Juan Martínez Montañés
| Nombre completo | Juan Martínez Montañés |
|---|---|
| Descripción | Artista español |
| Fecha de nacimiento | 16-03-1568 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 18-06-1649 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | escultor, pintor, arquitecto |
| Idiomas | español |
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Juan Martínez Montañés, nacido en la localidad serrana de Alcalá la Real, Jaén, fue una de las figuras más influyentes de la escultura española entre los siglos XVI y XVII. Su obra encarna una mezcla singular: la sobriedad del Renacimiento y la profundidad emocional del Barroco, especialmente en la imaginería religiosa que lo convirtió en referente. Formado en Granada y asentado de por vida en Sevilla, su trayectoria dejó una huella duradera en la escuela sevillana y en la tradición escultórica ibérica.
Juan Martínez Montañés, nacido en la localidad serrana de Alcalá la Real, Jaén, fue una de las figuras más influyentes de la escultura española entre los siglos XVI y XVII. Su obra encarna una mezcla singular: la sobriedad del Renacimiento y la profundidad emocional del Barroco, especialmente en la imaginería religiosa que lo convirtió en referente. Formado en Granada y asentado de por vida en Sevilla, su trayectoria dejó una huella duradera en la escuela sevillana y en la tradición escultórica ibérica.
Biografía
Nacimiento en Alcalá
Juan Martínez Montañés vino a la vida en la localidad jienense de Alcalá la Real, dentro de Jaén, el 16 de marzo de 1568. Sus padres, Juan Martínez —bordador de oficio— y Marta González, formaron una familia de varios hermanos, de los que él fue el único varón. Se mantuvo en una relación estrecha con las dos hermanas que alcanzaron la madurez; la más joven, Tomasina, fallecida en 1619, convivió con el escultor hasta su muerte y su pérdida marcó un periodo de flaqueza emocional para él. En estas circunstancias, en Alcalá, tuvo probablemente su primer contacto con el que sería su maestro: Pablo de Rojas, quien le dejó una influencia decisiva para toda su trayectoria posterior.
El bautismo tuvo lugar en la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos el 16 de marzo de 1568, con padrinos de prestigio local. Entre ellos figuraron un provisor de la Abadía de Alcalá la Real y la esposa del regidor, lo que sitúa al joven Montañés en un entorno social sobrio y fervoroso que marcaría su destino. Este bautismo inicial se convirtió en una referencia simbólica para su identidad, ligada desde muy pronto a la vida religiosa y a la comunitaria de la ciudad.
Formación en Granada
En 1579 la familia se trasladó a Granada, y el joven Juan, apenas con unos doce años, inició su aprendizaje escultórico en el taller de su convecino Pablo de Rojas, figura que él mismo señalaría como su maestro a lo largo de toda su vida. En ese taller dejó notable huella, especialmente en la concepción de crucificados que muestran una serenidad contenida y una expresividad contenida que anticipa su madurez. En Granada compartió las mesas de trabajo con otros artistas conocidos, como los hermanos Jerónimo Francisco y Miguel Jerónimo García, entre otros. Esta etapa formativa, si bien breve, fue decisiva para asentar su oficio, que luego desarrollaría con mayor libertad en Sevilla.
Para 1582 ya estaba en Sevilla, ciudad que vendría a convertirse en su segunda casa y en el escenario principal de su obra. A partir de entonces, el joven Montañés traspasa la frontera de lo meramente técnico para abrazar una vocación que lo situaría como eje central de la imaginería religiosa de la región. Su traslado a Sevilla significó también la llegada a un ambiente artístico lleno de talleres, redes de aprendizaje y afinidades que potenciarían su crecimiento y su proyección futura.
Vida en Sevilla
En la capital andaluza, el joven escultor ingresó en un taller de escultura que se cree habría tenido la dirección de Gaspar Núñez Delgado, y allí inició una etapa de consolidación profesional. Se integró a la Hermandad del Dulce Nombre y llegó a donar una imagen mariana, aunque no consta que fuera de su autoría. A partir de junio de 1587, su vida personal dio un giro significativo cuando contrajo matrimonio con Ana de Villegas, hija de un ensamblador, en la iglesia parroquial de San Vicente. De este matrimonio nacieron cinco hijos: Mariana, Bernardino, José, Rodrigo y Catalina, quienes completarían una familia muy ligada a la vida religiosa y artística de la ciudad.
