de la sociedad colonial y garantizar derechos y oportunidades para todos los habitantes. La proclamación de que “el indio es nuestro hermano” fue una expresión de ese programa de transformación social que, aun en medio de la guerra, pretendía sentar bases de igualdad ante la ley. Igualdad y desarrollo para todos los habitantes del territorio fueron pilar del programa castelliano.

En la ruta hacia el Desaguadero, Castelli enfrentó la resistencia de las autoridades y de los mandos que temían perder el control de las provincias. Aun así, impulsó la apertura de desagües comerciales, la liberalización del comercio exterior y la promoción de un sistema que integrara a las distintas regiones en un proyecto común. Su gestión en la campaña al Alto Perú dejó claro que la revolución no era solo una cuestión de libertades políticas, sino también de un redireccionamiento de la economía y de las estructuras productivas para sostener la nueva realidad. Economía de guerra y desarrollo regional constituyeron un eje central de su acción militar y política.

La expedición que lideró hacia el Desaguadero pretendía cruzar a las intendencias peruanas de Puno, Cusco y Arequipa para atraer apoyos y recursos que fortalecieran el esfuerzo bélico y el proyecto revolucionario. Aunque la iniciativa encontró respaldo en varios vocales de la Junta, la resistencia de Moreno y otros antagonistas políticos dejó la propuesta en un estado de ambigüedad. En última instancia, la campaña se convirtió en una empresa de gran alcance que mostró la capacidad de Castelli para mantener la iniciativa aun cuando las circunstancias eran adversas. Propuesta de cruce peruano y su eventual rechazo ilustran la complejidad de las alianzas y de las intenciones estratégicas en ese periodo.

La batalla de Huaqui

El avance hacia Huaqui marcó un punto crucial en la campaña. Castelli se encontró con un frente que reunía fuerzas tanto en La Paz como en las cercanías, y debió enfrentar la realidad de un ejército adversario que contaba con la experiencia y el equipamiento de una unidad bien estructurada. En el combate, la retaguardia y la movilidad de las tropas patriotas se vieron sometidas a pruebas extremas. Castelli, junto a Balcarce y otros oficiales, participó en las decisiones tácticas que buscaron contener la ofensiva enemiga y sostener la cohesión de la columna. El desenlace fue desalentador para las fuerzas patriotas, con derrotas significativas que forzaron una retirada de retaguardia y una reconfiguración de la estrategia. La derrota de Huaqui marcó un antes y un después en la campaña y en la vida política de Castelli, que desde entonces enfrentó una etapa de crisis personal y colectiva.

La retirada exigió un replanteamiento inmediato, y Castelli debió asumir nuevas responsabilidades para estabilizar la situación en el terreno. La marcha hacia la región de Cochabamba y la apertura de un corredor hacia Potosí implicaron la necesidad de reorganizar tropas, abastecimientos y líneas de comunicación. En ese marco, Castelli, en compañía de Monteagudo y otros oficiales, organizó un esfuerzo para garantizar la supervivencia del movimiento y el replanteo de las estrategias para las campañas siguientes. Aunque la batalla de Huaqui dejó un saldo doloroso, también permitió identificar líneas de acción para recomponer las defensas y sacar provecho de las capacidades de las fuerzas patriotas. Resistencia y reorganización fueron las claves para recuperar el impulso de la causa.

En las etapas posteriores, Castelli visitó Potosí para exigir un juramento de obediencia a la Junta y para impulsar la reorganización de las fuerzas. Señaló la necesidad de que las guarniciones fueran reforzadas, que se mantuviera la disciplina y que se asegurara una unidad entre las diversas regiones. Su labor en la administración de combates y su visión de coordinación entre las provincias permitieron que, pese a la derrota, se mantuviera la voluntad de seguir luchando por la causa revolucionaria. Juramento de obediencia y la planificación de la continuidad de la campaña fueron rasgos claves de esta fase.

La retirada

Castelli llegó a Oruro y, ante la magnitud de la crisis, decidió retirar su posición para salvaguardar su vida y reorganizar las fuerzas. En el camino hacia Chuquisaca, envió informes a la Junta sobre las condiciones del frente y las posibilidades de reagrupación. En Chuquisaca, evaluó las alternativas para enfrentar a Goyeneche, buscando acercar la región de Cochabamba y la Villa de Potosí como bases logísticas para una nueva ofensiva. Su gestión mostró un liderazgo centrado en la defensa de los intereses estratégicos y en la protección de las tropas y los civiles que dependían de la campaña. La retirada estratégica fue un periodo de transición que intentó preservar la continuidad de la causa y la capacidad de respuesta ante los vaivenes de la guerra.

