Santiago Casares Quiroga
| Nombre completo | Santiago Casares Quiroga |
|---|---|
| Nombre nativo | Santiago Casares Quiroga |
| Descripción | Político español |
| Fecha de nacimiento | 08-05-1884 |
| Lugar de nacimiento | |
| Fecha de fallecimiento | 17-02-1950 |
| Nacionalidad | España |
| Ocupaciones | político, abogado |
| Idiomas | español |
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Santiago Casares Quiroga emergió como figura central de la vida política de las primeras décadas de la España contemporánea. Abogado de formación y comprometido con principios republicanos, su trayectoria lo llevó a ocupar cargos relevantes en la etapa previa y durante la Segunda República. Su huella, rodeada de controversia y debate, se sitúa en el umbral de la crisis que culminó con la Guerra Civil y el exilio. La Coruña y París fueron escenarios clave de su vida, marcada por una salud frágil y una larga dedicación pública.
Santiago Casares Quiroga emergió como figura central de la vida política de las primeras décadas de la España contemporánea. Abogado de formación y comprometido con principios republicanos, su trayectoria lo llevó a ocupar cargos relevantes en la etapa previa y durante la Segunda República. Su huella, rodeada de controversia y debate, se sitúa en el umbral de la crisis que culminó con la Guerra Civil y el exilio. La Coruña y París fueron escenarios clave de su vida, marcada por una salud frágil y una larga dedicación pública.
Biografía
Orígenes y primeros años
El nacimiento de Santiago Casares Quiroga tuvo lugar en La Coruña el 8 de mayo de 1884, en un domicilio de la calle Estrecha de San Andrés. Procedía de una familia vinculada a la vida cívica: su padre, Santiago Casares Paz, era un hombre con experiencia en la administración local y militancia republicana, y su madre, Rogelia Quiroga Moredo, aparece en diversas fuentes como oriunda de Cambre o de la misma ciudad histórica. El hogar albergaba varios hermanos y un proyecto compartido de participación ciudadana que marcaría la trayectoria de Santiago desde la infancia. La tuberculosis fue una sombra que lo acompañaría desde los cinco años, condicionando su niñez y su juventud de múltiples maneras. En las décadas siguientes, el joven ya se movía con destreza entre la vida pública y el estudio, forjando una vocación que combinaría la abogacía con la política.
En la ordalía de su juventud, Casares Quiroga ingresó al mundo de la administración local y tomó como educación formativa la actividad municipal. Desde 1907, ejerció como concejal en el Ayuntamiento de La Coruña, un periodo en el que se encontró junto a figuras como Segundo Moreno Barcia y José Martínez Rodríguez, con quienes impulsó una corriente republicana que se aliaba a movimientos regionalistas para articular la Solidaridad Gallega. En aquellos años tempranos su identidad política ya se definía como una síntesis entre el impulso local y las aspiraciones nacionales. La Solidaridad Gallega representó para él una plataforma desde la que proyectar un republicanismo de vanguardia.
Conocido popularmente como “Casaritos” en sus años mozos, completó sus estudios de derecho en la capital, donde la Universidad Central le dio la oportunidad de defender una tesis dedicada a un jurista de la Ilustración. Su formación jurídica se completó en Madrid y marcó el inicio de una carrera que tendría constantes enfrentamientos y alianzas en la escena política española. En esa época nació una de sus hijas, Esther Casares Quiroga, hija reconocida que él llevó consigo y mantuvo en contacto durante su adolescencia, mientras consolidaba su vida personal en torno a su matrimonio y a la función pública. Esther sería un lazo afectivo que acompañaría sus años siguientes.
En el terreno sentimental, Casares Quiroga contrajo matrimonio en 1920 con Gloria Pérez Corrales, y en 1922 llegó al mundo María Casares, que más adelante sería conocida en el ámbito artístico como actriz. A lo largo de la década de 1920, el político fue uno de los impulsores de la vida pública gallega a través de la fundación de formaciones políticas específicas para la región y de su participación en proyectos de carácter regionalista que pretendían reforzar la identidad local sin perder de vista la estructura nacional del Estado.
En 1928 fundó el Partido Republicano Gallego y luego asumió responsabilidades al frente de la organización regional ORGA, un trayecto que dejó al descubierto su inclinación por un republicanismo que, sin dejar de mirar a Galicia como sujeto político, buscaba un arco más amplio de alianzas entre fuerzas progresistas. A la vez, mantuvo un espíritu crítico con el galleguismo militante, lo que le llevó a navegar entre múltiples corrientes dentro de un espectro político en plena reconfiguración.
Activismo político durante la dictablanda
La década de 1930 marcó un periodo de alianzas estratégicas que buscaban la caída del régimen conservador y la proclamación de la República. En ese marco, Casares Quiroga participó activamente en el Pacto de San Sebastián, una iniciativa que agrupaba a las fuerzas republicanas de Galicia con la pretensión de abrir paso a un nuevo régimen. En esa coalición, la Federación Republicana Gallega se unía a formaciones como el Partido Republicano Radical, los federales y el radical-socialismo, formando una plataforma que pretendía un cambio político profundo. La cooperación entre ORGA y otros grupos republicanos fue la base de una estrategia que, pese a sus altibajos, evidenció su capacidad para movilizar a sectores críticos de la sociedad gallega y española.