El 1 de diciembre de 1588 Montañés compareció ante un tribunal examinador para acreditar su suficiencia en escultura y en el diseño de retablos. En esa ocasión, presentó una figura vestida y otra desnuda, además de la realización de un alzado de un retablo, obteniendo el título de hábil y suficiente para ejercer las profesiones de su oficio y para abrir tienda pública. Este reconocimiento público asentó su reputación como artesano capaz de afrontar proyectos de gran envergadura.
Sin embargo, su vida en Sevilla no estuvo exenta de sobresaltos. En agosto de 1591 fue encarcelado por su presunta implicación en la muerte de Luis Sánchez y permaneció en prisión dos años, hasta que la viuda del fallecido perdonó la culpa tras una entrega de cien ducados. Este episodio figura en el Archivo de Protocolos Notariales de Sevilla, y demuestra que su estatura profesional convivía con tensiones legales y sociales propias del periodo.
En la colación de la Magdalena, Montañés residió en la calle de la Muela; allí falleció su primera esposa Ana en 1613 y fue enterrada en una sepultura familiar dentro del convento de San Pablo de Sevilla. Años después, el artista contrajo segundas nupcias con Catalina de Salcedo y Sandoval, hija del pintor Diego de Salcedo y nieta del escultor Miguel de Adán, con la que tuvo siete hijos: Fernando, Mariana, Francisco, Ana Micaela, José Ignacio, Teresa y Hermenegildo. Estos lazos familiares se entrelazaron con su quehacer artístico, que siguió produciendo obras de gran impacto hasta su madurez.
En 1629 cayó enfermo y tuvo que guardar cama durante cinco meses, lo que le impidió trabajar en la capilla de la Inmaculada y le llevó a litigar por demoras en los contratos. En 1635 viajó a Madrid para tallar en barro el busto de Felipe IV, encargo vinculado al proyecto de una estatua ecuestre que Pietro Tacca debía completar. Este encargo consolidó su reputación a nivel nacional y le valió el apodo de Lisipo Andaluz, un elogio que recogería también la tertulia cultural de la época. Durante su estancia en la capital, Velázquez lo retrató en una de sus imágenes, y existía otro retrato del escultor realizado por Francisco Varela para el Ayuntamiento de Sevilla y conservado en el Hospital de los Venerables, retratando al maestro en el acto de esculpir a San Jerónimo de Santiponce. Su personalidad, descrita por críticos y contemporáneos, presentaba un temperamento cíclico y una propensión a estallidos que a veces coexistían con momentos de intensa reflexión creativa. En sus últimos años, Francisco Pacheco lo retrató para el Libro de descripción de verdaderos retratos, una obra que recoge la memoria de su trayectoria y de su método de trabajo.
La muerte llegó en Sevilla a la edad de 81 años a causa de la peste que asoló la ciudad en 1649, una epidemia que diezmó a gran parte de la población. Fue enterrado en la vieja parroquia de la Magdalena, aunque posteriormente, en el proceso de desamortización del siglo XIX, esa parroquia fue demolida y sus restos se perdieron junto a otros archivos patrimoniales. Un testimonio de su viuda, Catalina de Salcedo, en 1655, dejó constancia de estas circunstancias y sirvió para preservar una parte de la memoria histórica de su linaje y de su obra.