Durante la retirada, Castelli enfrentó dilemas de legitimidad y de control institucional. La noticia de la renuncia o cese de su cargo como representante de la Junta en la región fue un golpe a su posición, pero su trayectoria demostró una y otra vez que sabía mantener la cohesión de las fuerzas y establecer una dirección clara para el futuro. La experiencia de la retirada, con sus idas y venidas, dejó una huella en su legado como estratega militar y dirigente político. Obstinación y resiliencia marcaron esa etapa de su vida.

En la década de 1811, Castelli se encontró frente a una nueva dirección de la Junta y al ascenso de la denominada Junta Grande. Su participación se volvió más compleja, y las tensiones entre las distintas corrientes políticas se intensificaron. Aun así, su influencia en las decisiones de la época se mantuvo relevante, y su figura fue un símbolo de la lucha por la autonomía y la justicia social. Transición institucional y su papel en la orientación de las fuerzas revolucionarias definieron un curso que continuaría más allá de Huaqui.

Juicio y muerte

La trayectoria posterior a Huaqui dejó a Castelli en una situación de aislamiento político. En medio de un ambiente de tensiones entre las distintas facciones revolucionarias, el ex vocal de la Junta enfrentó un proceso judicial que se prolongó durante meses. Tras expedientes y debates, el proceso ingresó en una fase de diligencias en la que se fueron acumulando testimonios y pruebas sobre los actos de la campaña y las decisiones tomadas en el Alto Perú. Castelli, afectado por una enfermedad de la lengua, murió en octubre de 1812 sin haber obtenido una sentencia definitiva. Su muerte —ocurrida en Buenos Aires en circunstancias marcadas por la lucha política— terminó con una vida dedicada a la defensa de las ideas revolucionarias y a la construcción de un marco institucional para la nueva nación. Fallecimiento y proceso sin sentencia sellaron una trayectoria que, a pesar de las controversias, dejó una huella indeleble en la historia argentina.

El legado de Castelli, sin embargo, no se reduce a la figura de un solo episodio. Sus ideas sobre igualdad, justicia y libertad, su defensa de una república soberana y su visión de una América que se gobernara a sí misma se sostienen como parte central de la memoria histórica. Su viuda y su familia enfrentaron años de penurias económicas tras su muerte, pero la memoria de su lucha fue creciendo en la tradición republicana y educativa del país. Muchos años después, su labor fue reconocida por instituciones que curiosamente nombraron ciudades, plazas y calles para recordar su papel en la construcción de la libertad. Legado y memoria de Castelli se mantienen vivos en la memoria colectiva y en las denominaciones de lugares que buscan conservar su memoria de luchador por la libertad.

Homenajes

Una de las facetas más destacadas de Castelli es su don de la oratoria, que le valió el reconocimiento popular como “el Orador de Mayo” y como uno de los líderes de la revolución. Sus discursos y su claridad en la exposición de ideas contribuyeron a forjar un marco de comprensión pública de la coyuntura histórica y de las aspiraciones de un cambio profundo en el régimen colonial. La tradición literaria y biográfica ha subrayado este aspecto, recordando su habilidad para convertir la palabra en un instrumento de acción política. Oratoria de Mayo se convirtió en una de las señas más distintivas de su memoria.

La figura de Castelli ha inspirado novelas y reflexiones históricas que buscan reconstruir su vida en un contexto de lucha y de sacrificio. En la narrativa contemporánea, su figura a menudo aparece como un símbolo de la voluntad de transformación y de la disputa entre libertad y orden. En el campo de la memoria histórica, su nombre ha sido utilizado por diversas comunidades para designar lugares, avenidas y centros de discusión que pretenden conservar la memoria de la Revolución de Mayo y de los protagonistas que la protagonizaron. Referentes culturales y su presencia en la tradición literaria consolidan su legado como un referente de la libertad y la racionalidad en la historia argentina.

La geografía de su memoria está presente en localidades que llevan su nombre o que han adoptado su imagen para marcar calles y plazas. En ciudades de las provincias de Chaco, Buenos Aires y La Rioja hay menciones que sostienen su memoria como parte de la identidad regional. En la ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, se recuerda su figura a través de un monumento en la Plaza Constitución, situado como un recordatorio de la gesta que llevó a la Revolución de Mayo. Este reconocimiento, junto con otros homenajes, ayuda a mantener viva la memoria de Castelli como un actor central de la historia nacional. Homenajes locales y el significado cívico de su memoria refuerzan la idea de que su legado no es solo histórico, sino también pedagógico para las generaciones presentes y futuras.