En diciembre de ese año, ante la necesidad de evitar un adelantamiento de la acción militar, Casares Quiroga fue enviado a Jaca para representar al Comité Revolucionario Nacional en un intento de impedir que un levantamiento se adelantara. La misión, envuelta en clandestinidad, buscaba coordinar a las fuerzas rebeldes para que la sublevación no desbordara los planes del Comité. Sin embargo, a su llegada preferió no intervenir de inmediato, lo que provocó que la acción militar se desarrollara en un marco de control más limitado. Este episodio dejó una marca crucial en su reputación pública y en la lectura histórica de su papel en aquel intento de cambio político. Tras el fracaso de la operación, fue detenido y encarcelado poco después.
Confinado en la prisión Modelo de Madrid, enfrentó un consejo de guerra en marzo de 1931 junto a otros miembros del gobierno provisional. Su defensa estuvo a cargo de Luis Jiménez de Asúa, y la sentencia resultó en una pena de seis meses y un día de cárcel, si bien obtuvo libertad provisional el 24 de marzo, en un desenlace que, aun siendo breve, dejó huellas en su trayectoria pública y en la forma en que se leería posteriormente su responsabilidad en aquel episodio.
Experiencias ministeriales
Con la proclamación de la Segunda República, Casares Quiroga ingresó al gobierno provisional como ministro de Marina, cargo que ocupó entre abril y octubre de 1931, periodo de transición en el que las estructuras del Estado se reacomodaban ante un nuevo régimen. En las elecciones de ese año, obtuvo el escaño de diputado por la circunscripción de La Coruña, consolidando su presencia en las Cortes Constituyentes. Su experiencia como parlamentario se amplió con la obtención de la cartera de Gobernación durante el bienio 1931-1933, en un gobierno encabezado por Manuel Azaña, una figura de la que era cercano colaborador y amigo personal. También ejerció de forma interina la cartera de Comunicaciones entre diciembre de 1931 y marzo de 1932, en un contexto de alta conflictividad social y política que ponía a prueba la cohesión gubernamental.
Durante ese tramo, el gobierno tuvo que enfrentar numerosas revueltas de carácter anarquista y un golpe de Estado frustrado en agosto de 1932 promovido por José Sanjurjo. Casares Quiroga adoptó una postura firme ante la conmutación de la pena de muerte de Sanjurjo, argumentando que tal decisión desdibujaría la firmeza del poder y alentaría a los conspiradores. En enero de 1933, la violencia desplegada durante los Sucesos de Casas Viejas empañó su imagen pública y obligó a que la defensa de la actuación gubernamental fuera asumida por Azaña, marcando una ruptura en la orientación de liderazgo.
Tras la caída del gabinete de Azaña en septiembre de 1933, dejó el Ministerio de Gobernación. En las elecciones de ese año, logró renovar su acta de diputado, mientras su organización, que ya había adoptado el nombre de Partido Republicano Gallego (PRG) tras la refundación de ORGA, sufrió importantes pérdidas electorales. Un año después, el PRG se integró con la Izquierda Republicana y otros sectores para dar origen a Izquierda Republicana, un bloque que terminó formando parte del Frente Popular de cara a las elecciones de 1936. En esas elecciones, Casares Quiroga volvió a ser elegido diputado por La Coruña y fue designado nuevamente para el Ministerio de Obras Públicas en un nuevo gabinete encabezado por Azaña.
Presidencia del Consejo de Ministros
El 13 de mayo de 1936, tras la asunción de Azaña como Presidente de la República, Casares Quiroga asumió la jefatura del Gobierno. En un primer momento, el grupo del Frente Popular había considerado a Indalecio Prieto como aspirante a la investidura, pero la decisión quedó truncada por un veto de Francisco Largo Caballero y sus seguidores, que favorecieron una salida distinta. Casares Quiroga aceptó el encargo “por lealtad” y, junto a él, se sumó la cartera de Guerra para completar el equipo ejecutivo. Así, su humor institucional lo llevó a presentar ante el Parlamento un plan legislativo orientado a actividades peligrosas y a la lucha contra el terrorismo, con el objetivo de reforzar la seguridad del Estado en un momento de creciente tensión. organizó un referéndum para consultar a la ciudadanía sobre el Estatuto de Autonomía de Galicia, cuyo resultado fue favorable el 28 de junio de ese año.
La salud de Casares Quiroga, afectada por la tuberculosis, se convirtió en un factor que condicionó su disposición para afrontar la crisis que se gestaba. Aun así, sostuvo una convicción clara: no percibiría con indulgencia las señales de conspiración cívico-militar que amenazaban al régimen, y se inclinó por sostener la autoridad gubernamental en el marco de unas circunstancias extremadamente adversas. Su visión de cómo responder a la rebelión fue objeto de intenso debate entre los principales actores del Frente Popular, y se mantuvo bajo el argumento de que la respuesta debía ser firme y coordinada.