Religiosidad
La vida de Montañés en Sevilla estuvo marcada por una estricta devoción y por una formación religiosa que se manifiestó en su obra y en su círculo íntimo. Desde joven cultivó una lectura amplia de la Biblia y de textos de la mística española, especialmente las obras de Santa Teresa de Jesús, Fray Luis de Granada y San Juan de la Cruz. Muchos de sus hijos siguieron vocaciones religiosas, lo que reforzó su identidad como artesano de la imaginería sagrada. Militando en una agrupación dedicada a la Concepción Inmaculada de la Virgen, la Congregación de la Granada, Montañés se vio involucrado en un conflicto con la Inquisición en 1624, cuando la autoridad confiscó los archivos y documentos de la congregación, lo que evidenció las tensiones entre fe y memoria en el siglo XVII. En 1620 solicitó información para acreditar su limpieza de sangre, un trámite habitual entre los artesanos y maestros que buscaban consolidar su posición social y religiosa.
Vida cultural
En aquella época la formación humana y la vida cultural iban de la mano, y los talleres se convertían en centros de aprendizaje, lectura y debate. Montañés debió frecuentar lunas y tertulias en la Universidad de Sevilla, en la Casa de Pilatos, que albergaba una biblioteca notable, y en los talleres de Pacheco, donde emergían futuras figuras del arte como Velázquez y Alonso Cano. En esas tertulias participaban también Andrés García de Céspedes, Vicente Espinel, Francisco de Salinas y otros teólogos, filósofos, escultores y pintores que nutrían el panorama intelectual de la ciudad. Este ambiente enriqueció su mirada y su método de trabajo, que combinaba teología, anatomía y una técnica depurada en la talla de madera y la escultura policromada.
En 1598 Montañés participó en la realización del túmulo de Felipe II, un encargo catedralicio para el que se alistaron numerosos artistas de Sevilla. A él se le encomendaron diecinueve esculturas de gran tamaño, mientras que Miguel de Cervantes aportó un soneto satírico, Al túmulo del rey Felipe II, leído ante la comitiva, que se convirtió en una anécdota célebre entre los círculos culturales de la ciudad. Este proyecto reveló la capacidad de los artistas sevillanos para coordinarse en un gran ceremonial funerario y para unir literatura y escultura en un mismo acto de memoria. otros retratos del maestro, pintados por Velázquez y Varela, atestiguan su estatus dentro de la cultura local y su influencia entre los colegas de distintas artes.
Estilo y obra
La impronta que Montañés dejó en la imaginería hispana se distingue por una conjunción entre contención clásica y una vividez que anticipa el dinamismo barroco. Su tratamiento de la expresión, la piel y la anatomía de las figuras sagradas busca la serenidad interior, pero admite una intensidad emocional que se desmarca de la rigidez renacentista. En su ensayo de la madera, la renovación de la técnica y la capacidad de modelar gestos humildes o solemnes lo otorgan una maestría singular, que le valió el sobrenombre popular de Lisipo Andaluz, reconocimiento que la poesía de la época recogió en un soneto y que con el tiempo consolidaría su figura como artesano de primera fila.
- Rigor técnico: dominio de la realización de tallas en madera y la policromía, con una precisión que resuelve la proporción y el volumen en escenas de fervor religioso.
- Expresión contenida: rostros serenos, miradas que transmiten piedad y solemnidad, sin perder la capacidad de conmover al observador.
- Profundidad espiritual: una lectura bíblica y mística que impregna sus imágenes, vinculándolas con la devoción popular y con el discurso religioso de la época.
- Relación con otros artistas: entorno de aprendizaje en Sevilla, amistad con Velázquez y Cano, y colaboración con Cervantes en proyectos colectivos de la memoria cívica.
- Legado institucional: obra que nutre iglesias, conventos y capillas de la Península y de América, consolidando una escuela que influyó en generaciones de escultores y talleres posteriores.
En suma, la trayectoria de Montañés se comprende como un puente entre dos momentos estéticos: la claridad de la tradición renacentista y la fuerza expresiva que definiría el Barroco. Su talento para convertir la madera en un lenguaje humano, su sensibilidad religiosa, y su capacidad de trabajar con exigentes comisiones fueron factores que explican la centralidad de su figura en la historia de la escultura española. La memoria de su vida, marcada por la fe, la familia y la ciudad de Sevilla, continúa siendo un referente para entender cómo la imaginería sagrada se convirtió en un lenguaje compartido entre creyentes, artesanos y, sobre todo, espectadores de todas las edades.