En mayo, el director general de Seguridad, José Alonso Mallol, entregó a Azaña y al propio Casares Quiroga una lista de 500 personas vinculadas con la conspiración, recomendando detenciones. Sin embargo, la acción no se llevó a cabo y el movimiento subversivo siguió su curso. En junio, Mariano Menor Poblador, gobernador civil de Navarra, avisó sobre una reunión de militares sublevados presidida por Mola en Irache, pero las autoridades ordenaron no intervenir. El 16 de julio, la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA) informó al presidente de la inminente sublevación y solicitó la destitución de varios generales, entre ellos Franco y otros numerosos oficiales. A pesar de estas señales, la respuesta gubernamental continuó siendo limitada.
El 17 de julio, cuando la guarnición de Melilla se levantó, Casares Quiroga no informó inmediatamente a su Consejo de Ministros y solo comunicó la noticia tras interrumpir la reunión. Después, tomó medidas en el Ministerio de la Guerra y ordenó movimientos estratégicos de la Armada hacia las costas de Marruecos, buscando asegurar un control militar en el exterior. La rebelión se extendió rápidamente al Protectorado y, al día siguiente, llegó al resto de la península desde Sevilla, Algeciras y Córdoba. En medio de la crisis, el presidente mantuvo una versión de control que se fue desmoronando ante la magnitud de la insurrección.
A lo largo de esos días, el gobierno se encontró con peticiones de armamento para la población civil; sin embargo, Casares Quiroga se mantuvo firme en negar esa posibilidad sin su consentimiento, incluso llegando a declarar que cualquier entrega sería castigada. Aunque se tomaron medidas para destituir a algunos mandos militares, no se declaró el estado de guerra y finalmente el gobierno fue perdiendo la capacidad de dirigir la respuesta. El reemplazo no tardó en llegar: Martínez Barrio asumió la titularidad de un gabinete que no logró posesionarse, y poco después José Giral consolidó la línea de salida para la gestión gubernamental, marcando el fin de la experiencia de Casares Quiroga como jefe del Ejecutivo.
Vida posterior
Después de abandonar la Presidencia, Casares Quiroga decidió no exiliarse de inmediato y prefirió mantener un perfil bajo ante las difíciles circunstancias de la época. Su presencia pública se hizo menos visible, pero su actividad política continuó en el seno de Izquierda Republicana, desde la que apoyó al Gobierno con un perfil de actuación discreta y cercana a Azaña. En paralelo, su vida privada se mantuvo activa: vivió de manera más estrecha con su esposa Gloria y con María, su hija, mientras que Esther enfrentaba la situación en Galicia y otras regiones, con la complejidad de la represión y las limitaciones que imponían los momentos convulsos.
La situación de Casares Quiroga fuera de las zonas de conflicto no fue ajena a la disputa entre memorias. En La Coruña, el gobernador civil ordenó eliminar de los archivos públicos el nombre del protagonista de aquellos hechos, en un gesto muy controvertido conocido como un intento de borrar su memoria histórica. Aun así, su figura permaneció en la memoria de amplios sectores de la opinión pública, que lo recordaron como un político capaz de sostener al gobierno en circunstancias extremas, pero también como un líder que no logró impedir la caída de la República en la última fase de su mandato.
Después de la caída de Cataluña, Casares Quiroga vivió en Francia junto a Azaña y Martínez Barrio, y en París vivió un episodio que simbolizó las tensiones del exilio: una confrontación con Juan Rueda Ortiz, secretario particular de Martínez Barrio, que terminó con un intercambio abrupto que dejó constancia de las fricciones que rodeaban a los exiliados. Una nueva recaída de su tuberculosis lo llevó a pasar meses en un sanatorio de Suiza. Con el final de la Segunda Guerra Mundial, regresó a París junto a su familia, pero la pérdida de Gloria por un cáncer de estómago y las complejas condiciones de la vida en el exilio marcaron sus últimos años.
En 1940, ante la avanzada alemana en Francia, recibió ayuda directa de Juan Negrín para huir a Inglaterra. Negrín lo recibió en su casa de Londres y facilitó su traslado en una nave preparada para la ocasión, incluso cuando, según algunos relatos, existían diferencias políticas entre ambos, lo que subraya el carácter pragmático de las alianzas en el exilio. Tras la contienda, Casares Quiroga regresó a París, donde la salud seguía siendo frágil y la vida pública, prácticamente, ya no tuvo el mismo alcance. Su esposa murió años después y María, su hija, continuó con su actividad artística en un periodo en el que el exilio político y la memoria histórica ocuparon gran parte de sus pensamientos.
Finalmente, Santiago Casares Quiroga falleció en París en febrero de 1950, dejando tras de sí un signo ambiguo: fue un hombre de un liderazgo ineludible en un momento crítico, pero cuya gestión despertó debates que continúan en la historiografía contemporánea. Su trayectoria, teñida de tuberculosis, de batallas políticas y de un exilio obligado, constituye un episodio central para entender el desencadenamiento y la complejidad del periodo que vivió la Segunda República y sus últimas sombras posteriores.